El Mar de los Secretos - Capítulo 49
- Inicio
- Todas las novelas
- El Mar de los Secretos
- Capítulo 49 - 49 Capítulo 48 Paseo Urbano
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: Capítulo 48: Paseo Urbano 49: Capítulo 48: Paseo Urbano Las calles de la ciudad, nuevamente silenciosas como antes de la aparición del gusano monstruoso, solo dejaban oír el eco de los pasos de ambos.
Thom, siguiendo de cerca a Zaavan, observaba en silencio cada calle que cruzaban.
Todas eran distintas entre sí, y aquello le confirmó que, al fin, había escapado del bucle constante que lo devolvía siempre a la plaza destruida.
Sus pensamientos, aún nublados por la incredulidad de haber estado a un suspiro de la muerte, le impedían atreverse a hablar.
Las preguntas sobre los extraños círculos que había visto aparecer durante la pelea se agolpaban en su mente, pero no encontraba el valor para romper el silencio.
Aun así, pese a la incomodidad que le provocaba el silencio, se mantenía cerca de él.
El miedo a que otros gusanos pudieran aparecer en cualquier rincón de la ciudad era mucho mayor.
Zaavan, con la cabeza erguida, avanzaba con paso seguro.
Ni siquiera necesitaba girarse para confirmar que Thom lo seguía: bastaba con el ritmo constante y cercano de sus pisadas.
“Oye, amigo, ¿cómo te llamas?”, preguntó de repente, rompiendo el silencio en medio de un giro cualquiera.
Ante ellos se alzó una muralla imponente, tan alta y cuidada como la que separaba la ciudad del puerto, dejándoles solo dos caminos posibles: izquierda o derecha.
Algo nervioso por la pregunta repentina, Thom alzó por primera vez la mirada desde que había empezado a seguirlo.
Vio su espalda cubierta por la larga túnica de asesino de cuero morado: firme, amplia, erguida…
una presencia entrenada y segura.
Que giro a la derecha.
“Soy Thom…” murmuró tímidamente, bajando de nuevo los ojos al suelo, sintiéndose pequeño e inferior solo con observarlo.
“Bueno, Thom, aunque ya lo haya hecho antes, me presento: soy Zaavan, tu salvador.” Su voz, todavía confiada, animada y risueña, opacaba por completo la timidez de Thom.
Incluso le pareció que hasta la forma de hablar de aquel hombre era superior a la suya.
“Gracias, Zaavan…” agradeció por segunda vez, con lo justo de un susurro.
La larga calle —lo bastante ancha para que pasase un carruaje de dos caballos— permanecía envuelta en silencio.
Zaavan, con las manos entrelazadas tras la nuca, se mostraba relajado; Thom, en cambio, mantenía la boca cerrada y la mirada baja.
“No te preocupes de verdad.
Digamos que con eso ya rompimos el hielo”, rompió Zaavan el silencio.
“Sí, supongo que sí…” respondió Thom, aún con la voz apagada.
“Entonces, ¿puedo preguntarte algo?
Realmente tengo curiosidad por saber por qué alguien tan joven hizo lo que hiciste.” “¿Hacer qué?” reaccionó Thom, perdido.
A la vista de su reacción, Zaavan giró el cuerpo hacia él con una sonrrisa exagerada.
“El ritual” “¿El ritu…
qué…?” contestó Thom, tan confuso como antes.
El rostro oculto de Zaavan palideció de golpe; las manos que tenía cruzadas sobre la nuca cayeron por el peso de la gravedad, como si él mismo no creyese lo que había oído.
“¿Me he equivocado?…
No, imposible, la campana reacciono…
Mira, Thom, la pregunta va en serio, no es momento de bromas.
¿Qué te llevó a estar tan desesperado como para realizar un ritual?
¿Alguna enfermedad sin cura?
¿Peligro de muerte?
¿Ganas de suicidarte almenos intentando algo?
