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El Mar de los Secretos - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 39 Cenizas de un hogar
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40: Capítulo 39: Cenizas de un hogar 40: Capítulo 39: Cenizas de un hogar Los segundos, los minutos…

cualquier instante del tiempo parecía haberse ralentizado en el interior del orfanato.

Nadie hacía ruido, nadie se movía lo más mínimo.

La curiosidad de abrir las ventanas para ver el exterior se reprimía entre todos.

A pesar de la situación, se mantenían relativamente calmados, en gran parte porque no se habían escuchado más explosiones.

Con el paso de más tiempo, Aroa dejó que los pequeños se separaran en grupos.

Algunos permanecían abrazados, aún inseguros; otros, más relajados, comenzaron a jugar a pequeños juegos de palabras o a susurrar canciones, suavizando el ambiente poco a poco.

Si no fuera por el estado de la sala —ventanas y puertas cerradas, iluminada únicamente por la luz del gas— podría confundirse fácilmente con un día de lluvia, de esos en los que los niños también se reunían en el comedor para hablar y jugar.

Más tranquila y agradecida de que la tensión hubiese cedido, Aroa se acercó a la cocina abierta del comedor con la idea de preparar algo sencillo para comer, buscando normalizar aún más el ambiente.

Mientras todos mantenían un murmullo bajo en sus juegos, el chisporroteo de la plancha se sumó al fondo sonoro, donde Aroa había comenzado a cocinar unos lomos de pechuga de pollo que tenía almacenados en sal.

Todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Aroa, sonriendo para sí, agradecía que todo hubiese salido relativamente bien.

Aún seguía preocupada por Luke y Lidia, pero si él todavía no había regresado, significaba que la situación fuera se había calmado y que los guardias del pueblo habrían logrado, al menos, mantenerla bajo control.

<Booom> Pero, como una tormenta nacida justo en el instante más pleno de calma, todo el ambiente sereno se desplomó en menos de lo que dura un pestañeo.

Aunque la luz de la explosión no alcanzó el comedor, el sonido ensordecedor aplastó sin piedad cualquier otro ruido, sustituyéndolo por un zumbido agudo, doloroso y constante.

El temblor que sacudió el orfanato hizo caer todo a su alrededor: las lámparas rodaron por el suelo, varias mesas quedaron volcadas, los utensilios de cocina se esparcieron entre virutas de madera desprendidas por la vibración.

Si un segundo antes el ambiente era, dentro de la situación, relativamente calmado, ahora se había transformado en lo contrario.

Incluso los niños más mayores rompieron a llorar, desbordados por el susto y el dolor en los oídos.

Aroa, incapaz de escucharlos pero viendo las lágrimas desbordadas en sus rostros, apenas lograba mantener el equilibrio y la mente clara.

Sin embargo, sacando fuerzas de ese lugar oculto que solo una madre conoce, abrió la puerta del pasillo y comenzó a guiar a todos fuera del comedor.

La situación era evidente: una explosión había alcanzado el orfanato y lo último seguro era permanecer allí.

El pasillo no necesitaba luz; un cuarto del horfanato había sido desprovisto de techo y paredes, dejando que el fuego en expansión iluminara con su brillo anaranjado el resto del interior.

“¡Seguidme, tenemos que salir rápido!” ordenó a los niños, con la mayor calma que pudo reunir.

Su mente, enfocada en sacarlos a todos, no se permitió sentir pena por el orfanato que tanto le había costado levantar.

En ese momento, todo lo demás quedaba reducido a un único objetivo: llevar a cada uno de ellos a un lugar seguro.

Agradeciendo a Náurya que la explosión hubiese ocurrido en el lado opuesto al comedor, Aroa condujo a todos los niños hacia el jardín con la mayor velocidad que pudo, mientras el fuego continuaba expandiéndose.

Cuando la puerta se abrió y el exterior se mostró ante ellos, dejó que la oscuridad de la noche y el aire fresco golpearan el interior.

Sin detenerse, Aroa comenzó a dejar pasar a los niños, que sin dudar un segundo corrían hacia el jardín, alejándose del peligro que crecía a sus espaldas.

…

Con solo uno de los tres sacerdotes consiguiendo mantener una de sus manos sobre Luke, tras un largo forcejeo consiguió liberarse con un último movimiento donde desagrro su camisa para poder escapar.

Fue en ese preciso instante cuando la puerta del orfanato se abrió, dejando ver a Aroa seguida de todos los niños.

El agobio, la ansiedad, el miedo…

todos los sentimientos acumulados en Luke al ver la explosión se desvanecieron al ver a su esposa y a los pequeños salir prácticamente ilesos del orfanato.

Pero eso no detuvo su velocidad; con la misma prisa que al principio, sacó un pequeño guante grisáceo de su bolsillo y lo colocó en su mano mientras corría hasta alcanzar la verja negra del jardín.

Su mente se liberó de cualquier atadura; toda la información a su alrededor simplemente fluía por su cabeza con una facilidad y claridad absolutas.

“¡Aroa!” gritó en cuanto llegó a la puerta.

