El Mayor Legado del Universo Magus - Capítulo 618
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Capítulo 618: Viles intenciones
Tras un período de tiempo desconocido, la mujer pelirroja comenzó a recuperar lentamente la consciencia. Abrió los ojos poco a poco, con la visión inicialmente borrosa.
Lo primero que vio fue un techo de paja seca sostenido por vigas de madera. Las paredes eran de bahareque y su superficie era irregular. El suelo era simplemente tierra apisonada.
—¿Dónde estoy? —murmuró por lo bajo.
Lo último que recordaba era que la perseguían sus acosadores. Había conseguido defenderse de ellos, pero en el proceso había resultado gravemente herida. Luego, fue emboscada por un grupo de bandidos mortales que habían logrado herirla aún más.
No podía ni empezar a creer que una Maga de su calibre acabara siendo derrotada por una banda de míseros bandidos que no sabían nada sobre el maná.
Pero no se podía hacer nada. Sus perseguidores eran un grupo de gente muy formidable. Casi murió intentando escapar de ellos. Por lo tanto, estaba gravemente debilitada.
La mujer inspeccionó el interior de la cabaña. La cama en la que estaba tumbada tenía un sencillo armazón de madera y un colchón relleno de hierba seca.
—Con razón me pica la espalda… —refunfuñó.
En una esquina de la cabaña había un par de vasijas de barro y cestas para almacenar grano y comida. En la esquina adyacente estaba la zona de la cocina: un pequeño hogar con piedras manchadas de hollín que formaban su base.
Al instante se dio cuenta de que estaba dentro de la cabaña que había visto antes de caer inconsciente. La que estaba junto al roble. La cabaña era acogedora, pero muy estrecha.
«¿Me habrá traído la persona que vive aquí?», se preguntó mientras intentaba incorporarse en la cama.
¡Uf! Pero al instante hizo una mueca. La herida de su estómago aún no había sanado.
«¿Eh?». Levantó su túnica y vio que la herida estaba envuelta en un vendaje de tela. Aunque era un apaño, cumplía su función de detener la hemorragia.
Además, también se habían ocupado de las heridas de sus dos piernas y de su brazo izquierdo.
Justo cuando observaba el estado de sus heridas, la puerta de la cabaña se abrió de repente, tomándola por sorpresa. Un joven de pelo negro como el carbón, que sostenía dos conejos muertos por las orejas, entró.
—¿Oh? —Adam se sorprendió gratamente—. ¡Por fin has despertado! Genial, ¿tienes hambre? Seguro que sí. Bueno, hoy he tenido suerte y he conseguido cazar dos conejos. Espera un poco mientras preparo la cena para los dos.
Sin esperar su respuesta, se dirigió a la zona de la cocina de la cabaña y empezó a preparar la comida.
Al ver lo despreocupado que era el chico, la pelirroja se quedó estupefacta. Pensó para sí con incredulidad: «¿Cómo puede ser tan amable con los extraños? ¡Qué ingenuo!».
«¡No! Podría estar tramando algo… No puedo bajar la guardia».
Los últimos meses le habían enseñado a mantenerse siempre alerta. Miró al chico que estaba en cuclillas frente a la olla de hierro y preguntó: —¿Quién más vive aquí?
—Solo yo —dijo el chico sin darse la vuelta.
«¿Estará mintiendo?», pensó la mujer. «Sí, debe de estar mintiendo. Es imposible que un chico tan joven se las arregle para vivir solo».
Decidió indagar más. Tenía que asegurarse de que no había ningún peligro inminente para su vida ahora que estaba completamente indefensa.
—Entonces, ¿cómo te ganas la vida? —preguntó—. Seguro que tiene que haber alguien que te cuide, ¿verdad?
—Nop, nada de eso —dijo Adam mientras empezaba a desollar a los conejos. Un olor penetrante se extendió por la cabaña, haciendo que la mujer se tapara la nariz involuntariamente.
—Trabajo el campo de ahí fuera, ya sabes —continuó Adam—. Pero no es muy rentable porque la mayor parte de la cosecha se la lleva el Barón. Es un hombre muy avaricioso, suspiro. Todo el mundo en el pueblo ya lo sabe, pero no hay nada que podamos hacer.
