Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 22

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ​El Miedo de No Ser Él
  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 Las Cicatrices y el Cuidado
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

22: Capítulo 22: Las Cicatrices y el Cuidado 22: Capítulo 22: Las Cicatrices y el Cuidado El silencio que siguió a mi susurro fue el más largo de mi vida.

Albertico me miró, y tardó un instante en reconocerme.

La sorpresa no fue de alegría, sino de cálculo.

Como si estuviera evaluando un nuevo problema en la finca.

—Mira tú.

El Flaco.

—Su voz era más áspera de lo que recordaba, el tono grave ahora estaba forzado, cansado—.

No sabía que habías vuelto.

Me llamó “El Flaco”, el apodo de la infancia que me recordaba mi fragilidad.

La constatación de la distancia era un golpe frío.

No había efusividad, ni ese abrazo instintivo que yo había fantaseado en el viaje de regreso.

Extendió una mano que solía ser firme como el roble, pero que ahora se sentía seca, llena de callos y una extraña temblorina.

Le devolví el saludo con una presión que no pudo igualar la mía.

—Volví por un tiempo.

Adrielito me dijo de Don Hernán.

Albertico asintió, su mirada se desvió hacia la cerca rota.

—Sí.

La vida se nos ha puesto dura.

Él ya no puede.

Alguien tiene que hacerse cargo.

Me lo dijo con una resignación amarga, no con el orgullo del “hombrecito de la casa”, sino con la pesada carga del condenado.

En ese momento entendí lo que Adrielito había querido decir con su tensión: Albertico ya no era el héroe invulnerable que idolatraba.

Era un hombre agotado.

Me instalé en la pequeña habitación de huéspedes, que olía a naftalina y a viejo.

La finca estaba en un estado similar a Albertico: funcional, pero descuidada.

Los cafetales clamaban por atención, las herramientas estaban oxidadas, y el peso de la responsabilidad caía solo sobre los hombros de Albertico y, de vez en cuando, de Adrielito, quien había encontrado trabajo en el pueblo para ayudar con los gastos médicos de su padre.

Mi amor, que había sido una fantasía de fuerza y sumisión, ahora se enfrentaba a la realidad de la debilidad.

Curiosamente, la decadencia de Albertico no disminuyó mi deseo; lo transformó en algo más profundo y peligroso: un instinto de protección, un amor que quería cuidar y no solo ser dominado.

El hombre fuerte de mi infancia me necesitaba.

Y mi amor, aquel pecado capital que me condenaba, ahora se convertía en una excusa para la cercanía.

Decidí que mi primer paso sería ayudar con las tareas más pesadas, aquellas que Albertico estaba haciendo con dificultad.

Al haber vivido en la ciudad, mi cuerpo se había estilizado, pero la necesidad me había enseñado a ser fuerte y eficiente.

Al día siguiente, me puse a arreglar la cerca que él había abandonado.

Albertico me observaba desde lejos, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

El “macho” que había sido no aceptaba ayuda fácilmente.

—No tienes que hacerlo —me espetó una mañana, mientras yo cargaba un saco de abono que pesaba casi tanto como yo a los quince años.

—Lo sé —respondí, sin dejar de caminar—.

Pero no tengo nada mejor que hacer.

Y tu papá necesita el dinero de la cosecha.

Ese argumento era el único que podía usar.

Hablar de la finca, no de él.

Poco a poco, la dinámica cambió sutilmente.

En la infancia, yo era el frágil que él derribaba; ahora, yo era el soporte silencioso que aliviaba su carga.

Albertico me permitía trabajar a su lado, aunque casi nunca hablábamos más allá de las instrucciones necesarias: dónde cortar, qué sembrar, cómo regar.

Una tarde, estábamos en el secadero del café, moviendo las semillas bajo el sol para asegurar que el proceso fuera uniforme.

Albertico, distraído o quizás agotado, tropezó con una pila de sacos vacíos.

Cayó mal, su hombro chocó contra la esquina de la mesa de madera.

Soltó un juramento ahogado y se agarró el brazo con una mueca de dolor.

Mi reacción fue instintiva.

No pensé en el tabú, ni en el pecado.

Solo vi al hombre que amaba sufriendo.

—Déjame ver.

Me arrodillé junto a él.

Albertico, con esa costumbre masculina de ocultar el dolor, intentó quitarme la mano.

—No es nada.

Solo el golpe.

—Cállate.

—Usé un tono de voz que no sabía que tenía, autoritario y suave a la vez.

Me quité la camisa de cuadros que llevaba puesta y la doblé para presionar suavemente la zona.

Tenía un hematoma feo que comenzaba a formarse.

La piel de su brazo, áspera y musculosa, estaba caliente bajo mi tacto.

Estudié la forma de su bíceps, la vena hinchada, la red de vello oscuro.

Era un mapa de la masculinidad que me había obsesionado.

Mientras le examinaba, nuestros rostros estaban a centímetros.

Su aliento, que olía a café amargo y cansancio, rozaba mi frente.

Albertico estaba quieto, inmovilizado no tanto por el dolor como por la extrañeza de mi solicitud.

Los roles estaban invertidos.

El frágil era él.

El cuidador, el protector, el que imponía la calma, era yo.

—No es dislocación.

Pero está hinchado.

¿Tienes hielo?

—No.

Ponle tabaco mojado —dijo, la voz más baja, casi una súplica.

Le puse el paño húmedo.

Me quedé sentado a su lado por un largo rato, hasta que el dolor pareció ceder.

Albertico no me miró a los ojos en todo ese tiempo.

Cuando se levantó, me dio la espalda y se alejó con un “gracias” tan seco que sonó a “vete”.

Esa noche hablé con Adrielito en la cocina, mientras la luna se colaba por la ventana.

—¿Qué le pasó?

El hombre que yo recordaba se hubiera levantado sin pestañear.

—La vida, Flaco.

La vida se lo llevó por delante.

—Adrielito sorbió su café—.

Desde que mi mamá se fue, todo ha sido más difícil.

Papá se enfermó, el precio del café cayó.

Albertico asumió todo.

Y cuando el hombre que es el más fuerte no puede con el peso, se le rompe el alma antes que el cuerpo.

—¿Sigue siendo el Albertico que conocíamos?

—Es el mismo, pero sin armadura.

Es más irritable, está más solo.

Ya sabes.

Sigue pensando que tiene que ser el macho de la casa.

Pero el macho está agotado.

Adrielito me miró directamente, con esos ojos sinceros que lo habían sabido todo desde que éramos niños.

—Y tú, ¿sigues con esa locura?

—Es la única cosa que no ha cambiado en estos diez años.

Lo amo, Adrielito.

Y ahora que está roto, lo amo más.

Porque puedo estar cerca sin que parezca que quiero algo.

Solo estoy ayudando a un amigo de la familia.

—Estás jugando con fuego, Flaco.

Si papá se entera… si el pueblo se entera… —No lo haré.

Prometo que no lo haré.

Mi destino es amarlo en silencio.

Mi única suerte es que él necesita una sombra fuerte en este momento.

El silencio de Adrielito fue mi absolución temporal.

A partir de ese día, me convertí en el guardián de Albertico.

Yo era el primero en levantarme para preparar el café y el último en acostarme.

Yo me encargaba de los detalles que él descuidaba: la reparación de la maquinaria oxidada, la contabilidad de los jornales, incluso el arreglo de su ropa de trabajo.

Lo hacía todo por él, con la devoción de una esposa silenciosa o de un devoto al pie de un altar.

Observaba a Albertico en esos momentos de fragilidad.

Lo veía al atardecer, sentado en el porche, con la mirada perdida en las montañas.

Ya no era el tipo con el porte de galán, sino un hombre con el traje de campesino, el alma magullada.

En esos momentos, se le caía la máscara de “macho”.

Y lo que encontré debajo de la máscara no fue una figura débil que me decepcionara.

Encontré la bondad, el sentido del deber y la inmensa soledad de un hombre que había sacrificado su juventud por una promesa.

La fatiga lo había despojado de su dureza exterior, revelando el hombre noble que yo había intuido en sus ojos.

Una noche, encontré a Albertico dormido sobre la mesa de la cocina, con unos papeles de cuentas esparcidos a su alrededor.

Se había quedado agotado, intentando cuadrar números que nunca daban.

Me acerqué con la respiración contenida.

La lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre su rostro.

Me fijé en la línea de su mandíbula, menos cincelada que antes, y en las pestañas densas que se posaban sobre unas ojeras oscuras.

Mi mano tembló.

Estaba a punto de cometer mi mayor pecado.

Con la punta del dedo, rocé su cabello revuelto, un toque tan breve y ligero que ni siquiera un mosquito lo habría notado.

El acto fue un relámpago de electricidad que me recorrió el cuerpo entero.

Albertico se removió, sin despertar, y suspiró.

Rápidamente, recogí las cuentas, las puse en orden y me dirigí a su cama.

Con una delicadeza que me costó todo mi autocontrol, lo desperté.

—Ve a la cama, Albertico.

Yo terminaré esto.

Él abrió los ojos a medias, confundido, y me miró sin ver.

Se levantó torpemente.

Al pasar por mi lado, su cuerpo rozó el mío.

Fue un accidente, una colisión fugaz de dos almas en la oscuridad.

—Gracias, Flaco —murmuró, y esta vez, el agradecimiento no sonó a “vete”, sino a una confesión involuntaria de su necesidad.

Esa noche, acostado en mi catre, entendí que mi amor silencioso era ahora una fuerza poderosa.

Ya no era solo admiración; era la columna vertebral que lo sostenía.

Y en esa nueva fragilidad de Albertico, yo encontraba mi fuerza, y el oscuro consuelo de mi destino.

Amarlo era sostenerlo, sin que él supiera nunca por qué mis manos estaban tan dispuestas a llevar su carga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo