El Miedo de No Ser Él - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 El Hambre y la Sombra del Mundo
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18: Capítulo 18: El Hambre y la Sombra del Mundo 18: Capítulo 18: El Hambre y la Sombra del Mundo Nuestra burbuja de felicidad en el bosque duró hasta que el frío se volvió un enemigo tangible, y el hambre, una presencia constante.
Las trampas de Félix apenas daban resultados.
Los días se acortaban, y el río que había sido nuestro templo comenzó a congelarse en los bordes.
Una mañana, después de tres días de comer solo bayas secas, Félix regresó de su ronda de caza.
No venía con las manos vacías.
Traía algo que había encontrado a kilómetros de distancia, al pie de la montaña, cerca de la ruta que habíamos evitado: un periódico viejo, doblado y mojado por el rocío.
Lo desdobló frente al fuego.
La fecha era de hacía un mes.
Había un titular pequeño en la sección de sucesos locales.
Nuestros nombres no estaban, pero había una mención a “dos jóvenes desaparecidos de buena familia” y el cese de la búsqueda.
—Creen que estamos muertos —murmuró Félix, su voz plana, desprovista de emoción.
—Eso es bueno.
Significa que no nos buscan.
—No.
Significa que somos fantasmas.
No existimos.
El periódico trajo consigo la sombra de la realidad.
Vimos el anuncio de la boda de una prima lejana, las noticias sobre el trabajo, la universidad…
el mundo que habíamos quemado para estar juntos.
La “malicia” de Félix se fue apagando.
La risa se volvió rara.
Empezó a mirarme con una melancolía que no era amor, sino culpa.
Se acostaba por las noches dándome la espalda.
Yo le abrazaba, pero él era una tabla, rígido, distante.
El calor de su cuerpo no era el mismo; era el calor de un prisionero que sueña con la libertad, no la que ya tiene, sino la que la sociedad le prometió.
—No vamos a sobrevivir el invierno, ¿verdad?
—me preguntó una noche, mirando al techo de madera oscura.
—Podríamos ir a la ciudad.
Encontrar trabajo.
—¿Y qué trabajo?
¿De qué?
¿Cómo nos vamos a presentar?
No tenemos documentos, somos fugitivos, y…
—Se detuvo.
—¿Y qué?
—lo apreté, obligándolo a girarse.
—Y no somos invisibles.
En la ciudad, nos van a ver.
Y van a hablar.
Y vamos a terminar en la cárcel, o peor, en un manicomio.
No me estaba mirando a mí.
Estaba mirando el miedo en la oscuridad.
El miedo a ser un paria, a perder su apellido, a no dejar un legado “limpio”.
La presión de su familia, aunque ausente, había excavado un túnel hasta su alma.
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