¿Te obligaron…?” En blanco ante las palabras de Zaavan, lo único que pasó por la mente de Thom fue un vago y confuso “eh”; no tenía la menor idea de qué responder.
Ante ese silencio incrédulo, Zaavan perdió un tanto su tono confiado; se le notó nervioso, aunque aún mantuvo la compostura lo suficiente como para continuar.
“Haber, eres un astrónomo, eso está claro.
Entiendo que no quieras hablar sobre la razón por la que hiciste el ritual, pero no me digas que no sabes de qué hablo.
No caigo.” “¿Astrónomo?” contestó Thom, aún más confuso.
El rostro oculto y ya pálido de Zaavan se descompuso aún más ante la nueva muestra de desconcierto.
Necesitó darse un ligero guantazo para recomponerse, apoyándose después contra la muralla.
“Vale, culpa mía…
Está claro que la palabra ‘astrónomo’ al final es solo una manera de referirnos a nosotros.
Dime: ¿cómo nos llamas tú?” “¿Llamar a quién?” “A nosotros.
A los que casi se suicidan invocando a un iluminado.
A los que usamos los círculos prohibidos…” “Lo siento, creo que me he perdido”, se disculpó Thom, sin siquiera pensar por qué.
Al oír esa última disculpa, Zaavan palideció por completo.
Sin fuerzas en las piernas, dejó que su cuerpo cediera hasta sentarse, con la espalda apoyada en la muralla; su rostro, antes oculto por la sombra de la capucha, ahora se cubría también con la mano.
“Mierda…
la he cagado por completo.
Bueno…
no es mi culpa, esa maldita campana falló; eso es, no tengo la culpa de que la campana diera una falsa alarma”, murmuró, como justificándose.
Thom, en silencio, escuchó las palabras atropelladas de Zaavan y se sintió aún más incómodo.
Retrocedió unos pasos, buscando distancia, y mantuvo la mirada baja con un pensamiento.
Esta loco…
Incómodo ante sus constantes murmullos, Thom no se atrevió a alzar la mirada.
Su dilema ya no era solo quedarse con alguien que hablaba de rituales y «astrónomos» —justificándose de pronto por cosas que él ni entendía— o volver a estar solo en aquella ciudad vacía y extraña, a merced de seres iguales o más peligrosos que el gusano monstruoso.
Sumido en su propia cabeza, incluso la posibilidad de preguntar por los círculos y lo que habían provocado se desvaneció: temía que la pregunta pudiera sentarle mal a Zaavan.
“Oye, Thom”, lo sacó de sus pensamientos la voz de Zaavan.
“¿Dime…?” respondió él, manteniendo la distancia.
“En principio creo que eras tú a quien buscaba; pero si realmente no sabes de qué hablo, solo significa que me equivoqué.
Al menos podrías responderme una última pregunta antes de que te ayude a salir de aquí”, continuó Zaavan, como si su mente estuviera en otra parte.
Las tres preguntas clave llegaron a Thom de inmediato, apagando cualquier otra: ¿salir?
¿podré hacerlo?
¿me puede sacar de aquí?
Junto a ellas vino una pequeña, frágil esperanza.
“Pregúntame”, respondió él, tratando de no mostrar demasiada expectación.
“Si no eras tú, al menos debería haber estado cerca.
Desde que llegaste aquí, ¿viste algo raro?
¿Fuego que apareció de la nada, alguna corriente de viento extraña, alguien o algo que desapareciera o apareciera sin explicación?
Cualquier cosa fuera de lo normal, algo que haga que los demás piensen que estás loco.” Si bien la acción de crear fuego, o de desaparecer y reaparecer como había visto hacer a Zaavan contra el gusano, era extraña, Thom asumió de inmediato que no era lo que él buscaba.
Solo quedaba una situación, la única lo suficientemente rara como para catalogarla entre las demás y que, contada en voz alta, sonaría como locura.
