El Miedo de No Ser Él - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 Reyes de la Nada
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17: Capítulo 17: Reyes de la Nada 17: Capítulo 17: Reyes de la Nada Establecimos una rutina doméstica que, para cualquier observador externo, habría parecido una vida de miseria, pero para nosotros era la gloria.
Félix se encargaba de la leña y de revisar las trampas para conejos que había aprendido a hacer con unos alambres viejos.
Yo me encargaba de recolectar bayas, de mantener el fuego vivo (nuestro dios particular) y de intentar cocinar lo que conseguíamos.
Descubrimos que la convivencia total es el verdadero test del amor.
Sí, discutíamos.
Discutíamos porque la leña estaba húmeda, o porque yo había quemado el último trozo de pan rancio que trajimos.
Pero esas discusiones terminaban siempre igual: con un silencio, una mirada, y luego uno de los dos acercándose al otro.
—Eres un idiota —me decía él, mientras cortaba una cebolla silvestre que encontramos.
—Y tú eres un gruñón —le respondía yo.
Y luego él me empujaba contra la mesa tambaleante, apartando el cuchillo y la cebolla, y me besaba con esa mezcla de frustración y deseo que solo tienen las parejas que llevan toda una vida junta, aunque nosotros apenas llevábamos semanas de “matrimonio” en el bosque.
La cabaña se llenó de nosotros.
Tallamos nuestras iniciales en el marco de la chimenea: F y Yo.
No necesitábamos fechas.
El tiempo se había detenido.
Una tarde, mientras llovía a cántaros y estábamos encerrados, Félix encontró una vieja guitarra en el fondo del armario, con solo tres cuerdas.
Se sentó en el suelo, cerca del fuego, y empezó a rasguear una melodía inventada, desafinada y triste.
Yo me senté entre sus piernas, apoyando la espalda en su pecho, sintiendo la vibración de la madera de la guitarra y de su tórax contra mi espalda.
—Cántame algo —le pedí.
—No sé cantar.
—No me importa.
Canta lo que sea.
Y empezó a tararear una canción de cuna que habíamos escuchado de niños, pero le cambió la letra.
Hablaba de dos lobos que corrían lejos de la manada para fundar su propio bosque.
Su voz era grave, imperfecta, y me hizo llorar.
Me giré y le quité la guitarra.
Lo besé con una ternura infinita.
—Te amo, Félix.
Te amo más que a mi propia vida.
Él dejó la guitarra a un lado y me tumbó en el suelo, sobre la alfombra de piel vieja.
—Y yo te amo a ti.
Eres mi familia.
La única que tengo.
La única que quiero.
Esa tarde, mientras la lluvia nos aislaba del mundo, hicimos el amor lento, mirándonos a los ojos todo el tiempo, memorizando cada peca, cada gesto, cada respiración.
Sabíamos, en el fondo, que esta paz era frágil.
Que el mundo exterior, con sus leyes y sus prejuicios, no desaparece solo porque lo ignores.
Que el invierno se acercaba y que la comida escaseaba.
Pero en ese momento, en esa burbuja de madera y fuego, éramos inmortales.
Éramos reyes de la nada, gobernando un imperio de polvo y besos.
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