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El Mar de los Secretos - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capítulo 45 Cazador Perdido
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46: Capítulo 45: Cazador Perdido 46: Capítulo 45: Cazador Perdido Atravesando la calle principal del puerto de Zhur-Anet, repleta de vida, Thom esquivaba a las personas como podía, corriendo tras un pequeño ser de jade.

Con una agilidad y precisión envidiables, saltaba de cabeza en cabeza, pero nadie parecía notar nada, como si aquella criatura no existiese para ellos.

Al contrario, Thom, persiguiéndolo como podía, rozaba a la gente con el mínimo contacto posible; aun así, de vez en cuando le llegaba algún que otro grito.

Las ganas de gritar “¡espera!” eran absolutas, pero la suficiente vergüenza lo detenía ante las miradas y los gritos de algunos transeúntes.

Entre salto y salto, la criatura se plantó sobre la estatua de cobre oxidado que marcaba el centro de la intersección, comenzando a jugar, mordiendo y golpeando la oreja del caballo.

Con la facilidad de que cada vez había menos gente, Thom logró llegar al pequeño espacio más vacío alrededor de la estatua.

Con la cabeza bien alta, mantenía la mirada fija en la criatura, que a su vez le devolvía la suya a través de sus dos romboides esmeraldas mientras jugaba.

“¿Thom?”, Le habló una voz familiar.

Dejando por un instante de observar al pequeño ser de jade, Thom bajó la mirada hacia su llamado, encontrando a Verena y a Kerrin.

Verena, sentada en el banco con naturalidad, lo miraba con cierta duda en los ojos; Kerrin, por su parte, apoyada sobre los muslos de su hermana, lo observaba con cara de malas pulgas, claramente enfadada.

“¿Estás bien?

Pareces cansado,” continuó Verena.

“Verena, Kerrin…

decidme que vosotros también lo veis,” fue directo al grano, señalando con su dedo al pequeño ser.

Alzando la vista ante la repentina petición, ambas dirigieron la mirada hacia la estatua tras ellas, que permanecía idéntica a como la habían visto al llegar.

“No veo nada.” “¿Qué deberíamos ver?” añadió Kerrin a la respuesta de Verena.

Una punzada de incredulidad atravesó el alma de Thom, seguida por el doloroso pensamiento de que tal vez estaba alucinando.

Y aun así, seguía viendo al pequeño ser, que con energía mordía la oreja del caballo con sus afilados dientes de esmeralda.

Incluso considerando la posibilidad de que ellas le estuviesen gastando una broma pesada, no podía ignorar que nadie más en la calle parecía notarlo.

Thom buscaba palabras para describir lo que estaba sucediendo cuando, de pronto, la criatura se detuvo.

Con un movimiento ágil, digno de un equilibrista experimentado, se apoyó sobre la cabeza del caballo.

Sus ojos sustituidos por esmeraldas se fijaron en algún punto distante antes de lanzarse desde lo alto hacia el suelo y comenzar a correr hacia la puerta de acceso a la ciudad.

“¿En serio estás bien?” dijo Verena, confundida por el repentino giro de cabeza de Thom.

Perdiendo la cercania ganada con cada segundo que perdia viendolo alejarse, Thom ni siquiera pensó en responderle.

Comenzó a correr tras la criatura.

“¡Espera, no corras!” Confusas ante la repentina persecución de Thom hacia lo que parecía ser nada, ambas se miraron.

“Tenemos al primero en volverse loco…

y yo que apostaba porque iba a ser Gehrman.” “Cállate…” Genuinamente preocupada por su actuar , Verena tras mandar a callar a su hermana se levantó de golpe, provocando que la cabeza de ella chocara contra el banco.

“Vamos, hay que saber qué está pasando.” Sujetándose la cabeza por el dolor del golpe contra la dura madera, Kerrin, por tercera vez enfadada con su hermana, se indignó lo suficiente como para no responder.

Pero, conforme Verena se alejaba de ella, Kerrin acabó cediendo.

Con un gruñido de disgusto y una mano apoyada sobre la parte golpeada de su cabeza, se levantó del banco y caminó tras su hermana.

“hay mucha gente…

Ya lo hemos perdido de vista, ¿no deberíamos correr también?” preguntó Kerrin, aún con la mano en la cabeza y sin dignarse a mirarla al alcanzarla.

“Va corriendo hacia la entrada de la ciudad.

No tiene ciudadanía, así que le dirán que se dé la vuelta.” …

Ensombrecido bajo la sombra proyectada por la gran muralla que separaba el puerto de la ciudad, Thom corría tras la criatura de jade.

