Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 21

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ​El Miedo de No Ser Él
  4. Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El Aroma del Silencio
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

21: Capítulo 21: El Aroma del Silencio 21: Capítulo 21: El Aroma del Silencio Este capítulo de mi vida se trata de un lugar hermoso, un retazo de paraíso escondido entre la niebla y el sol tardío.

Era el año 2001, o quizás el 2002, los tiempos se mezclan con los aromas de entonces: tierra mojada, el dulzor fermentado de las bayas de café maduras y, sobre todo, el olor a tabaco y sudor de los hombres que trabajaban bajo el cielo abierto.

Yo vivía allí, rodeado de montañas que me parecían el lomo de gigantes dormidos, y un sinfín de cafetales donde las sombras eran más largas que los días.

Era joven, apenas un preadolescente que comenzaba a entender que el mundo exterior no se limitaba a los límites de la finca.

Fue allí donde conocí a Adriel.

Adriel, cariñosamente Adrielito, era mi misma edad, de piel canela y ojos rápidos.

Se convirtió en mi sombra, mi cómplice en las travesuras y mi único ancla en un mundo que yo sentía que no me pertenecía del todo.

Adrielito tenía un hermano mayor, Alberto.

Todos le llamaban Albertico.

Albertico era diferente.

Era una fuerza de la naturaleza, un hombre de veinticuatro años que ya cargaba el peso de la vida rural en sus anchos hombros.

No era solo guapo; era la encarnación de todo lo que la finca valoraba en un hombre.

Varón, sí, con esa barba rala que le daba un aire de seriedad temprana, y ese cuerpo fuerte, curtido por el sol y la pica.

Su padre, Don Hernán, lo había criado para ser el pilar, el hermano mayor, el “hombrecito de su casa”.

Albertico cumplía ese rol con una gravedad que me fascinaba.

Su voz era grave, sus movimientos precisos, nunca había un atisbo de debilidad en él, ni siquiera cuando se reía, una risa profunda y resonante que hacía eco en los corrales.

Yo me enamoré de él enseguida.

No fue un flechazo tierno o un capricho infantil; fue un reconocimiento total, visceral.

Mi alma de niño, que ya intuía su propia diferencia, reconoció en Albertico el ideal de protección, de virilidad, de pertenencia.

Era un amor voraz que me consumía por dentro.

Él no se lo imaginaba, por supuesto.

¿Cómo podía el hombre más macho de todo el valle imaginar que el niño flaco y pálido, amigo de su hermano menor, lo veía con la misma devoción con la que los campesinos miraban a la luna llena?

Era una fantasía que se tejía en mis noches de insomnio: que él fuera el hombre de mi vida.

Pero ese deseo venía con una carga, un peso que se me anclaba al pecho cada vez que iba a misa.

Era un deseo prohibido, un pecado capital.

En nuestra comunidad, donde el destino de cada uno estaba escrito en la Biblia y la tradición, mi amor era un error, una perversión.

Yo era un hombre queriendo a otro hombre, y eso, según decían los murmullos de las viejas y las advertencias del párroco, era la condena eterna.

Así que aprendí a amar en silencio.

Un silencio denso, tan pesado como la niebla de la mañana.

Mi única vía de escape, mi única manera de sentirlo cerca sin confesar mi crimen, eran los juegos.

Albertico, con esa generosidad de los hombres fuertes hacia los más pequeños, nos permitía a Adrielito y a mí unirnos a él en peleas simuladas en el pasto, o en la lucha libre improvisada para pasar el tiempo muerto en las tardes.

Para Adrielito, era solo diversión.

Para mí, cada juego brusco era una lección, una extraña y dolorosa simulación de intimidad.

Yo, deliberadamente, siempre era el frágil, el que perdía, el que salía herido.

Albertico me derribaba con un placaje limpio y rápido, me inmovilizaba, o me hacía rendir.

En esos breves instantes, con su peso sobre mí, su aliento en mi oreja, y el olor a tierra y piel caliente, mi mente tejía el delirio.

Para mí, ese agarre no era un control; era como si fuera mi esposo, el hombre que me dominaba, el que me poseía en la única forma que la sociedad me permitiría ser poseído por él: bajo la excusa de la brutalidad fraternal.

Yo aguantaba cada golpe, cada rasguño, y sentía ese dolor no como agresión, sino como caricias.

Mi piel ardía donde su mano me había sujetado con fuerza.

Un codo en mis costillas se convertía en la prueba de que existía, de que su cuerpo físico y real había interactuado con el mío.

Albertico no se imaginaba la marea de amor que desataba con el simple acto de limpiarme el barro de la frente después de haberme tumbado.

Para él, era la obligación del hermano mayor que cuida a los pequeños.

Para mí, era un rito sagrado, el gesto de mi destino: amarlo en silencio.

Solo Adrielito sabía.

Mi fiel Adrielito.

Él me veía.

Me veía entrenar la mirada para que pareciera admiración y no deseo.

Me veía temblar ligeramente cuando Albertico nos pasaba una botella de agua para compartir.

Él lo sabía todo.

Una tarde, mientras estábamos sentados bajo el inmenso ceibo después de que Albertico se había ido a un encargo, le confesé la magnitud de mi amor, no como un capricho, sino como un tormento.

—Lo quiero para mí, Adrielito.

Yo… lo amo.

