El Mar de los Secretos - Capítulo 38
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38: Capítulo 37: Presentación 38: Capítulo 37: Presentación Bajo la luz de las miles de estrellas recién visibles que iluminaban el puerto de Farne, un gran y elegante barco —capaz de reducir a simple madera a cualquier navío noble— atracó.
Sus colores verde oscuro, azul y plateado brillaban bajo la luz de la luna, que, como sucedía una vez al año, otorgaba un hermoso, fantasioso y pálido tono morado a todo el puerto.
Los guardias, en completo estado de abrumación, luchaban por mantener sus posiciones frente a la avalancha de gente que había acudido tras enterarse de su llegada.
Todos, colocados estratégicamente, lograban —al menos por el momento— mantener libre un largo camino que conectaba directamente con la iglesia del lugar.
Sobre la cubierta del barco, seis antorchas brillantes eran sostenidas por mujeres vestidas con largas túnicas azul oscuro, decoradas con delicados patrones plateados.
Con paso firme, formaron un corto pasillo hacia el lateral del navío.
Por él cruzaron cuatro hombres entrenados, que avanzaron con precisión para plantar una gran pasarela que conectaba el barco con el muelle —un muelle que, en comparación, se sentía descuidado e indigno de recibir algo tan majestuoso.
Como una escena calculada, los cuatro se apartaron en el acto, formando un pasillo que de inmediato fue atravesado por otras cuatro mujeres con antorchas, marcando los límites de un cuadrado exacto.
En su interior, cuatro hombres vestidos con las mismas túnicas que todos los presentes conformaban un rombo, cuyo centro era ocupado por un único hombre que, como una pequeña luna rodeada por olas azuladas, destacaba por su brillante túnica plateada con decoraciones azul oscuro.
Su cabeza, pequeña bajo el peso, cargaba sin esfuerzo una gran tiara papal, tan plateada como su vestimenta.
Con paciencia y sin modificar ni un solo centímetro del cuadrado que los rodeaba, los nueve descendieron del barco, pisando la desgastada madera del muelle.
La multitud se detuvo de inmediato, sumida en un silencio incrédulo ante la imagen de su Gran Obispo, aquel elegido por la mismísima Náurya.
Aunque ese instante de quietud no duró más que un suspiro.
Tras el primer grito, vinieron cientos más en cadena: “¡Gran Obispo!, ¡Gran Obispo!, ¡Gran Obispo!, ¡Gran Obispo!, ¡Gran Obispo!” Algunos clamores nacidos del fervor de fieles creyentes que se arrodillaban ante él fueron desplazados rápidamente por los gritos de la multitud, que solo buscaba una fracción de su atención.
Ante aquel gesto de entrega popular, todos en el interior del cuadrado mantuvieron su mirada firme al frente, al igual que su paso…
todos, salvo el Gran Obispo, quien comenzó a sonreír y a saludar con suavidad a la gente mientras avanzaba con ritmo constante por el largo camino delimitado por los guardias.
Niños luchaban por abrirse paso hasta las primeras filas solo para verlo, mientras los adultos rezaban o gritaban con la esperanza de recibir alguna bendición.
Fue entonces cuando la gran iglesia —bañada por la luz de la luna lavanda— se alzó majestuosa ante ellos, que todos los guardias que formaban el pasillo se reagruparon, bloqueando la entrada y haciendo imposible que alguien no autorizado cruzara sus puertas.
…
En el interior de una pequeña habitación monocromática, completamente plateada salvo por un cómodo sillón de cuero azul oscuro en su centro, tres sacerdotes vestidos con sus túnicas azul profundo terminaban de arreglar el denso cabello azul oscuro de Lidia.
Quien, vestida con su largo vestido de princesa —tan plateado como sus brillantes ojos—, emitía una belleza digna de cualquier dios.
Luke, apoyado en uno de los muchos muebles plateados, la observaba con calidez mientras vigilaba con atención cada movimiento de los sacerdotes tras ella.
Su mente, invadida por un sentimiento de enfado por la negativa a permitir que Aroa y los pocos hermanos con los que Lidia se había criado en el orfanato asistieran, no mostraba signo alguno en el exterior.