Aroa, aún dejando pasar a los niños, giró la cabeza en el instante en que reconoció la voz.

“¡Luke, estás bien, gracias a Náurya!

¿Cómo está Lidia?” gritó también, aliviada, antes de preguntar.

“¡Está conmigo sana y salva, daos prisa, salid y vamos juntos!” Con la alegría de saber que Lidia también estaba en buen estado, guió a todos los niños hacia el jardín.

<Piiiiiiiiii> Con todos ya fuera, solo quedaba que Aroa abriese la verja para salir al exterior, cuando un agudo y molesto sonido se esparció por todo el lugar.

“¿Qué es eso?” preguntó Aroa al aire, distrayéndose un instante.

<Booooooooooom>  No hubo tiempo para pensar, no hubo tiempo para reaccionar, no hubo tiempo de nada.

En un instante, todo el hogar, todo el jardín…

todo el lugar fue envuelto por una gran explosión nacida del gas inflamable del orfanato.

El único que siquiera pudo ver algo fue Luke, que, gracias a llevar puesto su guante, percibió en cámara ralentizada cómo la ola de gas incendiado se expandía desde el interior del orfanato.

Todo fue tan rápido que el sonido no consiguió salir de su garganta, pero, como un acto instintivo, sí pudo estirar su brazo a través de la verja buscando sujetar a Aroa, aunque físicamente fuese imposible por la distancia.

La ola se expandió violentamente en todas direcciones, formando una explosión incluso mayor que la de la supuesta bomba.

El calor del gas incendiado, el dolor de la piel de su brazo deshaciéndose, la impotencia de observar cómo Aroa ni siquiera era capaz de reaccionar ante el fuego que la envolvía por completo…

todo potenciado por el guante, fue lo último que Luke consiguió sentir antes de que su cuerpo cediera por completo ante la sobrecarga emocional y física que sintió.

…

Iluminado por los tonos cálidos del fuego, el puerto de Farne ardía en un incendio catastrófico que liberaba tanto humo al cielo que había borrado por completo el tono lavanda de aquella noche.

Entre las estrechas calles, cientos de personas, guiadas por algunos guardias y por Cassimir, corrían hacia el muelle, donde varios barcos recogían a los habitantes para huir a algún puerto cercano, lejos del ataque de un enemigo invisible.

Era el cuarto viaje de Cassimir hacia el muelle llevando supervivientes, pero aun así no había en su rostro ni un gesto de seguridad; la urgencia lo envolvía.

Solo deseaba correr hacia el sur, donde se encontraba el orfanato de su hermana, posiblemente afectado por la tercera explosión.

Si no fuera por su responsabilidad como canciller de la isla, habría ido directamente a rescatar a su hermana y a sus pequeños.

Pero no pudo; todo ocurrió demasiado rápido, justo cuando, por fin, había podido descansar tras ultimar los preparativos para la llegada del Gran Obispo.

Todo empezó cuando estaba en el ayuntamiento, donde, junto a sus vocales, tuvo que dejar de lado su egoísmo y calcular con rapidez absoluta un plan de actuación.

Con un cierto orden dentro del caos absoluto causado por el miedo y el fuego que los rodeaba, el cuarto grupo de supervivientes terminó de subir a uno de los barcos listos para escapar.

Era turno de dirigirse al sur, al lugar al que Cassimir tanto había esperado llegar, así que no perdió ni un instante.

En el mismo momento en que el último superviviente del grupo puso un pie en la cubierta, él y los veinte guardias que lo acompañaban se pusieron en marcha hacia las afueras del sur de Farne.

Sus pasos se aceleraban con la excusa de que el fuego en el puerto se expandía más rápido de lo esperado, pero en realidad era la urgencia por llegar al orfanato.

Giraban bruscamente entre calles estrechas, sin detenerse, un recorrido muy distinto a los otros viajes en que, por calles más anchas, revisaban cada casa en busca de supervivientes.

Ninguno de los veinte guardias se atrevió a preguntar por qué esta vez era diferente.

Tras un último giro, los campos de cultivo se mostraron ante sus ojos, teñidos de un rojo brillante.

Todo se derrumbó.

Prácticamente la mitad de los campos ya estaban devorados por las llamas, pero eso no importaba.

Lo que lo paralizó fue el orfanato… reducido a escombros, con apenas uno o dos pilares todavía en pie, todo destruido.

Frente a las ruinas había dos mujeres y dos sacerdotes vestidos con túnicas de la iglesia.

Una de ellas, La Sacerdotisa, lloraba desconsoladamente, gritando a un cuerpo bajo ella.

A una distancia segura, sin acercarse al orfanato en ruinas, estaban el Gran Obispo, dos mujeres más y otro sacerdote, todos con la misma túnica.

Ante la situación, con un actuar casi instintivo, corrió con sus hombres hacia el orfanato, dejando a dos junto al grupo para ayudarles a socorrer al hombre que, al acercarse, Cassimir logró identificar como Luke.

La mitad de su torso descubierto, al igual que su brazo izquierdo por completo, habían sido quemados sin piedad, la piel derretida.

