El Mar de los Secretos - Capítulo 54
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54: Capítulo 53: Mal sueño 54: Capítulo 53: Mal sueño Bajo el infinito cielo nocturno, iluminado por millones de estrellas opacadas por la gran y blanca luna llena, navegaba el dragón blanco, que rodeado por un mar sin fin —miraras hacia donde miraras— se mantenía a la deriva.
En la cubierta, dos figuras humanoides destacaban sobre la madera clara del barco.
En el centro, observando con una mirada vacía y sin luz, bajo su despeinado por el movimiento cabello fucsia, se mantenía el cadáver de un hombre no mayor a treinta años.
de su boca emergía un gran, viscoso y grisáceo tentáculo del cual habían nacido cientos de más pequeños; que se extendían hasta un hombre.
Su cuerpo, cubierto por una larga túnica de asesino confeccionada en cuero morado, ocultaba incluso sus piernas.
su rostro, escondido bajo una capucha, quedaba reducido a una sombra oscura y difuminada.
Su brazo derecho, cerrado en asa, sujetaba todos los tentáculos, deteniendo por completo el mar afilado que habían formado.
El hombre vestido de asesino permanecía estático; ni siquiera miraba el cadáver del cual salían los tentáculos, ni parecía hacer fuerza alguna para sujetarlos.
estos, igual que el cuerpo del que brotaban, se mantenían inmóviles, como si ya no quedara energía en ellos para moverse.
Su mirada, oculta bajo la sombra de la capucha, se dirigía hacia su lado derecho, donde bajo un gran boquete recién creado en la clara madera que hacía de pared del camarote del capitán, sentado y con un ligero rio de sangre naciendo desde su boca, se encontraba gehrman, desmayado por el repentino y fuerte golpe contra la madera.
Ante la escena el hombre abrió su brazo dejando caer los tentáculos al suelo que como largas anguilas se extendieron unas sobre otras.
“¡Joder…, para qué haces eso…
mi entrada épica!” se quejó claramente disgustado.
Ignorando por completo el cadáver y los tentáculos inmóviles, el hombre se acercó hasta Gehrman donde, sin siquiera mirar cuál era su estado, alzó su mano derecha.
Esta, todavía iluminada por la fantasmal luz verdosa del Ciclón Cristalizado, no se resistió.
“Y otra vez la campana no falla.
Un anillo con habilidades relacionadas a la Constelación del Viento, y con un castigo que mínimo hace que llame la atención de cualquier astrónomo en un radio mínimo de una ciudad.
Llevamos siete meses sin ningún aviso y ahora, en un día, ya han habido dos avisos.
¿Estarán relacionados?
¿En serio para qué te mandas volando?
¿No ves que te iba a salvar?
Ahora me quedo sin la satisfacción, ni tu gratitud, ni la información que me hubieras dado.
Na, para qué comerme la cabeza, ya le preguntaré a Thom cuando venga a la biblioteca si te conoce.
No le debería quedar mucho.” “Bueno, piratucho,parece ser que tu principe azul ha llegado…
te tendré vigilado a ti y a tu anillo.
No hagas nada y no te pasará nada”, dijo para terminar, al inconsciente cuerpo de Gehrman, que claramente no le respondió.
Con nada más que decir, el hombre se dio la vuelta mirando por fin al cadáver del hombre que, de la nada, comenzó a desaparecer deshaciéndose en minúsculos cuadrados fucsia que terminaban de desaparecer al entrar en contacto con la madera del suelo.
Seguidamente, todo allí —incluido Gehrman— comenzó a deshacerse en exactamente los mismos cuadrados fucsia.
…
Caminando entre las más estrechas calles del puerto, dejando que su impoluta vestimenta blanca danzara teñida del naranja del recién llegado amanecer, Aphyrius avanzaba con suma cautela, calculando cada uno de sus movimientos para no ser visto.
Su camino, completamente alejado y prácticamente aleatorio comparado con el que lo había llevado a aquel bar escondido y de mala muerte, logró desorientarlo durante más tiempo del que jamás admitiría.
Pero ahora, tras un giro idéntico a cualquier otro hacia su derecha, pudo vislumbrar por fin el puerto cerrado de Zhur-Anet, donde más barcos de los que podría contar con un ábaco simple atracaban en paz, protegidos por los guardias de la ciudad.
El Dragón Blanco, escondido entre ellos, destacaba apenas por su color claro, aun así seguia siendo opacado por barcos más grandes y vistosos que él.
Sus pasos cuidadosos para no llamar la atención se sentían torpes y descuidados, clara muestra de su cuerpo ya envejecido.
Aun así, y fuese por habilidad o simple suerte, los pocos que lograron verlo no lo identificaron.
Cuando por fin plantó un pie sobre la cubierta, se percató de inmediato —gracias a lo poco que había en ella— de que la puerta de su camarote estaba abierta.
En su rostro indiferente apareció un pequeño gesto de desagrado, apenas un instante, antes de desvanecerse.
Luego comenzó a avanzar hacia ella, con ese silencio pesado que parecía acompañarlo siempre.
…
“Respira…
tiene pulso…
sí, se ha desmayado.” De rodillas sobre el suelo del camarote del capitán, vestido con sus ropas castañas y su bufanda y botas naranjas, Thom, que hacía solo un instante que había llegado al barco, terminaba de revisar el estado de Gehrman.
Este yacía acostado boca abajo sobre el suelo, con medio rostro manchado por la sangre que brotaba de su nariz, probablemente a causa del golpe contra el suelo.
Dormía, ajeno por completo a su alrededor.
El camarote del capitán, iluminado levemente por una vela ya medio consumida, permanecía tranquilo y ordenado, con solo algunos papeles colocados con cierto cuidado sobre la mesa.
“¿Qué hacéis aquí dentro?” preguntó una voz grave y seria desde la puerta.
Reaccionando de inmediato ante la ya reconocida voz de su capitán, Thom, sin sobresaltarse demasiado, dirigió la mirada hacia él.
Por un instante, una leve vergüenza nació en su interior junto al recuerdo de la imagen que dibujó, le regaló y, sobre todo, de ese “espero que te guste” del que se había arrepentido de inmediato.
Pero, opacada por el cansancio mental tras lo vivido hacía menos de dos horas, pudo responder con cierta facilidad y fluidez.
“No lo sé.
Cuando llegué la puerta estaba abierta y me lo he encontrado aquí, desmayado”, respondió con tranquilidad, alzando levemente los hombros antes de devolver su atención a Gehrman.
Notando el suspiro de su capitán a su espalda, Thom giró el cuerpo de Gehrman, dejándolo boca arriba.
“Déjamelo a mí”, interrumpió Aphyrius a Thom, que intentaba despertarlo con un leve zarandeo.
Sin discusión ante las palabras de su capitán, Thom se apartó, cediéndole espacio.
Aphyrius, sin titubeo alguno, sujetó con fuerza la camiseta de Gehrman y alzó su torso.
La cabeza de Gehrman, sin fuerza alguna, cayó hacia atrás, colgando de su cuello por debajo del pecho.
Al igual que Thom, Aphyrius comenzó a zarandear a Gehrman, con la sutil diferencia de que la fuerza empleada era considerablemente mayor.
Agitado contra el aire, sin compasión alguna, el cuerpo desmayado de Gehrman no mostró reacción alguna, forzando a su capitán a detenerse “Sí, está bastante desmayado”, afirmó para sí mismo antes de soltarlo sin cuidado.
“¿Alguna otra idea?”, preguntó Thom, algo preocupado.
“Tengo una que suele funcionar”, respondió tranquilo, mientras ya comenzaba a alzar la mano sobre la mejilla de Gehrman.
<Pam> Antes de que siquiera Thom pudiese decir algo sobre el obvio plan para despertarlo, el sonido de la piel de Gehrman siendo abofeteada se expandió por el camarote del capitán.
<Pam> Y luego una segunda, tras la nula reacción de Gehrman.
<Pam> Y una tercera…
y una cuarta…
y una quinta…
Cuando, a milímetros de recibir el sexto, sus ojos de un marrón profundo y oscuro se abrieron de inmediato.
Su gesticulación de sorpresa y absoluta confusión dejó en claro su tardía reacción ante la situación que tenía sobre él.
Aun así, Aphyrius no le dio tregua alguna, y levantándose, con la mirada aún fija sobre él, no le dejó siquiera preguntar por ello.
“¿Qué ha pasado y qué hacías aquí dentro?”, preguntó en su habitual tono serio, grave y enfadado.
Sintiendo el nerviosismo y el terror que siempre le provocaba la mirada silenciosa de su capitán, Gehrman tragó saliva, inmóvil en el suelo, tratando de pensar en alguna buena excusa o mentira creíble, pero la tensión acabó ganándole a su subconsciente.
“¿No lo sé…?”, respondió sin pensar, al mínimo segundo en que notó el silencio incómodo que se creó mientras buscaba una excusa.
“Algo tendrás que saber, la puerta estaba cerrada”, insistió su capitán.
“Hee…, de verdad que no lo sé…” se aferró a la desesperada.
Su mirada, incapaz de enfrentarse a la de su padre, buscó a la única otra persona en el camarote del capitán, pero Thom, cual cobarde, la mantuvo alejada de él, buscando no meterse.
