El Miedo de No Ser Él - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 La Calma Traicionera del Domingo
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10: Capítulo 10: La Calma Traicionera del Domingo 10: Capítulo 10: La Calma Traicionera del Domingo Todo se derrumbó un domingo de asado.
Irónicamente, el día parecía bendecido por una luz dorada que bañaba el barrio, una de esas tardes donde el humo de la carne asada se mezcla con la música de la radio y las risas de los vecinos.
Félix y yo habíamos perfeccionado nuestra actuación.
Yo estaba sentado en una silla de plástico, bebiendo una gaseosa y fingiendo interés en la conversación sobre fútbol de mi tío.
Félix estaba al otro lado del patio, ayudando a su madre a servir la ensalada.
Nuestras miradas se cruzaron solo una vez.
Fue un instante, un parpadeo.
Él se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto que para el resto del mundo era limpiar una miga, pero que para mí era un recordatorio visceral de lo que habíamos hecho la noche anterior en la oscuridad de su cocina mientras todos dormían.
Sentí ese cosquilleo familiar, esa “malicia” dulce que me recorría la columna.
Nadie lo sabe, pensé con arrogancia.
Somos invisibles.
Pero la arrogancia es el defecto fatal de los enamorados.
El catalizador no fue un error nuestro, sino la vigilancia obsesiva de quien no tiene vida propia.
La señora Berta, una vecina del tercer piso con demasiado tiempo libre y un alma podrida por la amargura, entró al patio de mi casa.
No traía un plato de comida para compartir, sino un sobre manila en la mano y una expresión de falsa preocupación, esa cara de “lo hago por su bien” que precede a las peores crueldades.
Pidió hablar con mi padre y con el padre de Félix.
—Es algo delicado —dijo, con un tono de voz lo suficientemente alto para que se hiciera un silencio incómodo alrededor de la parrilla.
Mi estómago se convirtió en un bloque de hielo.
Busqué a Félix.
Él se había quedado inmóvil, con la fuente de ensalada en las manos.
Su piel, usualmente de un tono cálido, estaba pálida.
Lo sabía.
Ambos lo sabíamos.
El aire se volvió denso, irrespirable.
Las mariposas en mi estómago se transformaron en cuchillas de afeitar girando sin control.
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