El Mar de los Secretos - Capítulo 47
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47: Capítulo 46: Ciudad silenciosa 47: Capítulo 46: Ciudad silenciosa Decorado con el sonido de la fuente tras él, el lápiz, bien sujeto por la débil y suave mano de Thom, bailaba a un ritmo constante.
Me encuentro perdido en la ciudad de Zhur-Anet.
De alguna manera, tras perseguir a una criatura de jade (a la que llamaré provisionalmente Jadato, por ser un gato extraño, verde y brillante como la piedra), toda la gente parece haber desaparecido de repente.
Es imposible que hayan huido o se hayan escondido; los tenía a la vista instantes antes de que se desvanecieran.
Lo mismo ocurrió con la entrada a la ciudad: en algún momento, y de alguna forma que no alcanzo a comprender, fue sustituida por un tramo más de muralla.
Sin duda, esto parece un sueño, pero debería ser imposible por varios motivos.
Primero: siento dolor.
Segundo: Jadato, que siempre aparecía en mis sueños y que ahora se ha manifestado en la vida real, desaparece justo al entrar en un sueño.
Tercero: ¿cómo podría dormirme en ese momento?
Y cuarto: si fuera un sueño, implicaría que es lúcido, pues soy consciente, pero no tengo control alguno sobre lo que ocurre.
Esto es demasiado extraño.
En ningún libro he leído nada sobre quedarse atrapado de repente en una ciudad vacía.
Una parte de mí teme quedarse aquí para siempre, pero la otra insiste en que debe existir una manera de salir.
Por supuesto, me aferro a la segunda idea.
Me pregunto cómo actuarían los demás si se encontraran en esta situación.
Gehrman: seguro aprovecharía para robar las tiendas.
Kerrin: ya habría prendido algo para tratar de llamar la atención.
Verena: seguramente también estaría pensando y buscando una manera de salir.
Capitán: estaría buscando a la gente con cara de mala leche, lo que provocaría que, si hubiese alguien, no se atreviese a acercarse.
Klema: no sé por qué, pero la imagino gritando las leyes piratas a todo pulmón (realmente me ha dejado tocado tanta clase sobre este tema).
Nina: habría entrado al primer bar a emborracharse.
Línea tras línea, desgastando la punta de su lápiz, repasaba uno por uno lo que podría hacer cada miembro de la tripulación hasta que, como humano que era, su mano se cansó, obligándolo a tomarse un descanso.
Con las ideas que había reunido, un pequeño plan surgió en su mente, basado principalmente en la premisa de que quemar algo para crear humo —a una escala menor de la que Kerrin habría realizado— podría ser la mejor opción.
Dejó su lápiz, húmedo por el sudor de su mano, en uno de sus bolsillos, y apoyó su libreta a su lado sobre la piedra blanca y porosa en la que también estaba sentado.
Buscó con sus ojos verdes y oscuros alguna madera fácilmente obtenible para crear una pequeña hogera.
Encontró, junto a una de las muchas calles secundarias que nacían de la gran plaza, un pequeño montón de maderas rotas amontonadas allí.
Ahora solo le faltaba montar la hogera en la plaza y encontrar una manera de prenderle fuego.
El problema era uno solo: Kerrin habría tenido su pedernal, e incluso Verena podría haber usado alguno de los que le quitaba constantemente a su hermana.
Pero él no tenía nada.
Era consciente de la posibilidad de encender fuego frotando madera con madera, pero para él era imposible; no tenía la fuerza, la técnica ni la resistencia necesarias.
Sintiendo que había llegado a un punto muerto en el mejor plan que se le había ocurrido, cerró los ojos y controló su respiración.
Si le gustaba describirse de alguna manera, era como alguien paciente e inteligente, capaz de mantener la cabeza fría en los momentos más tensos, igual que los protagonistas de sus historias favoritas.
Motivado por el plan y decidido a llevarlo a cabo, levantó su cuerpo y guardó la libreta en otro de sus bolsillos.
Con cuidado, apoyando los brazos sobre el borde de piedra blanca y porosa, encorvó el cuerpo en busca de mojarse la cara con el agua.
Algo llamó su atención y, de algún modo, su reflejo no era realmente su reflejo.
Aunque el rostro era idéntico al suyo, los ojos y el cabello eran de un rosa fucsia intenso.
Manteniendo la mirada fija en esa figura, Thom se arrancó un cabello, percatándose de que el suyo seguía siendo negro.
Con un largo paso hacia atrás, se apartó del extraño reflejo, permaneciendo tenso y con la mirada fija en el lugar donde se había reflejado.
Tras unos largos segundos sin que nada ocurriera, y a pesar de seguir extrañado por lo sucedido, se permitió bajar la guardia.
“¿Qué ha sido eso?
¿Por qué era rosa?” se preguntó a sí mismo.
Pasados unos segundos más sin que nada extraño sucediera, Thom reunió algo de valor y volvió a asomarse al agua.
El extraño reflejo apareció de nuevo ante él.
Todo era idéntico: rostro, gestos y movimientos, salvo por esa única excepción: el cabello y los ojos, de un rosa chillón.
Experimentando un poco, incluso golpeó el agua, pero esta, tras deformarse solo por un instante, volvió a reflejarlo de la misma manera.
Sin obtener ninguna explicación, Thom se apartó del agua, incómodo.
Rápidamente se centró de nuevo, restándole importancia, ya que a pesar de lo extraño, aquello no parecia suponer ningún peligro.
Con su mente enfocada nuevamente en encontrar alguna manera de encender un fuego, una idea surgió: aunque las tiendas estuvieran apagadas, seguramente tendrían algunas velas, y con ello algún método para encenderlas.
Aceptando por completo la coherencia de su plan, se acercó a una tienda que exhibía diversas maquinarias a vapor, que de alguna manera Thom consiguió relacionar con usos posibles para la mercería y la costura.
Decidido a llevar a cabo su intrusión, sujetó con fuerza una pequeña decoración metálica que colgaba de la puerta y, tras unos segundos de duda, golpeó el gran cristal que ocupaba media pared de la tienda.
El vidrio se hizo añicos en millones de fragmentos afilados, dejando libre el camino para que Thom entrara a buscar algún pedernal, cerilla o cualquier objeto que le permitiera crear un fuego.
El interior, a oscuras por la falta de luz, se iluminaba tenuemente gracias al cristal roto y a las ventanas entreabiertas.
Las velas permanecían en su sitio, apagadas; algunas a medio fundir, otras aún completas.
Las máquinas de mercería y costura se extendían por toda la habitación, agrupadas según su tamaño, lo que dejaba en claro, sin necesidad de muchas dudas, que aquel era el producto en venta.
Al fondo, tras una pequeña encimera en forma de L, hecha de una madera más clara que la de las paredes, Thom cruzó la puerta entreabierta que daba acceso a una segunda sala.
Esta estancia, más amplia que la anterior, estaba decorada con armarios y estanterías repletos de telas e hilos de múltiples colores.
En algunos casos, las piezas ya estaban elaboradas: bufandas, mantas, pañuelos bordados, cortinas y todo tipo de productos bien organizados por tamaño.
Con cautela, intentando moverse en completo silencio a pesar de estar solo, Thom revisó cada rincón que pudo, buscando algo que le sirviera para encender una llama o, al menos, facilitarle el trabajo de crear una.
Sin éxito en su búsqueda, se acercó a la zona de las bufandas.
Estas, más largas y cosidas con hilos más finos que su propia bufanda naranja, llamaron su atención.
Curioso, tomó una de color morado oscuro —su favorito— y comenzó a compararlas.
La suya, aunque mucho más corta, era con diferencia más gruesa y práctica para proteger del frío.
Sin embargo, la textura suave y ligera de la bufanda morada, sumada a su bajo peso, inclinó la balanza para que fuese su preferida.
Sin pensárselo demasiado, dejó su bufanda naranja a un lado y se colocó la morada, notando al instante la diferencia.
Si bien aquella dejaba entrar el viento y el frío por ser más fina, dentro de la tienda no se percibía ninguna desventaja.
Lo que más le sorprendió fue su textura: suave y delicada, un contraste claro con la lana áspera a la que estaba acostumbrado y que a veces resultaba irritante.
Deseando comprobar qué tan bien le quedaba, se acercó a un espejo alto situado junto a los sombreros.
Su reflejo, igual que las dos veces anteriores, mostraba todo con normalidad: sus ropas castañas, sus botas anaranjadas, la bufanda morada… salvo por el mismo detalle inquietante: su cabello y sus ojos, teñidos de un rosa fucsia.
Recordando que en las veces anteriores —cuando se había visto reflejado en el agua— no había ocurrido nada, esta vez no se sobresaltó.
Al contrario, olvidándose de cómo le quedaba la bufanda, se inclinó hacia el espejo con atención.
Todo parecía normal: los movimientos, los rasgos, la inversión izquierda-derecha.
Si no fuera por aquel color extraño en su reflejo, ni siquiera dudaría de su autenticidad.
Con lentitud, al no notar diferencia alguna, extendió un dedo hacia el cristal, gesto que su reflejo imitó con exactitud.
La duda se reflejaba en sus ojos verde oscuro y en el temblor de su dedo delgado y poco trabajado.
Cuando por fin tocó la superficie, sintió el frío firme del vidrio, que permaneció inmóvil, dejando un mínimo espacio entre ambos dedos.
Sin lugar a dudas, era un espejo normal y corriente.
Por si acaso, y a pesar de haberlo comprobado antes, Thom se arrancó otro cabello, confirmando una vez más que seguía siendo negro.
Incapaz de hacer nada más, y con la esperanza de que no fuese nada peligroso, se dijo que quizá solo era una característica extraña, tan peculiar como el hecho de estar atrapado en una ciudad vacía.
