El Miedo de No Ser Él - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- El Miedo de No Ser Él
- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 La Amenaza de Adela
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Capítulo 23: La Amenaza de Adela 23: Capítulo 23: La Amenaza de Adela La convivencia se convirtió en una danza silenciosa de deber y deseo.
Yo trabajaba duro, sintiendo que cada gota de sudor era una ofrenda a mi amor.
Albertico se acostumbró a mi presencia, a mi eficiencia, a que los problemas desaparecieran antes de que tuviera que enfrentarlos.
La desconfianza inicial se había suavizado en una aceptación tácita.
No éramos amigos íntimos, ni hermanos; éramos, en la jerga de la finca, “socios de la miseria”, aunque yo sentía que éramos mucho más: éramos cómplices de su supervivencia.
Mi pequeño y oscuro consuelo era que él no tenía tiempo, ni energía, para nadie más.
Albertico estaba tan consumido por el trabajo y la enfermedad de su padre que la idea de buscar a una mujer era un lujo que no se podía permitir.
Hasta que apareció Adela.
Adela era de la finca vecina, Las Camelias.
Una muchacha de veintidós años, con el pelo oscuro trenzado con cintas rojas, y una risa tan abierta que parecía querer desafiar a las montañas.
No era solo su belleza; era su adecuación.
Adela era la encarnación de la esposa rural ideal: fuerte, piadosa, buena cocinera y, sobre todo, una mujer.
La candidata perfecta para el “hombrecito de la casa”.
El primer encuentro fue en la cooperativa, mientras esperábamos la entrega de semillas.
Adela estaba discutiendo animadamente con su padre.
Cuando vio a Albertico, su risa se detuvo un instante, y lo que vino después fue un coqueteo tan sutil que solo mi corazón celoso pudo detectarlo.
—Albertico, qué bueno verte por aquí.
¿Cómo sigue Don Hernán?
—Ahí va, Adela.
Con la ayuda de Dios —respondió él, y la diferencia en su tono me perforó el pecho.
Albertico no usó su voz áspera y cansada.
Usó el tono formal y grave, sí, pero con un matiz de cortesía y atención que no me dedicaba a mí.
Se arregló inconscientemente la camisa.
Por primera vez en meses, vi un rastro del Albertico galán de mi fantasía infantil.
La máscara de “macho” no se había roto; simplemente se la había quitado para mí, el cuidador anónimo, y se la había puesto de nuevo para el mundo y para Adela.
Albertico y Adela hablaron por diez minutos sobre las plagas, el clima y los precios.
Yo permanecí a un lado, invisible, cargando los sacos, la sombra leal que él ya no notaba.
Me di cuenta de que mi ayuda lo había liberado lo suficiente para permitirse esa pequeña vanidad, ese momento de flirteo socialmente aceptable.
La amenaza no era solo Adela; era la sociedad encarnada en ella.
Adela representaba la absolución.
Casándose con ella, Albertico no solo tendría una ayuda de verdad en la casa, sino que cumpliría con el deber de su hombría, honraría a su padre enfermo y acallaría cualquier murmullo que pudiera surgir sobre su extraña soltería.
Su camino con Adela era la ruta de la salvación; mi amor por él era la ruta de la condena.
El infierno comenzó a tejerse en mi rutina diaria.
Adela empezó a aparecer con frecuencia.
A veces, llegaba con la excusa de traer una sopa para Don Hernán, otras, para discutir las ventas de café.
Yo siempre estaba allí, testigo mudo de la construcción de su idilio.
Una tarde, mientras Albertico estaba reparando el motor de la bomba de agua, Adela se sentó en el escalón del porche, tejiendo una servilleta.
Albertico, cubierto de grasa y con el ceño fruncido por la concentración, era, para mí, sublime.
Para Adela, era un proyecto.
Ella le preguntó sobre sus sueños, sobre lo que haría si la finca se recuperara.
