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El Mar de los Secretos - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capítulo 50 Ocultación y Aburrimiento
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51: Capítulo 50: Ocultación y Aburrimiento 51: Capítulo 50: Ocultación y Aburrimiento Con su postura elegante y descarada ante todos los borrachos que lo observaban, dejó un segundo de tensión que aprovechó para aclarar la garganta antes de continuar.

Su voz, desganada e indiferente, no dejaba lugar a dudas de que los estaba tratando como a simples insectos.

“Soy Fredderyc Argantha, y me envían a dar esta información en este cutre y sucio bar.

Acusado por el asesinato de tres Argantha y de dejar permanentemente discapacitado a un cuarto, estamos ofreciendo 2 000 000 de Çark de cerámica por Gehrman Aphyrius, también conocido como el Demonio Esmeralda.

Cualquier información valiosa será compensada con 2 Çark de vapor, así que aprovechad la oportunidad.” Con lo justo y necesario dicho, volvió a esperar a que alguien respondiera.

Pero la reacción nunca llegó.

Enviado contra su voluntad a los bares del puerto, ya estaba cansado de la misma escena: colocar el cartel de se busca, llamar la atención, dar la noticia…

y recibir un silencio absoluto.

Era ya el sexto bar en el que se repetía exactamente el mismo patrón.

Solo era uno más.

Su familia, sin pista alguna del paradero de este tal Gehrman Aphyrius, había enviado a los familiares locales de las islas del mar Medio y a las ciudades costeras continentales, en busca de cualquier información.

Pero allí, en Zhur-Anet, la segunda ciudad más grande de Anzu y una de las más protegidas y seguras del reino, ¿quién estaría tan loco como para venir a esconderse después de meterse con la familia más poderosa del mar Medio?

No solo eso, sino que para cuando la información llegó hasta la ciudad ya habían pasado semanas, suficiente tiempo como para que la noticia le hubiera alcanzado a él mucho antes que a ellos.

Cumpliendo una vez más con su innecesario, desagradable y aburrido trabajo, bajó de la mesa y, custodiado por sus dos grandes guardaespaldas, caminó hacia la puerta del bar, ignorando la existencia y las miradas de los pobres que aún seguían pegadas a él.

Entonces, la sensación de una mano temblorosa y trabajada apoyándose en su hombro lo detuvo.

“Espera…” murmuró una voz claramente borracha y somnolienta.

Incapaz de ocultar el desconcierto que se reflejó en sus brillantes ojos rubí, Fredderyc giró por instinto.

Junto a él, de alguna manera habiéndose colado por el punto ciego de ambos guardaespaldas, se encontraba un calvo cansado, desaliñado, maloliente, bajo, mal vestido, borracho y odioso pobre que había osado tocarlo.

Su rostro, antes cubierto por la sorpresa, se transformó en menos de un parpadeo en uno de odio y asco absoluto ante la figura que sus ojos contemplaban.

“Un hombre muy parecido…

hip…

al del…

hip…

cartel ha ido al baño justo cuando has empe…

hip…

empezado a hablar”, balbuceó el borracho como pudo, sin percatarse de la mirada que le sostenía el joven noble.

<Plam> Sin merecer ni una respuesta, ni siquiera la más mínima muestra de atención, el borracho acabó con la cabeza estampada contra el suelo, ante los ojos de todos los presentes en el bar.

“Te has tardado demasiado”, reprendió al guardaespaldas que, con una sola mano sobre la cabeza del pobre borracho, lo había obligado a besar el suelo.

“Lo lamento, señor”, se disculpó su guardaespaldas, manteniendo su posición arrodillada.

Fredderyc, con una última mirada de disgusto hacia el pobre y poco elegante bar, cruzó la puerta de salida con la firme intención de no volver jamás.

…

Apoyado sobre el pequeño lavamanos del estrecho y solitario baño del bar, Aphyrius se observaba en el sucio y agrietado espejo clavado en la pared.

Su rostro, mucho más arrugado y desgastado que el de la imagen del cartel, hacía que al menos se necesitara cierta atención para notar la similitud, si no fuera por sus brillantes ojos esmeralda o la cicatriz que cruzaba su mentón.

Si bien era consciente de que lo ocurrido en Farne iba a atraer ciertas miradas hacia él, no esperaba que, sin la información del mensajero que envió a silenciar y con la falta de testigos, lograran establecerlo como el principal culpable.

Repasando su paso por Farne, trató de encontrar algún punto, aparte de la ya sabida caminata junto a Gehrman a través de las calles.

El único fragmento que quedaba por revisar fue la última salida de Gehrman hacia el almacén, aquel en el que tenían encerradas a las mujeres.

Según sabía, no había dejado testigos: uno había muerto y el otro fue noqueado antes de que pudiera verle.