Al menos, idéntica en apariencia, aunque vacia de vida en cada rincón.
Con su bufanda naranja atada al brazo y la morada cubriéndole el cuello, Thom volvió a enfocarse en su objetivo principal.
Tomando un poco de tela de algodón para facilitar la creación de fuego, se adentró en la última habitación de la tienda.
La estancia, más pequeña que las anteriores, estaba amueblada con una mesa rodeada por cuatro sillas.
En el centro descansaba un jarrón con agua y unos cristales redondeados de colores, acompañados de un plato de cerámica rota y restaurada con una especie de pegamento dorado.
Sobre él, una vela apagada a medio fundir y, a su lado, una cajita de cerillas.
Los ojos verdes de Thom se iluminaron ante la escena, fijos en la cajita.
Ignoró por completo cualquier otra cosa y, sin pensárselo demasiado, la tomó con rapidez antes de salir por el mismo camino.
<Crack, crack, crack> Los cristales rotos crujieron bajo sus botas mientras la luz del sol lo recibía de nuevo.
Frente a él se abría la gran plaza, dominada por la fuente de tres tiburones distintos devorando a un pobre delfín.
Con dudas constantes sobre si su plan funcionaría, en pocos minutos ya había reunido un círculo de maderas, dos veces más ancho que él y de altura hasta su cadera.
En una mano sostenía la cerilla, en la otra la cajita y un pequeño trozo de algodón.
<Zas…
fshhh> Con un rápido movimiento de fricción, la cerilla se encendió sin inconvenientes.
Thom dejó caer la cajita y prendió el algodón, arrojándolo después a la hoguera.
Para su sorpresa, el fuego prendió con más facilidad de la que había esperado.
En apenas un minuto, el humo naciente de la hoguera había alcanzado la suficiente altura como para llamar la atención de cualquiera que lo viera.
Paciente, Thom se sentó junto al fuego con la mirada fija en lo alto, siguiendo la línea ascendente del humo.
Preparado mentalmente para esperar aburridamente hasta que el fuego se extinguiera por sí solo —aun sabiendo que existía la posibilidad de que nadie apareciera—, sacó su libreta y el lápiz, dispuesto a dibujar la fuente.
<Plam, plam, plam, plam> El trazo quedó a medio camino, apenas un cuarto del dibujo terminado, cuando un sonido distinto rompió el silencio: pasos rápidos, resonando en eco desde una de las calles cercanas.
Al fin, un indicio de vida.
Con un gesto brusco, Thom guardó la libreta y el lápiz, poniéndose en pie de inmediato para buscar el origen de aquella persona que corria hacia la plaza.
<Plam, plam, plam, plam> Antes siquiera de que Thom lograra pisar la calle de la que provenían los pasos, una figura humana apareció de golpe, girando la esquina con brusquedad y prisa.
Era un hombre delgado, de estatura apenas un poco mayor que la de Thom.
Vestía una apretada camisa negra de algodón cubierta por un delantal de cuero, y pantalones anchos del mismo tono marrón.
Su largo cabello rosa fucsia ondeaba suelto al aire mientras corría, sudoroso y con el rostro marcado por la desesperación.
“¡Corre!
¡No pienses, corre!” gritó al percatarse de Thom.
En blanco y sorprendido por lo repentino de todo, Thom quedó paralizado, incapaz de mover un músculo.
El hombre cruzó a su lado sin detenerse, alejándose con rapidez y dejándolo atrás sin más palabras.
<Pom, pom, pom, pom> El eco de aquellos pasos se fue perdiendo por la plaza, pero pronto fue reemplazado por otros.
Unas segundas pisadas retumbaron en la misma dirección, más pesadas, cada impacto resonando contra el suelo de ladrillo de piedra.
El cuerpo de Thom se tensó al instante.
Giró el cuello hacia atrás solo para descubrir que aquel hombre ya había desaparecido.
Una rabia silenciosa lo recorrió: había encontrado, al fin, otro humano, y lo había perdido en un suspiro.
incluso ya era tarde incluso para obedecerle y huir.
Con un estruendo que sacudió el aire, algo colisionó contra el edificio al final de la calle.
Los muros se derrumbaron de inmediato, cediendo ante el peso de la criatura que emergió.
Su cuerpo alargado recordaba al de un gusano, aunque cubierto por espinas de piedra que se extendían como púas.
Se sostenía sobre seis patas robustas, y donde debería haber una cabeza solo había un hueco redondo, un único agujero bordeado por cientos de dientes afilados.
De su cuello nacían seis tentáculos, cada uno terminado en guadañas brillantes, curvadas y afiladas.
El miedo invadió el cuerpo y mente de Thom antes de que pudiera siquiera reaccionar.
Jamás, en toda su vida, habría podido imaginar tal monstruo.
Un único pensamiento cruzó su mente, como un instinto absoluto: Huye.
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