El Miedo de No Ser Él - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 El Bautismo en el Río
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16: Capítulo 16: El Bautismo en el Río 16: Capítulo 16: El Bautismo en el Río A la semana de estar allí, descubrimos una poza natural en el río, un poco más arriba de la cabaña.
El agua bajaba del deshielo, cristalina y helada, pero el sol del mediodía calentaba las piedras de la orilla.
Ese día, la “malicia” regresó con fuerza.
Ya no era la malicia del sigilo, sino la del juego erótico descarado.
—¡El último en entrar cocina hoy!
—gritó Félix y echó a correr, desnudándose mientras corría.
Iba tirando la camiseta, los pantalones, los calzoncillos, dejando un rastro de ropa como migas de pan.
Yo corrí tras él, riendo, tropezando con mis propios zapatos al intentar quitármelos sin detenerme.
Él llegó primero y se lanzó al agua con un grito que resonó en el valle.
—¡Está helada!
—aulló al salir a la superficie, sacudiendo el pelo como un perro mojado, lanzando gotas brillantes al aire.
Me lancé tras él.
El impacto del agua fría fue como mil agujas clavándose en la piel, pero me hizo sentir vivo, despierto, eléctrico.
Nadie de golpe me agarró por la cintura bajo el agua.
—Te tengo —dijo Félix.
Me subí a él, envolviendo mis piernas en su cintura, flotando gracias a su fuerza.
Estábamos allí, en medio de la naturaleza, dos hombres desnudos abrazados en un río, y el mundo nos parecía perfecto.
—Haz de caballito —le reté, recordando nuestros viejos códigos.
Félix se rió, una carcajada franca y sonora.
—Aquí no necesito fingir que soy un caballo para sentirte cerca —dijo, y me apretó contra él.
La fricción de la piel mojada, el contraste entre el agua helada y el calor que emanaba de su cuerpo, me encendió al instante.
Me besó con sabor a agua de río y a libertad.
Allí, con el agua hasta el pecho, nos amamos con una ferocidad alegre.
El agua chapoteaba con nuestros movimientos, las aves cantaban en los árboles, y por primera vez sentí que la naturaleza no solo no nos juzgaba, sino que nos celebraba.
Éramos parte de ella.
Éramos tan naturales como los peces o los ciervos.
Después, nos tumbamos en las piedras calientes de la orilla para secarnos al sol.
Félix trazaba dibujos invisibles en mi pecho con una ramita.
—Podríamos quedarnos aquí siempre —dijo, mirando al cielo azul—.
Vivir de la pesca, de lo que cacemos.
—El invierno será duro —dije, siendo la voz de la razón, aunque mi corazón quería decirle que sí a todo.
—Lo sé.
Pero prefiero congelarme aquí contigo que estar caliente en esa casa sin ti.
Me giré y lo miré.
Sus moretones ya estaban amarillentos, desapareciendo.
Se veía más fuerte, más hombre, pero con la misma ternura de niño en los ojos.
—Yo también —respondí.
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