El Mar de los Secretos - Capítulo 42
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42: Capítulo 41: Despertar 42: Capítulo 41: Despertar El silbar del viento, el canto de las aves, el olor del campo, las risas constantes de decenas de niños jugando sin preocupaciones.
Sentado, observando el animado patio del orfanato, Luke, sintiendo una alegría tan profunda y sincera, deseaba que ese instante simplemente fuese eterno.
“¿Algo interesante que ver?” preguntó una voz cálida y hermosa a sus oídos.
Sin siquiera darse la vuelta para observarla, Luke mantuvo su mirada en los niños jugando.
“Demasiadas cosas interesantes”, bromeó alegremente.
“Ya veo, déjame unirme a ti”, respondió la voz cálida mientras se sentaba a su lado.
Vestida con un largo vestido blanco, decorado con algunos triángulos amarillos en la falda lisa y larga, Aroa se sentó con elegancia a su lado.
Su largo cabello rubio apagado brillaba más que de costumbre bajo el sol, y sus ojos, tan rojos como los rubíes de mayor calidad, resplandecían incluso más que su cabello, decorando con hermosura su rostro ya maduro.
“¿Contento de que finalmente hayan cedido a que vuelva?” añadió Aroa una vez sentada junto a Luke.
“¿A que vuelva?” preguntó sorprendido ante las palabras de su mujer.
“¿No te acuerdas?
Hoy finalmente vuelve Lidia”, respondió con naturalidad.
El rostro de Luke, durante un instante, se envolvió en extrañeza, pero tan rápidamente como apareció, una segunda ola de alegría inundó su pecho.
“¿Era hoy?
¿Y no me he preparado?
Madre mía…
¿crees que al menos estoy presentable?” preguntó a Aroa, nervioso.
“No te preocupes, para ella siempre estarás presentable”, respondió con una sonrisa cálida.
Ensismismado con la que, según él, era la sonrisa más hermosa del mundo, todo a su alrededor simplemente pareció desvanecerse…
hasta que el sonido del galope de unos caballos lo hizo volver a la realidad.
En algún momento, un gran carro plateado, decorado con animales marinos disecados y conchas, tirado por dos imponentes caballos azul oscuro, se detuvo frente a la puerta de la gran valla negra que separaba el orfanato del exterior.
La pequeña puerta lateral del carruaje comenzó a abrirse con lentitud, mostrando poco a poco la figura de Lidia, quien, vestida con un hermoso vestido plateado, observaba el orfanato con una sonrisa tan resplandeciente como sus ojos plateados sin pupila.
Seguida de nadie, Lidia descendió del carruaje y entró en el jardín, cruzando la puerta, que se hallaba extrañamente abierta.
Todos los pequeños del lugar, al verla, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y corrieron hacia ella, gritando su nombre mientras la abrazaban con entusiasmo.
“¿Desde cuándo los más pequeños la conocen?” preguntó Luke, extrañado ante la escena, a Aroa.
“¿Por qué sus hermanos no iban a conocerla?” respondió ella como si nada extraño sucediera.
Por alguna razón, la respuesta de Aroa borró cualquier duda en la mente de Luke, dejando solo la alegría de que estuviese finalmente de vuelta.
Al igual que los pequeños, y acompañado de Aroa que sujetaba su mano, caminó hacia el gran círculo que se había formado alrededor de Lidia.
“Por favor, ¿nos hacéis un huequito?” pidió Luke a los niños para que le permitieran acercarse a ella.
Obedientes, los pequeños se apartaron, dejando un pasillo abierto hacia Lidia.
“¡Luke!” gritó ella, corriendo para abalanzarse contra él.
Como tantas veces había sucedido, ambos se abrazaron cálidamente.
La sensación de paz, la tranquilidad de que finalmente hubiese vuelto con ellos…
Hasta que abrió los ojos.
Lidia seguía allí, abrazándolo con fuerza, pero en algún momento el día había terminado, y ahora una oscura noche los envolvía.
Extrañado por el repentino cambio en el cielo, Luke se separó de ella con cuidado.