Mantenía el gesto sereno, esforzándose por contener los nervios genuinos de Lidia bajo una sonrisa tranquila.
…
El interior de la iglesia conservaba aún su característica decoración de animales marinos disecados y conchas, aunque el centro había sido claramente modificado.
Bajo la gran bóveda de cristal del techo —por la cual se filtraba la luz morada de la luna lavanda, iluminando con suavidad la imponente estatua de Náurya— se alzaba un pequeño altillo.
Antes, era allí donde el sacerdote se colocaba para oficiar la misa.
Pero ahora, sobre el altillo, se encontraban cinco sillas altas.
Una gran silla central, plateada y decorada con esmeraldas, dominaba el espacio.
A cada lado, dos sillas más pequeñas, de un verde oscuro profundo, adornadas con gemas blancas.
Frente a ellas, donde solían estar los bancos para los fieles, ya no había nada.
Solo un suelo liso y pulido, como si nunca hubiese sido pisado.
Con sus lugares fijos ya grabados en la mente, los cuatro hombres que acompañaban al Gran Obispo tomaron asiento en sus respectivos puestos.
Él, en la gran silla central, con una calma casi ceremonial.
Dos de las mujeres que portaban antorchas se quedaron de pie junto a ellos, flanqueando con firmeza el altillo como si fueran parte del mobiliario sagrado.
Las otras dos descendieron con pasos lentos y cuidadosos, quedándose bajo el altillo, sus túnicas iluminadas por el fuego tembloroso que sostenían.
Allí sentados, todo quedó en un silencio casi sagrado, dejando destacar con naturalidad la figura del Gran Obispo, quien también en silencio mantenía la paciencia ganada con los años.
No tenía prisa: simplemente esperaba a que el momento llegara.
Y no tardó en llegar.
Tras el sonido suave de una puerta abriéndose, la figura de Lidia se reveló bajo la luna lavanda y la luz vacilante de las antorchas.
Iba seguida por los tres sacerdotes de la iglesia, que mantenían el paso y la mirada baja.
Su vestido plateado, su belleza bronceada, tranquila y radiante, alcanzó incluso los corazones de las mujeres que sostenían las antorchas, haciéndolas sentir una punzada de envidia.
Los cuatro hombres sentados junto al Gran Obispo abrieron más los ojos al verla, cautivados…
pero todos mantuvieron el silencio y el respeto absoluto.
Junto a ellos, emergió también la figura de un hombre que no vestía la túnica de la iglesia.
Sin decir palabra, se dirigió hacia uno de los pilares y se apoyó contra él, observando en silencio.
Lidia, sabiendo ya el procedimiento, se detuvo bajo el altillo, justo frente al Gran Obispo.
Sujetando con delicadeza la larga y abombada falda plateada, hizo una reverencia profunda, lenta, con solemnidad.
“Gran Obispo, soy Lidia Narylia, sacerdotisa de Náurya.
Es un gran honor finalmente poder presentarme ante usted.” Ante la voz cálida de Lidia, todos mantuvieron el silencio, dejando únicamente al Gran Obispo la autoridad para alzar la voz.
Sentado en su asiento decorado con esmeraldas, mantenía la mirada fija en ella, que sin mostrar un solo gesto de cansancio, sostenía la reverencia y la vista clavada en el suelo.
“El honor es nuestro, querida sacerdotisa Lidia.
No todos los años una joven sacerdotisa cumple la mayoría de edad.” “Pero no estamos aquí para halagarnos mutuamente, sino para comprobar si, durante estos cuatro años, has logrado adquirir el conocimiento y alcanzar el entendimiento de las enseñanzas de Náurya.
¿Estás preparada?” Ante las firmes palabras del Gran Obispo, Lidia, que comenzaba a superar poco a poco los nervios, volvió a ser envuelta por ellos.
Tuvo que tragar saliva con disimulo para no atragantarse al hablar.
“Cuando usted desee,” respondió, mientras repasaba en su mente todas las respuestas a las posibles preguntas que los tres sacerdotes le habían anticipado.
Al escuchar su confirmación, el Gran Obispo no permaneció más tiempo sentado.
