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El Mayor Legado del Universo Magus - Capítulo 614

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Capítulo 614: El Roble

Adam abrió los ojos y descubrió que la escena a su alrededor había cambiado por completo. Al principio estaba desorientado, tras haber ordenado los recuerdos de los más de doscientos años que vivió en la anterior ilusión.

Tropezó, casi cayendo al suelo. Se masajeó la frente e hizo una mueca. —Uf, qué… ¿qué demonios fue eso?

La ilusión había alterado en gran medida el flujo del tiempo; no, para ser más precisos, había alterado su percepción del flujo del tiempo. Era incontables veces más fuerte que lo que sintió en la Prueba de Resistencia.

—Ser capaz de crear una ilusión tan potente… ¿Qué tan profundo era el conocimiento del fundador del Castillo Saratoga en la Escuela de Ilusión? —murmuró con incredulidad.

El joven no pudo evitar llenarse de admiración. ¡La ilusión de haber vivido una vida de más de doscientos años no era ninguna broma!

Mientras Adam recuperaba poco a poco el sentido, no pudo evitar mofarse: —Pasaron más de doscientos años en la ilusión, me pregunto cuánto tiempo ha pasado en el mundo real.

Después de presenciar una ilusión tan vívida y elaborada y de superarla con creces, pensó que había completado la prueba. Sin embargo, la voz que normalmente le notificaba la finalización de la prueba no se oía por ninguna parte.

La visión de Adam se enfocó lentamente y se sorprendió un poco. Pensó que estaría de vuelta en la cámara, pero en su lugar, se encontró de pie en medio de un campo de trigo.

El sol arrojaba un resplandor radiante sobre la tierra, bañando el campo de cultivo con un brillo fulgurante. Adam miró a su alrededor y la escena le resultó demasiado familiar. Su mirada se posó en un roble a lo lejos y, junto al árbol, había una cabaña con techo de paja.

En el momento en que vio el árbol y la cabaña, los recuerdos que habían estado enterrados en lo más profundo de su corazón comenzaron a resurgir lentamente. Le temblaron los labios, se le humedecieron los ojos y susurró: —No… ¡no puede ser!

Sus pies comenzaron a moverse por sí solos y, antes de que se diera cuenta, había empezado a correr. Los bajos de su capa negra revoloteaban tras él mientras el viento le rozaba la cara. Su sombrero negro y puntiagudo se balanceaba suavemente a cada paso que daba.

Un apuesto joven de piel sana y sonrosada corría por los campos de trigo. Vestía ropas elaboradas y desprendía de forma natural un aura de fuerza y nobleza.

Un Mago poderoso y renombrado corría por los campos de trigo, pero cuando llegó ante el roble se había transformado en alguien completamente distinto.

Un niño de tierna edad, no mayor de cinco años, vestía ropas andrajosas. Tenía moratones en las rodillas y los codos, su figura era demacrada y parecía muy débil.

Un pelo negro como el ébano que había perdido su brillo y un par de ojos negros que contenían una curiosidad y un asombro sin límites.

Con una amplia sonrisa en el rostro, el joven Adam corrió hacia la cabaña de paja. —¡Mamá! ¡Papá! ¡Ya estoy en casa!

La puerta de la cabaña se abrió y salió una mujer de mediana edad. Llevaba un vestido largo y holgado que le llegaba hasta las rodillas. Era de lana, pero estaba remendado y deshilachado en varias partes.

Sus ojos negros hacían juego con los de Adam, solo que los suyos estaban curtidos por la dureza de la vida.

Se puso las manos en las caderas y puso cara de enfado. —¿Cuántas veces te he dicho que no te escapes al pueblo sin avisarme? ¿Sabes lo preocupados que estábamos?

Adam se estremeció al ser reprendido de repente. Sus ojos se enrojecieron involuntariamente y las lágrimas amenazaron con caer por su rostro. Bajó la cabeza y empezó a juguetear con sus uñas.

—Pero yo… solo quería hacer amigos —dijo dócilmente.

El rostro de la mujer se suavizó y no pudo evitar soltar un suspiro de impotencia. Caminó hacia Adam y se arrodilló ante él.

Le miró los moratones de las rodillas y los codos, y los arañazos de la cara. No pudo evitar preguntar en voz baja: —¿Te han vuelto a pegar?

—¡Mmm! —asintió Adam, secándose las lágrimas. Miró a los ojos de su madre y dijo—: Dijeron que un hijo de granjero como yo no tiene derecho a hablarles. ¡Uno de ellos dijo que tú y Papá son unos campesinos, así que le di una paliza! Pero eran demasiados y… y…

—Silencio, hijo mío. —La mujer lo envolvió en un cálido abrazo.

—Mamá —llamó Adam en voz baja.

—¿Sí, cariño?