La tenía a una distancia justa como para no poder alcanzarla ni aunque se lanzara a por ella y con el mínimo cuidado posible para no chocar contra la gente que caminaba tranquilamente por la calle.

Frente a él, cada vez más cerca, se alzaba la gran puerta que permitía el paso a la ciudad.

Su altura, de más de siete metros, imponía más con cada paso que daba.

Bajo ella, un grupo de dieciseis guardias, vestidos con armaduras ligeras y cotas de malla de tonos cobrizos, revisaban a quienes aguardaban en la fila.

Solo dejando pasar a aquellos que mostraban su tarjeta de residencia de Anzu.

Sus ojos verde oscuro, tan fijos en su objetivo, no le permitieron percatarse de hacia dónde se dirigía.

Con velocidad y agilidad, la pequeña criatura de jade se introdujo entre el gran grupo de ciudadanos que esperaban su turno para mostrar la tarjeta de residencia.

Nadie parecía notar la existencia de aquel ser correteando bajo sus piernas, pero sí notaban a Thom, que en su afán por cazarlo pedía con amabilidad y suavidad a la gente que se apartase para abrirse paso.

Paso a paso, ciudadano tras ciudadano, Thom terminó por perder a la criatura.

En medio del gentío, jadeante y con la respiración acelerada, todavía buscaba al ser entre las piernas de los más próximos cuando una mano enguantada, cubierta por un fino metal de tono cobrizo, se posó sobre su hombro.

“Por favor, ¿podría mostrar su identificación de residencia?” Por alguna extraña razón, justo en ese momento, uno de los cinco guardias que se habían internado entre la multitud había decidido pedírsela a él.

Asustado ante la petición de un documento que no tenía, Thom incluso olvidó por un segundo la persecución.

Rezando en silencio y con la cabeza baja, en un intento de evitar problemas, decidió girarse y ser sincero.

“Lo siento, pero no tengo una identificación de residencia.” Con la mirada fija en sus pies, terminó de girarse tras dar la respuesta…

y entonces notó cómo una tenue luz verde iluminaba las botas cobrizas del guardia.

Su cabeza comenzó a alzarse con un movimiento puramente instintivo: los pantalones bañados de verde, la coraza teñida de verde, y el rostro…

invisible.

Pegada como una lapa a la cabeza del guardia, la criatura de jade lo cubría con su abdomen.

“No tienes identificación de residencia…

¿entonces tienes una identificación de trabajo?” respondió el guardia, sin mostrar señal alguna de sentir al ser abrazando su cara.

sintiendo una ligera necesidad de reir thom logro mantener la compostura “Sí, la tengo…

tengo una identificación de trabajo,” respondió, metiendo la mano en uno de sus bolsillos pese a saber que no habia nada parecido ahi.

Buscaba con desesperación, como si la vida le fuese en ello, mientras el guardia tras esperar unos segundos acabo inclinandose un poco para observar.

Thom aprovechó ese instante: lanzó las manos hacia su cabeza con la intención de atrapar al ser.

Si lo tomaban por un ataque, ya había decidido incluso arrodillarse y pedir perdón, pero con la criatura bien sujeta entre los brazos.

Pero no sucedió como había imaginado.

Justo antes de alcanzarla, la criatura se dejó caer al suelo, y un repentino viento recorrió la calle, pegando por azar un papel en la palma de thom acabando esta estampada contra el rostro del guardia.

Sin darle tiempo a pensar en lo ocurrido, el pequeño ser echó a correr hacia la puerta.

Thom, temiendo por su integridad ante la posible reacción del guardia, dejó que su cuerpo decidiera por él: volviendo a correr tras la criatura.

Con pocos pasos dados, Thom logró salir de la multitud, cruzando entre el semiarco de guardias, todos ellos casualmente entretenidos verificando identificaciones, permitiendo que pasara, siendo visto solo por los dos últimos guardias que vigilaban estáticos a cada lado de la gran puerta abierta.

Ambos, reaccionando con rapidez, sacaron sus sables y los cruzaron para detener a Thom, que con toda su atención en la criatura no se percató de esto.

Justo antes de cruzar bajo la cruz de sables, el pequeño ser de jade ejerció fuerza para frenarse, deteniéndose justo bajo esta.

Thom, sin siquiera pensar por qué se había detenido de golpe, aprovechó el instante para abalanzarse sobre él.

Sus ropas anchas, arrastrándose por el suelo de ladrillo de piedra, lo protegieron de recibir algún corte o raspadura, enfocando todo en esta vez sí atrapar al pequeño ser.