—Aparte de eso, hago todo tipo de trabajos para la gente del pueblo. Pero a veces es difícil conseguir trabajo, ya sabes, porque la gente piensa que un niño como yo es incapaz de trabajar. Pero que sepas que soy un hombre muy fiable, je, je.
Siguió divagando sobre los trabajos esporádicos que hacía en el pueblo cercano, dejando a la mujer sin palabras.
«Sí, es un idiota sin duda», pensó. Decidió observar al chico en silencio durante un rato, para ver si era estúpido de verdad o si fingía serlo para que bajara la guardia.
Pero cuanto más lo observaba, más se daba cuenta de lo ingenuo que era. El chico no tenía ningún reparo en tener a una extraña como ella en su casa e incluso en prepararle la cena.
Ya se daba cuenta de que al chico no le iba muy bien económicamente, y aun así la cuidaba e incluso le preparaba la comida. Según ella, el chico seguro que estaba tramando algo.
Pronto la comida estuvo lista. Adam trajo dos cuencos de estofado de carne y le dio uno a la mujer. —Eres muy afortunada, ¿sabes? Normalmente, solo como carne una vez al mes.
«¿Estará envenenado?», pensó la mujer, mirando el humeante cuenco de comida que tenía en las manos. Aunque había visto todo el proceso de Adam preparando la comida, todavía sospechaba un poco.
No comió hasta que vio a Adam dar un par de bocados de su cuenco. El estofado de carne no estaba nada mal, sorprendentemente.
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —preguntó Adam con curiosidad.
La mujer miró profundamente al chico. Podía ver el asombro en sus ojos negros. Aparte de eso, también había algo más: felicidad.
—…Anna.
—¡Oh, Anna! —rio Adam—. ¡Me llamo Adam! ¡Adam Constantino! ¿Cuál es tu apellido?
Anna entrecerró los ojos. Ignoró su pregunta y reanudó la comida. A Adam no le importó, sino que empezó a contarle cómo le había ido el día. Siguió y siguió, haciendo que ella se irritara.
Justo cuando estaba a punto de estallar y decirle que se callara, Adam cambió de tema: —Ah, se me olvidaba.
—¿Qué? —preguntó Anna, al ver el brillo pícaro en los ojos del chico.
Adam señaló el vendaje de su estómago y los de sus extremidades. —Eso te va a costar, ¿sabes? Tuve que comprar ropa limpia en el pueblo porque no tenía ninguna en casa. También compré una pasta especial de hierbas en la botica. Se supone que seca las heridas.
Luego señaló el cuenco de estofado de carne que ella tenía en las manos. —Eso también te va a costar. ¿Tienes idea de cuánto tiempo tuve que esperar para que el conejito cayera en la trampa? ¡Cuatro horas! Ah, y también compré algunas hierbas y especias en el mercado para sazonar.
«Al final, todo tiene un precio», pensó Anna con amargura. Por alguna razón, sintió un atisbo de melancolía en su corazón.
Por primera vez, sintió como si alguien hubiera hecho algo por ella sin querer nada a cambio. Pero parecía que se equivocaba. Aunque fuera un niño despistado, aun así quería algo de ella, igual que la mayoría de las demás personas en su vida.
—¿Cuánto…? —empezó a preguntar, aunque no tenía dinero. Pero antes de que pudiera terminar la pregunta, fue interrumpida.
—Por supuesto, hay una forma de que no tengas que pagar por todo esto —dijo Adam, bajando la cabeza. Sus mejillas se sonrojaron un poco y añadió—: Solo tienes que prometerme una cosa.
Al ver su expresión, Anna se enfureció por dentro. Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron las encías. No podía creer que un chico tan joven tuviera unas intenciones tan viles.
A pesar de tener una idea de lo que el chico quería, aun así preguntó: —¿Qué?
Adam jugueteó con los dedos, sintiéndose muy avergonzado. Miró a la hermosa pelirroja Anna y preguntó tímidamente: —¿Puedes prometer… ser mi amiga?
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