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El Mar de los Secretos - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Capítulo 44 Jade
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45: Capítulo 44: Jade 45: Capítulo 44: Jade <Toc…

Toc…

Toc…> Con el bocadillo de mojama a medio comer y la jarra de agua con miel mal sostenidos en una mano —aunque de manera funcional—, llamó a la puerta de Fhyl.

“¿Qué necesitas?”, sonó a través de la puerta su cálida y suave voz.

Gehrman, antes de contestar, se concentró en cambiar la jarra de mano y darle un trago en el proceso.

“¿Me dejas comer contigo?” “¿No estás ya mayor para eso?”, respondió Fhyl desde dentro, con la misma calma de siempre.

“Nunca se es mayor para disfrutar una comida con alguien”, activó su tono persuasivo.

“¿De verdad no tienes nada que hacer?” “Este barco está tan vacío y aburrido como una isla, pero aquí no hay ni palmeras ni cocos”, bromeó, buscando que funcionase.

“¿Vas a insistir hasta que te deje?” “Ahora tengo mucha más paciencia y soy más insistente que de pequeño”, replicó, recordando cómo antes su estrategia consistía en golpear la puerta y suplicarle hasta cansarla y que nno tuviera otra que ceder.

“Pasa”, cedió finalmente, sabiendo que la batalla de resistencia era inevitable.

Abriendo la puerta con el codo, se encontró con la habitación.

Las estanterías repletas de libros, los extraños artilugios, el ahora conocido Ojo del Loco bien oculto bajo su manta roja…

pero lo que capturó su atención fue una esquina donde una montaña deforme de armas afiladas y contundentes descansaba tirada en el suelo.

“¿Qué hace todo esto aquí?” Fhyl, elegantemente sentada en el suelo frente a su plato de comida, se cubrió la boca con la mano antes de responder: “¿Crees que nos hubieran dejado entrar si hubieran visto las armas?” “Fingíamos ser mercenarios, ¿no es lo normal tener armas?”, respondió, sentándose también en la baja mesa frente a ella.

“Es una situación complicada.

Como mercenarios, si no hacíamos nada sospechoso no nos iban a impedir pasar; pero si nos revisaban, habrían usado el detalle de que llevábamos armas para negarnos la entrada.

Así que las dejamos aquí para que no las vieran y no tuvieran excusa para echarnos”, explicó con tranquilidad después de tragar.

“Yo mismo vi cómo los guardias entraron y salieron de aquí.

¿Cómo es que no las vieron?”, preguntó, recordando cómo la propia Fhyl les había abierto la puerta para que salieran de su camarote.

“Tengo mis trucos”, respondió antes de volver a comer a su ritmo.

“Con lo bien que íbamos y ya vuelves con tus respuestas inconclusas…”, se quejó Gehrman, antes de también empezar a comer, sabiendo que la conversación ya había terminado.

Tras unos minutos de silencio, Fhyl con su plato vacío y Gehrman con su jarra igualmente acabada dieron por concluida su tranquila comida.

Con la jarra y el plato en la mano, Gehrman —ya con el estómago lleno— planeaba dejar las cosas en la cocina y volver a dormir; que otro se encargara de limpiarlos después.

Con el plan decidido en su cabeza, fue acompañado por Fhyl hasta la puerta.

Solo cuando salió por completo de la habitación, ella lo detuvo con una frase inesperada: “Deberías bajar del barco, aprovecha para divertirte un poco.” Extrañado, Gehrman soltó una carcajada sarcástica.

“¿Divertirme?

Paso, solo me meto en problemas.

Prefiero descansar y estar tranquilo.

Además, mientras coma contigo no me sentiré solo.

Total, el resto del tiempo estaré dormido.” “Pues te sentirás solo…

Sabes, me has recordado por qué prefiero comer sola”, dijo con una amplia y cálida sonrisa que no encajaba con el mensaje.

“¿Eh?

Pero…

¿qué he hecho?”, se quedó Gehrman sorprendido ante sus palabras.

“A”, respondió ella alzando los hombros, antes de cerrar la puerta.

Por un segundo, Gehrman, anonadado, se quedó mirando la puerta cerrada, procesando la información.

Cuando por fin lo hizo, bajó la cabeza, sonrió con ironía y regresó a su camarote.

“¿En serio otra respuesta evasiva, puñetera…?” …

“BWAAARRRGHHHHHHHH.” En la oscuridad de un pequeño callejón sin salida de la calle principal del puerto, observadas por los tres vagabundos que dormían allí, Verena, levemente agobiada y notoriamente preocupada, sujetaba el largo cabello color vino de Kerrin, quien, encorvada y con las manos apoyadas en sus rodillas, acababa de vomitar.

