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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 ​Capítulo 14 La Ruta del Tío Ernesto
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14: ​Capítulo 14: La Ruta del Tío Ernesto 14: ​Capítulo 14: La Ruta del Tío Ernesto ​Caminamos hasta que las plantas de los pies nos ardieron y el sol del amanecer comenzó a teñir el cielo de un violeta amoratado, similar al golpe en el pómulo de Félix.

Nos habíamos alejado lo suficiente de la ciudad como para que el ruido de los coches fuera solo un zumbido lejano.

Estábamos en la precordillera, donde el asfalto cedía paso a caminos de tierra y grava.

​—¿Sabes a dónde vamos?

—pregunté, rompiendo un silencio de horas.

Tenía sed y mis piernas eran de plomo.

​Félix se detuvo y miró hacia una loma cubierta de robles y pinos viejos.

​—Mi tío Ernesto —dijo, secándose el sudor de la frente con la manga sucia—.

El hermano mayor de mi padre.

Murió hace tres años.

Nadie en la familia habla de él.

Decían que era un “solitario”, un “raro”.

Mi padre lo odiaba.

​—¿Por qué?

​Félix me miró con una media sonrisa triste.

​—Porque nunca se casó.

Vivía aquí arriba, en una cabaña vieja que usaba para…

bueno, decía que para cazar, pero nunca traía presas.

Creo que solo venía a esconderse.

La cabaña quedó abandonada.

Mi padre tiene las escrituras en un cajón, pero jamás vendría aquí.

Le da asco este lugar.

Dice que está maldito.

​—Entonces es el lugar perfecto —sentencié.

​La subida fue brutal.

Sin equipo adecuado, resbalando en el barro y apartando ramas espinosas, tardamos casi cuatro horas en encontrarla.

Pero cuando la vimos, entre la maleza, pareció un palacio.

​Era una estructura de madera oscura, con el techo inclinado cubierto de musgo y hojas secas.

Las ventanas estaban sucias, casi opacas, y la puerta colgaba ligeramente de una bisagra oxidada.

Para cualquier otro, habría sido una ruina.

Para nosotros, era el Arca de Noé.

​Félix empujó la puerta.

El chirrido metálico espantó a un par de pájaros que anidaban en el alero.

​Entramos.

Olía a encierro, a polvo antiguo y a madera húmeda.

Había una chimenea de piedra, una cama con un colchón desnudo roído por ratones en una esquina, y una mesa con una silla coja.

​Félix soltó su mochila y se giró hacia mí.

En la penumbra de esa cabaña abandonada, su rostro golpeado e hinchado me pareció lo más hermoso del mundo.

​—Bienvenido a casa —dijo.

​Me lancé a sus brazos.

Caímos sobre el colchón polvoriento, levantando una nube de ácaros, pero no nos importó.

Nos reímos.

Una risa histérica, mezcla de llanto y alivio.

Estábamos solos.

Realmente solos.

Sin paredes compartidas, sin padres escuchando, sin sociedad juzgando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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