El Miedo de No Ser Él - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 La Celda de mi Infancia
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12: Capítulo 12: La Celda de mi Infancia 12: Capítulo 12: La Celda de mi Infancia Esa noche, mi habitación, que había sido nuestro santuario de juegos y susurros a través de la pared, se convirtió en una celda de máxima seguridad.
Mi padre quitó la puerta.
Literalmente.
Desatornilló las bisagras para que no tuviera privacidad ni un solo segundo.
Me quitaron el celular, la computadora, incluso mis libros.
“Para que no te distraigas de pensar en tu pecado”, dijo mi madre, quien no había dejado de llorar en la cocina, rezando el rosario en voz alta como si estuviera exorcizando un demonio.
Me acosté en la cama, con el cuerpo dolorido por el golpe contra la pared y el alma hecha pedazos.
Miré hacia la pared contigua.
La pared de papel.
La pared viva.
Puse la mano sobre ella.
Estaba fría.
Esperé.
Una hora.
Dos horas.
Tres.
El silencio era absoluto.
No había el familiar toc-toc.
No había el rasguño en la rejilla de ventilación.
Imaginé lo peor.
Imaginé a Félix atado, o sedado, o ya enviado lejos en medio de la noche.
La angustia era un animal que me comía las entrañas.
¿Y si se rendía?
¿Y si la presión era demasiada?
La sociedad es un monstruo gigante y nosotros éramos solo dos chicos.
Era fácil quebrarse.
Si él decidía que era más fácil fingir ser “normal”, casarse con una Clara cualquiera y olvidar nuestros besos en el bosque…
yo no sobreviviría.
Pero entonces, cerca de las cuatro de la madrugada, cuando el agotamiento casi me vencía, llegó.
Fue tan leve que pensé que lo había imaginado.
Un golpe sordo.
No en la pared.
En el piso.
Venía de la rejilla de ventilación.
Me deslicé de la cama, reptando como una serpiente para no hacer ruido y que mi padre no me oyera desde el pasillo.
Llegué a la rejilla.
Habían puesto un mueble pesado delante del lado de Félix, lo sabía porque no se veía luz, pero el sonido viajaba.
—¿Félix?
—soplé la palabra, más aire que voz.
Silencio.
Y luego, un susurro que sonó como si viniera de ultratumba.
—Me voy.
El corazón se me detuvo.
—¿Qué?
¿A dónde?
—No voy a la academia.
No voy a dejar que me laven el cerebro.
Me voy esta noche.
Ahora.
He forzado la ventana del baño.
El pánico me invadió.
—No puedes irte solo.
No sobrevivirás.
—No puedo quedarme.
Si me quedo, moriré.
O me matará él, o me mataré yo de la tristeza.
—Hubo una pausa, una respiración entrecortada al otro lado del metal—.
Vente conmigo.
La propuesta quedó flotando en el polvo del conducto de ventilación.
Vente conmigo.
Era una locura.
No teníamos dinero.
No teníamos coche.
Solo teníamos la ropa puesta y una “malicia” compartida que ahora era nuestro único combustible.
Irnos significaba perder a nuestras familias, quizás para siempre.
Significaba ser parias.
Significaba hambre y frío.
Pero luego recordé su mano en el cine.
Recordé la lluvia en el cobertizo.
Recordé la forma en que me miró hacía unas horas, mientras todos nos escupían odio.
Él era mi hogar.
Mi casa no eran estos ladrillos, ni estos padres que me miraban con asco.
Mi casa era él.
—¿Cómo lo hacemos?
—pregunté.
La decisión ya estaba tomada antes de que mi cerebro la procesara.
—Mi ventana da al callejón trasero.
La tuya da al frente, es muy arriesgado.
Tienes que salir por el techo.
—¿El techo?
—Sube por la claraboya del baño.
Camina por las tejas hasta mi lado.
Yo te espero abajo.
Tienes cinco minutos.
Si no bajas…
entenderé que no pudiste.
Y me iré.
—Espérame —dije.
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