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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La Cosecha Negra
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24: Capítulo 24: La Cosecha Negra 24: Capítulo 24: La Cosecha Negra La cosecha estaba en su punto álgido y la deuda apretaba.

Era una carrera contra el tiempo y el clima.

La finca entera dependía de que esa partida de café se secara perfectamente para alcanzar un buen precio y pagar una letra urgente del hospital de Don Hernán.

Habíamos pasado una semana de sol inclemente, y la capa delgada de granos se tostaba en el secadero bajo una manta de calor, liberando un aroma a nuez y tierra.

Estábamos a solo un día de embolsar el café.

Albertico, Adrielito y yo trabajábamos desde el amanecer hasta el anochecer, volteando, rastrillando, y vigilando.

Pero en la tarde del penúltimo día, el cielo se cerró con una furia inaudita.

Las nubes, que habían estado prometiendo lluvia tibia, se volvieron negras, pesadas, y un viento frío comenzó a azotar los cafetales.

—¡Va a caer la de Dios es grande!

—gritó Adrielito, mirando las montañas que ya desaparecían bajo una cortina de agua gris.

—No puede ser ahora —murmuró Albertico, con la voz rota.

Si la lluvia tocaba el café en ese punto del secado, se dañaría irremediablemente.

Toda la esperanza, todo el esfuerzo de meses, se convertiría en forraje.

Albertico tomó una decisión desesperada.

—Tenemos que llevar todo el café a la bodega.

¡Ahora!

La bodega estaba en el corazón de la finca, un antiguo edificio de piedra que albergaba la trilladora y protegía los granos ya secos.

Mover la cosecha entera, cientos de kilos, requería de la fuerza de diez hombres, no de tres, y Adrielito estaba cojeando de un tobillo torcido del día anterior.

—¡Yo puedo solo!

—insistió Adrielito, agarrando un saco.

—No.

Necesitas descansar.

Flaco, tú y yo.

Rápido.

El pánico nos consumió.

La primera gota, fría y gruesa, cayó sobre la nariz de Albertico.

Era una carrera.

Comenzamos a llenar los sacos con las palas, operando con una coordinación instintiva nacida de la necesidad mutua.

Yo me encargaba de atar y levantar; Albertico arrastraba y apilaba.

El brazo de Albertico, el que yo había vendado semanas atrás, comenzó a quejarse.

Lo vi hacer muecas de dolor con cada levantamiento.

Me concentré en cargar el peso yo mismo, haciéndole trampas al destino.

No le daba tiempo de reaccionar.

Ataba el saco, lo cargaba sobre mi espalda y corría hacia la bodega, dejando a Albertico solo con la labor más ligera de llenado.

La lluvia llegó con violencia.

Era un diluvio bíblico, un castigo divino que hacía vibrar el techo de zinc.

—¡Albertico, ya casi!

¡Solo quedan diez sacos!

Estábamos empapados, cubiertos de barro y sudor, con el cuerpo ardiendo por el esfuerzo y, al mismo tiempo, helado por la temperatura del aire.

La lámpara de aceite en la bodega proyectaba una luz amarillenta y borrosa.

Cuando cargué el último saco, mi cuerpo se rindió.

Lo dejé caer con un golpe sordo y yo caí a su lado, jadeando.

El aroma a café, tierra y humedad llenaba el aire oscuro.

Albertico se desplomó contra la pared de piedra.

No había ni orgullo ni alivio en su rostro, solo el cansancio absoluto que precede al colapso.

Cerró los ojos y su cabeza cayó sobre el pecho.

—Lo hicimos, Flaco —murmuró, su voz apenas audible.

—Lo hicimos —respondí, sin fuerza para levantarme.

Pasaron diez minutos en ese silencio agotado, solo interrumpido por el rugido de la lluvia afuera.

Mi corazón latía tan fuerte que creí que Albertico podía oírlo.

El frío se hizo insoportable.

Estábamos calados hasta los huesos y la humedad de la piedra nos robaba el calor residual del trabajo.

Albertico comenzó a tiritar, incontrolablemente.

Su lesión en el hombro, la que había manejado con tanta entereza, lo había dejado más vulnerable.

Vi su labio inferior temblar.

El pecado capital y el tabú desaparecieron ante la necesidad animal de proteger al hombre que amaba.