—Lo sé —murmuró, observando la punta de sus botas—.

Lo sé desde hace mucho.

Me miró con una compasión terrible y, al mismo tiempo, con la sabiduría que la inocencia aún no le había arrebatado.

—Pero no se puede.

No me lo dijo con crueldad, sino como quien enuncia una ley de la naturaleza.

Era imposible.

Era un tabú tan grande como robar el dinero de la ofrenda.

Era inútil, como intentar que el sol saliera por el oeste.

—Es mi hermano, amigo.

Además… tú sabes lo que diría mi papá.

Lo que diría el cura.

Tienes que olvidarte.

—Pero es que no es mi amigo, Adrielito.

Es mi… —no podía decirlo, la palabra se quemaba en mi garganta—, es el único hombre que he mirado.

Él solo podía callar y abrazarme torpemente.

Adrielito me amaba, pero como su mejor amigo, y solo podía ofrecerme el consuelo del silencio y la resignación.

Mi último juego con Albertico fue el más memorable y doloroso.

Jugábamos a quién aguantaba más una llave de estrangulamiento ligera, el clásico juego estúpido de la juventud.

Yo, queriendo sentir su proximidad un minuto más, demoré mi rendición.

Albertico apretó, no con mala intención, sino con la fuerza natural de su brazo.

Cuando finalmente golpeé el suelo con la mano, mis pulmones ardían y mi visión se oscurecía.

—¡Estás pálido, flaco!

—dijo Albertico, asustado.

Me levantó con una facilidad que me hizo sentir ingrávido.

Me sentó en una roca.

Su rostro, generalmente tan impasible, mostraba una genuina preocupación.

Me tomó la cara entre sus manos, y fue la primera vez, y la última en muchos años, que sentí su piel suavemente contra la mía, sin violencia, sin juego.

Sus pulgares rozaron mis pómulos.

—Respira tranquilo.

Eres muy frágil.

Tenías que haberte rendido antes.

—No importa —logré murmurar, mirando el punto entre sus cejas con una intensidad que debió asustarlo.

El roce duró un segundo más de lo necesario.

En ese segundo, todo mi futuro, todos mis sueños, todo el deseo reprimido se concentró en la presión de sus manos.

Albertico sintió mi mirada fija, y la retiró rápidamente, como si se hubiera quemado.

Me dio una palmada en el hombro, la palmadita usual de camaradería que yo odiaba.

—Ya.

Eres un guerrero, pero hay que saber cuándo rendirse.

No, Albertico.

Nunca me rendiría a ti.

Mi destino era amarte en silencio, no rendirme.

Poco después, la vida rural se rompió.

Llegó la separación de mi madre, la decisión de que la finca ya no era un lugar seguro o viable para nosotros.

Me tocó alejarme de él.

El día que me fui, Albertico me ayudó a subir las pocas maletas al camión.

Me abrazó con fuerza.

Un abrazo de despedida, de hombre a niño, de amigo de su hermano a mí.

Un último roce que me dejó sin aliento, no por el juego, sino por la realidad de la pérdida.

Me alejé a la ciudad a continuar mi vida.

Los ruidos de la urbe reemplazaron el canto de los pájaros y el murmullo de los cafetales.

Estudié, trabajé, crecí.

Mi cuerpo se hizo más alto, mi voz más profunda, pero el amor por Albertico quedó encapsulado como una joya inalterable en el centro de mi alma.

Él era mi primer amor, mi metro de medida para todos los demás hombres que vinieron y se fueron.

Cumplí veinte años.

Un día, una noticia breve y casual de Adrielito en un mensaje me hizo volver.

Algo sobre una enfermedad de Don Hernán, algo sobre la finca que necesitaba ayuda.

Y volví.

El camión me dejó en la plaza del pueblo.

Había cambiado, modernizado a medias, pero el aire seguía oliendo a tierra.

Caminé hasta la casa.

Adrielito me recibió con un abrazo emocionado.

Pregunté por él de inmediato.

—Albertico… ¿dónde está?

Adrielito dudó antes de responder, su sonrisa se hizo tensa.

—Está en el corral.

Ve a verlo.

Corrí.

Atravesé el patio familiar, y lo encontré de espaldas, arreglando una cerca rota.

Cuando se giró, mi corazón se detuvo.

No era el Albertico que yo quería.

Los años, y la vida rural, lo habían deteriorado.

Su rostro estaba más curtido, surcado por líneas de cansancio prematuro.

Ya no tenía ese porte arrogante y juvenil.

Su ropa estaba gastada, no con la dignidad del trabajo, sino con la dejadez de quien se ha rendido a la rutina.

No era ese galán de novela del que me enamoré, no era la fuerza imponente de mi memoria.

Me acerqué, y mi voz era apenas un susurro.

—Albertico.

Él levantó la vista.

Sus ojos eran los mismos: color café profundo, cubiertos por unas pestañas densas.

Y fue ahí, en sus ojos, donde encontré el rastro.

Detrás de la fatiga, detrás de la barba más descuidada, detrás del hombre que la vida había machacado, miré en lo profundo y vi el Alberto que soñé.

La esencia.

El alma de aquel hombre fuerte, mi guerrero, mi destino prohibido, seguía intacta, esperándome.

Mi amor silencioso, a pesar de los años, del pecado y de la distancia, seguía ahí, listo para continuar la vigilia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo