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El Mar de los Secretos - Capítulo 48

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48: Capítulo 47: Salvador 48: Capítulo 47: Salvador “¡Ayudaaaaaaa!” Acompañado por los rugidos de la destrucción tras de él, Thom corría por su vida.

Sus pulmones trabajaban al máximo, sus piernas se movían a golpes de miedo y adrenalina, y sus ojos —donde el verde había desaparecido bajo el negro dilatado de la pupila— buscaban desesperados cualquier cosa que pudiera darle una oportunidad.

“¡Ayudaaaaaaa!” La monstruosa mezcla entre gusano e insecto, cubierta de espinas afiladas como roca, lo perseguía arrasando las calles, demasiado estrechas para contener su cuerpo.

La ciudad, ahora transformada en un laberinto imposible, se volvía inmensa e insignificante al mismo tiempo.

Giros, rectas, más giros, más rectas…

alguna plaza más amplia que otra, intentos por volver por el mismo camino por el que llegó…

Y, de alguna manera, hiciera lo que hiciera, siempre acababa en la gran plaza central, ahora presidida por la estatua destruida que minutos antes mostraba a tres tiburones devorando a un pobre delfín.

Ya había recorrido casi todas las calles que partían de la plaza, pero cada vez que regresaba inexplicablemente a ella, la calle elegida desaparecía, dejándole en cada bucle menos salidas.

El gran gusano no mostraba piedad: lo perseguía con lentitud, pero con constancia, aprovechando su tamaño y anatomía para no perder terreno.

Solo quedaba una última salida.

Todas las demás habían desaparecido cruelmente, sin explicación.

El miedo no le permitía pensar con claridad.

El sudor constante ya ni siquiera se contenía en sus cejas; lo obligaba a parpadear cada pocos segundos.

No tenía opción.

Cada instante perdido era un metro ganado por el gusano.

Rezando porque la última oportunidad se convirtiera en salvación, Thom se adentró en la única salida que quedaba.

La calle continuaba en una recta estrecha, con edificios a ambos lados.

Thom sintió la primera patada contra su esperanza: era la misma vía destrozada por la criatura, la que ya había cruzado demasiado.

Las calles secundarias, aún más angostas, se abrían aleatoriamente a cada lado, pero no giró por ninguna.

Ya lo había intentado antes, y siempre terminaba regresando al mismo punto.

Con algo de distancia ganada gracias a lo estrecho del paso —ampliamente destrozado por las múltiples pasadas del gusano—, Thom giró en la última salida.

Al salir de ella, llegó a una plaza pequeña y cuadrada.

Una que, como era de esperar, ya había cruzado.

Los cuatro bancos que antes descansaban bajo un techo plano y blanco, sostenido por cuatro pilares rectangulares y rodeado de paredes bajas y arbustos recortados, ya no existían.

Los arbustos eran ahora apenas un montón de ramas y hojas aplastadas; las paredes y el techo podían confundirse con ruinas antiguas.

La segunda patada en su esperanza lo golpeó en el alma, pero no dejó que su mente cediera.

El estruendo de la destrucción, cada vez más cercano, no le permitía rendirse.

Sin mirar atrás, se lanzó por la única salida que ofrecía la plaza, atravesando otra calle larga y estrecha que le permitió recuperar los segundos perdidos tras el shock de ver repetirse aquella misma escena.

Pero al final del recorrido, la tercera patada llegó.

Una iglesia mediana —por alguna razón intacta frente a las pasadas del gusano—, pintada en rojos, amarillos y naranjas, bloqueó su camino.

Decenas de vitrales de tonos cálidos dejaban pasar la luz del sol desde todas las direcciones, dándole un aire elegante y vibrante, distinto a la arquitectura mate de Anzu, hecha de piedra y cerámica.

La puerta de arco trilobulado estaba decorada con un gran sol en el centro, intacto únicamente porque las puertas permanecían cerradas.

La primera vez que la había visto se había asombrado por su brillantez y elegancia.

Ahora, como entonces, la visión no le ofrecía más opción que seguir corriendo, acorralado por la cercanía del monstruo.

Rodeando la iglesia a la máxima velocidad que su cuerpo le permitía, cruzó la única calle que se abría tras ella.

Y, de pronto, volvió a la gran plaza principal, presidida por la estatua destruida.

Sintió cómo la esperanza se le quebraba.

Buscó alguna calle por la que escapar, pero ya no existía.

La última salida había desaparecido.

Sin salida…

sin esperanza.

Su cuerpo cedió.

Las piernas cansadas perdieron fuerza y lo obligaron a caer de rodillas sobre el suelo destrozado de la plaza.

Sus ojos, fijos en las ruinas de la fuente, ni siquiera se atrevían a mirar al monstruo, que se acercaba lento y cruel, cada paso una avalancha de peso y destrucción.

Incapaz siquiera de sostener un pensamiento coherente, Thom se pellizcó la mejilla —por si acaso, por si aquello fuera un sueño y despertara—.

En lugar de despertar, el dolor le llegó nítido y punzante, anclándolo a la realidad que lo rodeaba.

Esa última confirmación…

ese último intento fallido…

esa última esperanza…

desapareció.

Su cuerpo comenzó a temblar.

Cedió ante la gravedad, encorvándose hacia adelante, y necesitó apoyar los antebrazos en el suelo.

Eso se acercaba lentamente.

Demasiado lentamente.

Cruelmente lento.

No sabía si era el tiempo, que parecía deslizarse más despacio, o si el gusano había decidido torturarlo incluso cuando ya no tenía salida.

Hasta que una sombra cubrió su cuerpo.

Estaba atemorizado, temblando y paralizado al mismo tiempo, formando un lago de lágrimas bajo él, indefenso y atrapado en aquella plaza.

Los pesados pasos se detuvieron tras su espalda, dejando solo el gruñido húmedo y baboso que nacía de la gran boca repleta de dientes afilados.

La imagen de la pata alzada, lista para convertirlo en una alfombra, se dibujó cruelmente en su mente.

Y aun así, por alguna razón que ni siquiera alcanzó a comprender, separó sus antebrazos del suelo.

Aún de rodillas, enderezó el cuerpo y echó el cuello hacia atrás.

Sobre él, como una roca plana suspendida en el aire, flotaba una de las seis robustas patas del gusano monstruoso.

Y bajó.

“¡Haaaaaaaaaahaaaaaaaaaaaaahaa!” Con un último acto instintivo, un grito desesperado brotó desde lo más profundo de su garganta, acompañado por el lento cerrar de sus ojos.

Pero cuando esperaba sentir la presión aplastante, el dolor de ser reducido contra el suelo…

solo lo bañó una fuerte corriente de viento, tan intensa que hizo ondear todo lo que llevaba puesto.

“Eso estuvo cerca, ¿no crees?”, dijo una voz irreconocible para él.

Sus ojos, cerrados con desesperada fuerza, comenzaron a abrirse lentamente ante el hecho que más lo sorprendía: estaba vivo.

Sujetando con solo sus manos, enfundadas en guantes de cuero morado, el peso completo del gusano espinoso, había un hombre.

Cubría su cabeza con una capucha, también de cuero morado, que nacía del cuello de una larga túnica de asesino hecha de la misma materia y color, decorada con piezas de metal plateado.

Se mantenía firme sobre Thom.

Impactado por la escena, Thom solo lo observó en shock, incapaz de procesar la acción del hombre.

“Acabemos rápido”, susurró el desconocido con cierta facilidad, aunque dejando entrever un mínimo esfuerzo al sostener la pata del gusano.

Bajo la criatura, un círculo de tono amarillo apagado comenzó a expandirse lentamente, creciendo en brillo y radio.

Su interior, repleto de patrones geométricos extraños e indescifrables, dejaba solo un símbolo reconocible.

Un círculo rodeado de triángulos curvos: un mandala solar.

Y en el instante en que todo el cuerpo alargado y afilado del gusano —salvo la pata que sujetaba el hombre— quedó dentro del círculo…

“Flush” Una gran llama surgió de este.

Una llama tan fuerte y poderosa que, por un instante, Thom dejó de temer al monstruoso gusano cubierto de púas de roca…

y temió al fuego.

“GRAAAWWWRRR!” El doloroso grito nacido de la garganta del gusano no solo obligó al viento del lugar a apartarse: los cristales de las tiendas junto a la plaza se redujeron a mares de fragmentos brillantes.

Olvidando por completo su ataque ante la sensación de su piel derritiéndose, la criatura dejó de presionar con su pata al hombre y retrocedió hasta lograr salir de la gran llama.

Esta, sin un ser sobre ella, desapareció sin dejar rastro, al igual que el círculo del que había nacido.

Su cuerpo, todavía de una pieza, mostraba a la ciudad sus patas y piel recién quemadas.

Pese a ello, incluso ante la ausencia de ojos y el dolor que debía sentir, fijó todo su ser en el hombre que, con una mirada vacilante y confiada, le dedicaba una sonrisa de superioridad desde su rostro oculto por la sombra.

“No te preocupes, pobre y necesitado joven.

Soy Zaaván y tienes suerte de que esté aquí.

Mira, sin pestañear, cómo yo te he devuelto toda la vida que te queda por delante.” Sus palabras, llenas de altanería y confianza, golpearon a Thom.

Incapaz de enfadarse como lo habría hecho en cualquier otro momento ante tales palabras arrogantes, guardó silencio.

Y, siguiendo la orden de Zaaván , observó.

Aunque algunas preguntas le retumbaban en la mente: ¿Qué había sido ese círculo?

¿Cómo era posible que apareciera ese fuego?

¿Cómo?

“Vamos, bichejo…

hagamos de lo nuestro algo más cercano”, rompió la voz de Zaavan los pensamientos de Thom.

Junto con sus todavía confiadas palabras, sobre el cuerpo del gusano comenzó a crecer un nuevo círculo.

Cubría apenas una parte reducida del monstruo, lo justo para que cupiera una sola persona.

Su resplandor blanquecino, casi sin color, estaba acompañado por decenas de símbolos geométricos indescriptibles, y en su centro reveló una figura: Un ave de largas alas abiertas.

Asombrado ante el nuevo círculo dibujado en el aire, Thom agradeció que la luz fuese menos intensa que la del círculo amarillo.

Trató de identificar las formas geométricas, buscando algún sentido en ellas…

<Chas> No tuvo tiempo.

Acompañado de un chasquido seco, el aire alrededor de Zaavan comenzó a deformarse, plegándose sobre sí mismo y tragándolo sin dejar más que un eco fugaz.

Sorprendido por el repentino sonido, Thom apartó la mirada del círculo suspendido en el aire y la clavó en el punto exacto donde Zaavan había estado un instante antes.

Allí, no quedaba rastro alguno de su presencia.

“¡Acabemos con esto!

¡Ven, bichejo, siente todo el fuego de mi interior!” La voz resonó desde arriba.

Donde antes había estado el círculo blanquecino, Zaavan apareció de nuevo, cayendo sobre la criatura.

Estiró la mano hacia ella, y frente a sus dedos se formó, con brillo amarillento, un nuevo círculo.

En su centro, otra vez, el mandala solar.

De él, a una velocidad endiablada, como si absorbiera todo el aire a su alrededor para transformarlo en fuego, comenzó a crecer una esfera incandescente, hasta alcanzar los dos metros de diámetro.

<Booooooooooom> Sin piedad alguna, Zaavan lanzó la bola de fuego contra el gusano.

La criatura apenas tuvo tiempo de reaccionar; si gritó de dolor, el sonido se perdió en el estruendo de la explosión que devoró la plaza.

Bañado por la onda de viento que arrastró la explosión, Thom tardó en permitirse apartar los brazos del rostro y abrir los ojos.

“¿Estás bien?

No estarás herido, ¿verdad?” Cuando la luz finalmente alcanzó sus ojos verde oscuro, lo primero que vio fue a Zaavan.

Con el rostro todavía oculto bajo la capucha, extendía la mano hacia él, ofreciéndole ayuda para levantarse.

“¿Qué ha pasado?” preguntó Thom mientras aceptaba el gesto y se ponía de pie.

Sus ojos, tras acostumbrarse a la luz, se fijaron en el enorme cuerpo que yacía tras Zaavan.La criatura, antes cubierta por púas de roca, no conservaba ya ni una sola: toda su piel, áspera y rosada, estaba calcinada hasta donde alcanzaba la vista.

Las gruesas patas, tan quemadas como el resto del cuerpo, permanecían estiradas e inmóviles sobre el suelo.

La boca, aún abierta, mostraba la hilera interminable de dientes afilados, dejando escapar un hedor nauseabundo que se mezclaba con el aire.

De su cuello, los tentáculos que terminaban en guadañas descansaban ahora pesadamente contra las losas destruidas del suelo, sin el repugnante ondear que los había acompañado momentos antes.

No cabía duda alguna: estaba muerto.

“¿No es obvio?

Te he salvado la vida”, respondió el hombre, acompañando sus palabras con descaradas risas tras percatarse de que thom habia visto el cadaver tras el.

Si aquellas frases altaneras no fueran también verdades dolorosas para su orgullo, Thom —que nunca en su vida se había peleado con nadie— quizá se habría planteado soltarle un puñetazo en esa cara tan descarada.

“Gracias…” alcanzó a decir, con sinceridad en la voz pese al modo en que le hablaba.

“De nada, amigo.” Zaavan dio unos pasos hacia fuera de la destruida plaza.

“Sígueme”, añadió sin detenerse.

“¿A dónde…?

Si no hay sali…” empezó a replicar Thom casi por instinto.

Fue entonces cuando lo notó: de alguna manera incomprensible, todas las calles que habían desaparecido poco a poco ahora estaban allí otra vez, intactas, como si nada hubiera ocurrido.

“No te preocupes.

Solo sígueme, es peligroso”, dijo Zaavan tras escuchar su respuesta cortada.

Thom no entendía nada.

El dolor de cabeza lo golpeaba con fuerza, fruto del esfuerzo mental desde que había llegado a esa ciudad muerta.

Pero algo en sus palabras sonaba innegablemente cierto: quedarse allí sería peligroso.

Si iba con él, al menos estaría protegido.

“¡Espérame!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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