El Mar de los Secretos - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capítulo 40 Luna Lavanda
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41: Capítulo 40: Luna Lavanda 41: Capítulo 40: Luna Lavanda Bajo la ligera luz lavanda proveniente de la luna, Farne, rodeado por el fuego que eliminaba cualquier rastro de esa claridad, se mantenía en silencio.
La gran mayoría de los habitantes ya estaban en barcos, listos para escapar en el instante en que Cassimir les diera el visto bueno o que las llamas del puerto amenazaran con eliminar esa ruta de escape.
El norte, recién cortado por el fuego tras una cuarta explosión, fue la zona menos afectada, gracias a los casi nulos edificios allí establecidos.
El fuego que arrasaba sus cultivos no tenía riesgo de alcanzar el pueblo.
Los campos al este, ampliamente calcinados, todavía podían otorgar fuerza al fuego, que lentamente —y gracias al viento— se expandía hacia la ciudad.
A las afueras del sur, el fuego en expansión se dirigía en dirección al mar, otorgando así una breve tregua al pueblo.
Allí, bañados por la anaranjada y cálida luz de las llamas, dos largas líneas de pequeños cuerpos horriblemente quemados yacían a la espera de una última despedida.
El Gran Obispo, vestido con su túnica plateada decorada con patrones azul oscuro y su tiara papal tan plateada como su atuendo, permanecía junto a Lidia.
Ella, vistiendo un hermoso vestido también plateado, hacía relucir su largo y denso cabello azul oscuro, brillante por la luz del fuego.
“Fieles seguidores de Náurya”, alzó la voz el Gran Obispo.
“Fieles seguidores de Náurya…”, repitió Lidia, sin saber si debía decir eso u otra cosa.
“Ante la digna y sagrada voz de uno de sus Elegidos, y la pura voz de una de sus Bendecidas”, continuó sin pausa.
“Ante la digna y sagrada voz de uno de sus Elegidos, y la pura voz de una de sus Bendecidas…”, repitió de nuevo, aguantando el aliento.
“Os otorgamos el santo perdón que merecéis.” “Os otorgamos el santo perdón que merecéis…” “Libres de vuestros errores, avanzad hacia el eterno mar silente.” “Libres de vuestros errores, avanzad hacia el eterno mar silente…” “Allí donde podréis descansar, en el respetuoso reino donde vuestros hermanos os esperan.” “Allí donde podréis descansar, en el respetuoso reino donde vuestros hermanos os esperan…” “Que el Mar guíe vuestra alma”, terminó el Gran Obispo.
“Que el Mar guíe vuestra alma…”, terminó también Lidia.
Con la última despedida dada por el Gran Obispo, este se dio la vuelta hacia los guardias, como si lo que acabara de hacer fuera solo una tarea más.
“¿Cuál es la razón por la que habéis venido hasta aquí?” “Estamos evacuando a los civiles por el puerto, a través de barcos.
Esta es la última zona”, respondió el guardia más grande, levantando a Luke y cargándolo sobre su hombro.
A su lado, Lidia —quien había corrido de nuevo hacia él tras la despedida— lo ayudaba a sostenerlo con una mano, aunque no hiciera demasiada falta.
“¿Por el puerto?
¿No es el principal foco del ataque?”, preguntó el obispo sin mostrar sorpresa alguna.
Uno de los guardias se preparó para responder, pero fue rápidamente interrumpido por la voz de Cassimir, obligándolo a cederle la palabra a su superior.
Cassimir, con los ojos tan rojos como sus iris brillantes, había logrado reunir la fuerza suficiente para ponerse en pie.
Aun así, el tono de su voz y su postura todavía dejaban claro su estado.
“El ataque comenzó en el puerto, sí…
pero, considerando que no ha aparecido ni uno solo de los atacantes, decidimos apostar a que se están moviendo en sigilo, punto por punto.
Y que lo más probable era que ya hayan abandonado esa zona.
Por ahora parece que hemos acertado; no ha habido ningún contratiempo en el muelle mientras las salidas exteriores eran cortadas con explosiones”.
No esperó a que el Gran Obispo respondiese, sino que directamente hizo un gesto a sus guardias, indicándoles que le siguieran, mientras comenzaba a ir hacia el interior del pueblo.
El Gran Obispo, en silencio ante el hecho de que ignorara su respuesta, lo siguió junto a los demás.
Al pisar el interior del pueblo, el grupo del Gran Obispo —junto con el guardia que cargaba a Luke— se dirigió hacia el puerto, separándose de Cassimir y los otros diecinueve guardias, que comenzaron a buscar a los supervivientes que pudiesen quedar en las casas.
El puerto, sucumbido por el fuego, ya ni siquiera podía describirse como tal.
La madera quemada de los edificios los había hecho ceder ante la gravedad, y junto a las paredes de fuego obligaban a cambiar de dirección constantemente.
Si no hubiera sido por el guardia que cargaba a Luke, habría sido imposible llegar rápidamente hasta los barcos.
Allí, de todos los barcos que se prepararon para rescatar a los civiles, solo quedaban cuatro.
