El Mar de los Secretos - Capítulo 43
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43: Capítulo 42: Anclaje 43: Capítulo 42: Anclaje Iluminada por cientos de luces de un frío y penetrante cian que devoraba cualquier rastro de otro color, una vasta sala, digna de rivalizar con los grandes salones de un palacio real, permanecía vacía a excepción de un trono de mármol, teñido de ese mismo resplandor.
Sentada en él, con una postura elegante, se hallaba una mujer tan hermosa que fácilmente podría eclipsar a cualquier sacerdotisa.
Su cabello, largo hasta la cadera, era de un azul tan profundo que absorbía por completo la luz, manteniendo intacto su tono.
Sus ojos plateados brillaban como dos lunas, dejando ver en su interior un pequeños iris oscuros como el oceano profundo en conjunto con dos pendientes romboides de igual color.
Su mirada, carente de emoción, permanecía fija en el hombre arrodillado frente a ella.
Con la cabeza inclinada hasta el suelo, su rostro quedaba oculto; solo se distinguían la larga túnica plateada que lo cubría y la gran tiara papal del mismo color, todo bañado por el resplandor cian que dominaba el lugar.
El aire allí se sentía denso y húmedo, como si en vez de respirar, ambos estuviesen sumergidos bajo aguas heladas.
Entonces, una voz resonó en el salón: tan pura, hermosa y perfecta que parecía imposible de imitar.
“Si has venido es porque traes buenas noticias.” El Gran Obispo no osó hacerla esperar ni un segundo; no podía permitirse el atrevimiento de darle tiempo a sus pensamientos.
Respondió de inmediato con las palabras que se agolparon en su boca: “Todo ha sido un éxito.
La renegada escapó junto con su enlazado.” Ante la noticia, una sutil sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer.
“Buen trabajo.
Puedes volver a tus deberes.” El corazón del Gran Obispo estalló de júbilo al escuchar aquellas palabras.
Con devoción absoluta, presionó aún más su cuerpo contra el suelo.
“Sí, Gran Santa y pura Náurya.” …
Tambaleándose sobre las olas del Mar Medio, el Dragón Blanco mantenía su rumbo directo hacia la costa.
Debido a la presión militar que dominaba gran parte del Mar Medio, ejercida por la “jaula” de Kan-a a Lindilon del norte, la mayoría de los piratas y mercenarios emigraron hacia las costas de Anzu, provocando un repunte en la criminalidad y una clara falta de seguridad en sus islas, todo gracias a la llamada ley de privacidad marítima.
Un acto que, para desgracia de los viles, el país no tardó en responder.
Su solución fue desembarcar la poderosa armada, ya consolidada en el uso de la tecnología a vapor.
Barcos más rápidos, más resistentes; militares mejor alimentados, entrenados y equipados.
En apenas unos días, la situación pasó de ser “todos a Anzu, lejos de los Kan-os” a un dilema desesperante: quedarse en las costas de Anzu con el riesgo de ser descubiertos y arrasados por su fuerza militar, o regresar a la zona oeste o central del Mar Medio, donde la agresividad desmedida y la locura de los Kan-os esperaba con igual amenaza.
Ante aquella dura realidad —que solo los civiles del Mar Medio agradecían por la repentina sobreprotección que recibían—, quedaban únicamente tres caminos: huir del Mar Medio a través del estrecho de Esfhis, internarse en el peligroso canal de Dragnovich para llegar al Mar Interior, o establecerse en algún puerto de la costa continental de Anzu y esperar a que la tormenta militar se calmase.
El Dragón Blanco, ante las tres opciones y con dos de ellas claramente más peligrosas que la tercera, puso rumbo a la costa de Anzu, con la meta en el puerto de Zhur-Anet.
Las costas continentales, mucho más tranquilas que las islas y aguas interiores, dejaban entrever de vez en cuando algún barco comerciante o militar.
Buscando atravesar aquellas aguas con seguridad, no tuvieron más remedio que romper una de las sagradas reglas de la ley pirata: la regla número trece, “Mostrar al mundo tu orgullo pirata”.
Bajaron la bandera azul oscuro con el dragón dorado devorándose a sí mismo e izaron en su lugar una blanca, con el dibujo de dos trebuchets cruzados sobre un martillo: la bandera común de todos los mercenarios del Mar Medio.
Si había alguna posibilidad de llegar sin inconvenientes, era fingiendo ser mercenarios, pues estos solo eran atacados si actuaban agresivamente.
Siempre y cuando se mantuvieran en silencio y sin causar alboroto, los militares los ignorarían.