Después, solo liberó a la niña a la que, según Gehrman, debía una deuda, y a las dos que compartían cadenas con ella.

El resto las dejó a su suerte.

“Si ya ha pasado, ¿para qué voy a comerme la cabeza?” susurró resignado a su reflejo.

Inspirando por última vez el olor a desecho sin limpiar que desprendía el baño, Aphyrius tomó de su cintura su sombrero en forma de barco y, cubriéndose el rostro todo lo posible, comenzó a cruzar el salón.

Los borrachos y trabajadores, cada uno en lo suyo, si le prestaron atención fue solo por el metálico color de sus accesorios o por su ropa blanca e impoluta, ignorando por completo el fijarse en su rostro.

En la puerta, tumbado en el suelo con un boquete del tamaño de su cabeza como almohada, el mismo borracho somnoliento que había bebido en la mesa de al lado dormía como un niño junto al pequeño charco de sangre nacido de su nariz.

Sin siquiera dedicarle un pensamiento, con una zancada larga pasó sobre él y salió al exterior.

Su objetivo: llegar al barco sin ser reconocido.

…

“¡Me aburroooooooo!” Odiando cada instante de su aburrida existencia, Gehrman, acostado sobre el suelo de su habitación con las piernas en L apoyadas contra la pared, sufría el lento pasar del tiempo.

Su cuerpo, simple y llanamente, ya no podía descansar más: sus reservas de energía estaban al límite y todo en él le pedía, al menos, hacer algo.

La idea de bajar al puerto, buscar un bar de mala muerte y robar algunas joyas volvía una y otra vez por su cabeza, haciéndose cada vez más potente y tentadora.

Por otro lado, su imaginación también lo mantenía inmóvil.

Consciente de ser un imán de problemas, se imaginaba que, con solo poner un pie en el puerto o robar cualquier tontería, podría acabar en uno o dos días inmerso en una pelea a muerte contra un kraken de dieciséis patas trebuchet y cañones bajo los ojos.

¿Cómo?

A saber.

Las horas, los minutos, los segundos, los milisegundos, todo a su alrededor se sentía estático, salvo por el movimiento de las olas, mientras con más esfuerzo del que jamás había utilizado debatía consigo mismo sobre qué situación era mejor.

“HaAAAAAAAAA” gritó con desgana mientras se levantaba.

Ganando su duda y temor ante su habilidad como imán de problemas, la necesidad de diversión no se impuso por primera vez en su vida.

Esta vez no puso marcha al puerto, sino al menos a tratar de matar el tiempo en la cubierta.

Fuera lo que fuera, cualquier cosa que llegara a su mente para entretenerse sin bajar del barco sería una opción viable.

Podía colarse en el cuarto de Gim y tomar prestada su baraja de cartas para inventarse algún juego, podía meterse en la cocina e inventarse algún desastroso plato, incluso la opción de ir a perder el tiempo con Fhyl…

aunque esta fue descartada.

Ya lo había intentado tres veces antes, y las tres veces fue ignorado.

“Aburrida…” la insultó en voz baja con cierto miedo a que le pudiese escuchar.

Con la luz del sol iluminando su rostro y su ropa, la cubierta vacía y tranquila llegó a sus ojos.

Los barriles vacíos que solían usar como asiento en sus clases todavía permanecían ahí, junto a algunas cajas sin valor que al menos otorgaban algo de decoración a una de las esquinas de la cubierta.

Las gaviotas, gritando con fulgor, sobrevolaban el cielo en manada.

El viento tranquilo refrescaba su cuerpo; el sol, ya en su último punto donde aún podía considerarse en lo alto, molestaba lo justo gracias al cielo despejado, incluso con el reflejo sobre la madera clara del barco.

Gehrman, con paso tambaleante pero claramente enérgico, cruzó de un lado a otro toda la cubierta, intentando decidirse por una de el tapón de las tantas ideas le habían llegado a la mente y que le habia ocasionado un cuello de botella.

Hasta que, acompañada por una mirada discreta, una idea surgió: la idea perfecta.

Aquella que le daría el rato de tensión y nerviosismo que buscaba, la nula necesidad de bajar del barco y esa puntita de curiosidad que sirvió de chispa para decidirse a hacerlo.

Cotillear el camarote del capitán.

Esa habitación en la que había entrado millones de veces, casi siempre para recibir broncas, pero nunca solo; siempre acompañado por su capitán, que lo echaba en cuanto terminaba.

Desde pequeño había sentido curiosidad por lo interesante que podría ocultarse en aquel espacio aparentemente minimalista, aburrido, monótono y casi vacío, pero el miedo a ser descubierto siempre terminaba frenándolo.

