El Mar de los Secretos - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 36 Artefactos antiguos
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37: Capítulo 36: Artefactos antiguos 37: Capítulo 36: Artefactos antiguos Bajo la luz de las velas que iluminaban el interior de la habitación de Fhyl, Gehrman permanecía en silencio, organizando la información en su cabeza, mientras que Kerrin, como si todo fuese parte de una conversación cotidiana, se había soltado.
“Entonces, si hago un ritual hacia un Iluminado…
¿Podría obtener conocimientos especiales?”, preguntó Kerrin con una mezcla de curiosidad e inocencia.
La pregunta sacó a Gehrman de su trance de inmediato, obligándolo a prestar atención a la respuesta de Fhyl.
“Estrictamente hablando, como poder intentarlo, puedes hacerlo.
“Pero ni se te ocurra”, respondió con seriedad, mirándola fijamente.
“Primero, no sabes cuál es el ritual correcto.
Y segundo…
intentarlo es sinónimo de suicidio.
Que algunos pocos hayan sobrevivido no quita que sean menos del uno por ciento.” No queriendo volver a tensar el ambiente, Fhyl esbozó una sonrisa cálida.
“En serio, te cuento esto y lo primero que te viene a la cabeza es intentarlo”, dijo en tono burlón, buscando romper la seriedad.
“Jooo…” se quejó Kerrin, encogiéndose de hombros.
“Vale, ya os he contado lo que sé sobre los Iluminados, incluso os he dado información clasificada de la iglesia”, bromeó con picardía.
“¿Algo más que queráis saber antes de que tenga que prepararme para la bronca del capitán?” Gehrman, que ya mantenía en orden en su cabeza la información principal, fue el siguiente en preguntar: “¿Qué es el anillo del capitán?
¿Por qué puede hacer esas cosas con el aire?” Fhyl aplaudió dos veces con una expresión satisfecha, como si hubiera estado esperando justo esa pregunta.
“¿Veis?
Esta información sí es importante.
Todo lo demás no os sirve de nada.
Solo tenéis que evitarlo a toda costa si queréis sobrevivir hasta viejos.” Con cuidado, acercó sus delicadas manos hacia la esfera cubierta por la tela de lino roja.
Con un suave tirón, la desenvolvió.
Bajo la luz de las velas, la esfera que tanto había intrigado a Gehrman se reveló al fin: una esfera cilíndrica de cristal, sujeta por una base de madera oscura.
Gehrman y Kerrin se callaron y tensaron de inmediato al verla.
En el interior del cristal, con un movimiento casi mágico e hipnótico, fluía una densa niebla grisácea…
idéntica a la que respiraron en la mansión.
“Estos objetos son llamados artefactos antiguos.
Su historia se remonta a poco después de que los cinco dioses crearan el mundo y a los primeros humanos…
o, como son conocidos, los Olvidados.
Una civilización mucho más avanzada de lo que podríamos imaginar hoy en día.
Aunque ya solo quedan las ruinas de lo que alguna vez fue, a falta de información y registros…
simplemente, se ha olvidado su historia.” “Solo sabemos que estos artefactos son tan antiguos como ellos, pero se desconoce cómo pudieron ser construidos”.
“Las habilidades que otorgan son tan variadas que no se podrían clasificar…
si no fuera por un punto en común que todos poseen: los castigos.
Estos son efectos secundarios que surgen durante o después de usarlos, y gracias a ellos se han podido dividir en cuatro categorías.” “Amable: su castigo suele representar una desventaja, sí…
pero sin afectar realmente a su portador.
A veces es una molestia menor, como una debilidad ocasional, o algo más simbólico, como perder el reflejo en los espejos.” “Controlable: el efecto secundario es leve, incluso tolerable si eres precavido.
No amenaza tu vida directamente, pero puede traer consecuencias si se usa de forma imprudente.
Algunos artefactos de esta clase provocan mareos, agotamiento físico o alucinaciones pasajeras”.
“Agravado: aquí la cosa se pone seria.
El castigo es claro, peligroso y, en ciertas situaciones, puede llevarte a la muerte.
Es como jugar con fuego sabiendo que te vas a quemar, pero sin saber cuánto.
Estos artefactos suelen usarse solo en emergencias…
o por desesperación.” “Letal: Los artefactos letales no matan al instante, no siempre…
pero exigen algo de ti.
Sacrifican parte de lo que eres: tu voz, tu edad, tu memoria, tus sentidos, tus órganos…
o algo peor.
Ocasionado que, si no pierdes la vida al momento, esta cuelgue de un hilo hasta que llegue el momento.” Kerrin y Gehrman, atentos y esforzándose por memorizar cada palabra de Fhyl, no podían evitar sentirse incómodos ante la presencia de la niebla dentro de la esfera.
Su movimiento lento, casi hipnótico, les helaba el pecho con solo mirarla.
