El Mar de los Secretos - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Capítulo 52 Extraño Polizón
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53: Capítulo 52: Extraño Polizón 53: Capítulo 52: Extraño Polizón Las astillas de madera desperdigadas por todo el lugar brillaban con el verdoso y fantasmal color proveniente del anillo.
Las mesas y las sillas, antes bien organizadas, ahora algunas rotas y otras agrietadas, decoraban el comedor en un estilo caótico.
Gehrman, en estado de confusión ante el repentino ataque de ira que sufrió, miraba con sus profundos y oscuros ojos castaños sus propias manos, que junto a su respiración y su pulso todavía acelerados temblaban sobre el frío y silencioso aire.
Una y otra vez trataba de forzarse a ralentizar su respiración para calmarse, intentos que no solo no funcionaban en su mente, sino que solo hacían que su piel se erizase más y más.
De alguna manera sentía que no era capaz de controlar sus sentimientos: primero la confusión absoluta, después la duda seguida del miedo de estar solo y, en un último momento, una fusión que se convirtió en ira absoluta.
Ira que, en menos de un minuto, ya había dejado un rastro claro y notorio que sus ojos no dejaban de mirar, impotentes e incrédulos de realmente haberlo hecho pese a saber —y no poder negar— lo sucedido.
Sus manos temblantes viajaron a su cabeza, curvándose sobre su rostro; sus piernas, sin energía, cedieron a la gravedad, forzándolo a acabar de cuclillas, gracias a sus pies al menos bien plantados.
“Esto no puede estar pasando…, no puedo estar solo, de verdad, no puede ser…” se repetía una y otra vez a sí mismo.
“¿Por qué no he notado nada…?
Estaba dentro del camarote…
hubiera notado el movimiento del barco, Náurya, no puede ser, ¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo?” “¡HAHAAAAAAAHAAAAAHA!” “¡HAHAAAAAAAHAAAAAHA!” Su rostro, reflejando la luz verdosa del ciclón cristalizado, se paralizó de inmediato; su mirada fija en el suelo se alzó hacia el techo en un instante.
El segundo grito no había sido suyo.
Como un último chispazo de luz en su situación, toda la energía que había desaparecido hacía rato volvió por arte de magia, permitiéndole levantarse con algo de agilidad y correr hacia la cubierta.
El ambiente tétrico y fantasmal de los pasillos esta vez ni siquiera pasó por la mente de Gehrman, quien con toda la velocidad que su cuerpo le permitía —y como si su vida dependiese de ello— continuaba corriendo.
Las últimas escaleras, subidas de dos en dos, lo plantaron en la cubierta.
En su centro había aparecido un hombre que, igual que Gehrman hacía menos de un minuto, se mantenía de cuclillas sobre la madera; sus manos temblantes se apoyaban sobre un bien recortado y engominado cabello rosa fucsia.
Constantes gemidos de dolor y sufrimiento salían de su boca, estos mucho más apagados que el grito recién lanzado.
“¿¡Quién eres!?” gritó Gehrman antes de dar siquiera un paso.
Pero el hombre no contestó: solo seguía ahí, en cuclillas, claramente sufriendo…
y mucho.
Sus ahogados gemidos de dolor y sufrimiento erizaban la piel de Gehrman más y más con cada paso que lo acercaba a él.
Hasta que se plantó junto a él.
Las preguntas típicas pasaron por la mente de Gehrman antes de hablar: “¿Estás bien?”, “¿Necesitas ayuda?”, “¿Qué ha pasado?”, “¿Puedes hablar?” Aunque ninguna le pareció mínimamente válida para el estado en el que estaba.
Durante un largo segundo solo se plantó ahí, ante el hombre, sin mover un dedo, mirando cómo sufría sin saber qué hacer.
Cuando, en un acto nacido de la necesidad de hacer algo, estiró su mano para apoyarla sobre el hombro del hombre…
Pero no logró hacerlo.
Su mano se detuvo a medio camino, su cuerpo fue recorrido por un escalofrío y su mente se llenó de una extraña incomodidad.
Esta no era un pensamiento, sino una sensación de repulsión.
Una que ya había sentido en el instante en el que se colocó el anillo; una que lo había acompañado durante todo el tiempo que buscó a alguien por el barco, solo que ya se había acostumbrado a ella gracias a lo leve que era.
Pero ahora, con el simple hecho de estirar su mano para tocar al hombre, aquella sensación se había amplificado a un nivel imposible de ignorar.
Cediendo ante esa repulsión, Gehrman dio dos pasos hacia atrás, volviendo a mantener una mínima distancia.
El silencio entre ambos se volvió absoluto; Gehrman no sabía qué decir ni qué hacer, y el hombre solo sufría ahí, estático, gimiendo, llorando, impotente, incapaz siquiera de notar su presencia.
La escena frente a sus ojos le hizo recordar todas esas veces que, paseando por los puertos y los pueblos del mar Medio, se encontraba con enfermos abandonados por el mundo, arrastrándose por los suelos en busca de ayuda o devolviéndole una mirada vacía, dolorosa, resignada, desde alguna esquina sucia.
Y en todas ellas, simplemente los ignoró.
No era cosa suya; solo habían tenido mala suerte, y él no era responsable de ella.
Suficiente con que, al menos, pretendiera mantener un mínimo de decencia y no se aprovechara de ellos, pese a las veces que lo pensó…
no como muchos otros piratas habrían hecho.
Pero esta vez, una angustia le llenaba el pecho.
No sabía si era la primera vez que sentía lástima de un desconocido que sufría frente a sus ojos, o si simplemente las otras veces se había forzado sin darse cuenta a no sentir lástima…
y ahora, con sus sentimientos extrañamente amplificados, ya no podía hacerlo.
Aun así, daba igual lo que sintiera: no podía hacer nada para ayudarlo.
A no ser que ignorara esa extraña sensación incómoda e indescriptible…
y se atreviera a tocarlo y ayudarle.
Necesitando unos “vamos, tú puedes” mentales para atreverse a enfrentar esa incomodísima sensación de repulsión, dio el primer paso hacia él.
“¡HAHAAAAAAAHAAAAAHAAAAHHAHAHAAHAHHAHAHAHHA!” Su pierna derecha, ya alzada para dar el segundo paso, se detuvo de inmediato.
El grito lo atravesó tan de golpe que lo dejó inmóvil, con el pecho encogido por el sobresalto.
“¡HAHAAAAAAAHAAAAAHAAAAHHAHAHAAHAHHAHAHAHHA!” “¡HAHAAAAAAAHAAAAAHAAAAHHAHAHAAHAHHAHAHAHHA!” “¡HAHAAAAAAAHAAAAAHAAAAHHAHAHAAHAHHAHAHAHHA!” Los alaridos, ahora constantes, caían sobre Gehrman como olas negras.
El hombre que antes solo gemía en un silencio tenso e imposible de sostener, ahora era incapaz de morderse el dolor.
Su cuerpo, antes recogido en cuclillas, cedió por completo: rodaba sobre el suelo, aferrándose la cabeza como si quisiera arrancarse aquello que lo desgarraba desde dentro.
Gehrman ni siquiera quería imaginar cuánto estaría sufriendo para llegar a ese estado.
Y de la nada los gritos se detuvieron…
El hombre que antes rodaba entre terribles espasmos se detuvo en seco, inerte, boca arriba.
Sus brazos, ahora sin fuerza alguna, cayeron al suelo, y por fin dejaron a Gehrman ver su rostro.
La mitad inferior estaba cubierta por una densa espuma blanca; solo sus ojos fucsia quedaban expuestos, enrojecidos, hinchados y apagados, sin un solo destello de vida.
Dejando caer al suelo su pie derecho, Gehrman seguía tan anonadado como en el instante en que los gritos comenzaron.
“¿Ha muerto?” susurró, más perdido que antes.
Aun dudando de que realmente estuviera muerto, ya había tomado la decisión de acercarse.
Se inclinó sobre el cuerpo y estiró la mano, decidido a comprobarlo y, si así era, al menos cerrar aquellos ojos que parecían seguir mirando algo que él no podía ver.
Volvió a detenerse a medio camino.
La extraña sensación que se había aliviado al alejarse un poco regresó de inmediato: una repulsión fuerte, insistente, como si el cadáver y su mano fueran polos idénticos tratando de rechazarse.
Aun así, tragándose la incomodidad absoluta, forzó su brazo hasta el cuello, lugar donde ya no existía pulso ninguno.
Entendiendo que realmente el hombre había muerto, la sensación abrumadora de soledad e ira volvió a invadir su mente y su cuerpo; aunque, gracias a comprender al menos que sus emociones estaban mucho más alteradas de lo normal, logró contenerse un mínimo.
Su único objetivo era al menos cerrar los ojos del cadáver, por lo que, antes de pensar en qué hacer, movió la mano hacia los párpados incómodamente abiertos.
“¿He…?” Sintiendo el mayor escalofrío que podría haber imaginado recorriendo su cuerpo, la mirada de Gehrman fue directa a los ojos fucsia y sin vida del hombre, que en un movimiento rápido y aterrador se desplazaron hacia él, enviándole una mirada fría y perdida, como si mirara más allá de su presencia.
Los ojos apagados volvieron a quedar completamente estáticos, incluso haciendo dudar a Gehrman por un instante de si realmente se habían movido.
Aun así, su atención fue rápidamente arrastrada hacia la boca, donde la espuma blanca y densa comenzó a internarse hacia dentro, como si algo desde el interior la estuviera devorando lentamente.
El miedo superó cualquier otro sentimiento en Gehrman, quien sobresaltado echó su cuerpo hacia atrás…
aunque no fue suficiente.
A una velocidad muy por encima de sus reflejos, un largo tentáculo grisáceo se abalanzó sobre su cuello.
Gehrman nisiquiera pudo reaccionar a ser arrastrado por este mientras se alargaba.
<Baaaaam> Apenas tuvo tiempo para comprender nada antes de sentir la presión brutal en su espalda al ser estampado contra la borda del barco.
