El Mar de los Secretos - Capítulo 55
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55: Capítulo 54: Un hogar de dos 55: Capítulo 54: Un hogar de dos Brillando bajo el dorado sol y resistiendo el constante y húmedo viento proveniente del Mar Medio, un puerto y pueblo bien plantado se mantenía tranquilo junto a la costa.
Sus casas, elaboradas con cemento decorado con piedra y madera anaranjada, formaban un laberinto más largo que ancho en el que cualquiera que no fuese de allí podría perderse.
Entre sus calles, los ciudadanos caminaban de un lugar a otro haciendo sus rutinas y quehaceres.
Destacando entre los tonos oscuros de la ropa de la gente, una figura caminaba con soltura entre ellos.
Su cuerpo, cubierto con un largo abrigo de trinchera castaño, solo dejaba ser golpeado por la luz del sol en sus pies, calzados con simples mocasines negros; sus manos, una cubierta por un guante tan negro como sus zapatos y la otra al descubierto; y su cabello corto, peinado y mayoritariamente canoso.
Su rostro, ya marcado por algunas arrugas, declaraba una edad superior a los cuarenta años.
Sus ojos azules no se centraban en nada más que el camino que recorría, con paciencia y calma, hasta llegar a una humilde casa idéntica a todas las que estaban a su alrededor.
Del interior de uno de sus muchos bolsillos sacó una llave plateada y, controlando su cada vez más acelerado pulso, la insertó en la puerta y la abrió.
<Click> El interior resultó ser una casa muy acogedora, de una sola planta, que constaba de tres habitaciones.
La sala principal, que ocupaba la gran mayoría del espacio, estaba iluminada por la brillante luz del sol que se filtraba desde las ventanas y atravesaba las blancas y finas cortinas que las cubrían.
Los muebles de madera clara eran cuadriculados y humildes; aun así, gracias a la ligera decoración, los objetos y plantas colocados sobre ellos y la absoluta limpieza que lucían, no tenían nada que envidiar a cualquier otro mobiliario.
En su centro, una mesa cuadrada en la que fácilmente cabrían ocho personas nutría el espacio, anulando cualquier posibilidad de sentir que aquel salón estuviese vacío.
En la esquina derecha, rompiendo levemente el estilo de todo lo demás, una cocina angulosa con base principalmente de granito lucía un hueco donde encender fuego bajo una plancha de metal, y pequeños huecos a su lado para colocar batería de cocina.
Sobre ellos, un largo tubo permitía la salida del humo y el calor hacia el exterior.
“Ya he llegado” anunció mientras se desabrochaba el traje.
El interior, antes tranquilo, rápidamente despertó con un golpe inicial algo más fuerte contra el suelo, seguido de unos pasos cortos y rápidos.
Estos provenían de la habitación a la izquierda del salón, una estancia que no estaba separada por ninguna puerta, solo por un espacio cuadrado que unía sala y habitación.
Apenas un segundo después de que el hombre anunciara su llegada, una joven y hermosa recien adulta entró al salón.
Su cuerpo bronceado, cual persona criada en la mar, brillaba sobre su suave y delicada piel.
Vestía un ligero, suave y mate vestido gris que dejaba únicamente sus pies descalzos al descubierto.
Su cabello negro, tan oscuro como una noche sin estrellas, se deslizaba y danzaba con su correr, y sus ojos sin pupila terminaban de decorar su indiscutible y absoluta belleza: dos hermosas y brillantes lunas plateadas que iluminaban no solo su oscuro cabello, sino el corazón de cualquiera que los mirara.
“¡Lukeeeeeeee!” gritó, cariñosamente, durante la carrera hacia sus brazos.
Naciendo de su cara de póquer una ligera sonrisa genuina, Luke abrió también los brazos recibiéndola con cariño.
“¿Qué tal has dormido, Lidia?” preguntó aún sin separarse de ella.
“Aún no me acostumbro a la almohada de paja, pero he podido dormir sin despertarme” respondió aún más aferrada a él.
Tocándole una vez más tomar la iniciativa para separarse, Luke con suavidad se separó de Lidia, quien tras resistirse un poco terminó por ceder.
Observando su dulce rostro limpio, suave, bronceado y joven, por un instante los ojos azules de Luke mostraron una ligera tristeza que desapareció a la misma velocidad que llegó.
“Pues tengo una gran noticia” añadió con una nueva sonrisa.
Recibiendo las palabras de Luke con emoción, los ojos plateados y sin pupila de Lidia se iluminaron aún más.
“¡Has conseguido entrar!” Ante la respuesta feliz y rápida de Lidia, una cálida y amable risa nació de su interior.
Su mano completamente vendada, antes colgando por la gravedad, se posó sobre su recién tintado pelo del color de la más oscura noche.
“Sí, ahora soy oficialmente un detective Kan-O, así que en cuanto reciba el primer sueldo te prometo conseguirte una buena almohada de plumas”.