Ni siquiera estaban sujetos al muelle, lo que marcaba la necesidad de partir rápidamente.
En sus cubiertas podía verse a la gente asustada y nerviosa; los dueños de los barcos, atentos para zarpar como lo habían hecho los demás, se mantenían a la espera de que llegara Cassimir…
o de que el fuego hiciese obligatorio partir de inmediato.
“¡Traigo un herido!” gritó el guardia, sujetando firmemente a Luke junto con Lidia.
Durante un instante, solo el sonido del fuego resonó en el muelle, hasta que, desde uno de los cuatro barcos, la voz del capitán se dejó escuchar: “¡Tráelo aquí, uno de mis hombres tiene conocimientos de medicina!” Segundos después, ante la mirada de todos en la cubierta, una pequeña pasarela de madera fue colocada.
El guardia, directo y sin querer perder un segundo, se dirigió a la cubierta junto a Lidia, quien fue detenida por el Gran Obispo.
“Entiendo que estés preocupada por él, pero tienes que venirte con nosotros.” Incrédula, Lidia miró con sus ojos plateados al Gran Obispo.
“Debes venir con nosotros a la isla Fazu”, añadió, señalando el gran, elegante y hermoso barco con el que habían llegado.
Este, algo alejado de los barcos llenos de civiles, todavía podía verse a través de las llamas gracias a su imponente tamaño.
Cuatro hombres corpulentos trabajaban sin descanso, lanzando agua y arena para contener la única pared de fuego que impedía llegar hasta él.
“Entonces que venga con nosotros”, respondió Lidia, al ver que realmente los cuatro hombres estaban logrando abrir paso.
“Lo lamento, pero ese barco es sagrado.
No podemos dejarle subir”, se negó de inmediato a la proposición.
Sin esperarse la negativa, Lidia bajó la mirada hacia el cuerpo del Gran Obispo, incapaz de sostenerle el rostro.
Sus palabras y órdenes eran absolutas…
pero no quería separarse de Luke.
“Entonces no voy”, se negó a seguirles, tras una rápida deliberación en su mente.
En su interior había imaginado que esas palabras le saldrían teñidas de miedo por desafiar al Gran Obispo, pero, nacidas de la genuina decisión de permanecer junto a Luke, brotaron con una firmeza feroz y directa.
Sintiendo la plateada mirada de Lidia sobre él, el Gran Obispo soltó un largo suspiro.
Aun así, no mostró rastro de enfado ni disgusto.
“Eres consciente de que perderás todo.” “Me da igual.
O se viene él, o me voy con él”, siguió, decidida a no separarse de Luke.
“Es una lástima”, susurró el Gran Obispo, dándose la vuelta.
Tras él, los cuatro hombres habían conseguido abrir un pequeño hueco por el que acceder al barco.
Sin decir más, comenzó a caminar hacia la embarcación, seguido por los demás…
excepto Lidia.
Rápidamente se dieron cuenta de que no los estaba siguiendo, pero, ante la orden de dejarla estar, ninguno insistió y continuaron detrás del Gran Obispo, dejando a Lidia sola.
Tras unos segundos observando cómo se marchaban, Lidia se giró y corrió hacia la cubierta del barco donde, en un pequeño espacio circular, Luke había sido tumbado en el suelo mientras dos hombres trataban sus quemaduras con lo poco que tenían.
Incapaz de solo observar, Lidia se armó de valor y entró en el reducido espacio junto a los dos médicos.
“Por favor, dejadme ayudar.” Como una luna en mitad del cielo, Lidia destacaba más que nadie en el barco; todos vestían ropas humildes, propias de quienes huían con lo puesto, mientras que ella llevaba un elegante vestido plateado.
Los dos hombres quedaron inmóviles ante la inesperada petición y la belleza de Lidia, tardando un momento en responder.
“No toques las quemaduras.
Levanta el brazo con cuidado”, indicó uno de ellos, volviendo a concentrarse en tratar a Luke.
…
El fuego, ya casi alcanzando el agua del puerto, fue cruzado por Cassimir, los diecinueve guardias que le seguían y un gran grupo de civiles.
Ante ellos, los últimos dos barcos que habían aguantado hasta el último instante estaban a punto de huir de allí.
Ante la voz grave de Cassimir, ambos barcos bajaron la pasarela para distribuir a los civiles.
Con todos a salvo, siendo el último en subir, Cassimir ayudó a retirar la última pasarela, dando así la orden a los dos últimos barcos de huir de allí lo antes posible.
…
En el centro de la isla Filis, en la cima de una de las muchas montañas que la dividían en dos, iluminadas por el color lavanda naciente de la luna, una mujer observaba cómo los últimos barcos partían del puerto Farne, ahora envuelto en fuego.
Vestía una camisa de lino blanca, ajustada y apenas disimulada bajo una larga chaqueta de fustán rojo oscuro, que combinaba con sus pantalones anchos del mismo tono, el camal metido sin cuidado en unas botas altas de cuero negro.
Su rostro, remarcable por la nariz aguileña, disimulaba en parte las arrugas que delataban cierta edad.
