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El Mar de los Secretos - Capítulo 56

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Capítulo 56: Capítulo 55: Rutina

Caminando con gracia y elegancia, ondeando su largo vestido negro contra el viento, Lidia, manteniendo sus ojos suavemente cerrados, avanzaba por el centro de la amplia pero corta calle principal, que cruzaba desde el norte del pueblo hasta el mar, separando el lugar en este y oeste.

La calle, medianamente concurrida por los pueblerinos, rugía con la viveza de los sonidos de la paz: ancianos descansando y conversando, mujeres tendiendo ropa o realizando quehaceres, hombres vestidos con humildad que transportaban cargas o viajaban de un campo a otro para seguir trabajando.

Sonidos que nunca se había planteado la posibilidad de querer oír, pero que, de alguna manera, la hacían sonreír durante su caminata hacia la iglesia de la ciudad.

“¡Hola, Lidia!” saludó primero un joven desde todavía cierta distancia.

Cargando una gran bolsa de piel que fácilmente pesaría la mitad de él, mantenía una sonrisa alegre. Su cabello castaño oscuro no se distinguía en nada del de cualquier otro en el pueblo. Bañado por el sudor del trabajo y por el sol, cruzó a su lado despidiéndose con un ligero balanceo de cabeza.

Gesto que ella imitó con una sonrisa, acompañada por un tardío “Hola, Nico”, antes de continuar.

“¡Buenas tardes, Lidia!” saludó poco después una anciana encorvada desde una ventana.

“¡Lidiaaaa, holaaaaa!” gritó un pequeño bien agarrado a la falda de su madre.

Saludos que, cortésmente, ella devolvía con la misma alegría.

Hacía solo un mes que habían llegado. Un mes desde que, tras cuatro largos días sin rumbo, alcanzaron aquel pequeño pueblo cuyo muelle apenas podría dejar atracar seis o siete barcos de pesca.

Como durante un quinto día se quedaron en el barco, esperando saber si tendrían que irse de allí o si por fin podrían tocar tierra.

El trato que finalmente les ofrecieron y que aceptaron sin dudar: trabajar a cambio de hogar y comida.

Las miradas amables y los saludos animados seguían llegándole desde todas las direcciones, como si fuese un pequeño faro brillante en mitad del mar que llamaba la atención de todos.

Sensación a la que lentamente se había acostumbrado, hasta el punto de prácticamente olvidar las miradas incómodas e inseguras que todos le enviaban durante los primeros días.

Cuando, sin siquiera darse cuenta, llegó a su destino, encontró frente a ella un edificio apenas un poco más alto que las casas a su alrrededor, pero claramente más cuidado.

En su centro, una alta puerta doble de madera anaranjada, decorada con tallajes marinos, terminaba la inexistente decoración exterior de la iglesia del pueblo.

Con sutileza, sacó de su vestido una pequeña llave que colgaba de su cuello y abrió la puerta.

El interior, iluminado solo por la luz que entraba desde el exterior, mostraba lo humilde y simple del lugar: seis bancos colocados en dos filas de tres y un pequeño altillo donde el hermano daría la misa.

Cruzando por el pasillo entre los bancos, Lidia subió al altillo por los dos escalones situados a la izquierda de este.

En la pared, una puerta apenas camuflada hacía también de única decoración en todo el altillo.

“Hola, Lidia”, la detuvo, justo antes de abrir la puerta, una voz conocida.

“Hola, Atalia”, saludó ella al reconocer la voz.

Desde la puerta, iluminada por detrás gracias a la luz que se filtraba desde el exterior, una mujer pocos años mayor que Lidia la observaba. Su largo cabello castaño claro, recogido en una trenza ancha, descansaba sobre su hombro descubierto. Su cuerpo, cubierto por un vestido bardot también negro, hacía que conjuntara con el de Lidia.

“¿Lista para dar la misa?”, continuó hablando mientras caminaba hacia ella.

“Sí”, afirmó tranquila, volviendo a apoyar la mano sobre el pomo de la puerta junto a ella y abriéndola.

El interior, aún a oscuras, solo dejaba vislumbrar la silueta de algunas estanterías que cubrían las paredes y una mesa simple situada en el centro.

Atalia, invitada por Lidia, entró primero en la habitación, dirigiéndose directamente a abrir una pequeña ventana rectangular que iluminó el lugar de inmediato.