Ahora, sin embargo, solo estaba Fhyl para detenerle, y a esa hora Fhyl se encontraba en mitad de su siesta diaria.

Aunque tampoco pensó demasiado en ello, pues ya se había autoconvencido de que solo tenía dos opciones: o curiosear el camarote de su capitán, o bajar del barco.

Y bajar del barco era, definitivamente, más peligroso que fisgonear entre un par de papeles.

Con una sonrisa genuinamente infantil y una prisa imposible de ocultar, se plantó frente a la puerta del capitán.

<clack> Acompañada por el sonido del giro del pomo, la puerta permaneció inmóvil, dejando claro que, como era habitual cuando no estaba el capitán, estaba cerrada.

El rostro infantil de Gehrman se desvaneció por un instante ante esa situación inesperada.

Decidido y cabezota, empeñado en entrar y curiosear las cosas de su padre, no se desanimó; en el acto volvió a su camarote.

Con dos pasos se arrodilló sobre la cama y sacó dos pequeñas ganzúas y una aguja fina y afilada que escondía en el reposacabezas.

Eran artilugios que ya había usado cientos de veces en los distintos puertos desde que Klema le enseñó a manejarlos.

Sus ojos castaño oscuro se fijaron en el metal plateado, apenas oxidado, mientras la decisión se asentaba de nuevo en su mente.

<click, clack, click, click> Con el pulso algo acelerado por la tensión de hacer algo que llevaba años queriendo hacer, sus manos sujetaron con firmeza la ganzúa y la aguja.

En un vaivén de movimientos trató de abrir la cerradura.

Por su experiencia —nacida de cientos de intentos fallidos y agujas rotas— al menos podía mantener ambos instrumentos sin riesgo de romper nada.

<click, clack, click, click> <CLACK> Tras largos seis minutos de prueba y error, la puerta, como si la hubiese empujado el viento, cedió lentamente.

Guardó con cuidado las ganzúas y la aguja en su pequeño saco de lino colgante en la cintura y entró en el oscuro camarote del capitán.

El interior, tan vacío como siempre, solo dejaba ver, tenuemente iluminados por la luz que entraba por la puerta, la vieja mesa cubierta por un amplio mapa del mundo y varios papeles.

Tras ella, un ancho armario de la misma madera sostenía más documentos, algunos objetos poco interesantes y una pequeña caja de madera pálida.

Gehrman, con la prisa de quien realmente teme ser descubierto por su capitán, cerró la puerta tras de sí y, con la máxima cautela posible, encendió la vela medio desgastada que yacía sobre un pequeño plato de metal dorado en la mesa.

Ahora, con las ventanas y la puerta cerradas, solo quedaba la titilante y tenue luz anaranjada de la vela, suficiente para que, con algo de cercanía, Gehrman pudiera distinguir con claridad lo que quisiera observar.

Su mirada, concentrada en encender la vela, no se movió cuando la luz apareció, sino que se desplazó directamente hacia el gran mapa que cubría por completo la mesa.

Este mostraba todo el mundo conocido: la isla menor y mayor que formaban el país de Nivaria, separadas por el mar de Aurhtur del gran continente.

Kan-A, el único país con acceso a los tres mares, mantenía un pequeño fragmento del mar interior bajo su control, nada comparable con su extensa costa sur que se desplegaba por todo el norte del mar medio, solo detenida por el canal de Dragnovich, que también hacía de frontera con Anzu.

Al este, el país más pequeño del mapa: Esfhis, que solo poseía un reducido territorio junto al estrecho del mar medio y que, de alguna manera, había logrado en muy pocos años tomar el control comercial y económico de toda la región.

Más al este, antes de llegar al canal congelado, se extendía Arithuania, país que no solo poseía toda la costa norte del mar interior, sino también el dominio comercial y económico de este, pese al constante intento de Anzu por arrebatárselo.

Al sureste del mar interior, haciendo frontera con Arithuania al norte y con Anzu al sur, se hallaba el tercer país más pequeño del mapa: Namar, un territorio desértico y montañoso.

Por último, quedaba el tramo del gran continente que permanecía bajo el mar medio.

Este estaba compuesto por dos países: Ghien, conocido como la tierra de la brujería y lo paranormal, y Lindilon, que, dividido en norte y sur, se encontraba —según su capitan les habia explicado— se habia sumido en la guerra civil que durante tanto tiempo se había anticipado.

Lindilon del Norte, con todo el acceso al mar medio, había dejado a Lindilon del Sur encerrado entre este, Anzu y un pequeño tramo de tierra que, por alguna razón, en todos los mapas aparecía rayado y sin información.

Una incógnita que ni siquiera Klema sabía responder… y que él tampoco había puesto mucho empeño en resolver.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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