Dudando si responder o no, fijó la mirada en Zaavan.
Este, con la cabeza en alto y aún oculta bajo la sombra de la capucha, parecía estar dándole vueltas a algo.
“Estaba persiguiendo a una especie de gato gordo de jade antes de llegar aquí…” confesó Thom, esperando que Zaavan se mantuviera perdido en sus pensamientos.
Pero la reacción fue inmediata: bajó la cabeza, lo miró desde la penumbra de la capucha y recuperó de golpe la confianza que había medio perdido.
“Necesito que me expliques mejor eso.” Sometido por la repentina energía que emanaba de él, Thom retrocedió un paso.
La mirada — penetrante pese a estar oculta— le provocó un escalofrío.
No tenía ninguna certeza de que fuera buena idea contarlo…
aunque, al menos, Zaavan no lo había tachado de mentiroso ni lo había ignorado: quería escuchar.
Tras la dura batalla contra sí mismo sobre si confiar o no, su voz tímida pero fluida se alzo, para contar aquello que hacía tanto tiempo había escrito en su pequeña libreta.
Tras la dura batalla contra sí mismo sobre si confiar o no, sus labios tímidos pero fluidos se alzaron al fin, para contar aquello que hacía tanto tiempo había escrito en su pequeña libreta.
“Hace tres años, justamente en mi cumpleaños número doce, tuve un sueño.
Estaba en un prado cubierto de césped y flores amarillas hasta donde alcanzaba mi vista.
Todo se sentía lo suficientemente real como para que no me diera cuenta de que era un sueño.
En algún momento se me ocurrió alzar la mirada, y una gran luna blanca cubría casi todo el cielo.
Allí fue la primera vez que creo haber visto al gato raro.
Estaba corriendo alrededor del borde de la luna.
Aunque era muy pequeño y lejano, lo único que distinguía era un punto de luz verde que rodeaba lentamente la luna.” Terminando de contar aquella primera vez, Thom esperó un segundo, dándole espacio a Zaavan para responder.
Pero tras un silencio incómodo —en el que, al menos, demostró estar atento a su voz— continuó.
“Durante los siguientes tres años tuve ese mismo sueño cada cierto tiempo.
He tratado de descubrir si hay algún patrón, pero si lo tiene, no logro encontrarlo…
hasta hace no más de dos meses.
Estaba ayudando a mi maestra a transportar algunas cosas cuando, durante un milisegundo, lo vi por el rabillo del ojo: una luz verde que reconocí de inmediato.
Me sobresalté y corrí a la ventana.
A muchos kilómetros de distancia, allí estaba la misma luz que en mis sueños.
Esta vez en mitad del agua.
Ahora que sé su forma, por alguna razón me lo imagino nadando patosamente —añadió en broma, acompañado de una ligera risita propia—.” Risita que Zaavan, concentrado en su relato, no acompañó.
El gesto lo incomodó, forzándolo a continuar.
“Instantes después desapareció, convirtiéndose en polvo.
Una semana después volvió a aparecer, también desde mi visión periférica, pero esta vez estaba posado sobre una de las muchas aves que cruzaban sobre el barco.
Igual que antes, se deshizo en polvo poco después de que fijara mis ojos en él…
espera…
era un gato cabalgando un ave —añadió con otra sonrisa tímida, casi sin darse cuenta—.” Sonrisa que Zaavan tampoco compartió.
“Por último, esta misma mañana, después de medio mes viéndolo solo en algunos sueños, apareció mientras estaba sentado en uno de los miradores del puerto.
Saltó desde un barco, y cuando puse la vista fija en él volvió a deshacerse en polvo.
Pensaba que tardaría más tiempo en regresar, pero en menos de dos horas apareció justo detrás de mí.
Entonces pude ver su forma.
Es extraño…
es como un gato gordo, pero no tiene ni nariz ni orejas.
Su cabeza era demasiado grande para lo corto de su cuerpo.