Tal como marcaban las siluetas, la parte izquierda de la habitación solo consistía en algunos armarios, estanterías de madera vacías y un barreño lleno de agua algo tintada de negro que dejaba colgar en su borde una toalla; el centro lo ocupaba una mesa solitaria que sostenía únicamente tres anchos libros de cuero desgastado, un pequeño recipiente lleno de un liquido negro y una brocha que descansaba en su interior; por ultimo a la derecha, ocupando al menos una de las estanterías, se mantenían dos vestimentas.

Una de ellas era un largo vestido de princesa plateado. El torso, ceñido con delicadeza, estaba decorado con flores y peces del mismo color, aunque más relucientes que cualquier otra parte del atuendo. La falda, tan larga que rozaba el suelo y tan abombada como la de una princesa de cuento, mostraba motivos similares, aunque más tenues, en un tono mate que le otorgaba un aire etéreo.

La otra, infinitamente más simple, consistía únicamente en una larga túnica azul oscuro con algunos trazados plateados, cuya antigüedad podía descifrarse con solo observar los numerosos parches que habían sido utilizados para repararla.

Cual rutina establecida, Atalia, sin pestañear, cogió la larga túnica azul oscuro y, con un movimiento repetitivo para ella, se la colocó sobre el vestido, que, cubierto por completo por el ancho y largo de la túnica, no dejó rastro alguno de su existencia.

“Hahggggg… solo hace dos días que lo lavé y ya ha vuelto el olor, ¿por quéeeee?”, se quejó al aire mientras bajaba la capucha y dejaba su cabeza al descubierto.

Lidia, por su parte, solo dejó escapar una ligera risita.

“Vamos, si hasta tú tienes que poder olerlo…”, le recriminó con menos fuerza.

“Bueno, no pasa nada, ya lo lavaré esta noche. Venga, Lidia, te toca”, volvió de inmediato a un ánimo más alegre.

Estirándose primero para volver en sí, Atalia tomó el hermoso vestido plateado y se acercó a Lidia, quien con lentitud ya había comenzado a quitarse el vestido negro que llevaba.

Con cuidado y paciencia, Atalia comenzo a ayudar a Lidia a colocarse el largo vestido plateado.

“Sabes… todavía no me hago a la idea de que seas ciega… En el barco cuando venias a buscar la comida para tu padre realmente parecía que veías perfectamente”, comenzó a hablar mientras Lidia, semidesnuda, empezaba a meter sus piernas en el vestido.

“Aunque bueno, también me lo podría haber imaginado al ver tus ojos…”, continuó mientras alzaba el vestido.

“Sé que te lo he dicho ya muchas veces y que me has explicado las mismas veces que simplemente estabas tan preocupada en él que no pensabas en cerrarlos , pero realmente preferiría que los mantuvieras abiertos. Ese plateado es hermoso, ojalá yo también los tuviera de ese color. Sin duda eres una bendecida de Náurya”, siguió, pese al silencio de Lidia, que justo terminaba de colocarse la segunda manga.

 

“solo no me gusta tenerlos abiertos”, respondio Lidia con un tono medio en broma en cuanto la cremallera de su espalda se cerró.

“Lo sé, pero en serio, más de un chico se quedaría maravillado con esos ojos. En el barco algunos solo sabían hablar de ellos”, cambió Atalia al mismo tono que Lidia.

“Otra vez con los chicos… Atalia, no necesito a ningún hombre…”

“No necesito a ningún hombre… con mi padre me basta… mimimimimimi… Siempre dices lo mismo. ¿Qué gracia tiene estar sola? Es aburrido…”, le recriminó aún en su tono bromista.

Antes de responderle, Lidia se giró hacia ella y dirigió sus ojos, aún cerrados suavemente, en su dirección.

“No soy aburrida”, respondió con una breve expresión de puchero.

“Ya casi es la hora, ¿nos centramos?”, buscó terminar la conversación con un ligero toque de molestia.

“Vale, vale, tú ganas. Ven, que te limpio el pelo”, cedió sin problemas.

Siguiendo su indicación en silencio, Lidia se acercó al barreño y se sentó de rodillas frente a él.

“Inclina la cabeza”, indicó Atalia, retomando un tono más neutral.

El agua, en un punto intermedio entre estar limpia y teñida de negro, la reflejaba en su superficie ligeramente alterada por las pocas corrientes de viento que entraban por la pequeña ventana rectangular .

Sin necesidad de una palabra más, Atalia, usando sus manos como cuenco, comenzó a lavar con delicadeza el pelo de Lidia. El agua fría se deslizaba por su cabeza, atravesando su denso cabello. Lentamente el negro fue escurriéndose junto al agua hacia el barreño, dejando al descubierto su cabello azul oscuro.

“De verdad, qué pelo más bonito. ¿Puedes dejar de darme envidia por cinco minutos?”, volvió Atalia a sus comentarios en broma mientras terminaba de escurrir su cabello.

“Ojos plateados y pelo azul oscuro… eres toda una belleza única. ¿Por qué hay que decidimos en el barco mantenerlo en secreto? ¿Sabes lo difícil que es…?”, añadió antes de abrazarla desde atrás.

“Ay, ya, Atalia. Volvamos a centrarnos en preparar la misa”, se despegó Lidia con cuidado.

Atalia, encontrando extrañamente bonita la arisquedad de Lidia e ignorando su petición, insistió al lanzarse de nuevo hacia ella. Lidia volvió a tratar de evitarla como pudo, enredándose ambas en una risueña e infantil batalla en la que una insistía en apegarse mientras que la otra trataba de despegarse.

…

Iluminados por la titilante luz anaranjada de una vela, tres elaborados mapas de información permanecían fijos en la pared blanca de la habitación. El hilo rojo, estirado y enredado entre distintas pequeñas estacas del tamaño de un dedo clavadas en la pared, viajaba entre múltiples puntos, enlazando la información como si de un puzle se tratase.

Temblando en el borde del mapa, una mano aún en curación.

“Vamos… algo más me debo de estar dejando…”, susurró Luke, completamente concentrado en el primer mapa.

“Todo comenzó un día antes de la masacre, cuando los dos Argantha encontraron y capturaron de alguna manera a un grumete del Demonio Esmeralda. Decidieron enviar a un informante a los bares para decir abiertamente que habían capturado a uno de los suyos. Esa fue la última vez que se supo de él… Ambos miembros de la familia decidieron mantener en secreto a su familia que tenían al rehén y le tendieron una trampa al Demonio Esmeralda, contratando a poco más de cien hombres. Aunque, de alguna manera, y usando un artefacto antiguo que manipulaba el viento, los masacró a todos como si nada. Una vez con el rehén en mano, no tuvo mejor idea que atravesar las calles a la vista de los borrachos… ¿en serio por qué?, ¿quién sería tan idiota?”

“¿Cómo capturaron al grumete? Se sabe que desde hace algunos años la tripulación del Demonio Esmeralda trata de pasar desapercibida. Los dos presuntos Argantha que tomaron al rehén fueron decapitados… pero, ¿qué fue del mensajero? Tendría que haber ido al bar a preguntar a los borrachos si alguno lo conocía… Tchh…”

“¿Siquiera tiene sentido seguir investigando esto? Solo parece un acto aislado, algo que ni siquiera tendría por qué estar relacionado con todo lo demás. Capturan a uno de los suyos, acaba con los captores, el idiota se marcha sin cuidado y fin… ¿realmente solo pasó eso?”

“Uffff… me estoy volviendo loco… uffff…”

Frustrado por no poder añadir nada más al primer caso, enfocó su mente en el segundo y volvio a susurr al aire.

“Un día después de la masacre, dos Argantha que vigilaban un falso almacén de comida fueron atacados durante la noche. Uno acabó asesinado y el otro herido de gravedad… Está claro que ocultaban algo por lo que alguien, o algunos, estarían dispuestos a robar he incluso matar en caso de que fuese necesario. Además, el rastro en forma L, limpiado con prisas, que solo logré percibir gracias a llevar puesto el guante, claramente no era zumo. ¿Qué podría ser…? Algo lo suficientemente importante como para que Cassimir se negara rotundamente a darme la información… Necesito más datos sobre los Argantha. Trataré de obtener todo lo que pueda de lo que tengan almacenado los Kan-Os.”

“Una parte de mí me dice que el Demonio Esmeralda también está relacionado con esto, pero sin testigos y siendo ahora imposible contactar con el herido, no puedo asegurarlo… Algo más… debe haber algo más…”

 

“¡Joder…!”, golpeó la pared con su mano herida. “¿En qué momento me volvi tan dependiente de ese maldito guante?”, gruñó, envuelto en frustración. “¡Más le vale haberse quemado allí donde lo tiraran!”, añadió con un segundo golpe contra la pared.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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