“Ya está…

ya está, respira, ¿se puede saber qué te ha pasado?” “Perdón, perdón…

es solo que he visto a ese grupo de sirvientes…

y mi cuerpo ha reaccionado solo”, respondió, terminando de liberar la carga.

“¿Sirvientes?

¿Has vomitado por ver a los sirvientes?

¿Por qué?” Sin saber qué responder, la imagen de aquel salón teñido de rojo, con los sirvientes degollados, sus rostros de desesperación y dolor, volvió a plantarse en su mente como si nuevamente estuviese allí.

“BWAAARRRGHHHHHHHH.” “Verena, nada de sirvientes por un tiempo”, respondió finalmente al terminar su segunda vomitera.

“Pero…” “¡Verenaaa!” le recriminó con una voz aguda por no aceptar de inmediato.

“Vale, vale, perdón, nada de sirvientes.” Con una última y ligera tercera vomitera para terminar de vaciarse, Kerrin escupió lo restante en su boca, aparentando estar perfectamente.

“Vamos, Verena, ahora tengo hambre y la necesidad de quitarme el mal sabor de boca.” “Sí que te recuperas rápido”, bromeó Verena, abandonando junto a ella el callejón.

La calle, tan concurrida como una principal debía estar, rebosaba de vida y ciudadanos que llenaban las tiendas.

Ropa, cerámica, calzado, joyas, comida… todo lo que pudiera ser comprado tenía, al menos, un puesto en esa calle.

Con dificultad y cuidando de no chocar con la gente, ambas miraban con curiosidad cada cosa que llamaba su atención.

“Mira, Kerrin, qué bonito”, dijo Verena, enseñándole un colgante con una piedra metálica y rosada.

“No pierdas el tiempo, hermanita, tenemos que buscar comida”, respondió, ignorando el colgante.

Molesta por haber sido ignorada, Verena primero dejó el colgante en su sitio y luego pateó la pierna de Kerrin, provocando que cayera en mitad de la calle.

En un instante, un pequeño círculo de gente se formó a su alrededor, mirándola descaradamente; incluso se podía escuchar la risa de algún niño escondido entre los adultos.

Con el rostro rojo por la vergüenza, Kerrin se giró lo más rápido que pudo, encontrándose con Verena encorvada sobre ella, extendiéndole la mano con una sonrisa descarada.

“Ten cuidado, si vas con prisas te puedes caer”, dijo disfrutando cada palabra con una voz falsamente preocupada y forzadamente aguda.

Rechazando su ayuda con un fuerte manotazo para apartar la mano de Verena, Kerrin se levantó por su cuenta.

“Puta…” susurró, lo justo para que solo Verena lo escuchara por la cercanía.

Manteniendo su inmutable sonrisa, Verena rodeó con su brazo la nuca de Kerrin y le susurró al oído: “A la próxima ni se te ocurra ignorarme, hermanita.” Sintiendo la mirada fija de la poca gente que todavía las observaba, Kerrin se mordió la lengua y solo se quitó el brazo de Verena de encima.

“Vamos… ¡Y vosotros qué miráis!

Venga, seguid con lo que fuese que hicieseis.” Luchando nuevamente por no chocar con la multitud, ambas llegaron al centro de la calle principal del puerto.

Allí, la recta que unía el muelle con la puerta para cruzar la gran muralla se encontraba con la calle principal, formando una cruz.

En su intersección, una estatua de cobre ya oxidado mostraba a un hombre montado a caballo con los brazos abiertos en T.

Bajo ella, una inscripción, mucho más cuidada que la propia estatua, rezaba: Solo aquellos que brillen hermosamente bajo la luz del santo sol serán los que reciban la santa bendición de Eclisis.

Huiptumit II El alrededor, pese a ser menos apretado gracias al mayor espacio, seguía muy concurrido.

Con el cuerpo acalorado por la temperatura propia de la ciudad, sumada a la humedad y al exceso de personas, ambas se apartaron y se acercaron a la estatua.

Bajo su sombra, sentadas en uno de los cinco bancos que la rodeaban, Verena descansaba erguida mientras Kerrin, tumbada con la cabeza en los muslos de su hermana y los pies extendidos sobre el respaldo del banco, intentaba recuperarse del calor.

Las miradas molestas no tardaron en llegar: la gente les reprochaba con los ojos el hecho de estar acaparando un banco entero.

Incluso aquellos que pasaban de largo —sin intención de sentarse— no dejaban de fulminarlas con el ceño fruncido.

“Verena, ¿qué vamos a comer?” preguntó como si nada hubiese pasado.

“Había pensado en tomarme una ensalada.

