El Mar de los Secretos - Capítulo 50
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50: Capítulo 49: Velado 50: Capítulo 49: Velado En dirección recta, a través de la calle pegada a la muralla, Thom —con algo menos de vergüenza— se atrevió a caminar a su lado.
Zaavan ni siquiera se percató de que aquello había supuesto un pequeño esfuerzo para él.
“Oye, Zaavan…
una cosa…
¿qué eran esos círculos raros que hiciste antes?” se animó a preguntar, tras lo que para él había sido un duro esfuerzo.
“¿Los círculos prohibidos?
Bueno…
es algo largo de explicar.
Tal vez, si hubieras preguntado antes, me hubiese dado tiempo, pero no te preocupes, hemos llegado”, respondió sin darle mayor importancia.
Con esas palabras llegaron al final de la calle.
La muralla cerraba el paso hacia la derecha, pero a la izquierda se abría un gran espacio semicircular.
En la parte recta del semicírculo, alineados en filas de cuatro y a la misma distancia unos de otros, se alzaban decenas de pequeños puestos, estáticos e idénticos, como si hubieran sido colocados siguiendo una cuadrícula invisible.
La cantidad y la disposición no tenían nada que envidiar a la calle principal del puerto: allí eran tiendas a lo largo de una recta; aquí, un mercado improvisado de tenderetes apiñados en un espacio abierto.
Sin embargo, no eran los puestos lo que llamaba verdaderamente la atención.
Tras ellos, ocupando todo el fondo semicircular, se alzaba un edificio que hacía empequeñecer el resto de la ciudad.
Llamarlo grande sería quedarse corto: erguido como un panteón colosal, construido en ladrillo y ceramica, pintado de tonos arena y roca, sobrepasaba en altura y solemnidad a cualquier iglesia que Thom hubiese visto en todos sus viajes por el mar medio.
Su entrada cubierta por un largo pórtico bajo el cual podrían caminar cientos de personas medianamente apretujadas.
El pórtico, sostenido por pilares de cerámica, parecía intentar ocultar sin exito la descomunal puerta metálica del edificio.
Esta alcanzaba casi la misma altura y anchura que las entradas de la propia ciudad y permanecía cerrada.
Su remate era un arco trilobulado bajo el cual se extendía la gran puerta, sobrecargada con cientos de figuras geométricas: triángulos, rombos, círculos, óvalos…
Toda su superficie estaba cubierta, salvo en el centro, donde un pequeño espacio libre albergaba la imagen de un libro abierto, del tamaño de una ventana corriente.
El exterior del edificio no tenía nada que envidiar a su monumental entrada.
Decenas de estatuas de piedra, esculpidas con una maestría impecable, decoraban sus muros: niños en actitudes solemnes, animales salvajes, criaturas fantásticas.
El techado, de la misma cerámica que los pilares del pórtico, se inclinaba siguiendo la forma semicircular del edificio.
Solo rompían esa armonía tres campanarios: uno central, rectangular y elevado, acompañado a sus flancos por otros dos más bajos en las puntas de la zona recta del semicírculo.
Thom, fascinado por la grandeza arquitectónica, permaneció maravillado y sin palabras, con los ojos abiertos como platos.
“Es grande, ¿verdad?”, preguntó Zaavan, al percatarse del brillo verde que iluminaba los ojos del muchacho.
“Sí…
¿para qué sirve esta construcción?” contestó Thom, sin apartar la mirada.
“Esta es la Gran Biblioteca de Anzu, la cuarta más grande del mundo.
Solo superada por las dos Bibliotecas Mayores de Nivaria y la Gran Biblioteca de Aphyr”, explicó Zaavan, con un orgullo cálido en la voz.
La imaginación de Thom fluyó como nunca ante la respuesta de Zaavan.
Solo con pensar en la cantidad de libros que cabrían dentro, en las enormes estanterías repletas de libros de todos los tamaños y colores, en los al menos tres pisos que tendría que tener y en las largas escaleras necesarias para alcanzar los ejemplares más altos, su mente se perdió en un mundo perfecto.
Un entorno abierto, silencioso y en paz, donde tantas personas podrían reunirse a leer sin dirigirse una sola palabra.
“Y también mi hogar”, añadió Zaavan, siendo incapaz de romper aquel ensueño en al que Thom ya había viajado.
“¿Puedo entrar?” pidió el muchacho, sin siquiera detenerse a pensar lo que quería decir.
