El Miedo de No Ser Él - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 El Salto de Fe
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13: Capítulo 13: El Salto de Fe 13: Capítulo 13: El Salto de Fe Me vestí en la oscuridad con las manos temblando.
Dos camisetas, una sudadera, jeans.
Metí en una mochila vieja lo esencial: una navaja suiza, una botella de agua que tenía escondida, unos ahorros miserables que guardaba en una lata de galletas y una foto nuestra, de cuando éramos niños, la única que no nos habían confiscado porque parecíamos “inocentes”.
El baño estaba al final del pasillo.
Mi padre roncaba en el sofá de la sala, haciendo guardia.
Tuve que pasar junto a él.
Cada crujido de la madera del suelo era una explosión en mis oídos.
Contuve la respiración hasta que mis pulmones ardieron.
Pasé.
Entré al baño y cerré la puerta con un cuidado quirúrgico.
Abrí la claraboya.
El aire de la noche entró frío y húmedo.
Me impulsé hacia arriba, apoyando los pies en el lavabo y luego en el marco de la ventana.
Salir al techo fue aterrador.
Las tejas estaban resbaladizas por el rocío.
Un paso en falso y caería al patio, despertando a todo el vecindario y rompiéndome una pierna.
Me moví a gatas, pegado a la superficie, sintiéndome como un gato ladrón.
Miré hacia abajo, al callejón trasero.
Estaba oscuro como la boca de un lobo.
—¿Félix?
—susurré hacia la negrura.
Una sombra se separó de la pared.
—Salta.
Hay un montón de bolsas de pasto cortado aquí abajo.
Amortiguará.
Era una caída de tres metros.
Miré hacia atrás, hacia la casa de mi infancia, hacia la vida segura y asfixiante que dejaba.
No sentí nostalgia.
Sentí que me quitaba un traje que me apretaba demasiado.
Salté.
El impacto me sacó el aire, pero las bolsas funcionaron.
Rodé por el suelo y, antes de que pudiera incorporarme, unas manos me agarraron.
Eran las manos de Félix.
Me levantó y me abrazó con una fuerza desesperada.
Nos besamos allí mismo, en el callejón sucio, entre la basura y la noche.
Fue un beso que sabía a sangre (por su labio roto), a miedo y a una libertad absoluta, embriagadora.
—Lo hiciste —dijo él, con los ojos brillantes bajo la luz de la luna.
—Lo hicimos.
—Corre.
Nos tomamos de la mano.
Ya no había necesidad de ocultarlo.
En la oscuridad de la noche, mientras corríamos alejándonos de las casas de nuestros padres, nuestras manos entrelazadas eran el único mapa que necesitábamos.
Corríamos hacia la nada, pero por primera vez, corríamos hacia nosotros mismos.
El asfalto golpeaba bajo nuestras suelas.
El viento nos golpeaba la cara.
Dejamos atrás el barrio, la escuela, las miradas de los vecinos, el “qué dirán”.
Éramos dos fugitivos sin plan, pero con un amor que había sobrevivido al fuego.
—¿Hacia dónde?
—pregunté cuando nos detuvimos a recuperar el aliento, a diez cuadras de distancia.
Félix miró hacia la carretera interestatal, donde las luces de los camiones pasaban como estrellas fugaces.
—Lejos —dijo—.
Donde nadie sepa nuestros nombres.
Y así, bajo el manto de estrellas que tantas veces habíamos mirado desde el bosque, comenzamos nuestra verdadera historia.
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