Aquí en Anzu utilizan una técnica en la que cubren las hortalizas de hoja, cuando están medianamente crecidas, con cerámica para que queden blancas y no cojan amargor” respondió, también como si nunca se hubiesen enfadado.

“¿Desde cuándo sabes de estas cosas?” “Klema tenía algunos libros de agricultura.

Estaba aburrida y me los dejó.” “¿Klema tiene libros de agricultura?” “Sí, a mí también me sorprendió.

¿Quién iba a decir que tendría una afición tan curiosa?

Hasta tiene tres tomateros en su camarote.” “¡¿Te ha dejado entrar a su camarote?!” gritó sorprendida, curvando su cuerpo para incorporarse.

“Claro, y a Thom también.

A veces nos deja estar allí con ella, leyendo o simplemente hablando.” “Klema… la que casi le rompe el brazo a Isandro solo por abrir su puerta sin permiso.

La que se atrevió a romperle la botella a Nina solo porque entró para despertarla.” “Sí…” respondió, recordando aquellas dos escenas.

“¿Y a mí por qué nunca me ha invitado?” “Porque seguramente quiera paz, y tú eres un remolino andante… y también tendrá miedo de que prendas fuego a algo” añadió gratuitamente, en broma.

“Llevo ya una semana sin quemar nada” se defendió sin pensar.

Verena comenzó a reírse ante la respuesta, mientras Kerrin, tras unos segundos, comprendio lo que realmente significaba lo que había dicho.

Nuevamente enfadada, se acostó apoyando la cabeza sobre los muslos de su hermana, pero esta vez mirando hacia afuera, como un gesto claro de su enfado.

La acción solo provocó que Verena riese aún más, lo que a su vez hizo que Kerrin se enfadara todavía más.

…

En un apartado mirador, a nivel del mar, Thom, bien enfocado en su libreta, continuaba escribiendo.

Cada cierto tiempo, de manera irregular, alzaba la mirada hacia el mar, el cielo o los barcos, buscando alguna inspiración para seguir.

En algún momento el sol ya había pasado su punto más alto; el calor se ocultaba tras el fresco viento, y el sonido de las olas rompiéndose contra la pared del mirador —incluso dejando que un poco de agua llegara hasta allí— hacía sentir a Thom en un paraíso.

Con la mano cansada de tanto escribir, bajó el lápiz, lo guardó en uno de sus bolsillos y comenzó a leer lo que había escrito ese día.

Tras unos pocos minutos, dejó de sentir el viento, dejó de escuchar las olas; todo a su alrededor desapareció, sus sentidos se enfocaban por completo en la lectura.

Palabra tras palabra, apuntándose algunas faltas de escritura o pequeños detalles sin sentido que corregir, avanzaba hasta que, como si una pequeña lámpara se encendiera detrás de él, una luz verdosa y clara iluminó la hoja.

Volvió en sí por la repentina Luz y giró la cabeza en busca del foco de luz.

A su lado, sentado en el respaldo del banco, muy cerca de su hombro, había aparecido una pequeña criatura.

Su cuerpo, compuesto completamente por un material similar al jade, era tan pequeño como un gato si se contaba la longitud de su fina cola.

Su cabeza, circular y desproporcionadamente grande para su cuerpo, no tenía nariz ni orejas; solo poseía dos grandes esmeraldas romboides como ojos y una boca amplia decorada con afiladas cuchillas, también de esmeralda.

Fijando sus dos esmeraldas en los ojos verdes de Thom, formó una diabólica sonrisa afilada justo antes de saltar del banco y correr hacia el interior del puerto.

Sin saber cómo reaccionar ante ese instante, Thom solo pudo seguir con la mirada al pequeño ser de jade, el cual, a una distancia suficiente para todavía ser visto, se detuvo y se dio la vuelta, fijando nuevamente sus esmeraldas sobre él.

Aquel ser que a veces aparecía, rara vez, en la periferia de su vista solo para desaparecer rápidamente, ahora lo estaba mirando fijamente.

Algunos ciudadanos y trabajadores caminaban por allí, pero ninguno parecía notar su existencia.

Sin siquiera saber por qué, cuando su cuerpo volvió a moverse, Thom se levantó del banco y comenzó a caminar hacia él.

Quería detenerse y dibujarlo, preguntarle qué era, por qué aparecía ante él, qué quería…

pero algo en su interior le decía que no era buen momento para perder el tiempo en eso.

Paso tras paso, Thom se acercó a la criatura hasta que, justo cuando llegó a una distancia suficiente para poder cogerla y levantarla, esta comenzó a correr por el centro de la larga calle que conectaba con la puerta principal de la muralla.

“¡Espera, no huyas!” gritó, comenzando a correr tras ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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