Con una mano bañada en sangre por la dolorosa falta de todas sus uñas, sujetaba una mediana ballesta que parecía estar hecha de un material rojo y escamoso, similar a la piel de un reptil.
Forzándose a no mostrar ningún signo del horrible dolor que sentía en la mano, dejó de observar Farne, dándose la vuelta y comenzando a descender la montaña.
Dejando que la sangre fluyera libremente, llegó hasta un pequeño campamento iluminado por una hoguera y animado por las voces de varias personas.
“¡Capitana, ¿ya has acabado?!” preguntaron varios a la vez al percatarse de su llegada.
“Sí…, partamos lo antes posible.
No quiero estar en la isla para cuando lleguen los Kan-os”, respondió.
Sin cuestionar sus palabras ni un instante, todos recogieron el campamento en tiempo récord.
“¿A dónde nos dirigimos ahora?” preguntó una de las tripulantes, terminando de guardar la ultima de las tiendas.
“A la isla Fazu, a recoger la recompensa…” …
Navegando entre las aguas del mar medio protegidas por Anzu, el dragón blanco iluminado por la luna lavanda, el ambiente se veía increíblemente animado.
Todos en la cubierta bebían y cantaban junto a la hoguera improvisada que habían colocado en mitad de esta.
La mayoría, ya borrachos, se dedicaba a reír y hablar entre ellos, incluso dejando algo de lado a Gehrman, quien finalmente había llegado a la adultez.
Klema, entre lágrimas, lo sujetaba con fuerza gritando entre sollozos que el tiempo pasaba demasiado rápido.
Bromu, entre risas, golpeaba su espalda inmovilizada por Klema.
Nina, ajena a los demás, competía con otros tripulantes por ver quién aguantaba más bebiendo.
Kerrin, más altaneramente que Verena, reía de la situación complicada de Gehrman, mientras que Tom, extrañamente fuera de su pequeño cuaderno, sonreía ante la escena.
El pescado, la carne y las verduras plantadas frente al fuego, junto al alcohol, se consumían con ferocidad.
Después de todo, nadie quería desaprovechar esas pocas oportunidades de comer hasta llenarse.
Sin duda, el ambiente animado y festivo era completamente ajeno a lo que hacía solo unos días había sucedido en Nómaris.
Pero ni siquiera pasaba por la mente de Gehrman, quien, disfrutando más de lo que le gustaría admitir de aquel momento, dejó de mantener su cara de mala leche y comenzó a disfrutar con los demás.
“¡Atención a todos!” gritó una fuerte voz desde la puerta del camarote del capitán.
Completando finalmente en la cubierta el cien por ciento de los que estaban en el barco, junto a la hermosa Fhyl, Aphyrius hizo silenciar a todos.
“Como todos sabéis, uno de nuestros pequeños niñatos acaba de volverse un adulto.
Yo lo sigo viendo igual de idiota, pero bueno…
esperemos que con la ayuda de Náurya haya madurado un poco para la mañana.” Sosteniendo en sus manos un conjunto de ropa castaña con complementos azules, Aphyrius se acercó a Gehrman, quien fue liberado por Klema.
“Ale, pruébatelo, a ver qué tan grande te queda”, dijo en broma cediéndole la ropa.
Observando su nuevo uniforme, una ligera sonrisa se esbozó en el rostro de Gehrman.
“Voy”, respondió al aceptar el conjunto de ropa.
Con entusiasmo e ilusión genuinos, Gehrman, controlándose para no correr, fue hasta su camarote para cambiarse.
El interior seguía igual de pequeño: una cama angosta, una mesa empotrada en la pared con una silla de madera, y al lado, un armario estrecho pero alto.
Con cuidado, aunque dejando notar sus prisas, Gehrman se cambió rápidamente.
Su primera acción fue coger el pequeño espejo de mano que siempre tenía en la mesa para verse, pero se detuvo en seco.
Su mano, detenida en el aire, cambió de dirección para tomar dos papeles cuidadosamente colocados en la esquina de la mesa.
Uno era una pequeña lista con preguntas y posibles respuestas en la cual, con una tinta distinta, alguien había escrito debajo unas respuestas verdaderas.
El otro era un pequeño retrato que Gehrman había suplicado a Tom que dibujara.
Representaba a una joven de la misma edad que Kerrin, con un largo cabello que caía en cascada sobre sus hombros, dejando lucir sin impedimentos una belleza más nacida de la juventud que de unos rasgos armoniosos.
El retrato era realmente parecido a Alizée gracias a la insistencia de Gehrman para que Tom lo repitiese una y otra vez hasta conseguirlo.
Con una sensación pesada en el pecho, un largo suspiro nació de lo más profundo de su ser mientras dejaba con sumo cuidado ambos papeles sobre la mesa.
Después, finalmente, sujetó el espejo de mano y se miró a sí mismo.
Su corto cabello castaño, sus ojos oscuros y profundos, sus nuevas ropas castañas menos apretadas…
y en su cuello, cuidadosamente colocada, colgaba una bufanda azul oscuro que, al igual que sus botas del mismo color, representaban que oficialmente era uno más de la tripulación del Dragón Blanco.
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