El Miedo de No Ser Él - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El Santuario del Bosque
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2: Capítulo 2: El Santuario del Bosque 2: Capítulo 2: El Santuario del Bosque Las escapadas al bosque se convirtieron en nuestra religión.
El bosque no juzgaba.
Los árboles, altos y antiguos, habían visto siglos de historia y no se escandalizaban por el amor de dos muchachos.
Llegar allí requiera una logística militar.
Salíamos por separado.
Yo decía que iba a la biblioteca; Félix, que iba a entrenar fútbol.
Nos encontrábamos en el sendero viejo, el que estaba cubierto de zarzas y que nadie usaba ya porque decían que había culebras.
Para nosotros, las culebras eran menos venenosas que las palabras de nuestros vecinos.
El momento del reencuentro en la espesura siempre era violento en su urgencia.
Apenas nos asegurábamos de estar ocultos tras el denso follaje de los pinos, nos lanzábamos el uno contra el otro.
No había palabras iniciales, solo manos y bocas.
Félix tenía una forma de abrazarme que me hacía sentir pequeño y protegido, aunque éramos de la misma estatura.
Me acorralaba contra el tronco de un árbol, y yo podía sentir su corazón latiendo contra el mío, un ritmo frenético que marcaba el tiempo de nuestra libertad.
—Te extrañé —jadeaba él contra mi cuello, su voz ronca, lejos de la entonación educada que usaba frente a mis padres.
—Te vi hace dos horas —le respondía yo, sonriendo, mientras mis manos se perdían bajo su camiseta, buscando la calidez de su piel suave, trazando el mapa de su espalda.
—Son dos horas perdidas.
Hacer el amor allí, sobre la hierba o apoyados en los árboles, tenía un sabor a tierra y a victoria.
Era un acto de rebelión.
Cada beso era una afirmación de que existíamos, de que éramos reales.
Era “muy lindo”, como decíamos, pero también era feroz.
Recuerdo una vez en la que, después de amarnos, nos quedamos tumbados mirando las copas de los árboles mecerse con el viento.
Félix tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Era un gesto simple, pero en nuestra vida cotidiana, ese gesto era imposible.
—¿Crees que algún día podremos hacer esto en la calle?
—preguntó, rompiendo el silencio del bosque.
—¿Hacer el amor en la calle?
—bromeé, tratando de aligerar el ambiente.
—No, tonto.
Darte la mano.
Caminar contigo al lado, sin tener que fingir que estamos compitiendo o jugando.
Solo…
estar.
Me giré para mirarlo.
Tenía una brizna de hierba en el cabello y los labios hinchados por mis besos.
Nunca lo había amado tanto como en ese momento.
—Un día —prometí, aunque en el fondo, el miedo me decía que ese día estaba muy lejos—.
Nos iremos de aquí.
A una ciudad grande.
Donde a nadie le importe.
Félix apretó mi mano.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
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