Aun así, su inquietud bastó para que Fhyl continuara hablando sin interrupciones.
“No todos los objetos dejados por los Olvidados son artefactos antiguos.
La mayoría son solo chatarra oxidada, sin ningún uso real.
De hecho, podéis sentiros realmente afortunados de haber visto siquiera dos artefactos antiguos en vuestra vida.” “¿Dos?” susurró Kerrin, sin apartar la mirada de la niebla, con los ojos abiertos, atenta a cualquier mínimo movimiento.
“Claro.
Primero está el anillo del capitán, o como se llama realmente: el Ciclón Cristalizado.
Es un artefacto antiguo de categoría amable que permite a su portador crear cuchillas de aire y corrientes de viento”.
“¿Anillo cristalizado…
Amable…?
Entonces, ¿cuál es su castigo?
—preguntó Gehrman, la voz más baja, sin desviar ni un segundo la mirada del ondular mágico que flotaba en el interior del cristal.
“Su castigo es simple.
Cuando el portador se lo coloca y durante 20 minutos después de quitárselo, el aire a su alrededor comienza a girar con fuerza, como si un pequeño tornado lo envolviera.
Pero no tiene ningún valor defensivo.
Más bien, solo sirve para convertirte en un faro viviente, imposible de esconder.
Te vuelve visible.
Brillante.
Expuesto ante cualquier cosa que te mire.” Inmediatamente le vino a la mente aquel momento: Aphyrius, cubierto de sangre y sin rastro de pudor o vergüenza, arrastrándolo encadenado por las calles de Farne como si no le importase en lo más mínimo ser visto.
“¿Y cuál es el segundo?”, preguntó esta vez Kerrin, con la mirada fija en la esfera.
“Esta pequeña esfera de cristal”, respondió Fhyl, tocando con delicadeza el cristal que contenía la niebla en su interior.
En cuanto su dedo rozó la superficie, la niebla pareció responder con vida propia: se condensó lentamente en el punto exacto donde ella había tocado, como si anhelara alcanzarla.
“Este es el Ojo del Loco, un artefacto de categoría controlable.
Permite eliminar recuerdos de otras personas…
pero su castigo es que los recuerdos borrados no desaparecen: sino que se transfieren directamente a aquel que la utilice.
Así que su peligro depende por completo del recuerdo que decidas robar.” Ambos, con una mezcla de curiosidad y recelo, observaban cómo la niebla seguía intentando, sin éxito, alcanzar la mano de Fhyl.
Se agitaba lenta, como viva, empujada por una voluntad invisible que no comprendían.
“¿Puede llegar a ser peligroso un recuerdo?” preguntó Gehrman, esforzándose en imaginar cómo funcionaría aquel artefacto, sin lograrlo del todo.
“Todo depende de cuánto afecte ese recuerdo a la persona de la que lo tomas.
Podría parecer que, por ser otro, no deberías sentirlo igual.
Pero tristemente no funciona así.
No solo robas el recuerdo, sino también todo lo que hay detrás.
Es decir… si robas un recuerdo doloroso o traumático, no lo vivirás desde tu punto de vista: lo sentirás exactamente como lo sintió la otra persona.” “¿Alguna vez lo has usado?” preguntó Kerrin, con una extraña tensión en la voz, sus dedos casi temblando por el deseo de tocar también el cristal, solo para comprobar si la niebla la buscaría a ella como lo hacía con Fhyl.
Pero se contuvo.
“Por fortuna, nunca lo he necesitado”, respondió Fhyl con suavidad, y con ese mismo tono, volvió a cubrir la esfera con la tela roja.
En el instante en que quedó envuelta, Gehrman y Kerrin sintieron como si despertaran de un estado brumoso y ajeno, uno del que no eran conscientes hasta que terminó.
Un suspiro suave, casi involuntario, escapó de ambos.
Fhyl, que notó el cambio en sus expresiones, tomó el Ojo del Loco y lo colocó en la parte alta de uno de los muchos armarios.
“No os preocupéis.
Es normal cuando no habéis desarrollado un mínimo de resistencia.
Podría deciros por qué pasa… pero ni siquiera yo entiendo del todo qué es esa niebla.” Entendiendo que, sin darse cuenta, nuevamente había sido hipnotizado por la niebla, una parte de él comprendió con claridad que debía mantenerse alejado de ella a toda costa.
“Constelaciones, iluminados, sacerdotisas, artefactos antiguos…
¿alguna cosa más?” añadió Fhyl con una sonrisa.
Kerrin ya no sabía qué más preguntar.
Ni siquiera se había preparado para todo esto, y de repente había aprendido tanto que su mente estaba completamente llena.
Las palabras se le atascaron en la lengua.
Pero Gehrman, finalmente de nuevo en sus cabales tras ver cómo Fhyl alejaba y cubría el Ojo del Loco, pudo lanzar la pregunta que lo inquietaba desde hacía tiempo.