Aprovechando el instante en el que Luke cerró los ojos para parpadear, Lidia saltó nuevamente sobre él abrazándolo con aún más fuerza.
“¡Felicidadesssssssss!” celebró de corazón.
Con un abrazo aún más fuerte y largo que el primero.
Idéntico al primero, tristemente el abrazo, con nuevamente la iniciativa de Luke, se terminó ante la resistencia de Lidia.
“¿Te apetece algo en concreto para comer?” preguntó Luke, aún con la mano sobre la cabeza de Lidia.
“Carne”, respondió de inmediato, sin duda alguna.
Dejando salir una risita cálida, Luke separó la mano vendada de su cabeza.
“Pues carne será, ¿me ayudas?” “¡Siii!” El sonido de la hoguera de leña rápidamente calmó el hogar; el burbujeo del aceite animó el ambiente poco después.
Los golpes del cuchillo cortando sobre la tabla de madera añadieron un ritmo alegre; el chocar metálico de la batería se opacaba ante la conversación amena y sencilla, decorada con distintas bromas que ambos mantenían.
Todo se sentía en paz, ajeno a todo lo que tuvieron que vivir hacía poco menos de un mes.
Las quemaduras de Luke, ya más sanadas y fuera de peligro, todavía eran extremadamente sensibles al calor, pero Lidia, siempre atenta, lo ayudaba.
En poco tiempo, de alguna forma que ni siquiera Luke terminaba de comprender, había conseguido empezar a sentir una sensación que ya había aceptado que nunca volvería a sentir: la calidez, paz y tranquilidad de un hogar.
Las noches todavía eran largas; las pesadillas y los recuerdos que lo hacían despertar entre lágrimas, los momentos de soledad en los que deseaba poder sentir al menos la cálida mano de Aroa, el silencio que hacía años había olvidado gracias al constante jaleo de los niños.
Pero siempre que sucedía, ella estaba allí, como un faro de luz plateada en medio de un mar bañado por la mayor de las tormentas.
La pequeña niña que cuidó como a una más entre todos los del orfanato, aquella pequeña que la iglesia se llevó de un momento para otro; una hija querida que vio transformarse lentamente bajo el cuidado de esta.
Su hermoso cabello oscuro y castaño tiñéndose de un azul aun mas oscuro, la desaparición de sus mates ojos azules por un iris plateado y sin pupila, el rápido bronceado de su piel pese a estar siempre dentro de la iglesia.
Esa pequeña niña que ahora ya era una adulta, por mucho que sus ojos y su corazón se negaran a aceptarlo, se había vuelto su mayor apoyo para continuar adelante.
Si necesitaba llorar, ella lo protegía.
Si necesitaba animarse, ella lo hacía reír.
Si necesitaba esperanza, ella se la daba.
Y así, ese constante “lo he perdido todo” que cruzaba por su mente pudo ser respondido por el “no, al menos la tengo a ella”.
Un pensamiento que le dolía más de lo que podía soportar.
Sentía que agradecer tenerla a ella relegaba a todos los demás a un segundo plano, pero al mismo tiempo lo necesitaba: ese único pensamiento positivo que lo hacía sonreír al verla.
Ella se había convertido en su esperanza para seguir adelante.
Tenía que protegerla, cuidarla, quererla.
Por todos a los que no pudo proteger, cuidar y querer.
Por todos los pequeños que no olvidaría jamás.
Y por Aroa, a quien nunca dejaría de amar como el primer día.
Bañados por el aroma a carne de cerdo bien cocinada y al salteado de zanahoria y cebolla que la acompañaba, Luke y Lidia se sentaron uno al lado del otro.
La alegría constante de una conversación amena continuó sin desliz alguno.
Lidia, por milésima vez, le contaba lo aburrida que había estado toda la mañana, alguna ligera cosa fuera de lo común que había hecho aparte de dormir, lo poco que recordaba de algún fugaz y extraño sueño.
Luke, por su lado, también añadió sus palabras: cómo ayudó a un anciano antes de llegar al cuartel; cómo le hicieron varias pruebas físicas y mentales básicas antes de dejarle hacer la prueba real; cómo lo que él describía como jóvenes idiotas lo miraban con duda y superioridad debido a su edad durante la prueba; cómo los dejó a todos callados tras ser el primero en resolverla en solo cuatro minutos; y cómo, bajo la fría y furiosa mirada de todos ellos, fue el único que aprobó.
La sonrisa de Lidia, genuina y feliz, se mantuvo constante mientras, concentrada, escuchaba a Luke.
Aquel que le dio un hogar cuando fallecieron sus ya olvidados padres.
El hombre que aparecía jugando con ella en sus fugaces recuerdos de cuando era más joven.
Un protector que nunca la abandonó, incluso cuando fue la afortunada elegida de Náurya.
Que siempre estuvo en sus momentos más importantes y cuando realmente lo necesitaba.
Un verdadero padre, al que no podría describir mejor con una sola palabra.
