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El Mar de los Secretos - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 43 Puerto Zhur-Anet
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44: Capítulo 43: Puerto Zhur-Anet 44: Capítulo 43: Puerto Zhur-Anet En algún punto del día, solo sabiendo que la hora de comer ya había pasado gracias a la sensación de hambre, Gehrman abrió los ojos con desgana.

Con la vagancia de alguien que no quería hacer nada más que dormir, giró su cuerpo en busca de la no brillante pared, pero la luz entrante por su pequeña ventana iluminaba lo suficiente como para resultar molesta e impedirle volver a conciliar el sueño.

Su solución fue acostarse boca arriba y cubrirse los ojos con el brazo.

Oscuridad perfecta…

si no fuese por la ligera claridad que se colaba bajo su nariz.

Aun así, todo estaba listo para, en conjunto con la propia somnolencia del recién despertar, dormirse nuevamente.

Si no fuese por el hambre.

<GrgRrrrGgg> Con el rugir de su tripa, Gehrman sintió finalmente el hambre que lo había hecho despertar.

“Joder…” se quejó al aire, como si eso sirviera de algo.

Con el dolor de un recién consumado vago, dobló su cuerpo para sentarse en la cama, luego se impulsó con las manos y finalmente usó la fuerza de sus piernas para sostenerse, logrando, tras una lenta y sufrida secuencia, levantarse de su —ahora de repente— tan cómoda cama.

<GrgRrrrGgg> Con el fin de saciar el hambre y poder volver a acostarse, partió hacia la pequeña y mínimamente funcional cocina del barco.

El camino, tan conocido para él, de alguna manera le hizo recordar cuando todavía era pequeño.

Aquellos años en que no le dejaban bajar del barco y le tocaba comer en el comedor todos los días; cuando Fhyl le pedía que le llevase la comida a su camarote, incluso a veces dejándole comer con ella.

También las broncas por dejar caer la comida y ensuciar el suelo.

La cocina, abierta y tan grande como un camarote y medio, dejaba frente a ella un espacio equivalente a dos camarotes más, usado como comedor.

El lugar justo para seis mesas de cuatro.

Todo seguía igual que ayer.

Era el mismo sitio donde, durante dieciséis años, había comido casi a diario.

Pero hoy era diferente.

Desde hacía tres años le dejaban bajar solo a los puertos, y al entrar allí una ola de nostalgia lo golpeó al recordar lo vacío que se quedaba el comedor cuando el barco estaba atracado.

Recordó cómo al principio peleaba con Fhyl para no comer solo —a veces perdiendo—, cómo, cuando se unió Thom, ambos compartían comidas en las que Gehrman se reía de él a carcajadas, y cómo después se unieron Kerrin y Verena, para que en su primera comida juntos desataran una guerra de comida: Verena y Thom escondidos, Gehrman y Kerrin corriendo por todo el vacío comedor.

Solo faltaba el plato cocinado, plantado en la plancha de metal que calentaban con una pequeña hoguera para que mantuviera algo de temperatura.

Pero ahora que nadie se quedaba a bordo, aquello ya no era necesario.

Pol, el cocinero principal de la tripulación, solo preparaba el plato de Fhyl y luego se marchaba.

Buscando por los armarios de la cocina, Gehrman consiguió prepararse un bocadillo básico de mojama bien salada y un vaso de agua con miel.

Una combinación que desde pequeño le habían dado con la broma de que era cerveza…

y que al final había terminado por gustarle de verdad.

El sabor salado y marino del salazón invadía cualquier rastro de la harina del pan, solo neutralizado por el dulzor suave de la miel y el agua que, al hidratarlo, eliminaba toda sequedad y le permitía seguir disfrutando del bocadillo.

Un bocado, dos bocados, tres bocados…

un trago.

Cuatro bocados, otro trago…

Lentamente, el silencio fue apagando el ánimo de Gehrman.

Aquellas comidas eran mucho más agradables con los otros tres, pero ahora estaba solo, con el único sonido de su masticar.

Por un instante se imaginó a sí mismo de niño, comiendo en soledad, con la misma desilusión en el pecho.

Un largo suspiro, nacido de lo profundo de su alma, se elevó desde sus pulmones hasta escapar por su boca.

Con más fuerza que en su habitación, alzó en una mano el medio bocadillo que le quedaba y en la otra la jarra de agua con miel.

Con la idea ya fijada y preparando la discusión, dio el primer paso hacia el camarote de Fhyl.

…

En un gran parque, muy concurrido por familias y bañado por la sombra de la muralla que separaba el puerto de la ciudad, Aphyrius descansaba en uno de los muchos bancos de madera y cerámica, disfrutando del fresco viento.