“¿Quién es el Comediante?
¿Es un iluminado?” Fhyl, esta vez, no pudo evitar mostrar su sorpresa.
Se quedó en silencio unos segundos, sus ojos verdes sin pupila perdidos en la nada.
“¿Dónde has escuchado ese nombre?” preguntó primero, su tono más firme de lo habitual.
“En el ritual de Nomaris.
Fue a él a quien llamaron.” Fhyl, como sumida de nuevo en sus pensamientos, susurró casi para sí misma: “Así que… la mirada fue suya.” Tras unos segundos de silencio, su rostro, tan hermoso como sereno, volvió a relajarse.
Con suavidad, recuperó la calma anterior a la mención del Comediante.
“Dentro de lo desconocidos que son los iluminados, el Comediante —aquel que representa la constelación del Control— es el más conocido.
Tanto, que es el único cuyo culto ha liberado al mundo su apodo.
También son el culto más activo, así que puede que sea simplemente un efecto secundario.” “Su culto, los Acechadores del Nuevo Mundo, es buscado y cazado por todas las iglesias, aunque han llegado a un punto muerto…
donde ni la iglesia logra exterminarlos, ni el culto consigue desarrollarse como desea.” “Sus creyentes, como prácticamente cualquier cultista, no están bien de la cabeza.
Cualquier información que llegue a vosotros sobre ellos, simplemente ignoradla y manteneos alejados.
Dejadle el trabajo duro a la iglesia.” Gehrman, ante las palabras de Fhyl y con los recuerdos aún frescos de lo sucedido en la mansión y en la cueva, simplemente asintió.
En silencio, se prometió a sí mismo dejar de tentar a la suerte con estos temas.
“Esto es todo lo que sé.
Así que podemos dar esto por finalizado.
Esta información no solo es completamente secreta, también es extremadamente peligrosa.
Y os lo dejo muy claro: no os la he dado para que os volváis locos a investigar…
sino para que podáis identificar el peligro cuando lo veáis, y lo evitéis lo antes posible.” Con esa última advertencia, Fhyl dio por concluida la charla.
“¿Los demás del barco lo saben?” preguntó Kerrin, dudando si podría mantener el secreto, sobre todo ante su hermana.
“La mayoría al menos conocen los artefactos antiguos, así que con eso no debería haber tanto problema mientras los mencionéis de forma indirecta.
Pero sobre las sacerdotisas y las constelaciones… silencio absoluto.
Aunque parezca lo contrario, la ignorancia sigue siendo la mejor manera de evitar los problemas relacionados a ellos.” Con toda la conversación terminada, Kerrin fue la primera en despedirse, dejando a Gehrman y a Fhyl solos en la habitación.
“¿Por qué has decidido contárnoslo?” preguntó él sin perder el tiempo en cuanto se quedaron solos.
“Se que tarde o temprano lo hubierais descubierto por vuestra cuenta o habríais muerto por ello, así que tenía pensado contártaroslo en cuanto fueseis adultos.
Pero bueno, después de esto… solo lo he adelantado por si acaso”, respondió Fhyl, claramente preparada para la pregunta.
Ante la rápida respuesta, Gehrman dejó escapar una risita irónica mientras abría la puerta para irse.
“Que sepas que no me voy a olvidar.
Esta es la primera vez que hablamos y no estás todo el rato con incógnitas y respuestas abiertas.” “No te acostumbres”, se despidió Fhyl con la misma ironía.
…
Dentro de la habitación de Fhyl, iluminada por la cálida luz de varias velas encendidas, ella —finalmente sola— dejó caer su espalda sobre el suelo de madera, mirando al techo, simple y sin mucho que destacar.
Fue entonces cuando un leve sonido de arrastre abrazó el silencio de la habitación.
Junto a dos armarios repletos de libros de todos los grosores y colores, desde la pared que conectaba el camarote del capitán con la habitación de Fhyl, una puerta camuflada se abrió con discreción.
“¿Ya estás satisfecha?” rompió el sonido natural de la estancia una voz grave.
Fhyl, que mantenía la mirada fija en el techo como si fuera lo más divertido del mundo, ni siquiera se dignó a mirarle.
“Sabes que tarde o temprano acabaría descubriendo estas cosas por su cuenta.” Aphyrius, vestido con sus anchas ropas blancas e impolutas —esta vez sin ningún complemento— se apoyó con desgana contra la pared, justo al lado de la puerta secreta ahora abierta.
“Espero que no nos arrepintamos de esto.” “Esperemos”, respondió Fhyl, esta vez bajando la mirada y cruzando su vista con la de él.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Shiro_Xys “Debido a la falta de tiempo por exceso de trabajo, el próximo capítulo se publicará el lunes 4 de agosto.”
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