Instintivamente comenzó a intentar quitarse el húmedo y viscoso tentáculo que le impedía respirar.
Intento tras intento, trató de sujetarlo para arrancárselo, pero sus manos se resbalaban incluso aplicando la mas minima fuerza.
Desesperado, intentó usar las uñas, pero tampoco lograban nada contra la dura piel del tentáculo.
El aire, incapaz de entrar en sus pulmones, solo aumentaba su nerviosismo y desesperación.
Su cuerpo exigía oxígeno; sus labios empezaron a tornarse azules, sus ojos enrojecidos comenzaron a nublarse, y su mente se ralentizó.
La única fuerza que quedaba en su cuerpo se concentraba en sus brazos, que seguían luchando por encontrar alguna forma de liberarse…
pero esa forma nunca llegaba.
Su visión cada vez más borrosa comenzó a oscurecerse; sus párpados se sentían tan pesados que simplemente cedieron, y ya solo quedó su mente.
“Ai…
re…
nece…
sito air…
e…
n…
o puedo…
resp…
i…
rar…
a…
ire…
ai…
re…
¡aire!” Cual un fugaz destello ante la mente en pánico de Gehrman, una última salida cruzó su cabeza.
Ya no veía nada.
Sentía cómo la sensación de su cuerpo se desvanecía lentamente, salvo en los brazos, que como último recurso conservaban un mínimo de movilidad.
Con lentitud, Gehrman arrastró su mano sin fuerza por la viscosa y dura piel del tentáculo y, en un último esfuerzo, dio un ligero golpecito sobre él.
<Zassss> Con una precisión casi quirúrgica, el tentáculo fue seccionado por una pequeña cuchilla de aire.
Esta se deshizo antes siquiera de tocar la madera del barco, pero su trabajo ya estaba hecho.
“aaaahhhh” El tentáculo se aflojó de inmediato alrededor de su cuello.
Gehrman inhaló todo el aire de una sola bocanada y, al instante siguiente, tosió con violencia.
Su visión regresó poco a poco, aunque seguía nublada, enrrojecida y húmeda por las lágrimas.
El color volvió también, despacio, a sus labios y a su rostro.
El mareo por la falta de aire le dificultaba mantenerse erguido, pero aun así se sostuvo, observando al cadáver que lo había atacado instantes atrás.
Este permanecía estático y en pie, justo en el lugar donde antes había rodado, retorciéndose de dolor.
Su cabeza, erguida hacia atrás, parecía fijada en algún punto invisible del cielo.
De no ser por su boca claramente dislocada y abierta, de la cual pendía el largo tentáculo recién cortado zarandeandose en el aire La baba goteaba y salpicaba el suelo, hasta que el tentáculo, desafiando la gravedad, se detuvo.
La punta, lisa y perfectamente cortada, apuntando hacia Gehrman.
Desde su base comenzaron a hincharse decenas de bultos en la piel viscosa, creciendo hasta alcanzar su límite.
Uno tras otro explotaron, dejando salir pequeños tentáculos secundarios firmemente unidos al principal.
Todos ellos, en cuanto tuvieron forma y fuerza, se giraron al unísono para apuntar a Gehrman.
Su cuerpo, fatigado y recién recuperándose del mareo, no era capaz de enderezarse.
Lo obligaba a mantenerse encorvado, apoyando las manos sobre las rodillas para no perder el equilibrio, incapacitándolo para dar siquiera un movimiento.
Los tentáculos, aprovechando su estado, no dudaron en abalanzarse contra él como una manada enfadada y hambrienta.
Sintiendo que en algún punto el tiempo había comenzado a ralentizarse, Gehrman mantenía su mirada clavada en aquel mar de tentáculos afilados que volaba hacia él, decididos a no detenerse hasta atravesar cada centímetro de su cuerpo.
Su mente, incapaz de pensar en nada —ni siquiera en si ese sería el último instante de su vida— funcionaba de manera automática: sin palabras, sin imágenes… solo un instinto silencioso y veloz.
Su mano derecha, bañada por la luz verdosa y fantasmal del ciclón cristalizado, se separó con lentitud de su rodilla y se apoyó contra su dorsal izquierdo.
Notando su respiración avanzar tan lenta como su percepción del tiempo, Gehrman esperó al último instante, justo cuando sintió el aire frente a él apartarse por la llegada de los tentáculos.
Golpeó con suavidad su dorsal.
<FLUSHHHHHHHH> Como un viento de tormenta nacido en mar abierto, una corriente furiosa e imparable estalló desde el ciclón cristalizado, lanzando a Gehrman como a una semilla arrancada por el huracán.
Sus ojos solo alcanzaron a percibir pequeños parpadeos de luz por la repentina velocidad; su cuerpo, rígido, era incapaz de moverse, mientras su piel sentia cada roce del viento que lo empujaba como a una piedra diminuta.
Y, en un instante del que ni siquiera fue consciente, todo se volvió negro.
…
“Eso estuvo cerca, ¿no crees?”
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