Vestido con sus ropas anchas e impolutamente blancas, sin complemento alguno, destacaba por completo entre la ropa corriente de las demás personas.

Su rostro, curtido por el mar y la edad, llamaba la atención de los niños, que con descarada inocencia lo señalaban una y otra vez.

“Mira, mamá, ese hombre da miedo.

Mira, papá, ¿qué hace ese señor viejo?

Mira mamá, mira papá, mira, mira, mir…” Ya no le afectaban esas palabras, pero todavía era incapaz de ignorarlas, menos aún las respuestas de los padres: algunos corregían a los pequeños para que no lo señalaran, otros lo miraban mal y seguían de largo, y unos pocos optaban por fingir que no habían escuchado nada.

Si algo le había otorgado la edad a Aphyrius, era paciencia.

Constantemente se sorprendía imaginando cómo habría reaccionado de joven ante tales comentarios: probablemente habría alzado al niño en el aire y lo habría amenazado, incluso al padre o a la madre si lo consideraba necesario.

Pero tras esa imagen siempre nacía una segunda frase en su mente: “Ya estás demasiado viejo para esas cosas.” Añoraba aquellos días en que recorría medio mar con su cuerpo joven y fuerte.

Ciertamente, nunca fue el bueno de ninguna historia: era egoísta y egocéntrico, había arrasado puertos completos, asaltado barcos mercantes e incluso militares en su mejor momento.

Había jugado con cientos de mujeres, ilusionándolas con historias, mintiendo con su supuesta vuelta.

Era consciente del mal que había hecho, pero no sentía arrepentimiento alguno.

Así había sido su vida desde que abandonó la iglesia del Silbido.

Había luchado por sobrevivir, y sobrevivir significaba ser egoísta y cruel.

Aún recordaba cuando Kan-a y Esfhis establecieron a los diez piratas más buscados como los diez demonios del Mar Medio.

Treinta mil florines de oro pusieron de recompensa por su cabeza.

Lo celebró con todos, riendo y bebiendo como si fuese un triunfo…

para inmediatamente después comenzar a vivir constantemente acechado.

Al principio fue emocionante, incluso increíble, pero tras dos duros años de ataques incesantes dejó de ser divertido.

Ahora solo era un piratucho más en el mar.

Los nombres de los jóvenes piratas que comenzaban a sembrar el temor en las aguas habían hecho desaparecer el suyo de las conversaciones.

Su recompensa había sido reducida a apenas tres mil florines de oro que, aunque seguía siendo más de lo que una familia media obtendría tras largos años de trabajo, en los estándares piratas no significaba más que un pequeño incentivo para que cazarecompensas novatos o idiotas sedientos de dinero lo buscaran, ahorrándole el esfuerzo a los verdaderos.

Nunca le dio importancia a su recompensa y, hasta que aquella mujer en Farne lo mencionó, jamás se había preocupado por cuánto había bajado el precio de su cabeza.

Pero una reducción del noventa por ciento era demasiado.

Estaba claro que durante muchos años se había hecho a un lado para dejar de ser perseguido, pero ese golpe era algo que le dolía en el ego más de lo que nunca admitiría.

Aunque también tenía sus ventajas: poder estar ahí, sentado, observado por la gente sin ser reconocido, sin que nadie avisase a los guardias y tuviera que salir corriendo.

Podía respirar tranquilo y disfrutar simplemente de existir.

Antes de darse cuenta, absorto en sus pensamientos, su cuerpo se había relajado.

Los dos brazos bien estirados sobre el respaldo, las piernas cruzadas y extendidas de tal manera que incluso podrían resultar molestas si algún idiota decidía caminar por el césped en vez de por el camino de piedra.

Ese momento era suyo.

Solamente suyo.

Como si la gente que lo miraba no existiese.

“¡Terminé!” gritó una voz joven.

Sorprendido por el inesperado grito, Aphyrius abrió los ojos y buscó el origen del ruido.

Todos a su alrededor, al igual que él, observaban hacia el muchacho que había alzado la voz.

Sentado en el césped frente a él, vestido con ropas anchas de tono castaño y unas botas y bufanda naranjas, un joven de cabello negro y corto sostenía con emoción una pequeña libreta.

Sus ojos verde oscuro brillaban como si hubieran atrapado un tesoro.

“¿Thom?” reaccionó Aphyrius, extrañado al reconocerlo.

Con una sonrisa radiante, Thom ignoró la sorpresa de su capitán, se levantó y caminó hacia él.

En el trayecto arrancó una hoja de la libreta y se la tendió.

“¿Y esto?” preguntó Aphyrius, recibiendo el papel.

Manteniendo la sonrisa amable, Thom respondió con un suave: “Espero que te guste”.

