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El Mar de los Secretos - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 Capítulo 38 Atentado
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39: Capítulo 38: Atentado 39: Capítulo 38: Atentado Los gritos lejanos del puerto contrastaban por completo con el silencio triste y aterrador que envolvía la plaza.

Luke ni siquiera pudo mantener la mirada ante aquella escena.

Forzándose a volver en sí, se giró para regresar junto a Lidia.

“No perdamos el tiempo, bajemos lo antes po…” <Boooom> Cortando su frase de raíz, una segunda explosión sacudió con fuerza el campanario, haciendo temblar incluso los cimientos.

Esta vez, sí lograron ver claramente el origen: a lo lejos, en los campos de cultivo que bordeaban el pueblo, un resplandor naranja se alzó con furia.

El estallido había dejado un cráter en medio de un extenso mar de trigo dorado, ahora incendiado.

Las llamas se extendían velozmente por los alrededores, devorando la cosecha como si el fuego tuviera hambre.

Nadie dijo nada.

Pero en un acuerdo silencioso, todos comenzaron a descender por las estrechas escaleras de caracol, medio ocultas en la piedra del campanario.

El único sonido era el eco apagado de sus pasos sobre los escalones y las respiraciones contenidas.

Luke, aún aferrado a la mano de Lidia, llevó la otra al interior del bolsillo de su pantalón, donde sus dedos rozaron un objeto familiar.

Su textura áspera y blanda le recordó a una tela de lino.

En ese instante, sin darse cuenta, su voz comenzó a murmurar casi en un susurro, creando un eco leve y solitario en la escalera: “¿Debería…?

No, mejor no…” “Dos explosiones…

una en la plaza, otra al este, en los campos de cultivo.

El puerto en llamas…” —Su voz era apenas un hilo, atrapado entre el pensamiento y la palabra—.

“No puede ser aleatorio.

Tiene que haber una razón.

Además, ¿por qué no hemos visto a ninguno de los atacantes?

¿Cómo pueden hacer todo esto sin aparecer?

¿Atacan desde la distancia…?

No es imposible…

podrían haber alcanzado el puerto…

pero justo dar con la plaza también sería demasiada casualidad.

Espera…

¿El puerto fue una tercera explosión?

Si es así…

¿Por qué no escuchamos nada?” Todos, medianamente sorprendidos, observaron a Luke.

Él, absorto en sus pensamientos, ni siquiera se percataba de sus miradas.

Seguía susurrando sin cesar, sin notar que, gracias al silencio reinante y al eco natural de la escalera, cada palabra era perfectamente audible para todos los presentes.

“¿Y si no fue una explosión?

Eso implicaría que provocaron el incendio…

pero, teniendo en cuenta que descarto que estén atacando desde la distancia, tendrían que estar aquí…

¿Y si ya estaban aquí?

¿Y si estaban camuflados desde el principio?

Aprovechando que todo el mundo se encontraba en la plaza…

iniciar un fuego en el puerto…

Así, cortando la salida por mar…

Tiene sentido.

Claro…

La segunda explosión fue en los campos del este, la única salida directa hacia los campamentos del centro de la isla y el puerto Ahm…

¿Nos están quitando las salidas?

¿Pero entonces por qué el ataque a la plaza…?

Tal masacre…

¿A cuento de qué?

¿Qué buscan?

¿Por qué hacen esto…?

¿Por qué justamente hoy…?” Como si, de pronto, una chispa hubiese encendido un cable suelto, Luke se sobresaltó.

Se giró bruscamente hacia el gran obispo, que descendía unos escalones detrás de él.

“¿Qué tan confidencial ha sido su llegada?”, preguntó con un tono entre urgencia y lucidez, sus ojos fijos en los del anciano.

El gran obispo, que no solo lo había escuchado con atención, sino que había seguido en silencio todo el razonamiento, no pudo evitar sentir una punzada de respeto por su lógica afilada.

Ni siquiera le importó que hubiese osado mirarlo directamente al rostro sin haber recibido permiso.

“Completamente confidencial”, respondió con seguridad, su voz grave y pausada resonando con fuerza en la estrechez de la escalera.

“¿Es imposible cualquier filtracion?” “Absolutamente” siguio con un tono absolutamente seguro “¿Es completamente imposible cualquier filtración?” insisitio “Absolutamente.” Siguió con un tono firme, completamente seguro.

Sin más opción que aceptar las palabras del Gran Obispo, Luke volvió a sumirse en sus pensamientos públicos.

“Si el ataque a la plaza no ha sido para buscar al Gran Obispo, solo queda la opción de que querían sumir a todo el lugar en el pánico…

así poder actuar desapercibidamente entre el caos.

En serio…

¿qué están buscando aquí?” Antes de darse cuenta, la escalera de caracol ya había terminado, dando paso a un largo pasillo de roca cincelada, completamente oscuro por la falta de luz.