Me arrastré hacia él.

Albertico no se movió.

—Albertico, tienes que quitarte la camisa mojada —le ordené en un susurro.

—No puedo… —su voz era un graznido.

Sabía lo que tenía que hacer.

Mi cuerpo ya no dudaba, solo obedecía la ley más antigua del amor: el cuidado.

Con la mayor delicadeza que pude reunir, me arrodillé entre sus piernas y le quité la camisa mojada, adherida a su piel por el sudor y la lluvia.

Sus músculos estaban tensos, pero no opuso resistencia.

Su torso, tan familiar de los juegos de la infancia pero tan desconocido ahora, estaba expuesto.

Su piel era un mosaico de bronceado desigual, cicatrices de trabajo y, justo en el hombro, el moretón que yo había tocado.

Le sequé la cara con el borde de mi propia camisa, que aún conservaba un poco de calor corporal.

—Estás helado.

Tienes que entrar en calor.

Me quité mi propia camisa, la única prenda seca que quedaba, y se la puse.

Él me miró, y por primera vez, me miró de verdad, sin el filtro de la costumbre o del deber.

Sus ojos estaban turbios por el agotamiento, pero había una luz allí, una conciencia de mi sacrificio.

—Tú también tienes frío, Flaco —dijo, intentando levantarse.

—No.

Yo me abrigo con esto.

—Mentí, y rápidamente tomé uno de los sacos vacíos de café, limpio y áspero, y lo abrí para usarlo como una manta improvisada, cubriéndome a mí y a sus piernas.

Nos quedamos en esa penumbra.

Albertico recostado contra la pared, yo, a su lado, sintiendo el calor que ahora emanaba de él.

El frío era una excusa perfecta.

El miedo a que se enfermara era mi licencia para estar cerca.

En ese momento, la máscara se le cayó por completo.

Su voz, ahora tranquila y suave por el cansancio, se deslizó en el silencio.

—La finca me está matando, Flaco.

A veces… me dan ganas de huir.

Dejarlo todo y no ser el hijo mayor.

—No puedes —respondí con firmeza—.

Tu papá te necesita.

Y esta tierra… esta tierra es tuya.

Me miró.

La luz de la lámpara le iluminaba solo un lado del rostro.

Se giró hacia mí, y el movimiento fue tan íntimo, tan lento, que mi respiración se detuvo.

—A veces, el único momento en que no pienso en la deuda o en la muerte de mi padre… es cuando estás tú.

Trabajando.

El aire se hizo denso.

Esa frase no era de amistad.

Era una admisión.

Una fisura en el muro que lo separaba de mí.

—¿Por qué volviste, Flaco?

Pudo ser cualquier otro.

—Volví por ustedes —dije, evitando la verdad con una pequeña mentira.

—No.

No me mientas.

Adrielito no me necesita.

Yo sí, pero… ¿por qué arriesgar tu vida en la ciudad por esta miseria?

Me acerqué, casi por inercia.

Mi mano, sin pensarlo, se movió y se posó sobre la suya, que descansaba sobre el saco de café.

No fue un toque masculino de camaradería, sino una caricia.

Mi pulgar rozó suavemente sus nudillos callosos.

Albertico no retiró la mano.

Se quedó quieto, sintiendo mi toque.

—Volví porque aquí es donde te quiero —murmuré.

Esta vez no dije “te amo”.

“Te quiero” era más suave, más ambiguo, menos condenatorio.

Él cerró los ojos y, en lugar de repeler el gesto, su mano se volteó lentamente, encerrando la mía en un agarre débil, pero firme.

Un agarre que ya no era de lucha libre.

—¿Te quedas?

No era una pregunta sobre el trabajo, sino sobre la soledad.

—Me quedo —susurré, y esa palabra fue mi voto, mi destino y mi condena.

Permanecimos allí, un minuto eterno, de manos entrelazadas en la oscuridad húmeda de la bodega, el aroma a café fermentado como único testigo de un pacto silencioso y prohibido.

Afuera, la lluvia seguía lavando el mundo, pero adentro, el pecado capital había encontrado su primer nido de esperanza.

Mi alma gritó de triunfo, aunque sabía que el amanecer traería de vuelta a Adela y a la Ley.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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