Sus brillantes y plateados ojos solo se separaron del rostro canoso de Luke para dirigirse hacia el liso y simple vaso transparente de cristal frente a ella.
Con su mano izquierda lo tomó con ligereza, haciendo bailar el agua en su interior, y lo alzó en diagonal hacia arriba.
“¡Por un nuevo inicio, el inicio del mejor detective del mundo y una humilde y morena ciega!” gritó y celebró alegremente.
Sorprendido por el inesperado acto de Lidia, Luke tardó un poco en reaccionar, siguiéndola sin pensárselo, con cuidado de no hacerse daño en su mano quemada.
“¡Por un nuevo inicio…!” tragó un poco de saliva con dificultad antes de terminar.
“¡Juntos!” Las bromas y los brindis, aunque fuesen por gilipolleces, no se detuvieron tras la comida.
Durante los quehaceres, algún que otro brindis cayó también: “Brindemos por esta maceta…”, “Brindemos por el gato del vecino”, “Brindemos por mi futura almohada”.
Estupideces que hicieron que, antes de que se dieran cuenta, llegara la tarde.
Luke, sentado en el algo desgastado sofá del salón, observaba hacia una de las ventanas de la casa.
Aunque absorto en la nada, solo miraba al vacío, pensativo.
“¡Luke, me voy!
Entretente con algo y no te quedes mirando a la nada hasta que llegue, como hiciste ayer, ¿vale?” rompió Lidia su trance desde la puerta.
Vestida con un vestido largo hasta la mitad de la tibia, de color negro como su cabello teñido ahora recogido en un moño básico, y unos zapatos abiertos que solo cubrían la suela y la tira que la sujetaba al pie, parecía una verdadera pueblerina cualquiera, incapaz de destacar salvo por su bronceado o su hermoso rostro.
“¿Seguro que no quieres que vaya?” preguntó Luke, preocupado, antes de que cruzase la puerta.
“Tranquilo, sabes que me las puedo apañar sola”, le respondió tranquila, con la puerta ya abierta.
“Está bien”, respondió no del todo convencido tras un corto silencio.
“Recuerda mantener los ojos cerrados, ¿vale?” “¡Siiii!”, terminó la conversación, saliendo finalmente de la casa.
El apacible sonido de la voz de Lidia desapareció junto con el de la puerta cerrándose.
Luke, en el silencio absoluto, pudo comenzar a escuchar su propia respiración.
Su mirada, lanzada de nuevo al vacío, se mantuvo durante un tiempo incierto hasta que, con desgana, dejó ceder su cuerpo hacia un lado, acostándose sobre el algo desgastado sofá.
Su cuerpo, recostado sobre el sofá con un ligero giro, se sentía apagado, como si en un instante toda la energía se hubiese esfumado junto con la marcha de Lidia.
Con lentitud, estiró su brazo vendado hacia arriba, apuntándolo hacia el no tan alto techo de la misma madera anaranjada que, de alguna manera, parecía encantar a los constructores de aquel país.
Un suspiro doloroso y lento nació de sus pulmones y de su alma, eclipsando el sonido de su propia respiración.
Con la misma lentitud, alzó su brazo derecho y se quitó la venda que cubría su mano.
La piel quemada dejaba ver un doloroso mapa de cicatrices y piel fina recién recuperada.
Apenas podía mover los dedos, que, sin control alguno, temblaban ante el frío repentino al verse liberados de las vendas.
Ya no le dolía; incluso, si no hacía movimientos bruscos, podía usarla dentro de sus limitaciones.
Pero eso ni siquiera le importaba.
Cada vez que observaba su mano, la misma escena regresaba a su mente: su brazo estirado a través de unos barrotes negros, intentando alcanzar a Aroa, que estaba concentrada en alejar de allí a los niños; el mar de llamas que consumía todo tras ella y aquel ligero pitido, un sonido que se había asentado en sus peores pesadillas, un sonido que todavía escuchaba cuando estaba en silencio.
Un silencio que hacía años que no experimentaba y que odiaba con toda su alma, una alma que, si no fuese por el pequeño faro que era Lidia, ya ni siquiera podría considerarse vida.
Sintiendo el quemar de su hombro cansado bajo el brazo, hacia su pecho aún vendado, se percató de un pequeño cosquilleo en su mejilla.
En algún momento, sus ojos, humedecidos por los recuerdos, habían sucumbido a la gravedad, dejando que ligeras lágrimas acariciaran su mejilla ya marcada por las primeras arrugas.
Incapaz de pensar en nada, su brazo derecho actuó por sí solo, arrancando las lágrimas de su rostro.
Ni siquiera recordaba en qué momento su mente había divagado tanto, hasta el punto de que el primer pensamiento que tuvo fue cómo había llegado hasta el sofá.
Se sentó con cuidado, forzándose a usar el brazo y la mano izquierda.
Después, alzó las piernas, se levantó del sofá y comenzó a caminar hacia la habitación, tras el espacio abierto de la pared.
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