Fue entonces cuando se percató de que, tras él, una luz anaranjada iluminaba el lugar.
Buscando el origen de aquella Luz, giró la cabeza y se encontró con el orfanato envuelto en llamas.
Todo seguía en su sitio —la madera, la estructura—, pero todo estaba cubierto por un fuego vivo y voraz.
Alarmado, Luke se colocó entre el fuego y los niños, dispuesto a protegerlos.
Buscó a Aroa con la mirada, pero ella había desaparecido.
“¿Estás bien?
Pareces alterado” susurró una voz en su nuca, al tiempo que unos brazos lo rodeaban desde atrás.
Reconociendo de inmediato la voz, Luke, sorprendido, se dio la vuelta encontrándose con el rostro de Aroa a escasos centímetros del suyo.
Pero no era normal.
De algún modo, por sus mejillas la piel descendía en gotas, como si fuese cera fundiéndose lentamente.
En un acto involuntario, Luke retrocedió, observando cómo el cuerpo entero de Aroa comenzaba a deshacerse como una vela al calor.
Los brazos, la cabeza, el cabello, el torso…
todo perdía su forma hasta convertirse en un charco viscoso bajo sus pies.
Tras un largo instante, finalmente reaccionó.
Se abalanzó hacia ella, como si de alguna manera pudiera evitar que se derritiese, como si aún pudiera salvarla.
Pero la atravesó.
Sus manos no encontraron resistencia alguna.
Sus ojos podían verla, sus oídos podían escuchar el repiqueteo de las gotas contra el suelo…
pero al tacto, Aroa no existía.
El sudor empapaba el rostro de Luke mientras gritaba pidiendo ayuda, sin obtener respuesta.
Lo único que podía hacer era mirar cómo Aroa se deshacía poco a poco, hasta no ser más que un charco de carne y piel derretida.
Ya no quedaba nadie.
Los niños habían desaparecido.
El orfanato seguía ahí, envuelto por un fuego anaranjado que lo iluminaba todo, aunque, extrañamente, las llamas no lo consumían.
La mente de Luke, siempre clara y analítica, se cerró por completo.
Ningún pensamiento atravesaba ya su cabeza.
Solo quedaba su vista fija en aquel charco frente a él.
En un estado de shock absoluto, dejó que sus rodillas cedieran y se desplomó en el suelo.
Con manos temblorosas extendió los brazos hacia aquel líquido que, por alguna razón, ahora sí podía tocar.
Se sentía pegajoso, pero fluido.
Incapaz de hacer otra cosa, llevó esas manos manchadas de Aroa contra su propio pecho, tomó aire con desesperación y gritó.
….
“¡Haaaaaaaaaaaaaaaa!” En el interior de un pequeño camarote, decorado con una simple y pequeña cama y un baúl, Luke se sentó de golpe sobre el colchón en el que hacía menos de un segundo descansaba.
El sudor recorría su cuerpo y había dejado su huella en el colchón húmedo bajo él.
Con lentitud, su grito comenzó a perder fuerza, apagándose poco a poco hasta ahogarse en el silencio.
Hacía un instante estaba en el orfanato, tratando de alcanzar a Aroa, viendo a cámara lenta cómo el fuego la devoraba.
Y ahora estaba en una pequeña habitación, a saber dónde.
En confusión absoluta observó a su alrededor, buscando algún rastro conocido, como si una parte de él desease que aquella fuese su habitación y que ambos escenarios solo hubieran sido dos pesadillas seguidas.
Pero nada le resultaba familiar: ni las paredes de madera, ni la incómoda cama pequeña, ni la estrecha ventana que dejaba entrar la luz del exterior.
“¿Qué ha pasado?
¿Dónde estoy?
¿Esto es otro sueño…?” susurró finalmente.
En su absoluto desconcierto, Luke al menos trató de apoyarse, forzando a su cuerpo a levantarse.
Pero al colocar la mano y hacer fuerza, se detuvo de inmediato ante el dolor.
Por alguna razón desconocida tenía medio brazo y una parte de su cuerpo fuertemente vendados, entendiendo al menos por el dolor que algo le había sucedido.