Sujetando una de las antorchas colocadas junto a la escalera, y con las cuatro que portaban las mujeres vestidas con las túnicas azul oscuro, el grupo —guiado por los sacerdotes— cruzó las catacumbas hasta llegar bajo una trampilla que conducía hasta una pequeña casa abandonada de la ciudad.

El interior, aún decorado con muebles desgastados, viejos y cubiertos de polvo, añadía aún más sensación de abandono al lugar.

“Esta es una antigua casa de uno de los primeros sacerdotes del pueblo”, respondió uno de los sacerdotes antes de que alguien pudiera preguntar.

Sin perder el tiempo, todo el grupo salió por la puerta principal, que conectaba con una de las muchas calles de Farne.

A pesar de estar vacía, seguía intacta y ajena a lo que estaba sucediendo.

En el cielo, la gran cortina de humo proveniente del puerto cubría buena parte del horizonte, dejando claro que la situación había empeorado.

Sabiendo que, en caso de preguntar, existía la posibilidad de que se negaran y tuviera que ir solo, Luke decidió adelantarse.

Antes de que alguien pudiera decidir nada, comenzó a avanzar hacia el sur.

El grupo, sin saber el porqué, tampoco preguntó, simplemente comenzó a seguirle.

Su objetivo era claro: llegar a las afueras del sur del puerto, donde estaban Aroa y todos los niños.

Ante la idea de que los estaban encerrando en Farne, cortando las salidas con explosiones, Luke sabía que, si estaba en lo cierto, el orfanato —ubicado justamente en la salida sur— estaría en peligro, lo que aumentaba aún más su urgencia por llegar y evacuar a todos.

El camino, vacío de gente —que ya había huido o se mantenía encerrada en sus casas por temor—, permitió que el grupo, guiado sin cuestionamientos por Luke, llegara hasta los campos de cultivo del sur de Farne, donde el orfanato aún permanecía en buen estado.

Incapaz de mantener por más tiempo su fachada tranquila, Luke comenzó a correr hacia el orfanato con la mano de Lidia bien sujeta.

Ella, corriendo a su lado, mantenía el ritmo con cierta dificultad.

Conforme cruzaban a través de los campos de cultivo hacia el orfanato, este se volvía cada vez más grande ante la cercanía, dejando ver su jardín, el cual, completamente vacío, indicaba que todos se encontraban dentro.

La mente de Luke buscaba desesperadamente el mejor modo de sacar a todos de allí.

Entrar completamente alterado solo complicaría las cosas, pero tampoco tenía demasiado tiempo para explicaciones.

Se obligaba a pensar que estaba equivocado, que lo ocurrido en el puerto y en los campos del este respondía a alguna otra razón.

Pero ni siquiera tuvo tiempo de decidir nada.

Aún a una distancia considerable, todo se volvió blanco…

para ser reemplazado, de inmediato, por el rojo abrasador de una gran explosión junto al orfanato.

Entre la ceguera repentina y el tardío zumbido en sus oídos, Luke ni siquiera pudo mantener el equilibrio.

Cayó de rodillas al suelo, incapaz de seguir sujetando la mano de Lidia.

Su mirada, vacía y perdida, solo pudo distinguir cómo el fuego de la explosión había destruido un cuarto del orfanato, desencadenando un incendio imposible de apagar en poco tiempo, avivado por la vieja y reseca madera de su estructura.

Cuando finalmente logró volver en sí, incluso con el zumbido aún latiendo en sus oídos, forzó sus piernas para ponerse en pie, decidido a correr a evacuar a los demás.

Pero no se lo permitieron.

Los tres sacerdotes, que habían comenzado a correr tras él en cuanto reaccionaron, lo sujetaron con fuerza.

“¡Mantén la calma, es peligroso!”, gritaban, luchando por contenerlo.

“¡Soltadme, tengo que ir a sacarlos!”, gritó desesperado, luchando inútilmente contra las manos que lo retenían, mientras el fuego se expandía sin control.

A su lado, Lidia, de alguna manera, había logrado mantenerse de pie pese a la repentina ceguera y el zumbido persistente en sus oídos.

Aun así, ni siquiera podía respirar ante lo que sus ojos contemplaban.

Una de las mujeres del grupo la alcanzó y la sujetó con firmeza, temiendo que corriera hacia las llamas.

“No…” susurró, sin siquiera intentar liberarse del abrazo que la retenía.

…

La palabra tranquilidad, ya olvidada en el orfanato, había sido sustituida por el caos y la animosidad extraña a esas tardías horas de la noche.

Aroa, cosiendo una de las pequeñas prendas rotas de uno de sus niños, observaba desde una de las ventanas del segundo piso a los pequeños todavía jugando en el jardín, aprovechando las dos horas extras antes de irse a dormir que Aroa les había dado por ser la luna lavanda.

Si bien el agudo ruido nacido de las pequeñas y aún en desarrollo cuerdas vocales de los niños podría considerarse molesto, ella ya estaba acostumbrada.

Tanto, que incluso había encontrado cierta armonía en él, lo suficiente como para soportarlo con buen ánimo.

Sus manos, moviéndose con la precisión que solo los años de experiencia podían otorgar, pasaban la aguja con firmeza y calma, ajenas a la atención de sus ojos rojos y brillantes como rubíes, que se mantenían fijos en un pequeño grupo de tres niñas.

A diferencia del resto —que jugaban con pelotas, subían a los árboles o corrían unos tras otros—, ellas se habían sentado bajo uno de los árboles más frondosos del jardín, donde, disfrutando de la sombra, leían juntas un mismo libro.

Sin darse cuenta, las tres pequeñas parecieron desvanecerse de su vista, dejando en su lugar a una sola niña, de su misma edad, sentada bajo un árbol más pequeño.

Su cabello castaño oscuro, casi negro, caía hasta los hombros, con un largo flequillo que ocultaba sus mates ojos azules.

Estos, a su vez, estaban fijos en un grueso libro que cualquiera dudaría que pudiera siquiera levantar.

Leyéndolo con evidente concentración, una ligera sonrisa se dibujó en su adorable rostro.

Gesto que, de manera involuntaria, Aroa imitó… hasta que pestañeó, volviendo a ver a sus tres pequeñas leyendo juntas.

Su corazón, claramente afectado por el día que era, ya había aceptado la negativa que le habían dado.

Y, aun así, no podía evitar sentir que debía ver a su pequeña, al menos durante el momento en que se convirtiera en adulta.

Pero no… pese a toda su insistencia, pese a discutir con su hermano, pese a todo, se lo habían prohibido.

Una parte de ella quisiera sentir envidia hacia Luke, a quien, sin problema alguno, le habían permitido asistir.

Pero Aroa no era así.

Ni siquiera obligándose podía sentir la más mínima envidia hacia su marido.

Más bien, sentía cierta gratitud de que, al menos, a él le permitieran mantener el contacto con ella.

Ya se había tenido que despedir de muchos de sus pequeños, ya fuera porque se independizaban o porque lograban ser adoptados por alguno de los casi inexistentes viajeros que pasaban por el orfanato.

Pero Lidia fue diferente.

Llegaron de repente diciendo que iba a ser adoptada por la Iglesia del Mar, que había sido elegida para convertirse en un alto cargo de la iglesia.

Ni siquiera tuvo tiempo de procesarlo.

Dos días después, ya no estaba.

Se había ido… y desde aquel día, solo Luke pudo saber de ella.

La tristeza que hasta entonces había contenido, incapaz ya de ocultarse, salió al exterior en forma de una ligera lágrima que descendió por su rostro marcado por la edad.

Al sentir el cosquilleo en su piel, Aroa volvió en sí, percatándose de que aún mantenía la mirada en sus tres pequeñas, que ya se habían dado cuenta de su atención.

Dejando a un lado su libro, comenzaron a saludarla con sonrisas infantiles.

Sin pensarlo, Aroa alzó la mano para devolverles el saludo… pero no llegó a hacerlo.

A la distancia —según sus cálculos, desde el interior del pueblo—, una gran explosión nació de repente iluminando el nocturno cielo.

Instantes después llegó el sonido, rompiendo la entretenida mañana.

Los niños del jardín se detuvieron al instante, girando la cabeza hacia el lugar de donde había provenido el estruendo.

“¡Rápido, entrad a casa!”, gritó Aroa, tan sorprendida como sus pequeños.

Ni siquiera pensó en lo que estaba cosiendo; lo dejó sobre la silla sin mirar y se dirigió de inmediato hacia la planta baja, guiando a los niños que ya corrían hacia el interior.

Cuando todos estuvieron dentro, Aroa los llevó al comedor, la habitación más grande del orfanato y la única capaz de albergar cómodamente a todos.

Sin saber bien por qué, comenzó a contarlos en su mente… pero no llegó a terminar.

Una segunda explosión resonó por todo el lugar, aún más cercana.

“¿Aroa, qué ha sido eso?”, preguntaron algunos.

“¿Mamá, qué ha sido eso?”, dijeron otros.

Con una creciente ansiedad en el pecho por no entender lo que estaba ocurriendo, Aroa tuvo claro al menos una cosa: debía mantenerse en calma y conseguir que sus pequeños no entraran en pánico.

“Todo está bien, no os preocupéis.

Pero tenemos que quedarnos aquí hasta que dejemos de escuchar esos ruidos, ¿vale?” Los más pequeños respondieron con un “sí” sin pensarlo, mientras que los mayores se limitaron a asentir, incómodos y sin comprender la situación.

Con la calma medianamente establecida, entre todos y guiados por Aroa cerraron todas las ventanas y puertas, dejando como única luz la de las lámparas de gas del interior.

“Por favor, Gran y Santa Náurya, que Luke y Lidia estén sanos y salvos…” rezó en voz baja, mientras abrazaba a los más pequeños que se habían acercado a ella, buscando refugio del miedo a que sonaran más sonidos fuertes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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