Algo que no ocurría con los piratas, quienes eran atacados al primer avistamiento de su bandera.
A bordo, nadie prestó demasiada importancia al cambio, centrando todas sus fuerzas en mantenerse alejados de cualquier barco comerciante o militar.
La única excepción fue Klema, que sufría al contemplar la bandera ondeando al viento.
Una vista que le dolía en el alma, pero que, como un placer pecaminoso, no podía dejar de observar.
Con el paso de las horas, marcado por el movimiento del sol, el puerto apareció ante ellos.
La mayoría ya había estado en lugares similares, pero para Gherman, Kerrin, Thom y Verena, quienes solo habían pisado tierra continental en Kan-a, aquello fue una novedad absoluta.
El muelle, construido con un material gris semejante a la piedra en vez de madera, no era la única diferencia.
Los edificios del puerto, levantados con ladrillo y cerámica pintados en tonos grises y beiges, daban la impresión de estar hechos de roca o arena, muy distintos a los vistos en las islas de Anzu que solo usaban ladrillo, algunos incluso sin pintar.
Más allá, sus ojos no podían discernir si la ciudad tras el puerto mantenía el mismo estilo, pues una muralla —común en los puertos continentales— se interponía entre ellos.
Hecha también de ———-ladrillo y cerámica pintados de gris, separaba el puerto de la ciudad.
Formada por cuatro largas paredes rectas que se unían en imponentes torres, sin duda era una de las construcciones más grandes que cualquiera de los cuatro había visto jamás.
Sobre las torres ondeaban cuatro banderas idénticas: una bandera verde oscuro que en su centro mostraba una torre rectangular amarilla, rodeada por un anillo de estrellas del mismo color.
Con el objetivo decidido, el Dragón Blanco cruzó uno de los dos estrechos accesos que permitían entrar al interior del muelle, donde rápidamente el espacio se abría en varios pasillos angostos, todos vigilados por guardias.
Navegando por uno de los pocos corredores vacíos, avanzando hasta la mitad, donde fueron finalmente detenidos por un grupo de tres guardias.
“Buenos días, soy Vinho.
Estoy autorizado para revisar el barco e interrogar a vuestro capitán o contratante.
El procedimiento es sencillo: todos os quedaréis aquí, en la cubierta, donde mis dos acompañantes os revisarán”, comenzó a explicar nada más pisar la cubierta del barco.
Al terminar su explicación, Vinho chasqueó los dedos, señal que provocó que seis guardias más subieran a bordo a través de la pasarela colocada por Nina.
“Estos seis compañeros míos se encargarán de revisar el barco, mientras que yo iré a hablar con vuestro capitán o contratante.
Con todo explicado, por favor, llamad a toda la tripulación.” En menos de un minuto, y con apenas un par de gritos, todos los tripulantes —a excepción de Fhyl y Aphyrius— se reunieron en la cubierta.
En ese momento, los seis guardias, tras prometer no romper ni deshacer nada, se internaron a investigar el navío.
“Revisadles bien”, ordenó Vinho a sus dos acompañantes antes de dirigirse al camarote del capitán.
El interior, tan soso y vacío como de costumbre, no sorprendió a Vinho, quien estaba acostumbrado a ver todo tipo de camarotes de capitan.
Ni siquiera le dio importancia.
Sentado en la silla, con los codos apoyados en la mesa, Aphyrius lo observaba con sus ojos esmeralda.
Vestía una camiseta blanca de algodón finamente hilada que formaba pequeñas aberturas a modo de faldas en las muñecas, junto a unos pantalones negros y anchos.
La última impresión que daba era la de ser un pirata: más bien parecía un comerciante del mar medio que no se preocupaba demasiado por su apariencia.
“¿Dígame, qué está pasando?” habló primero Aphyrius, buscando aparentar que no entendía la situación.
“Buenos días.
Entiendo que este procedimiento sea extraño para ustedes, pero ya no nos encontramos bajo la legislación de las islas de Anzu, sino que aquí nos regimos por la continental, donde la ley de privacidad marítima no existe.” Fingiendo una pequeña mueca de sorpresa, Aphyrius dejó escapar un largo suspiro.
“Ya veo…
¿y qué necesita de mí?” “En base a su bandera damos por hecho que sois mercenarios.
¿Podría decirme cuáles son sus intenciones?” “Claro.
La razón es que, ante la inesperada salida al mar de los militares, los trabajos simple y llanamente han desaparecido.