Se alzó con solemnidad y se plantó al borde del altillo, manteniendo la mirada fija en Lidia, quien aún sostenía la reverencia con la misma firmeza.
“Adelante, sacerdotisa Lidia.
Alza la mirada y respóndeme: ¿quién es Náurya?” Tal como se le ordenó, Lidia enderezó el cuerpo y levantó la mirada hasta el cuerpo del Gran Obispo, cuidando no mirarle directamente a los ojos sin su permiso, sabiendo que eso sería una falta de respeto.
Aunque su cuerpo se movía con agilidad, su mente se paralizó un instante.
La pregunta era demasiado simple.
Por supuesto que conocía la respuesta… pero no tenía relación alguna con lo practicado junto a los sacerdotes.
Aun así, tras un largo y tembloroso suspiro, comenzó a responder.
“Firme y cariñosa madre de todos los seres vivos en el mar, santa manipuladora de los océanos, mares, ríos y lluvias, guía de los valientes que se adentran en su dominio, diosa del oleaje y las corrientes, Náurya.” Cuando terminó su respuesta, segura por todas las veces que había recitado aquellas palabras, esperó paciente a que le confirmaran si era correcta.
Pero el Gran Obispo no lo hizo; simplemente continuó con la siguiente pregunta.
“¿Cuáles son sus enseñanzas?” Esta vez, sí tenía una respuesta preparada.
Había practicado esa frase con los sacerdotes más veces de las que podía recordar, por lo que se tomó un segundo para repasarla mentalmente antes de dejar que su voz la llevara al mundo.
“Sus enseñanzas se basan en el respeto al océano, a sus criaturas, a aquellos que viven de él.
Todos se necesitan unos a otros, necesitando a su vez al océano como el núcleo que permite su unión.” “Si cumples sus enseñanzas con fervor, respeto y seguridad, nunca pasarás hambre, pues las criaturas del mar te cuidarán así como tú las cuidas.
Nunca te perderás, pues las olas que dejas fluir en paz te guiarán a tu destino.
Y nunca estarás solo, pues aquellos que cumplan sus enseñanzas serán todos hermanos.” “Por otro lado, a todos aquellos blasfemos que no cumplan sus enseñanzas, serán severamente maldecidos por ella, otorgándoles la miseria del hambre, la pérdida y la soledad por la eternidad, sin ningún derecho a poder arrepentirse.” Una respuesta absoluta, perfecta, tal como la habían practicado.
Aun así, Lidia esperaba al menos una pequeña reacción positiva del Gran Obispo…
pero esta no llegó.
Él mantuvo su postura, y simplemente lanzó una tercera pregunta: “¿Qué sientes por el océano, el mar, sus ríos y la lluvia?” Otra pregunta inesperada, pero también extremadamente simple.
Si bien no la había practicado, durante todo ese tiempo en el que había aprendido sobre la fe en Náurya, había logrado forjar una opinión propia sobre todo lo relacionado a ella.
“Siento respeto y temor por lo que esconde el océano.
Siento admiración por las maravillosas criaturas que surcan los mares.
Siento calidez y tranquilidad al escuchar el flui—” <Booooom> Un estruendo cortó de inmediato su sincera respuesta.
El fuerte sonido de una explosión sacudió toda la plaza, haciendo temblar los cimientos de la iglesia.
Lidia, sorprendida por el estruendo, calló al instante, buscando con desesperación a Luke con la mirada.
Ignoró por completo el hecho de que aquello pudiera ser visto como una falta de respeto; ni siquiera se le cruzó por la mente.
Luke, claramente desconcertado por la explosión, había girado la vista hacia la puerta cerrada de la iglesia, por la cual ya comenzaban a colarse los primeros gritos de pánico provenientes del exterior.
El ambiente en el interior se volvió cuidadoso.
Las mujeres que sujetaban las antorchas y los tres sacerdotes fueron quienes más visiblemente mostraron nervios.
Por su parte, los cuatro seguidores del Gran Obispo, al igual que él, mantuvieron la mirada fija y seria hacia la puerta, del mismo modo que Luke.
“¿Qué ha sido eso?” preguntó una de las mujeres, apretando con fuerza el asta de su antorcha.
