El Miedo de No Ser Él - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 El Frío que Congeló el Amor
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20: Capítulo 20: El Frío que Congeló el Amor 20: Capítulo 20: El Frío que Congeló el Amor Esa noche, el fuego se extinguió en la chimenea, y con él, toda la calidez de la cabaña.
El refugio se convirtió en una tumba.
Félix durmió en la otra esquina del cuarto.
No me atreví a tocarlo.
Nuestro amor, que había sido tan feroz, ahora era frágil y roto.
El silencio era el verdadero castigo.
Al amanecer, se preparó.
Me dejó el cuchillo, el hacha y un poco de leña cortada.
Dejó el anillo de plata que me había dado, hecho con el borde de un tenedor viejo que encontramos.
Lo puso sobre mi almohada.
—Me voy ahora —dijo, sin atreverse a mirarme a los ojos.
—¿Cuándo volverás?
—No voy a volver.
Tienes que entenderlo.
Nunca.
Tienes que seguir adelante.
Olvidarme.
Me levanté y lo abracé por la espalda.
Su cuerpo seguía siendo mi ancla, mi único puerto.
—Félix —le susurré, sintiendo mis lágrimas calientes contra su hombro—.
Recuérdame en el bosque.
Recuérdame en el río.
Él no me abrazó.
Se quedó quieto.
—No tengo que recordarte —me dijo con voz áspera—.
No podré olvidarte.
Ese es mi castigo.
Se giró.
Me besó una última vez.
Fue un beso frío, resignado, sin ninguna de la “malicia” que nos había caracterizado.
Fue un beso de despedida, un beso de muerte.
—Sé fuerte —fue lo último que dijo, y se puso la vieja chaqueta, atravesó el umbral y desapareció entre la nieve que empezaba a caer.
Yo me quedé solo.
Me quedé con el frío que entraba por la puerta mal cerrada, con el anillo de plata en la mano, y con la certeza de que el amor no siempre gana.
Epílogo: El Fantasma de la Boda Pasé un mes en la cabaña, viviendo de la poca carne que pude cazar, sin atreverme a irme, sin atreverme a seguirlo.
Cuando se me acabaron las fuerzas, y mi cuerpo estaba al borde del colapso, entendí que, aunque él me había matado en vida, yo no podía morir.
Tenía que vivir para ser el guardián de nuestra memoria.
Regresé a la ciudad vecina, me busqué un empleo miserable y aprendí a ser el fantasma de mi propia vida.
Diez años después, mi vida es estable, anónima.
Y él…
Lo vi un día.
Lo vi en el parque, el mismo parque donde de niños jugábamos al “caballito”.
Él estaba allí, sentado en una banca, vestido con un traje de corte impecable.
Tenía un niño pequeño en sus brazos, riendo, y a su lado, una mujer elegante, rubia, que le sonreía con la ternura de una esposa.
Félix se veía fuerte, exitoso.
Era el hombre que su padre había querido que fuera.
El hombre que la sociedad aprobaba.
Pasé por su lado lentamente.
Él me miró.
Sus ojos se fijaron en los míos.
El tiempo se detuvo, como lo hacía en el vestuario o en el cine.
Vi un destello en su mirada, un relámpago fugaz de reconocimiento, de dolor, de nuestra verdad.
Pero duró solo un segundo.
Luego, la máscara regresó.
Me miró con esa indiferencia gélida que me había enseñado a soportar en los pasillos de la escuela, pero esta vez, era la indiferencia de un extraño.
Él había borrado la historia.
Había elegido vivir la mentira.
Yo seguí caminando.
No sentí rabia.
Sentí una pena infinita.
Él se había salvado.
Había asegurado su posición, sus hijos, su nombre.
Había cumplido con el mandato social.
Yo me quedé con la única riqueza que nos había quedado: la verdad.
La verdad del bosque, de la cabaña, de las manos entrelazadas en el cine.
La verdad de que él me había amado con una intensidad que duró un verano, y que esa intensidad fue tan real que, para mí, todavía hoy, las mariposas de aquel primer roce sigue batiendo sus alas, prisioneras en mi pecho.
Y aunque la sociedad lo había ganado, yo sabía que cada vez que él tocaba a su esposa, cada vez que miraba a sus hijos, cada vez que se reía en público, había un lobo muerto de frío, solo, en un rincón de su alma, y ese lobo se llamaba nuestro amor.
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