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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 ​Capítulo 11 La Evidencia y el Juicio Sumario
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11: ​Capítulo 11: La Evidencia y el Juicio Sumario 11: ​Capítulo 11: La Evidencia y el Juicio Sumario ​Los adultos entraron a la sala de mi casa.

Berta, mi padre, mi madre, y los padres de Félix.

Nos ordenaron quedarnos fuera, pero la puerta mosquitera no bloqueaba los sonidos.

​Primero fue el murmullo.

Luego, el silencio.

Y finalmente, el estallido.

​—¡Esto es una aberración!

—El grito de mi padre fue tan fuerte que los pájaros en los árboles del patio salieron volando.

​—¡No puede ser, mi hijo no!

—La voz de la madre de Félix era un lamento agudo, una negación desesperada.

​La puerta se abrió de golpe y mi padre salió.

Su rostro estaba desfigurado por una ira roja y venosa que nunca le había visto.

En su mano, arrugadas, traía unas fotografías.

Eran granuladas, tomadas con zoom desde la distancia, pero inconfundibles.

​Eran del bosque.

En una, Félix estaba acorralándome contra el pino.

En la otra, nuestras bocas estaban unidas.

En la tercera, mi mano estaba claramente bajo su camiseta.

​No había excusa.

No había “juego de caballito”.

No había “lucha libre”.

Era amor.

Era deseo.

Era la prueba irrefutable de nuestra herejía.

​—¡Entra aquí!

—me ordenó mi padre, agarrándome del brazo con tal fuerza que sentí sus dedos magullar el músculo.

Me arrastró hacia el centro del patio, frente a todos los vecinos que ahora miraban con una mezcla de morbo y horror.

​El padre de Félix salió detrás, agarrando a su hijo por la nuca, como si fuera un criminal capturado.

Nos pusieron uno frente al otro.

​—Mírense —escupió mi padre, tirando las fotos al suelo, a nuestros pies—.

Miren la vergüenza que nos han traído.

¿Qué es esto?

¿Eh?

¡Respondan como hombres, si es que les queda algo de eso!

​Yo temblaba.

Mis rodillas chocaban entre sí.

Quería desaparecer, que la tierra se abriera y me tragara.

Pero entonces, levanté la vista y vi a Félix.

​Tenía el labio partido, probablemente por un golpe de su padre dentro de la casa que no alcancé a ver.

Pero sus ojos…

sus ojos no miraban al suelo.

Me miraban a mí.

​En medio de ese juicio público, rodeados de gente que nos miraba como si fuéramos monstruos, Félix me sostuvo la mirada.

No había arrepentimiento en él.

Había miedo, sí, pero debajo del miedo había esa conexión indestructible.

Estamos juntos en esto, decían sus ojos oscuros.

Que griten.

Que nos golpeen.

Ya nos hemos amado y eso no nos lo pueden quitar.

​—No hicimos nada malo —dijo Félix.

Su voz salió ronca, pero firme.

​El sonido de la bofetada resonó en todo el patio.

El padre de Félix le cruzó la cara con el reverso de la mano.

Félix trastabilló, pero no cayó.

​—¡Cállate!

—rugió su padre—.

¡Enfermo!

¡Desviado!

​—¡No le pegue!

—grité yo, intentando lanzarme hacia ellos, pero mi padre me placó por la cintura y me lanzó hacia atrás, contra la pared de la casa.

Mi cabeza rebotó contra el ladrillo y vi estrellas.

​—Tú no te metes —me amenazó mi padre, con el dedo apuntando a mi cara—.

Se acabó.

Se acabó la escuela juntos, se acabaron los juegos, se acabó vivir puerta con puerta si es necesario.

Mañana mismo te vas al pueblo con tu abuelo.

A trabajar el campo.

A ver si te haces hombre de verdad.

​—Y tú —dijo el padre de Félix, empujando a su hijo hacia la salida—, vas a ir a hablar con el cura ahora mismo.

Y después, te voy a meter en la academia militar.

Te van a enderezar o te van a matar, pero no vas a seguir siendo esto.

​Nos separaron.

Fue una violencia física y espiritual.

Ver cómo se lo llevaban, arrastras, mientras él giraba la cabeza para intentar verme una última vez, fue la imagen más dolorosa de mi vida.

No pudimos tocarnos.

No hubo despedida de película.

Solo gritos, insultos y el portazo final que cerró su casa y la mía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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