Sintiendo el dolor de la traición en su alma, apartó también su mirada de él, simplemente girándola hacia la derecha y dejando que la gravedad apoyara su mejilla contra el suelo.
Su mano, estirada sobre el suelo, se mostró ante él; mano en la que ya no tenía el Ciclón Cristalizado.
Cual fugaz chispa de cafeína en su ralentizado cerebro, todo su cuerpo se activó de repente, forzándose a sentarse y quedándose cerca de golpearse contra la pierna de su capitán.
La tensión sentida por la mirada de su padre, o por la búsqueda de una excusa plausible, se esfumó por completo, dedicando cada parte de su vista y mente a buscar desesperado el anillo.
Durante la búsqueda del anillo, Gehrman se percató de que el lugar estaba recogido, como si nunca hubiese usado el Ciclón Cristalizado y ningún papel hubiese salido volando.
Todo seguía en el sitio exacto donde estaba antes de que creara esa cuchilla de viento.
Salvo por una pequeña excepción: la caja de madera abierta que debería estar sobre la mesa había sido cerrada y movida de nuevo a la estantería.
Dudoso sobre cómo el anillo y la caja habían sido movidas, Gehrman trató de repasar lo que había sucedido.
Recordaba cómo estaba aburrido, cómo decidió entrar y cotillear dentro del camarote del capitán, la decepción al solo encontrar un mapa normal y papeles sin importancia, el momento en el que se colocó el anillo y trató de usarlo.
Después… nada…
Por mucho que lo intentara recordar, como si una densa niebla espesa le impidiese ver más allá, ningún recuerdo aparecía en su mente, como si simplemente se hubiese desmayado segundos después de colocarse el anillo.
“Así que pasas de contestarme.” Interrumpió Aphyrius los pensamientos de Gehrman tras un rato aguantando su repentino agitar de cabeza y su silencio pensativo.
Cayendo a tierra en un instante ante las enfadadas y frías palabras de su capitán, Gehrman respondió de inmediato: “De verdad que no lo sé… estaba aburrido y de repente he aparecido aquí.” Continuó aferrándose a su intento de, al menos, no salir castigado otra vez.
Dejando salir un nuevo y largo suspiro profundo, Aphyrius dirigió su mirada hacia la estantería, observando cómo la caja seguía en su sitio, cerrada e intacta.
“No estoy ahora mismo para complicar esto de mas.
Ahora hablaré con Fhyl.
Más te vale que ella no me cuente nada diferente a tu patética coartada.
Iros los dos, haced lo que veáis.” Sintiendo un primer alivio recorrer su cuerpo por, al menos, haberse salido con la suya por ahora, Gehrman —sin discutir, sin decir nada— se levantó con cierta lentitud y, junto a Thom, se marchó, rezando porque Fhyl realmente estuviese dormida y no se hubiese enterado de su allanamiento de camarote.
la cubierta, teñida del anaranjado tenue de los últimos segundos del amanecer, permanecía tan vacía como cuando entró al camarote, salvo por la incorporación de Nina que, en algún momento desde su desmayo, había llegado hasta allí y, bien sujeta a su botella de licor, se había dormido apoyada sobre la borda.
Borda a la que, por alguna extraña razón que no entendía, no se atrevía a acercarse.
Thom, a su lado, permanecía en silencio sin decir una palabra, solo caminando junto a él, cada uno en dirección a su camarote.
El interior de su camarote, el número 16, permanecía tranquilo y en silencio, tal cual como lo dejó.
recordándole los aburridos días que había pasado ahí dentro.
Aun así, una parte de él no sintió disgusto ni rechazo hacia ese lugar, sino que le pedía acostarse en la cama y cerrar los ojos.
No sentía cansancio, pero de alguna manera su cuerpo le pedía descansar.
Cediendo a ese instinto extraño, Gehrman se sentó en su pequeña cama individual y lanzó sus botas contra la puerta.
Después, dejándose caer, se acostó sobre la cama, dirigiendo su mirada hacia un pequeño marco tosco y hecho a mano que guardaba en su interior un dibujo hecho a mano.
Este mostraba la silueta de una joven; su cabello caía como una cascada, dejando lucir sin impedimentos una belleza más nacida de la juventud que de unos rasgos armoniosos.
Durante unos pocos minutos se esforzó, por segunda vez, en tratar de saber qué había pasado después de tratar de usar el ciclón cristalizado, pero fue en vano: la densa niebla seguía ahí, solo dejándole sentir que algo había pasado, pero imposibilitándole saber qué.
Y así, sumido por la rabia de no poder comprenderlo, se rindió ante sus ojos pesados por un cansancio imaginario, cerrándose con tranquilidad, sin que él mismo se diera cuenta.
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