No nos queda otra que descansar o tratar de buscar algún encargo sencillo, y esperar a que la situación se calme.” “Entonces vienen a establecerse hasta que todo vuelva a la normalidad en el mar.” “Así es.” Vinho, ante la respuesta de Aphyrius, giró los ojos hacia dentro mostrando la desgana de quien por decimoséptima vez en la semana escuchaba exactamente lo mismo.
Si había alguien más disgustado que un pirata estúpido atrapado por los Fumíferos —los militares de Anzu—, ese era Vinho, obligado a repetir el mismo interrogatorio y papeleo una y otra vez.
El aumento de trabajo había llegado a niveles indiscriminados: demasiados barcos llegaban con la misma excusa, alejarse de los militares o alejarse de los piratas.
“Está bien, si todo está en orden podéis pasar”, dijo finalmente con desdén, sabiendo que le esperaba más papeleo que ya lo tenía quemado.
Con el agradecimiento y la despedida de Aphyrius, Vinho —con ganas ya de largarse— salió nuevamente a la cubierta.
“¡Te voy a castrar, maldito aprovechado!” Sujeta con fuerza por su hermana y dos tripulantes, Kerrin, envuelta en ira, luchaba por alcanzar a uno de los guardias, incapaz de lograrlo.
“¡Soltadme!” exigía una y otra vez.
“Venga, Kerrin, por favor, ha sido sin querer, no podemos buscar problemas”, trató Verena de tranquilizarla.
“¡Soltadme!” insistió, ignorando a todos.
El soldado, apartado junto a su compañero, pese a ser visiblemente incapaz de resultar herido por ella, se mantenía a cierta distancia.
“¿Qué ha sucedido?” Cortando la situación de raíz, Vinho se plantó frente a su compañero.
“Estaba revisando a la chica y esta, de la nada, saltó.” Escuchando a la perfección la explicación vaga del guardia, Kerrin se encendió todavía más.
“¡Se…!” Pero fue detenida a tiempo por Verena, que tapándole la boca con la mano logró que al menos dejara de gritar.
“Vale, creo que entiendo más o menos la situación…
Decidme, ¿habéis encontrado algo?” suspiró Vinho con desgana.
“No, todo en orden”, respondieron ambos al unísono.
“Entonces esperemos a que terminen de revisar el barco y pasemos al siguiente.
Por favor, Ulrin, ten más cuidado la próxima vez.” Con la afirmación de su compañero, ya solo quedaba esperar a que el grupo de seis volviese con todo en orden, suceso que no tardó en llegar.
Vinho, ante la correcta situación, la razón expuesta y la falta de material peligroso que confiscar, descendió del barco junto a sus hombres y los dejó adentrarse al muelle.
Imponente cual coloso, la gran muralla cortaba cualquier aire en el interior del muelle, logrando que este fuese mucho menos húmedo de lo que uno esperaría.
Los barcos de distintos tamaños estaban en su mayoría vacíos, simplemente anclados a la espera de poder marcharse de allí.
Anclado tranquilamente en uno de los espacios libres, el Dragón Blanco, desapercibido ante los aún más imponentes navíos que destacaban en el puerto, ya no tenía alzada ninguna bandera.
Todos reunidos alrededor de Aphyrius, nuevamente vestido con sus ropas anchas y blancas, recibieron su charla habitual de “pre libertad”, donde como siempre pidió tranquilidad y que todos se mantuvieran alejados de los problemas, remarcando con especial énfasis a dos idiotas en esta segunda parte.
Gehrman, notando la flechada lanzada por su capitán, se fue directo a su camarote en el instante en que los dejó libres.
Algunos corrieron a emborracharse, otros a apostar su sueldo, Thom seguramente se habría ido a algún rincón a escribir o dibujar, Kerrin y Verena estarían por ahí perdiendo el tiempo… pero Gehrman se quedó en el barco.
Su cuerpo le exigía pisar tierra tras semanas sin hacerlo, pero su mente lo retenía.
Estaba cansado de que cada vez que bajaba a un puerto algo le pasase, y algo le decía que la única manera de evitarlo era quedarse en el barco, ajeno a cualquier cosa que pudiese ocurrir.
Su camarote, idéntico a como siempre había estado, mostraba solo una sutil diferencia: la imagen de Alizée, que antes reposaba en la mesa, ahora colgaba de la pared, protegida por un pequeño marco tosco y hecho a mano.
Sufriendo por ignorar los sonidos alegres del puerto, que lo llamaban a salir y buscar entretenimiento, cerró los ojos sobre su cama.
Su mente, envuelta en la oscuridad de sus párpados, se centró en su cuerpo, logrando sentir un ligero cosquilleo imaginario en la espalda antes de dormir, en su búsqueda de perder el tiempo.
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