—¿Ser granjero es algo malo? —preguntó con inocencia.

—¡Claro que no! —exclamó la mujer—. Si los granjeros como tu padre y yo no hiciéramos nuestro trabajo, los demás no tendrían comida en sus platos. Así que, ¿cómo puede ser malo ser granjero?

Adam ladeó la cabeza de una manera adorable y comenzó a acariciarse la barbilla, sumido en sus pensamientos. Luego preguntó con ojos brillantes: —¿Entonces está bien si yo también me convierto en un granjero como tú y Papá?

A la mujer le temblaron los labios. Pero antes de que pudiera responder, un hombre de mediana edad se acercó a ellos, caminando por el campo de trigo. Tenía una mata de pelo negro como el ébano y se parecía mucho a Adam.

—¡Hijo mío, debes aspirar a más! —dijo el hombre en voz alta.

Adam miró emocionado en la dirección de la voz. Allí vio a su padre caminando hacia él con una sonrisa en el rostro.

—¡Papá! —Adam corrió hacia el hombre y saltó a sus brazos.

—¡Jajaja! El hombre levantó a Adam con cuidado y le dio vueltas. Su rostro se fue poniendo serio y dijo: —No vuelvas a escaparte al pueblo sin avisarnos, ¿de acuerdo? Tu madre se asusta mucho.

Pero Adam ignoró por completo sus palabras y en su lugar preguntó: —¿A qué altura debo aspirar, papá? ¿Qué es más alto que un granjero? ¿Un albañil? ¿Un carpintero? ¡No! ¿Es un comerciante?

Al ver la mirada de inocencia y fascinación en los ojos de su querido hijo, el hombre no se atrevió a decir algo realista. En su lugar, optó por entretener un poco a su hijo e inculcarle un sueño infantil.

La expresión del hombre se tornó misteriosa mientras comenzaba: —Adam, ¿sabes que existe un grupo de gente muy especial en estas tierras?

—¿Gente especial? —Adam ladeó la cabeza.

—Sí —asintió el hombre—. Son tan especiales que eclipsan a granjeros, mercaderes e incluso a reyes y reinas.

—¡Halaaa! —Los ojos de Adam brillaron como las estrellas más resplandecientes—. ¡¿Eclipsar incluso al rey?! ¡¿Cómo puede ser?!

—Mmm —asintió el hombre con seriedad—. Son tan especiales que incluso pueden controlar los vientos y las lluvias.

—¡Uooooh! —Los ojos de Adam se abrieron más y más a medida que oía hablar a su padre. Apretó las palmas de las manos en puños y preguntó con entusiasmo—: ¡Dime! ¡Dime! ¿Quién es esa gente?

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa juguetona.

—Se les conoce como… ¡Magos!

—Suspiro, parece que esta vez tampoco sobrará mucho —dijo el padre de Adam, mirando con desánimo las dos monedas de cobre que tenía en la mano.

—¡Ese hombre es simplemente… demasiado codicioso! —exclamó la madre de Adam, con una expresión llena de resentimiento—. ¿Cómo se supone que gente como nosotros sobreviva si el Barón sube tanto los impuestos?

Los padres de Adam tenían una parcela de tierra muy pequeña en la que cultivaban trigo. Ni que decir tiene que la tierra se la había arrendado el Barón. Además, incluso tenían que pagar tributos feudales en forma de más de la mitad de su producción anual.

Después de haber pagado tanto, apenas quedaba nada para que la familia de tres pudiera subsistir. Por eso, la pareja aceptaba más trabajos y hacía todo lo posible para asegurarse de que, al menos, Adam creciera sano. Pero aquello estaba resultando ser una tarea bastante difícil.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo la madre de Adam, mordiéndose el labio inferior, con los ojos llenos de preocupación—. Esto nos dará para comprar comida para un par de días… pero ¿y después qué?

—Hay una forma de ganar más dinero —dijo el hombre tras un largo momento de silencio.

—Si te refieres a la guerra que está en curso, entonces no —se negó la mujer rotundamente—. Además, los hombres de la baronía están obligados por deber feudal a luchar por el señor. No te pagarán por eso.

—No, no hablo del reclutamiento directo —negó el hombre con la cabeza—. Si me uno a la compañía de mercenarios local, recibiré un pago de ellos. Conozco a alguien allí que puede ayudarme a conseguir el trabajo.

Antes de que su esposa pudiera rechazar la idea, añadió: —Y no lucharé en el frente. Dudo que llegue a luchar.

—Solo me darán tareas insignificantes. Es completamente seguro y me pagarán mucho. ¡Piénsalo, con ese dinero podremos permitirnos comida para todo el mes!

La mujer dudó. Al ver eso, el hombre le acarició suavemente la mejilla. —Piensa en nuestro hijo —dijo.