Y sin añadir nada más, se dio la vuelta y, siguiendo el camino de piedra, desapareció de su vista.

Bajando la mirada hacia la hoja, Aphyrius vio al fin lo que le había regalado: un dibujo suyo, sentado en el banco con los brazos y piernas estirados.

Su rostro, con los ojos cerrados, había sido plasmado con tal detalle que lograba transmitir la paz que había sentido en aquel instante.

Una corta risita escapó de sus labios mientras guardaba el dibujo en uno de sus bolsillos.

Repitiendo la misma pose de antes, cerró los ojos para volver a disfrutar de su existencia.

“Sí que soy feo…” se susurró, imaginando la expresión serena que Thom había capturado en el papel.

…

Caminando tranquilamente por una de las amplias calles de Zhur-Anet, Thom, con medio rostro oculto bajo su bufanda naranja, avanzaba cabizbajo como si tuviese vergüenza de ser observado.

Su mano sujetaba con firmeza una pequeña libreta, que se balanceaba al ritmo de su andar.

Solo con imaginar la escena que acababa de provocar al entregarle el dibujo a su capitán, sentía la inmediata necesidad de ocultar la cabeza bajo tierra.

Peor aún cuando en su mente repetía una y otra vez el “espero que te guste”, del cual se arrepintió con toda su alma apenas segundos después de pronunciarlo.

Pero tenía que hacerlo.

De no haberlo hecho, se habría arrepentido igual.

Eran extremadamente raras las veces que lograba ver a su capitán tranquilo y sin esa cara de malas pulgas.

Ya había perdido varias oportunidades de dibujarlo; esta vez, al encontrarlo por casualidad, simplemente no podía dejarla escapar.

Aun así, con el rostro rojo y cada vez más oculto bajo la bufanda, no dejaba de repetirse en silencio: “¿Por qué lo he hecho?

¡Qué vergüenza!

¡Náurya!” Absorbido en esos pensamientos y con la mirada fija en el suelo, que parecía suplicar que lo tragase de una vez, Thom no se dio cuenta de a dónde lo llevaban sus pasos.

Su cuerpo fue detenido por una milagrosa balaustrada blanca.

De algún modo había terminado en un pequeño mirador y, de no ser por aquella baranda, casi habría caminado directo hacia el mar.

En silencio, los dos ancianos que eran las únicas otras personas presentes allí daban de comer pan a las aves, como si compitieran por ver quién lograba reunir más.

“Ufff, no se han dado cuenta”, agradeció de corazón mientras se apartaba de la balaustrada.

Alzando la mirada más allá del barandal, tratando de ubicar dónde estaba, pudo ver el infinito mar extendiéndose ante sus ojos.

Aunque algunos barcos lo interrumpían aquí y allá, no disminuían en absoluto su belleza.

Él venía de allí, conocía la existencia de islas, pero aun así aquel corte lejano del horizonte que daba la sensación de infinitud seguía inspirándolo.

Sin querer desaprovechar la oportunidad, se sentó en el único banco vacío del mirador y abrió su libreta.

Con la mente iluminada por la creatividad, sacó un lápiz de uno de sus bolsillos y comenzó a escribir con esmero.

Las palabras nacían de su mente y se proyectaban a través de su mano: a veces con fluidez, a veces con duda.

Hasta que, tras un pequeño bloqueo, alzó de nuevo la mirada hacia el mar, con los barcos y el agua brillante bajo la luz del sol.

Su mente, en busca de inspiración, cambió entonces el objetivo: del corte lejano del horizonte al vaivén de los barcos anclados que descansaban frente a él.

Cuando un destello verde apareció en su visión periférica, Thom reaccionó casi de inmediato, girando el cuello con la fuerza justa para no hacerse daño.

Corriendo y saltando de un barco a otro, un pequeño ser verde, brillante y transparente, se alejaba rápidamente hacia el centro del muelle.

Hasta que, en un último salto, simplemente se desvaneció en el aire, dejando tras de sí apenas un polvillo que descendió lentamente hasta el mar.

En el mismo instante en que la criatura desapareció, Thom pasó con un solo movimiento la página de su libreta, deteniéndose en una que tenía únicamente un dibujo: Un trébol de ocho hojas.

Sin perder tiempo, giró las hojas llenas de palabras hasta llegar a una escrita apenas a la mitad.

Donde escribio: Cuarta vez que lo veo fuera de un sueño o pesadilla.

Otra vez no he podido descubrir qué es, solo sé que tiene el tamaño de un gato pequeño, pero más corto y gordo.

Tras observar una vez más el punto en el que la criatura se había desvanecido, sin encontrar rastro alguno de su existencia, Thom cerró los ojos y alzó la cabeza hacia el cielo.

“¿Qué será ese bicho?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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