“Lamentablemente, en este lugar es imposible.
Pero aquí es donde entra la pequeña misión que voy a darte.” La palabra misión hizo descender a Thom de su mundo mental.
Volvió la mirada hacia Zaavan, aunque no le dio tiempo a abrir la boca.
“Pero antes, dime, mi joven amigo Thom, antes de separarnos: ¿cuáles son todas las preguntas que tienes?” Thom tardó menos de un instante en ordenarlas todas en su mente.
Con los ojos fijos en el rostro oculto bajo la capucha de Zaavan, no dudó en preguntar contando un nuevo dedo con cada poregunta: “¿Qué son esos círculos prohibidos?
¿De qué ritual me estabas hablando antes?
¿A quién decías que llamaba ese ritual?
¿Qué era ese gusano monstruoso y extraño?
¿Por qué mi reflejo tiene el pelo y los ojos de ese rosa fucsia?
¿Que es este lugar?
¿Como he llegado hasta aqui?” Con una postura altanera y segura, Zaavan no respondió a ninguna de las preguntas.
En lugar de eso, adelantó dos pasos y, girándose hacia Thom, le tendió la mano.
En su rostro apareció una sonrisa blanca y natural que, de algún modo, logró imponerse a la sombra perpetua de la capucha que siempre cubría su cara.
“Mantenlas firmes en tu mente.
Ven lo antes que puedas hasta la biblioteca…
y busca a Dante Vex.” La inmensidad de la biblioteca, apenas cubierta por la figura de Zaavan, se alzó como un telón solemne tras él.
Thom, con sus ojos verde oscuro clavados en aquella repentina sonrisa que al fin podía ver, se aferró tanto a las preguntas como a la extraña petición que acababa de recibir.
Y, con una mínima desconfianza que no consiguió vencer su necesidad, aceptó la mano.
“Te veo pronto, amigo mío…” se despidio Zaavan …
Abriendo los ojos de la nada, Thom vislumbró el cielo sobre él.
Su cuerpo, tumbado boca arriba sobre el suelo, permanecía intacto, sin que lograra entender nada de la situación.
Forzó sus brazos y piernas, levantándose con cuidado.
Frente a él, la gran muralla se mantenía imponente y firme, pero ahora tenía una gran puerta abierta que la atravesaba: la misma por la que junto al Jadato había cruzado arrastrándose.
Cayendo en ello de repente, buscó sobre sí mismo algún rastro de aquel ser de jade pero, igual que en aquella ciudad extraña de la que acababa de volver, había desaparecido sin dejar rastro alguno.
Completamente desanimado por haberlo perdido definitivamente, justo después de haber conseguido capturarlo, cruzó la puerta y se adentró en el puerto.
Todavía mantenía en su mente la pequeña misión que le había dado Zaavan, pero tras todo lo que había pasado en tan poco tiempo, la idea de volver al barco, relajarse, repasar lo ocurrido y, ya después, pensar en la biblioteca, en Zaavan y en ese supuesto Dante Vex, le resultaba más tentadora.
Al entrar en el puerto, lo primero que llegó a sus ojos fue la gran multitud y los guardias, caídos en el suelo, que permanecían dormidos con rostros tranquilos.
Impactado por lo inesperado de encontrarse con toda aquella gente dormida, la idea que había descartado con tanta firmeza —que tal vez aquella ciudad fuese realmente un sueño— regresó a su mente.
Por alguna razón que no entendía, resultaba demasiado extraño e ilógico haberla rechazado tan fácilmente…
incluso recordar que buscó razones para convencerse de lo contrario.
Aprovechando que los guardias estaban dormidos y no podían reprenderlo, Thom se alejó lo antes posible, en dirección al barco.
…
En el interior de un bien amueblado y limpio bar, sentado en una de las muchas mesas de madera clara con decoraciones de metal bien remachado que se extendian de forma simetrica a traves del lugar, el olor a alcohol y los gritos de los borrachos opacaban cualquier otro sentido.
Sujetando una larga copa que contenía un brillante líquido rojo, Aphyrius observaba a las camareras, que sucumbidas por el trabajo corrían de un lado a otro.
Perdido en sus pensamientos, tomó un trago de su consul rojo, dejando que el sabor fuerte y amargo invadiera también su sentido del gusto.
Tras un pequeño momento de paz interior en el parque, su cuerpo nuevamente le pidió volver a la rutina.