Tampoco tiene ojos: son dos esmeraldas en forma de rombo.
Y los dientes…
afilados, también de esmeralda, igual que los ojos…” “Te estás yendo por las nubes.” La voz de Zaavan lo interrumpió antes de que siguiera analizando el curioso cuerpo de Jadato.
“¡Perdón!” se sobresaltó Thom, encogiéndose un poco.
La vergüenza, que por un momento había olvidado mientras hablaba, volvió a él con todo su peso.
Bajó la mirada, tardando unos segundos en reunir el valor de continuar ante el silencio expectante de Zaavan.
“Cuando apareció detrás de mí me quedé paralizado por la sorpresa.
Aprovechó ese instante para salir corriendo hacia la puerta de acceso a la ciudad.
Reaccioné lo más rápido que pude, me levanté y comencé a perseguirlo hasta una plaza con una estatua de un jinete montando a caballo.
Allí habían dos compañeras que me confirmaron que solo yo veía a Jadato.
Me sentí como un loco, alucinando en ese momento… Por alguna razón, tras morder y arañar la oreja del caballo, volvió a salir corriendo otra vez hacia la entrada de la ciudad.
Al llegar, lo perdí de vista; aunque lo encontré rápido: ¡estaba justo sobre la cara del guardia!
—se le escapó una tercera risita—.” Pero esta vez cortó la risa antes de alargarla demasiado y continuó, apresurado, antes de que Zaavan sumido en la duda sobre que era un jadato, volviera a no acompañarlo.
“Me pidió la identificación de residencia, y yo no tenía ninguna.
Pensé que si conseguía acercar su cabeza podría cazar a Jadato, pero cuando casi lo consigo, el muy cabrón se dejó caer y corrió hacia la puerta.
Mi intento de caza acabó con mi mano sobre la cara del guardia, aunque, bueno, gracias a Naúrya una corriente de viento planto una hoja de papel entre los dos, así que podría decirse que no lo golpeé… aunque, bueno, sí lo golpeé…
es algo discutib…” “Te estás yendo otra vez”, lo cortó Zaavan por segunda vez.
“¡Perdón!” se sobresaltó Thom una vez más.
Esta vez la vergüenza fue menor; en su lugar, asomó un tímido `pero déjame seguir´ que no articuló en voz alta.
Recuperando el hilo, Thom prosiguió con la historia principal.
“Después de dejarse caer, corrió hacia la puerta y yo, sin pensarlo demasiado, me lancé tras él.
Justo antes de pasar a los guardias, Jadato se frenó de repente y se sentó; así que me lancé a por él con todo.
Fallé de nuevo el salto y se subió a mi espalda, acabando yo arrastrándome bajo los guardias y entrando en la ciudad con Jadato a mi espalda.
Por suerte reaccioné rápido y, con un giro en el suelo, logré cazarlo.
Y justo cuando por fin lo tenía…
aparezco aquí de la nada, sin razón y, encima, sin Jadato”, terminó de contar la historia, claramente enfadado por el final.
Thom permaneció en silencio por un largo segundo, sin más que añadir, esperando que Zaavan hablara.
“Ya veo…” suspiró Zaavan, llevándose una mano al pecho.
<phffff> Tras ese pequeño escape de aire, Zaavan estalló en risa.
No reía porque la historia fuera graciosa, sino por el enorme alivio que le invadía el alma.
Thom, aún más desconcertado que cuando lo había culpado de la supuesta campana, guardó silencio y lo dejó reír en paz.
Después de un rato largo de carcajadas, Zaavan se obligó a calmarse.
Su rostro, aún oculto bajo la capucha, había pasado del blanco del pánico a una tranquilidad plena; su voz volvió a ser animada y confiada.
“Menos mal, Thom, amigo mío.
Me diste un susto de muerte.
Tu caso sin duda es único.
Vamos: sígueme, acabemos con esto.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com