El Mar de los Secretos - Capítulo 52
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52: Capítulo 51: A la deriva 52: Capítulo 51: A la deriva Sin lugar a dudas, era el mismo mapa que había visto cientos de veces, aunque había un pequeño detalle que llamaba la atención.
Distribuidos por todo el mapa había dibujos y palabras.
Seis triángulos estaban dibujados en la entrada y salida del canal de Dragnovich, el canal Congelado y el estrecho del Mar Medio.
Tres círculos rodeaban tres islas.
La más grande de ellas, Gehrman logró identificarla como Silficia, la isla más grande he importante del Mar Medio.
Las otras dos, que rodeaban pequeñas islas en el Mar Interior, no logró reconocerlas.
Por último, tambien en rojo, se extendían diversas palabras escritas con mala letra.
En grande, sobre la costa de Lindilon del Norte, podía leerse: Jaula Kan-a.
El resto, escrito con la misma caligrafía deficiente, solo marcaba pequeños puntos de algunas islas: estable, segura, mercancía, vigilado, etc.
“Nada importante…” susurró con desgano ante la poca información útil del mapa.
Entendiendo que aquel papel no escondía nada más, dirigió su atención a los documentos sobre la mesa.
Le duró lo mismo que el chispazo de un pedernal mojado.
Solo contenían algunos cálculos sobre salarios y la economía del barco; información que a Gehrman no le interesaba en lo más mínimo.
Por un instante pensó en lanzar los aburridos papeles hacia atrás, pero el miedo a ser descubierto y reñido por dejar huellas lo detuvo a tiempo, dejándolos tan desordenados como los había encontrado.
El siguiente paso en su cotilleo fue revisar los dos pequeños cajones bajo la mesa.
“Vacíos…
De verdad, ¿en toda la mesa solo hay un mapa normal y papeles con números?
Cómo eres tan aburrido, capitán…” susurró, claramente decepcionado con su padre.
Aceptando que la mesa no escondía nada interesante, solo quedaba un último lugar donde curiosear: el ancho armario tras la mesa.
La falta de puertas dejaba ver perfectamente lo que guardaban sus estanterías: más papeles, algunos objetos extraños y una pequeña caja de madera pálida.
Con un largo suspiro y las esperanzas por el suelo, Gehrman revisó uno de los muchos papeles y abandonó de inmediato sus ganas de seguir husmeando al ver que no era más que una desgastada y antigua lista de tareas de mantenimiento, escrita con la característica letra de Klema; una caligrafía que ya podía reconocer hasta en sus peores pesadillas.
Ignorando por completo el resto de los papeles amontonados, solo quedaron tres objetos metálicos y curiosos, además de la pequeña caja de madera.
De los tres, solo uno llamó realmente la atención de Gehrman.
Era similar a una brújula, pero en lugar de puntos cardinales, en su borde había veinticuatro números distribuidos en dos tandas de doce.
En su interior, múltiples líneas curvas grabadas en el metal se entrelazaban entre los números de manera casi aleatoria.
Sobresaliendo levemente sobre la superficie, una aguja del mismo metal, delgada y rígida, podía girar con facilidad, aunque ambos extremos siempre terminaban apuntando al mismo número.
Tras observarlo lo suficiente como para decidir que solo Klema o a Fhyl podrían explicarle del todo qué era, lo dejó en su sitio y tomó la caja de madera.
A simple vista, no tenía nada de especial.
La superficie estaba algo pulida, pero sin adornos ni cerraduras.
Nada que hiciera pensar que valía la pena abrirla…
aunque, por supuesto, para Gehrman eso solo era una invitación.
El interior, forrado con un material negro semejante al terciopelo, sostenía con cuidado un anillo verdoso y translúcido, como tallado en un extraño tipo de cristal.
Desde su interior emanaba una ligera luz fantasmal, un resplandor verde que parecía respirar con vida propia.
Los ojos castaños de Gehrman se abrieron de par en par, reflejando por un instante aquel brillo etéreo y anaranjado proveniente de la vela junto a el.
“Esto si me interesa” pensó para sí mismo, con una sonrisa casi cómplice curvando sus labios.
Revisando solo por si acaso a su alrededor, Gehrman se aseguró de que realmente no hubiese nadie escondido en alguna esquina del camarote del capitán.
Luego, fijó la mirada en el anillo y, con cautela, lo tomó.
Su mano, bañada por aquella luz fantasmal, notó enseguida que el anillo no era liso: su superficie estaba formada por ocho caras planas, frías y perfectamente pulidas.