“¿Una explosión?” respondió incrédulo uno de los sacerdotes.
El ambiente, tenso y paralizado, parecía mantenerse en una calma falsa sostenida únicamente por la serenidad del Gran Obispo y su séquito.
Pero fue Luke quien rompió ese equilibrio: ignorando por completo el hecho de que no debía estar allí, se acercó a Lidia con la intención clara de protegerla.
“No hay ninguna salida trasera o algo parecido…
Es peligroso seguir aquí.
Está claro que quien haya hecho esto no vino a gastar una simple broma.” Todos en la sala, salvo Lidia —que seguía mirándolo, completamente centrada en él—, volvieron la vista hacia el Gran Obispo, quien, con su silencio y su expresión inmutable, dejó en claro que al menos no se oponía a la sugerencia.
“S-sí…
sí hay una salida.
Hay unas catacumbas bajo la iglesia que llevan hasta las afueras del pueblo.
Seguidme”, indicó uno de los sacerdotes, tomando la iniciativa.
En grupo, todos comenzaron a avanzar en silencio.
Luke, bien aferrado a la mano de Lidia, permanecía a su lado.
Los dos sacerdotes restantes seguían de cerca a su compañero guía, mientras el resto rodeaba al Gran Obispo con un orden casi ceremonial.
El sacerdote los condujo hasta una sala a la derecha de la gran estatua de Náurya, por la misma puerta que el joven aprendiz había abierto anteriormente para dar paso a Luke.
Rápidamente, su interior se reveló ante ellos: armarios altos de madera llenos de papeles y sagradas escrituras, algunos cuadros en las paredes, unas pocas sillas de madera colocadas una junto a otra formando un pequeño espacio de descanso.
Todo decorado con la misma estética marina de la iglesia, tan sobria y repetida que no destacaba en nada…
salvo por ser la sala donde los obispos pasaban el tiempo o se preparaban para las misas.
Sin detenerse, el sacerdote pidió que lo siguieran y caminó hasta el fondo, donde comenzó a subir por una escalera de caracol.
“¿Por qué vamos hacia arriba?
¿No íbamos a las catacumbas?” preguntó Lidia, algo desconcertada.
“No te preocupes, sacerdotisa.
Para evitar que cualquiera pudiera entrar en ellas, se decidió que el único acceso a las catacumbas se hiciera desde el punto más alto de la iglesia: el campanario”, respondió uno de los otros dos sacerdotes, como si ya lo hubiese explicado otras veces.
Con la duda resuelta, nadie más habló durante el ascenso.
Al llegar a la cima de la escalera, una gran campana de metal grisáceo, decorada con piedras verdes y azules, les indicó que habían llegado.
Desde las cuatro direcciones, las paredes abiertas del campanario permitían ver Farne en su totalidad.
Y todos, sin excepción, se vieron atraídos por la misma escena.
A lo lejos, el puerto que hasta hacía apenas una hora había estado intacto, ahora ardía envuelto en llamas.
La multitud, sumida en el pánico, corría en todas direcciones, buscando escapar de un atacante que, al menos desde donde estaban, seguía siendo invisible a sus ojos.
Con la sorpresa aún marcada en sus ojos, Luke soltó con suavidad la mano de Lidia y se asomó por uno de los lados del campanario, inclinando apenas la cabeza para tener una mejor vista de la plaza bajo ellos.
Lo que vio lo dejó sin palabras.
La plaza, antes rebosante de vida y de gente entusiasmada, se había teñido por completo de rojo.
En su centro, la marca de una gran explosión había dejado un cráter humeante y agrietado.
Alrededor de él, los cuerpos mutilados, heridos y quemados yacían sin orden, confundiendo los restos de civiles con los de los guardias, cuyas armaduras ahora también estaban manchadas de sangre.
La mayoría de los ilesos —o al menos los medianamente heridos— ya habían huido del lugar, desapareciendo entre callejones y sombras.
Solo quedaban los más graves, aquellos que no podían moverse por sí mismos…
y unos pocos atrapados en el shock, arrodillados entre los restos, observando en silencio los cadáveres de sus amigos, de sus padres, de sus hijos.
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