Haciendo un segundo intento, esta vez sin usar la mano herida, finalmente logró ponerse en pie.
Sus pies, en buen estado al menos por la falta de dolor, no le impidieron acercarse a la puerta y abrirla.
…
En la suficientemente grande cubierta de un pequeño barco mercante, Lidia, rodeada por decenas de hombres, mujeres y niños arrodillados, de alguna manera estaba recitando una pequeña misa improvisada.
“Fieles creyentes de Náurya, mis respetados hermanos y hermanas que deseáis llegar a buen puerto sin inconvenientes…” Tras estabilizarse el estado de Luke, uno de los pasajeros del barco pudo reconocer por sus rasgos que Lidia estaba relacionada con la Iglesia del Mar.
Ella, sucumbida por la repentina mirada de todos los allí presentes, no pudo negarlo, convirtiéndose en un pequeño foco de luz ante los ojos de los desesperados civiles que huían en el barco.
“Mantened vuestra genuina e indiscutible fe en nuestra salvadora, en aquella que nos bendijo con las aguas, aquella que nos otorgó la posibilidad de poder vivir bebiendo de su creación.” Ella sabía perfectamente toda la información e historia de Náurya y de la iglesia, pero nunca había recitado una misa; es más, jamás había aparecido ante nadie que no fuese de la iglesia.
La situación la ponía notoriamente nerviosa.
“Ella es amorosa con todos aquellos que respeten al mar y a sus criaturas, así que no temáis: todos cumplimos fielmente su doctrina, por lo que hemos sido bendecidos por ella.” Tras una larga lucha contra sus nervios por vocalizar bien aquella misa improvisada, finalmente logró acabarla sin ningún contratiempo, aparte de alguna palabra bloqueada o olvidada.
“Que el mar guíe vuestras almas.” “Que el mar guíe vuestras almas”, repitieron todos junto a ella.
Siendo finalmente libre de moverse por el barco, y ahora sintiendo miradas de admiración y respeto, simplemente, como la joven idiota que era, no pudo evitar que su ego se alimentara.
Caminando con cierta altanería que para ella se suponía era autoridad, entró en la cocina del barco, donde dos cocineros bien vestidos y tres personas más, de ropas más humildes, preparaban la comida para todos.
“Buenos días”, dijo Lidia para llamar la atención de alguno.
“Buenos días, señorita Lidia”, respondió uno de los cocineros al recibir su saludo.
Sin necesidad de palabras y con un pequeño golpecito en el hombro a uno de los ayudantes, este cogió una bandeja que tenían separada y se la entregó a Lidia.
“¿Cómo está él?”, preguntó la ayudante, medianamente preocupada.
“Sigue durmiendo tranquilo, pero no va a peor, así que supongo que está recuperándose”, respondió Lidia, algo dudosa.
“Ya veo, bueno, no te molesto más”, se despidió la mujer antes de volver a su trabajo.
Lidia, manteniendo con sus manos el equilibrio de una bandeja con comida para dos, la mitad sólida y la mitad triturada, puso rumbo hacia los camarotes.
Frente a la puerta número dos se detuvo por un instante, tratando de sostener la bandeja con una sola mano para poder abrir con la otra.
Pero a mitad de su intento la puerta se abrió por cuenta propia.
Tras ella, Luke apareció.
Aún con medio brazo y parte del cuerpo vendado, se veía claramente confundido.
Lidia, por su parte, abrió los ojos de inmediato, haciendo que sus plateados ojos sin pupila brillaran más que de costumbre.
<CLANG> Ante la sorpresa, olvidó por completo hacer equilibrio.
La bandeja, vencida por la gravedad, cayó contra el suelo de madera, esparciendo la comida por todas partes.
Luke tenía decenas de preguntas, pero solo tres lograron salir al ver a Lidia: “¿Estás bien…?
¿Qué ha pasado…?
¿Dónde estamos?” Ella lo escuchó, pero ninguna palabra salió de su boca.