Volvió a mirar en todas direcciones, una segunda comprobación más por instinto que por duda, y al convencerse de que seguía completamente solo, se lo colocó.
Al instante, un viento repentino, fuerte y desbocado —imaginario, pero tan real que le erizó el cabello— comenzo girar a su alrededor.
despues una extraña y leve sensacion llego a su cuerpo como si fuese una sensacion propia una que le hacia sentir que debia alejarse de alli aunque no lo suficiente como para que realemente fuese a ceder ante ella Justo despues todo se detuvo salvo esa extraña sensacion incomoda.
El silencio volvió, inmóvil y absoluto, como si su cuerpo se hubiese acostumbrado al aire giratorio a su alrededor y hubiese dejado de sentirlo.
Mirando el anillo recién puesto en su mano, extrañado por lo que acababa de experimentar, Gehrman decidió probarlo.
No tenía la menor idea de lo que hacía, pero recordó todas las veces que había visto a su capitán usarlo.
Las veces que lo uso para apartar las nubes de tormenta, las veces que lo uso para acelerar el ritmo del barco en mitad del mar, ¿y cómo olvidar la masacre en el muelle abandonado de Farne?
Alzó un brazo y, sin pensarlo más, lo bajó con fuerza.
<Zass> Nacida del aire que imaginariamente revoloteaba furioso a su alrededor, una ligera y afilada cuchilla de viento se formó frente a él, casi invisible, apenas una distorsión en el aire.
Por suerte, se desvaneció en cuestión de segundos, sin dañar nada…
salvo por el caos que dejó atrás.
Cada hoja suelta, cada trozo de papel mal colocado, salió volando por toda la habitación como si un vendaval hubiera atravesado el camarote.
Fascinado, Gehrman observó el anillo con una mezcla de orgullo y asombro.
La sonrisa infantil se expandió en su rostro; sentía que sostenía la joya más valiosa del mundo, un tesoro que nadie más merecía tocar.
No quería pensar en el momento en que tuviera que quitárselo.
<PLAM> El estruendo seco resonó detrás de él.
Gehrman saltó del susto, soltando un grito tan breve como vergonzoso, mezcla de sorpresa y miedo.
Al girarse, su mirada se clavó en la puerta del camarote del capitán, ahora completamente abierta, estampada contra la pared.
La oscuridad del cielo nocturno se filtraba por el marco, bañando el suelo con un débil reflejo oscuro.
“¿Qué ha pasado?” murmuró para sí, con el corazón aún acelerado.
No había nadie en la puerta.
Ni pasos, ni sombras, ni el más leve indicio de movimiento.
Era como si, simplemente, la puerta se hubiese abierto sola.
Sumido en la extrañeza, el susto repentino le permitió ver el estado del camarote del capitán, que, como si un vendaval hubiese atravesado la estancia, mantenía al menos la mitad de los papeles y objetos ligeros esparcidos por todas partes.
“Mierda…” susurró, sabiendo que le tocaría recoger.
Aun así, su acción prioritaria fue acercarse a la puerta repentinamente abierta.
Tras ella, la oscuridad del cielo nocturno lo esperaba junto al brillo de millones de estrellas, una gran luna llena y la blanquecina madera de la cubierta.
“¿En qué momento se ha hecho de noche?” murmuró, extrañado al recordar cómo, al entrar al camarote del capitán, aún ni habian llegado los últimos destellos del día.
Sin apartar de su mente el extraño y veloz pasar del tiempo, alzó la vista hacia el cielo mientras buscaba con la mirada quién o qué había abierto la puerta.
Pero en cuanto giró la cabeza hacia la izquierda, su pensamiento se detuvo.
No había nada…
solo el infinito mar.
El gran puerto donde había estado atracado hacía apenas unos instantes había desaparecido.
La inmensa muralla también.
Los barcos cercanos, las luces, las voces…
todo.
No solo se había hecho repentinamente de noche.
De alguna manera, estaba en mitad del mar.
A la deriva.
Intercambiando en un solo instante toda emoción de duda y extrañeza por una de miedo, Gehrman salió del camarote del capitán.
Toda la cubierta permanecía igual de vacía y silenciosa que antes: algunos barriles, cuerdas, cajas…
lo de siempre.
“¿Qué ha pasado?” se preguntó, esta vez sin molestarse en susurrar.
Su puño se apretó con fuerza, al igual que sus labios.
“¡Me cago en la puta, ni siquiera he bajado del barco!” gritó enfadado al aire, antes de soltar un suspiro para intentar calmarse.
Con paso firme y directo, se plantó frente a la puerta pintada con varios color pastel de Fhyl.