Pero nuevamente falló.

Con un inesperado y bajo salto, la criatura de jade se subió a la espalda de Thom, cruzando ambos bajo la cruz de sables que habían formado los guardias, sorprendidos por el repentino lanzamiento y deslizamiento que había hecho.

Con el cuerpo tirado en el suelo, ahora dentro de la ciudad, sus ojos vieron los edificios tras la gran muralla.

Similares a los del puerto por sus decoraciones de cerámica o sus colores arenosos y gris roca, aunque también eran ampliamente diferentes: más grandes, más cuidados, más decorados.

Si bien podía notarse la similitud, seguía siendo completamente diferente, como si con solo cruzar esa muralla hubiese viajado a un lugar completamente nuevo.

Pero no tenía tiempo para admirar y contrastar las diferencias entre la arquitectura de la ciudad y el puerto.

Sintiendo a la criatura en su espalda, giró con fuerza, provocando que el pequeño ser de jade acabase cayendo de lado contra el suelo, finalmente permitiéndole, con un inmediato intento de caza, atraparlo entre sus brazos.

Una gran satisfacción inundó su ser tras finalmente sentir el cuerpo frío, liso y mineral de la criatura.

“¡Eh, tú!

¡Quieto, ni un paso más!” gritó uno de los dos guardias que habían formado la cruz de sables.

Volviendo a la realidad por el grave y enfadado grito, Thom, bien sujeto a la criatura que no hacía ningún esfuerzo por escapar, miró a los dos guardias con un único pensamiento en mente: “La he liado…” Decidido a usar su mayor baza de escape, se preparó mentalmente para realizar la mejor actuación de lástima y arrepentimiento de su vida.

Cerró los ojos, que comenzaron a humedecerse; preparó su garganta para sonar agudo y lleno de arrepentimiento, y bajó la cabeza en una señal de sumisión.

Listo para suplicar perdón como un pequeño niño, abrió los ojos ya húmedos… y se quedó mudo.

Ya no había guardias.

Ni siquiera estaba la puerta, que había sido sustituida por más ladrillo grisáceo, como si simplemente fuese una parte más de la muralla que separaba la ciudad del puerto.

En shock por el cambio, bajó la mirada al no sentir nada en sus brazos, confirmando que el pequeño ser de jade también había desaparecido en algún momento.

Mirando a su alrededor, salvo por la falta de cualquier rastro de vida o la desaparición de la puerta, todo seguía igual: la larga calle de suelo de ladrillo de piedra, cuidado y simétrico; los edificios y tiendas de dos pisos que permanecían a cada lado; y las diversas calles más pequeñas que se adentraban hacia otros lugares de la ciudad.

Por un momento incluso pensó que estaba en un repentino sueño, ante lo extraño que resultaba todo, pero había tres puntos que le decían lo contrario.

Primero, confirmó con un pequeño pellizco que sentía dolor.

Segundo, la criatura, que hasta hacía medio día solo había aparecido en sus sueños, había desaparecido justo al entrar en uno.

Y tercero, ¿cómo era simplemente posible quedarse dormido así, más aún en la situación en la que se encontraba?

Pero si no era un sueño, ¿cómo podría siquiera explicarse lo que acababa de pasar?

Sin mucho más que hacer, comenzó a mover las piernas, caminando a lo largo de la calle.

Los edificios, sin luz y completamente apagados, reforzaban la ya notada ausencia de vida en todo el lugar.

“¡Hay alguien por aquí!” gritó con la esperanza de que alguien le contestara.

Aunque nunca llegó respuesta alguna.

Paso tras paso, Thom cruzaba calle tras calle, sintiéndose cada vez más inquieto e incómodo ante la completa falta de sonido, salvo el silbido del viento.

Completamente perdido y guiado solo por la regla de seguir siempre el camino más ancho, llegó a una gran plaza decorada en el centro por una hermosa fuente circular.

El agua salía hacia arriba a través del espiráculo de un delfín, que estaba siendo devorado por tres tiburones diferentes: uno pintado en tonos azules, otro más grande que los demás con el vientre pintado de blanco y la espalda dejada en el color de la piedra, y por último un tiburón sin pintar, con la cabeza en forma de martillo.

Envuelto en la incómoda sensación de soledad y silencio, Thom, en busca de tranquilizarse y poder pensar más calmadamente, se sentó en el borde circular de piedra blanca y porosa que rodeaba la fuente.

Suspiró y sacó su lápiz y libreta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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