Su rostro y piernas, de alguna manera, habían resultado ilesos, pero ni siquiera eso podía celebrarse ante la gravedad de sus heridas.

Pese al estado catastrófico de Luke, Cassimir tuvo clara su prioridad: se plantó frente a la puerta negra cerrada que separaba el jardín del orfanato con el exterior.

Desde la distancia y con las prisas, ni siquiera pudo percatarse… pero ahora, frente a ella, no podía apartar la mirada.

Tantos cuerpos calcinados, con quemaduras inimaginables, todos ellos tan pequeños… Ninguno emitía un solo gemido de dolor, dejando claro que no quedaba vida alguna en el interior del jardín.

Entre todos, solo había un cuerpo que pudiera catalogarse como adulto.

Justo el más cercano a la puerta, que aún sostenía un manojo de llaves tan quemadas como él mismo.

Algo en su mente le decía, cruelmente, que su terrorífico pensamiento podía ser real.

Sus ojos se lo decían.

La situación se lo decía.

Pero aun así, no estaba dispuesto a aceptarlo.

Ni siquiera intentó tomar las llaves.

Comenzó a golpear con fuerza la puerta, intentando romperla sin éxito, hasta que, con la ayuda de dos guardias, logró forzarla y abrirla.

Inmediatamente corrió hacia el cuerpo calcinado, en un estado casi onírico.

Claramente, aquello no podía ser real… por mucho que todo lo indicara.

No necesitó más que ver los ojos, extrañamente intactos, rojos como rubíes, aún brillantes pese al estado del cuerpo.

Sus piernas cedieron.

Su cabeza se volvió demasiado pesada para mantenerla erguida.

Sus ojos, insoportablemente sedientos, comenzaron a llorar.

“¡Aroa…!” gritó con el alma bañada en el más puro de los dolores.

“Aroa” dijo con la voz absolutamente rota.

“Aroa” susurró al cuerpo estático de su querida hermana.

Los guardias, sin atreverse a decir nada ante el estado de su canciller, actuaron por voluntad propia, cargando con cuidado todos los pequeños cuerpos calcinados fuera del orfanato y colocándolos, uno junto a otro, en línea.

Lidia, pegada al cuerpo desmayado y quemado de Luke, seguía pidiéndole que despertara, mientras los dos sacerdotes y las dos mujeres solo la observaban.

Cassimir, completamente derrotado, permanecía en silencio frente al cuerpo calcinado de su hermana, que era el único que quedaba ya en el jardín.

El único que podía mantener un temple sereno y estático, pese a la situación, era el Gran Obispo, que en silencio se mantenía a distancia.

Cassimir quería quedarse allí, quería rendirse y asumir la culpa de no haber sido egoísta, de no haber dado prioridad a su hermana.

Tal vez así, en vez de estar ahí, ahora estaría en un barco rumbo a algún puerto.

Pero no… tuvo que mantener sus formas ante los vocales y aceptar un orden de evacuación.

Hasta que una voz resonó tras él.

“Por lo que entiendo, claramente era alguien muy importante para ti” habló una voz tranquila, agravada por la edad.

Ante la vista de todos, el Gran Obispo —que había permanecido en la distancia— comenzó a caminar entre todos hacia el interior del orfanato, plantándose tras Cassimir.

“Era mi hermana…” susurró con una voz derrotada por el dolor.

“Realmente lo lamento.

Seguro que Náurya la aceptará en un sagrado reino por la eternidad” respondió sin cambiar el tono de su voz.

“Como si eso realmente me importara” replicó Cassimir, ignorando por completo que se tratara del Gran Obispo.

El Gran Obispo ni siquiera le dio importancia a la respuesta.

Solo giró la cabeza y miró a los guardias que, estáticos, no se atrevían a decir nada.

“Por favor, dejad este cuerpo junto a los demás.

Dejadme darles una despedida digna” ordenó a los guardias sin pudor alguno.

Los veinte guardias se quedaron inmóviles ante la orden.

Claramente estaban obligados a actuar ante alguien superior a su canciller, pero Cassimir estaba destrozado… ¿cómo podrían hacerle eso?

Pero Cassimir no dijo nada, no dio una negativa, lo que hizo que, tras un momento de duda, cuatro de los guardias actuaran y recogieran el cuerpo de Aroa.

Cassimir ni siquiera trató de impedirlo; acabó junto a los demás cuerpos.

El Gran Obispo se plantó ante las dos líneas de cuerpos calcinados, en un lugar donde el fuego a su alrededor hacía brillar el plateado de su túnica y tiara.

“Sacerdotisa Lidia, por favor, ayúdame a despedirme de ellos dignamente” dijo, manteniendo la mirada en las dos líneas.

Lidia, que todavía le pedía a Luke que despertara, se sorprendió de inmediato.

“Cuanto antes lleguemos a un barco y podamos tratar sus quemaduras, más posibilidades tendrá de sobrevivir” dijo uno de los guardias, incitándola a que fuera.

Con dudas, pero sabiendo que las palabras del Gran Obispo eran absolutas, Lidia no tuvo más opción que ceder.

No sabía qué decir o hacer, así que solo pensó en imitar lo que él hiciese.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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