Con los ojos aún muy abiertos, sentía la necesidad más fuerte de abalanzarse sobre él, aunque temía hacerle daño por las heridas.
“Has despertado…” se le escapó, pese a la clara evidencia ante sus ojos.
Luke pensó en responder con un “eso creo”, pero simplemente no se sentía cómodo para hacer una broma.
Claramente, ella estaba tan sorprendida como él.
Apuntando con cuidado al punto de contacto, Lidia se dejó vencer por sus ganas y se lanzó sobre Luke, procurando no rozar las partes quemadas.
“¡Luke, estás bien, no has muerto!” gritó, liberando al fin la ansiedad acumulada.
Abrazándola de vuelta e ignorando el “no has muerto”, ambos entraron en la habitación para poder hablar.
Lidia dejó, o más bien obligó, a Luke a que se sentara en la cama, tomando ella asiento en el suelo frente a él.
“¿Qué ha pasado?” preguntó nuevamente Luke.
“Pasó todo muy rápido…, la explosión…, tú desmayándote con el brazo y el cuerpo quemado…, un hombre llegando con guardias…, la despedida…, el no ir con el gran obispo…, el curarte como pudimos…” De manera entrecortada, con la información justa, Lidia relató lo sucedido a Luke.
Afectado por sus palabras, Luke comprendió que aquella imagen en su mente —Aroa y todos los pequeños siendo devorados por el fuego— no había sido una pesadilla.
Su cuerpo, sin fuerzas ante la realidad, cedió hacia atrás, dejándose caer en la cama.
El dolor inundó cada rincón de su ser.
Toda su vida junto a Aroa comenzó a desfilar por su mente: cómo jugaban de pequeños junto a Cassimir, cómo, tras años de amistad, finalmente se atrevió a declararse al caer el sol, la hermosa boda en la que ambos vistieron de blanco, la lenta pero constante construcción del orfanato, los primeros niños que llegaron…
Desde hacía más de cuarenta años Aroa había sido su vida, y ahora, en un solo instante, ya no estaba.
Con un dolor tan profundo que resultaba imposible de describir con palabras, Luke, ignorando el ardor en su mano, golpeó con fuerza el colchón.
Sucumbió entonces, tras tantos años sin hacerlo, al peso de las lágrimas.
…
En el centro de un pequeño espacio circular, rodeado por varios edificios de ladrillo sin pintar, se alzaba una cabaña de madera oscura sobre un círculo de césped verde, cuidadosamente podado y brillante bajo el sol.
El contraste con su entorno era tan marcado que parecía un lugar apartado del tiempo.
Frente a la puerta cerrada, vestido con un traje negro, se encontraba un hombre que ya había superado los cincuenta, aunque aún conservaba un notable estado físico.
Su rostro, adornado por arrugas que no buscaba ocultar, contrastaba con su barba afeitada y unos ojos de un amarillo apagado.
En su mano derecha sostenía un gran maletín de cuero, mientras que en la izquierda llevaba una carta cerrada con un sello de cera amarilla.
Antes de abandonar el círculo de hierba, se detuvo ante una pequeña lápida situada junto a la cabaña.
La tierra aún marrón, sin rastro de césped, revelaba que había sido cavada hacía poco.
En la piedra podía leerse una frase: “Todo nació de la luz, y todo está destinado a volver a ella.
Que ningún falso dios dicte tu eterno descanso.” El anciano inclinó la cabeza en silencio, dedicándole una mirada respetuosa a la tumba.
Luego, sin perder más tiempo, se adentró en una de las cinco estrechas calles que conducían hasta aquel lugar.
En la penumbra, cuidando de que nadie lo viera, alzó la carta al aire.
Dos palabras destacaban en el sobre: Dante Vex.
Al instante, el espacio alrededor de la carta comenzó a deformarse hasta que desapareció.
Cuando todo volvió a la normalidad, la carta ya no estaba.
El anciano bajó la mano y suspiró.
“Se acabaron las vacaciones…” murmuró, con un dejo de desgano.
FIN DEL ACTO 2: SECRETOS OCULTOS ANTE LA PERDIDA
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