El Mayor Legado del Universo Magus - Capítulo 575
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Capítulo 575: Odio e ira
Antiguamente, Alvertos se reunía con un contacto de los Ladrones de Umbra en las alcantarillas el primer día de cada mes para entregarle información crucial que había recopilado durante ese tiempo.
Temía que esa persona no estuviera presente hoy, puesto que no se habían comunicado en tantos años.
«Si es así, le dejaré un mensaje y me reuniré con él el primer día del próximo mes», pensó.
El pasadizo por el que caminaba era, como mínimo, claustrofóbico. Su farol de aceite arrojaba una luz tenue delante, revelando piedras húmedas y enredaderas que crecían por la pared.
Cada pocos metros, el túnel se bifurcaba en pasadizos laterales; algunos conducían a las profundidades de las laberínticas alcantarillas, mientras que otros parecían no llevar a ninguna parte y terminaban abruptamente en muros derrumbados y escombros.
Alvertos se movió con pericia por el laberinto, pues conocía el camino como la palma de su mano.
Mientras avanzaba, una extraña energía pareció llenar el aire, como si algo muy misterioso acechara en estas profundidades.
Las paredes parecían respirar con él y la luz del interior del farol parpadeaba constantemente.
Justo en ese momento, una fría ráfaga de viento sopló, al parecer, de la nada, ¡y apagó al instante la luz del farol!
Antes de que Alvertos pudiera reaccionar, sintió un objeto afilado y frío presionándole la garganta. Entonces, sintió una presencia que se manifestaba justo detrás de él.
—La noche está llena de sombras —dijo la malévola voz.
Los hombros de Alvertos se relajaron involuntariamente y él respondió con una leve sonrisa.
—Las sombras ocultan la sangre.
Se hizo un silencio, y la persona que empuñaba la daga aflojó la presión muy ligeramente. Sin embargo, aún no la había retirado.
—Diga su nombre y división —dijo.
—Alvertos Vyom, División Sangre de Castor —dijo Alvertos. Hizo una pausa un momento antes de añadir—: Sirvo directamente a las órdenes del Señor Kissinger.
—Diga su código —dijo la voz.
—244-174-1111 —respondió Alvertos sin dudar, y mientras lo hacía, canceló su hechizo y recuperó su apariencia.
Finalmente, la persona que empuñaba la daga retiró la mano. Entonces, una a una, las antorchas que colgaban de las paredes se encendieron mágicamente, iluminando tanto el túnel como a Alvertos y a la misteriosa persona.
Alvertos se dio la vuelta y su mirada se posó en un anciano de físico robusto, envuelto en una capa negra. Tenía el pelo largo y blanco, recogido en una coleta, y unos ojos de color marrón oscuro.
Lo más llamativo de él eran las tres largas cicatrices que le cruzaban el rostro en diagonal.
—Rawlins, cuánto tiempo —Alvertos soltó una carcajada jovial antes de adelantarse y darle un abrazo al hombre.
Rawlins le dio una palmada en la espalda a Alvertos y sonrió. —Creí que esos cabrones de los Flynn nunca te dejarían ver la luz del día, viejo amigo.
—He estado con ellos desde que era un adolescente —replicó Alvertos—. Confían demasiado en mí.
—Mmm, nunca se puede estar demasiado seguro —dijo Rawlins, acariciándose la barbilla—. Pero que hayas venido significa que todo está despejado, ¿verdad?
—Sí —Alvertos asintió con rotundidad.
—Al principio, cuando se descubrió que el patriarca había sido envenenado, todos en la familia me repudiaron. Pero cuando empecé a actuar, cazando y matando a los Magos de nuestro gremio, sus sospechas comenzaron a disiparse —añadió.
—¿No te culparon en absoluto? —preguntó Rawlins.
—Oh, sí que lo hicieron —los labios de Alvertos se curvaron en una mueca de desdén—. Pero solo fue por no haber impedido que envenenaran al patriarca, no por haberlo envenenado yo.
—¡Jajaja! —Rawlins se rio a carcajadas—. Supongo que tiene sentido. Llevas con ellos… ¿cuánto? ¿Cien, ciento cincuenta años?
—Casi doscientos ya —refunfuñó Alvertos.
—Todos estos años has permanecido a su lado —empezó Rawlins—. ¿Cómo es que no has desarrollado ningún sentimiento familiar hacia ellos?
Los ojos de Alvertos centellearon con una furia inmensa. —Por lo que le hicieron a mi padre… ¡el único sentimiento que tengo hacia ellos es un odio absoluto!
De repente, entrecerró los ojos e invocó la espada de su anillo de almacenamiento. Estaba a punto de lanzar un tajo tras de sí cuando, de pronto, Rawlins le dio una palmada en el hombro y lo detuvo.
—Están conmigo.
Al instante siguiente, dos siluetas difusas se materializaron en la oscuridad y se hicieron visibles bajo la luz de las antorchas.
Alvertos envainó la espada y pensó: «¿Magos de Licuefacción de Maná? Parece que acaban de ascender hace poco».
Los dos Magos de negro se arrodillaron y le dijeron respetuosamente a Rawlins: —Mi Señor, los túneles están despejados. Nadie seguía al Señor Alvertos.
—Bien —asintió Rawlins.
Luego miró a Alvertos y, con una risita, continuó: —Ahora podemos ponernos al día.
Mientras tanto, Elysande y Adam se encontraban a menos de diez metros de los cuatro Magos, completamente ocultos a sus sentidos.
Elysande había apretado los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, haciendo que la sangre goteara hasta el suelo. Tenía los ojos inyectados en sangre y reflejaban una ira y una conmoción desenfrenadas.
No podía creer la conversación que se estaba desarrollando delante de ella.
Una parte de ella deseaba que no fuera más que un sueño.
Pero sabía que no lo era.
Adam la miró y le susurró en la mente: «¡Elysande, no lo hagas!».
Sin embargo, sus palabras cayeron en saco roto.
Recordó la época en que era solo una niña. Alvertos la llevaba a jugar a las verdes tierras de cultivo al oeste de Corvafell.
Recordó la vez en que se convirtió en una Maga de Fundación de Maná y cómo él la guiaba en una sesión de atención plena.
Recordó la vez que Alvertos la llevaba a las junglas y le enseñaba a cazar.
Todos los recuerdos que atesoraba con esta persona, que para ella no era diferente de una figura paterna, se derrumbaron en su mente.
«Cómo… cómo has podido hacerme esto…».
«Cómo has podido traicionarme así…».
Adam le agarró el hombro y gritó a través del Susurro Mental.
«¡¡Elysande, detente!!»
Pero fue incapaz de oírlo. Mientras todos los recuerdos que tenía con Alvertos se hacían añicos, una oleada de odio e ira la invadió.
Su mano se movió involuntariamente hacia su espada y, al agarrar la empuñadura, un torrente de intención asesina incontenible emanó de ella.
Entonces, cargó hacia delante, enajenada.
—¡¡¡ALVERTOS!!!
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