Y qué mejor que devolverle al mundo su cara de pocos amigos —ya nacida de manera involuntaria— y beber su trago favorito.
Era la tercera vez, desde que le tocó embarcarse en el mar, que debía permanecer en tierra durante un tiempo incierto.
Una situación que, gracias a sus dos desagradables experiencias anteriores, lo hacía sentir con cierta incomodidad.
El principal problema, esta vez, era que él era el capitán.
Tenía a treinta y dos tripulantes bajo su mando y, como su superior, debía encargarse de darles al menos un sustento mínimo mientras estuviesen en tierra.
Solo que, gracias a sus constantes intentos durante años de reducir su reputación para dejar de ser perseguido de forma continua, había tenido como efecto secundario el consumo lento y constante de la economía del barco.
El recuerdo de cómo, en su primera vez en esta situación, su capitán los abandonó al poco del primer mes —dejándolo a él y a sus compañeros tirados, con lo puesto— lo obligaba a negarse con firmeza cada vez que aquella idea se le venía a la mente.
“Dónde están las viejas con tanto dinero como para mantener a una tripulación cuando se las necesita…”, susurró con ironía antes de dar otro trago.
Tenía la certeza de que la mayoría de sus hombres tenían la capacidad de encontrar un trabajo decente.
Incluso el débil y delicado Thom podría conseguir algún extra dibujando por las calles.
“Se moriría de hambre…”, susurró de nuevo, descartando por sí mismo la idea de que realmente pudiera vivir de eso.
<PUM> Resonando con la potencia de un trueno, el eco de la madera golpeando madera creó un silencio conforme alcanzaba los oídos de los borrachos.
Tan sorprendido como cualquiera en el bar, Aphyrius dirigió su mirada hacia la recién estampada en la pared puerta del local.
Acompañado por dos guardias que fácilmente le sacaban una cabeza de altura —y algún que otro brazo de ancho—, un joven delgado y bien vestido entró en el bar.
Su cabello rubio mate, limpio de grasa hasta la exageración por el constante lavado, hacía resaltar sus ojos rojos como rubíes.
Acompañados por su postura altiva y segura, le otorgaban una apariencia claramente rica y noble.
Cruzó el local sin abrir la boca, hasta llegar a la pared del fondo.
No se dignó a mirar a ninguno de los presentes; incluso dio la sensación de contener la respiración.
Allí, clavado a la pared con tres clavos, se mantenía un tablón de corcho adornado con unos pocos carteles de se busca.
Sin el más mínimo respeto, el joven noble alzó la mano hacia el primero y más centrado de los carteles.
Aphyrius, al igual que todos, fijó en su atención hacia el hombre alcanzó a discernir en ese instante las palabras más grandes del anuncio y el dibujo: el rostro de una pequeña niña, de apenas diez años recién cumplidos, que el joven estaba a punto de arrancar.
SE BUSCAHAZEL KAYAVIVA O MUERTA80 000 FLORINES DE ORO/ 105 000 ÇARK DE VAPOR Forzándose a retener en sus pulmones el aire junto con el último trago que le quedaba en la boca, Aphyrius sintió un vuelco ante la alta recompensa por aquella niña.
El cartel fue arrancado sin piedad por el joven y dejado caer al suelo, como si no valiera nada.
En su lugar, clavado con una de las muchas agujas libres en el tablón, estampó un nuevo cartel de se busca.
Al igual que el anterior, Aphyrius solo alcanzó a distinguir las palabras más grandes y la imagen.
El retrato mostraba a un hombre de unos treinta y tres años.
Sus ojos, coloreados por encima en un verde esmeralda que resaltaba sobre el blanco y negro del dibujo, miraban con una frialdad difícil de ignorar.
Una cicatriz cruzaba su mentón afeitado, marcando el rostro con un trazo inconfundible.
SE BUSCAGEHRMAN APHYRIUS (DEMONIO ESMERALDA)VIVO420 000 FLORINES DE PLATA / 2 000 000 ÇARK DE CERÁMICA Incapaz de soportar el impacto, esta vez una ligera tos se escapó de su garganta, un gesto que solo llamó la atención de un borracho solitario y medio dormido sentado en la mesa de al lado.
Con el cartel de se busca en su sitio, el joven noble, con ayuda de uno de sus guardaespaldas, subió a una de las muchas mesas.
Dio un pisotón con fuerza —innecesario, pues ya tenía la atención de todos— y alzó la voz: “Atención a todos.”
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