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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 ​Capítulo 1 El Muro de Papel y la Piel de Acero
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1: ​Capítulo 1: El Muro de Papel y la Piel de Acero 1: ​Capítulo 1: El Muro de Papel y la Piel de Acero ​Nuestros apartamentos eran contiguos, separados apenas por una pared que, para el resto del mundo, era de hormigón y ladrillo, pero para Félix y para mí se había convertido en una membrana viva, una piel de papel que nos transmitía el calor del otro.

Esa cercanía era nuestra bendición y nuestra tortura.

​Crecimos sabiendo que lo que sentíamos tenía un nombre prohibido en las bocas de nuestros padres.

En el barrio, la hombría se medía por la dureza de la voz, por la brusquedad de los gestos y por la capacidad de cortejar mujeres.

Nosotros, en cambio, habíamos descubierto un universo paralelo donde la hombría se medía por la capacidad de guardar un secreto que nos quemaba la garganta.

​Aquella “malicia” de la que hablas no era maldad; era complicidad.

Era un idioma que inventamos sin diccionarios.

​Recuerdo una tarde en particular, poco después de que nuestros padres comenzaran a sospechar.

Habían notado que nuestras sesiones de juego se prolongaban demasiado, que nuestras miradas sostenían un peso inexplicable para dos simples “amigos del vecindario”.

Mi madre, con ese sexto sentido afilado por la desconfianza, me había prohibido cerrar la puerta de mi habitación si Félix estaba dentro.

​—Para que corra el aire —dijo ella, con un tono que no admitía réplica.

​Félix estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra mi cama.

Yo estaba frente a él, supuestamente armando un rompecabezas de mil piezas.

Pero nuestras manos no buscaban las fichas de cartón.

Bajo el amparo de la estructura de la cama, lejos del ángulo de visión de la puerta abierta, su pie descalzo buscaba mi tobillo.

​El roce era eléctrico.

Era una descarga que subía por mi pierna y se alojaba directamente en mi pecho, haciendo que las mariposas de las que hablas se convirtieran en águilas desesperadas por salir.

​—Tu madre nos vigila —susurró Félix, apenas moviendo los labios, fingiendo estudiar una pieza del cielo azul del rompecabezas.

​—Lo sé —respondí, sintiendo cómo su dedo gordo trazaba círculos en mi empeine—.

Cree que estamos enfermos.

​—No estamos enfermos —dijo él, y levantó la vista.

Sus ojos, oscuros y profundos, tenían ese brillo de desafío que tanto me enamoraba—.

Estamos más vivos que ellos.

​Aquella tarde, la tensión fue insoportable.

El deseo de besarlo, de simplemente inclinarme hacia adelante y respirar su aliento, era una fuerza física, gravitatoria.

Pero la puerta abierta era un ojo gigante que nos juzgaba.

Así que sublimamos el deseo.

Jugamos a ese juego peligroso de “casi”.

​Cuando mi madre entró con la merienda, nos encontró enfrascados en el juego.

Pero yo sabía, y Félix sabía, que el aire en la habitación estaba cargado de nuestras feromonas, de un olor a almizcle y ansiedad que los adultos olfateaban como sabuesos, aunque no pudieran identificarlo del todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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