<Toc…
Toc…
Toc…> “Fhyl, ¿tú sabes qué ha pasado?” Silencio.
“Vamos, Fhyl, está claro que tú no estarías dormida mientras pasa esto.” Nada.
“¿En serio?
¡No me ignores!” Enfadado por su nula respuesta, Gehrman trató de girar el pomo de la puerta.
Desde que Fhyl la había cerrado después de comer, esta no se había abierto por más intentos que hubiera hecho.
Pero esta vez, estaba abierta.
Con inquietante facilidad, el pomo giró y la puerta cedió, abriéndose con lentitud.
La tenue luz de la cubierta se filtró hacia el interior, revelando algo imposible: la habitación estaba completamente vacía.
No había muebles, ni paredes…
solo una oscuridad total, profunda, infinita.
<PLAM> En el breve instante en que Gehrman alcanzó a ver el interior de la habitación de Fhyl —sin tiempo siquiera para comprender lo que veía—, la puerta se cerró de un portazo con una fuerza brutal, tan violenta que casi lo golpea de no haber sido por una mínima distancia.
Su respiración, caliente y acelerada por la situación, rebotó contra la puerta y volvió hacia él junto a un débil “¿he…?” nacido de una extrañeza total.
Su corta e inmediata curiosidad lo llevó a intentar abrir de nuevo la puerta, pero esta, ahora completamente cerrada, no cedió ante ningún empujón.
Con el brazo cansado tras varios intentos, Gehrman volvió a revisar a su alrededor: seguía siendo el mismo vasto e infinito mar donde la oscuridad de la noche, los millones de estrellas brillantes y la gran luna llena se reflejaban cual espejo.
“¿En serio…
qué mierda está pasando…?
¿Cómo ha pasado esto…?” se susurró a sí mismo, con más preocupación que duda.
Pero solo el frío sonido del romper de las olas contra el barco acudió como respuesta.
El pensamiento de que mínimo debía haber alguien más en el barco se mantenía en su mente como una pequeña pero constante esperanza.
Sabía que ahí, frente a la puerta de Fhyl, no iba a conseguir nada.
“¡Como estés ahí de verdad y me estés ignorando te juro que no te lo perdono!” gritó a la puerta, sin ni siquiera tener ya la seguridad de que ella estuviera al otro lado, más aún con la fugaz imagen que todavía no lograba creerse.
Escuchando el suave crujido de la madera con cada paso, Gehrman dejó atrás el camarote de Fhyl y comenzó a bajar las escaleras hacia el interior del barco.
La oscuridad era casi absoluta, y solo podía orientarse porque conocía de memoria la estructura interna.
La tenue y fantasmagórica luz verdosa del anillo teñía la madera clara de su mismo tono, otorgando al lugar una sensación inquietante, como si caminara por uno de esos barcos fantasma de los que había oído en las historias de sus compañeros.
“¡¿Hay alguien…?
Capitán…
Fhyl!” Sin pudor alguno, Gehrman abrió cada camarote con el que se cruzaba, pero siempre encontraba la misma escena: habitaciones vacías, oscuras, frías y silenciosas, diferenciadas solo por pequeñas decoraciones personales.
“¡Thom…
Verena…
Kerrin…!” Cada paso, cada puerta, cada giro era una pequeña puñalada a su esperanza de no estar solo, a la deriva, en mitad del mar, a oscuras.
“¡Klema…
Bromu…
¿Hay alguien?!” El último lugar al que llegó fue el comedor, tan vacío como todo lo demás.
Vacío que asestó el golpe final a su ya debilitada esperanza.
“¿En serio estoy solo…?” pensó, luchando consigo mismo para no creérselo.
El sonido del palpitar de su propio corazón llevaba rato acompañando a su respiración acelerada, ambos amplificados por la falta de sonido, por la crudeza de una soledad que no quería aceptar.
Y que solo provocó que el ritmo comenzara a acelerarse aún más.
El estrés inicial, transformado rápidamente en desconocimiento, duda, ira y miedo, le tensó la mente y los músculos rodeado por aquella tenue luz fantasmal y verdosa nacida del anillo que iluminaba el comedor.
“¡Joder, qué mierda ha pasado!” gritó con todas sus fuerzas.
“¡Qué coño está pasando aquí!” volvió a gritar, dando una patada llena de rabia a una de las sillas de madera que lo rodeaban.
La silla no solo se rompió sin piedad, sino que también agrietó el suelo.
Rugiendo con fuerza y cubriendo por un instante el sonido de su corazón palpitante, de su propia respiración acelerada y del eterno romper de las olas.
Aunque solo por un instante.
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