Preguntas que yo nunca me atrevería a hacer, porque temía la respuesta.
—Quiero que todo esté como antes.
Que mi padre esté tranquilo y que Adrielito y yo podamos vivir sin esta asfixia.
Y… —dijo Albertico, mirándola a los ojos por un instante—, quiero tener mi propia familia.
La frase cayó sobre mí como el peso de un saco de piedras.
Mi propia familia.
Mi amor silencioso era un esfuerzo invisible.
¿Qué valía mi cuidado por su ropa, mi contabilidad nocturna, mi esfuerzo físico, contra la promesa de hijos y un apellido?
Nada.
Mi devoción era una aberración; el deseo de Adela era el orden natural.
La desesperanza me inundó.
Me senté en el suelo del cobertizo, limpiando herramientas que ya estaban limpias, sintiendo que mi vida se disolvía en la grasa y el óxido.
Me pregunté qué sucedería si, por un segundo, me atreviera a confesar.
¿Sería capaz Albertico de siquiera concebir la magnitud de mi amor?
¿O simplemente se levantaría, llamaría al cura y me condenaría al destierro?
Esa noche, el dolor de mi pecho era tan agudo que me llevó al límite.
Encontré a Albertico solo en el patio, fumando un cigarrillo bajo la luna, su hombro herido, que yo había cuidado, recostado contra la pared.
Me acerqué.
—Adela es una buena muchacha —le dije, obligando a mi voz a sonar casual, como la de Adrielito.
Albertico exhaló el humo lentamente.
—Lo es.
Una de las pocas que quedan con la cabeza en su sitio.
—¿Estás pensando en ella?
—La pregunta me salió, aunque supe que era una auto-flagelación.
Albertico se encogió de hombros, ese gesto pesado y cansado que yo ya conocía.
—Tengo que hacerlo.
Papá lo necesita.
La finca necesita un heredero.
Y yo necesito una mano que me ayude a que el peso no me rompa.
Necesito una mano que me ayude.
Las palabras retumbaron.
Yo estaba allí, mi mano era fuerte, había estado sosteniéndolo por semanas, pero él solo veía la mano correcta, la que no sería un escándalo, la que vendría con útero y bendición.
Un torrente de frustración me subió a la garganta.
Quería gritarle: ¡Yo soy tu mano!
¡Yo soy quien te mantiene despierto!
¡Yo te amo!
Pero el silencio ganó.
Mi destino me obligó a pronunciar la mentira más dolorosa de mi vida.
—Pues… hazlo.
Es lo correcto.
Albertico me miró entonces, y en sus ojos vi una gratitud genuina, pero malentendida.
Me estaba agradeciendo el consejo, la validación de un amigo.
—Gracias, Flaco.
Siempre has sido un buen amigo.
“Amigo.” La palabra era un cuchillo.
Me recordó que mi amor, por muy profundo que fuera, era completamente invisible para él.
Me marché rápidamente, antes de que pudiera ver las lágrimas que me nublaban la vista.
Encontré a Adrielito en la cocina, bebiendo ron a escondidas.
Le conté, con la voz quebrada.
—Ya ves, Flaco.
Te lo dije.
Es imposible.
Tú eres el apoyo, el amigo, el primo lejano que vino a ayudar.
Pero ella es la Ley.
—¿Y qué hago?
Me está matando verlo con ella.
Me muero si se casa.
—Vete.
Vuelve a la ciudad.
Esto no es para ti.
Pero yo ya no podía irme.
Mi alma estaba anclada en el cafetal, ligada al destino de un hombre que nunca sabría el nombre de mi sacrificio.
La única forma de seguir amándolo era quedarme, presenciar su felicidad impuesta por la sociedad, y ser su sombra, la que cargaba los sacos de café, mientras Adela cargaba los hijos.
El próximo giro en el destino no tardó en llegar, y no vino en forma de romance, sino de la más cruda y cruel necesidad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com