Ella se giró y miró a Adam, que dormía profundamente en el suelo, en un rincón de la choza. Su ropa estaba hecha jirones y su cuerpo, desnutrido.

Las lágrimas brotaron involuntariamente de sus ojos al ver su estado. No importaba cuánta hambre pasara durante el día o cuánto frío sintiera por la noche, el niño nunca se quejaba. Lo soportaba en silencio junto a sus padres.

—Está bien, hazlo —asintió la mujer. Miró a su marido a los ojos y declaró solemnemente: —¡Prométemelo! Prométeme que volverás.

El hombre sonrió con calidez. —Por supuesto que lo haré.

…

Al día siguiente, al amanecer, el padre de Adam preparó una pequeña bolsa y se dispuso a ir al cercano Pueblo Behal para unirse temporalmente a la compañía de mercenarios por la guerra en curso.

—Mira cómo duerme, tan tranquilo —dijo, mirando con cariño a Adam, que dormitaba en brazos de su madre.

—Hijo, despierta. Papá está a punto de irse a trabajar —susurró la mujer al oído del niño.

—¿Eh? Uh… uhmm… zzzz. —Adam se despertó unos instantes antes de apoyar la cabeza en el hombro de su madre y volver a quedarse dormido.

Su padre sonrió con calidez. —Déjalo dormir. —Luego se acercó y le dio un beso de despedida a la mujer—. Cuídate tú y cuida de nuestro hijo —dijo con ternura.

Dicho esto, se dio la vuelta y salió de la pequeña choza junto al roble.

Mientras se desarrollaba esta escena, dos figuras estaban de pie en medio del mar de trigales, observándola como espectadores.

Una era una silueta borrosa. La otra era un joven vestido con una túnica de mago negra y un sombrero puntiagudo negro.

La figura borrosa se giró para mirar al joven que estaba a su lado y habló con un tono suave: —¿Esta fue la última vez que viste a tu padre, verdad?

Adam permaneció en silencio. Las lágrimas fluían sin cesar de sus ojos enrojecidos, pero su expresión facial seguía vacía.

Vio a su padre dar zancadas lentas y amplias, avanzando hacia la ciudad. También pudo ver el nerviosismo y el miedo en los ojos del hombre. Después de todo, iba a participar en una guerra. No sabía si sobreviviría.

Adam entonces dirigió su atención a su madre, que sollozaba sin cesar. Aunque sabía que existía la posibilidad de que su marido pereciera en la guerra, no tuvo más remedio que dejarlo marchar. Necesitaban el dinero para sobrevivir.

Finalmente, Adam miró a su yo más joven durmiendo en los brazos de su madre. Oh, qué despreocupado se veía.

—¿Deseas continuar? —La voz de la figura borrosa llegó a sus oídos.

Adam permaneció en silencio, viendo a su padre desaparecer en el mar de trigales. Su madre se quedó de pie frente a la choza durante un largo rato antes de entrar finalmente con el niño en brazos.

—No tienes que revivir esta miseria de nuevo —continuó la figura borrosa—. Solo tienes que decirlo.

Adam echó un vistazo a la silueta borrosa. Parecía más nítida en comparación con la última ilusión en la que había estado. Era un anciano. Alto, de hombros anchos, espalda ligeramente encorvada, pelo blanco y una larga barba blanca.

—Hay una razón por la que elegiste enterrar estos recuerdos, joven mago. —La hechizante voz de la figura borrosa envolvió a Adam una vez más—. ¿Por qué pasar por tanto dolor? Solo dilo y podrás terminar con todo.

Adam miró profundamente a la figura antes de darse la vuelta en silencio y caminar hacia el roble. Se acercó a la base del árbol y, con un ligero salto, alcanzó la rama más cercana.

Se sentó en la rama y contempló la choza de paja que una vez llamó hogar. Un sinfín de emociones se arremolinaban en su corazón y olas tumultuosas se alzaban en su interior. Sin embargo, perseveró a pesar de todo.

Adam sabía que esta era otra prueba más dentro de la prueba final. Estaba poniendo a prueba su fortaleza emocional, intentando distraerlo para que no completara esta prueba. Pero, aunque lo sabía, seguía siendo profundamente doloroso para él.

Cerró los ojos y respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos, habían pasado unos meses y el verano ya había llegado a su fin.

Un pequeño grupo de personas empujaba un carro de madera hacia la choza junto al roble. Sobre el carro yacía un cuerpo cubierto con una tela blanca.

Cuando Adam posó sus ojos en el cuerpo cubierto, su corazón se hizo añicos en innumerables pedazos. Se quitó el sombrero puntiagudo y se cubrió el rostro con él.

Sus hombros temblaron y una voz suave y dolida escapó de sus labios.

—Padre…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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