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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 La Contradicción en la Plaza
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25: Capítulo 25: La Contradicción en la Plaza 25: Capítulo 25: La Contradicción en la Plaza El amanecer trajo consigo una resaca emocional peor que el agotamiento físico.

Albertico se despertó primero.

Lo vi separarse de mí con una brusquedad que hirió más que un golpe.

No me miró.

Su silencio y su velocidad al levantarse fueron su única respuesta a lo que había pasado entre los dos.

—Tenemos que embolsar el café —fue lo único que dijo.

La voz era seca, profesional, como si la noche anterior hubiéramos estado discutiendo el precio de los fertilizantes y no la intimidad de nuestras almas.

Se puso la camisa que le había dado y, con su torso cubierto y su máscara de “macho” restaurada, volvió a ser el Albertico inalcanzable.

La nueva estrategia de Albertico, forzada por el miedo a la brecha que habíamos abierto, fue la negación absoluta.

No solo me ignoraba, sino que exageraba su masculinidad de la forma más dolorosa.

Para reafirmar su “normalidad” ante la sociedad y ante sí mismo, triplicó sus atenciones hacia Adela.

Adela se convirtió en su escudo.

Aparecía todos los días, y Albertico le permitía sentarse en el porche, riendo con ella y coqueteando con una intensidad que me parecía artificial, forzada.

Yo observaba este cortejo desde la distancia, limpiando aperos o cargando madera, mi dolor alimentado por la rabia.

La mano que la noche anterior había sostenido la mía, ahora se detenía en un gesto protector sobre la espalda de Adela.

La humillación era mi castigo diario.

Mi amor, que él había admitido que era su consuelo, ahora era ignorado en favor del deber social.

—La casa necesita una mujer, Flaco —me dijo Adrielito una tarde, notando mi mirada sombría—.

No es nada personal.

Es la ley de la tierra.

—No es la casa la que la necesita.

Es él —repliqué con amargura—.

Necesita que el pueblo lo vea con ella para poder olvidarse de la otra mano que lo sostuvo.

El momento de la verdad llegó un sábado.

Teníamos que ir al pueblo a entregar la primera parte del café a la cooperativa y aprovechar para comprar medicinas para Don Hernán.

Albertico, Adrielito y yo fuimos en la vieja camioneta.

El pueblo era el centro del juicio social.

Las miradas de los campesinos, las viejas sentadas en el atrio de la iglesia, el cura…

todos eran parte de la maquinaria que imponía el orden.

Albertico nos dejó a Adrielito y a mí en la plaza, encargados de descargar los sacos.

Él se fue a la oficina de la cooperativa.

Adrielito, con su tobillo aún sensible, se sentó en un banco.

Me tocó a mí descargar los últimos sacos, exhibiendo mi fuerza para todos.

Me dirigí a la farmacia.

Mientras esperaba mi turno, vi a Tadeo.

Tadeo era un capataz de la finca vecina, un hombre grande y fornido, conocido por su temperamento vulgar y su crueldad.

En la infancia, Tadeo siempre se había burlado de mí por mi delgadez y mi aire de “niño de ciudad”.

Ahora que había crecido y estaba de regreso, Tadeo me miró con una mezcla de desprecio y envidia, sin duda notando mi nueva eficiencia en el trabajo que él consideraba exclusivo de los hombres “de verdad”.

—Mira quién está aquí.

El Flaco.

¿Qué haces tú, chico, de vuelta en la tierra?

¿No te gustó la vida de señorito en la capital?

—me escupió, su voz alta atrayendo la atención de los clientes.

—Vengo a comprar medicinas.

Ocúpate de tus asuntos, Tadeo —respondí, intentando mantener la calma.

—¿Medicina?

¿O vienes a comprar perfume de mujer, Flaco?

Tienes cara de los que les gusta eso.

Dicen que en la capital los hombres se visten de mujeres.

¿Qué serás tú?

¿Una de esas flores raras que huelen mal?

Las risas llenaron la pequeña farmacia.

El insulto no era solo sobre mi aspecto; era un ataque directo a mi existencia, una burla sobre la sospecha de mi pecado capital.

El dolor acumulado de las semanas de rechazo de Albertico y la agonía de ver a Adela se combinaron con la maldad de Tadeo.

Mi control se rompió.

—Soy el que acaba de salvar tu cosecha, idiota —espeté, dando un paso adelante.

No iba a permitir que me llamara débil, no después de lo que había cargado.

Tadeo se levantó de su asiento, su rostro se ensombreció.

Era el doble de mi tamaño y sus manos eran ladrillos.

—A mí no me hablas así, marica —dijo, la palabra prohibida resonando en el silencio de la farmacia.

El puño vino rápido.

No tuve tiempo de reaccionar.

El golpe me impactó en la mandíbula con una fuerza brutal, tirándome contra un estante de jarabes y ungüentos.

Caí al suelo, el sabor metálico de la sangre llenó mi boca, y el cristal roto de las medicinas tintineó a mi alrededor.

La humillación era total.

Fui el frágil de nuevo, el perdedor de la lucha libre de la infancia, pero esta vez, no había juego.

Tadeo se acercó, listo para patearme.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.

Albertico.

Había venido a buscarme.

El Albertico que entró no era el hombre agotado y resignado; era el guerrero de mi infancia, la fuerza bruta de la naturaleza.

Vio mi cuerpo magullado en el suelo, me miró, y luego miró a Tadeo.

—¡Tadeo!

El tono de Albertico era tan bajo y profundo que cortó el aire.

Tadeo, a pesar de su tamaño, se detuvo en seco.

Había una ley no escrita en el valle: nadie se metía con Albertico.

—Ah, Albertico.

Solo estaba poniendo a este… mariposón en su sitio.

Está hablando mucha mierda de las cosechas.

—No es tu trabajo.

—Albertico avanzó un paso.

Era lento, amenazante.

Su rostro era una máscara de furia contenida.

—Cálmate, es tu amiguito, Flaco.

Míralo.

Es obvio lo que es.

¿Lo vas a defender?

La pregunta de Tadeo no era un desafío físico; era un desafío social.

Si Albertico me defendía en ese momento, estaba implícitamente admitiendo una conexión con mi “pecado”.

Estaba arriesgando su futuro con Adela, su reputación, su lugar en la comunidad.

Albertico se detuvo justo frente a Tadeo.

—No me importa lo que creas que es.

Es mi gente.

Y tú no tocas a mi gente.

Vete.

Ahora.

O juro por Dios que te rompo el otro brazo.

La voz era la de un hombre que había llegado a su límite.

Tadeo, por primera vez, vio en los ojos cansados de Albertico no al campesino que se estaba ahogando en deudas, sino al Albertico que podía matarlo por honor.

Tadeo retrocedió, murmurando amenazas, y salió de la farmacia.

El silencio volvió.

Albertico se arrodilló a mi lado.

El resto de los clientes se hicieron invisibles.

Sentí sus manos bajo mis hombros, levantándome con la misma facilidad que me había levantado en mi último juego de la infancia.

Esta vez, sin embargo, el contacto no era una farsa.

Era una verdad.

—Vamos, Flaco.

Vamos a la casa.

Adrielito apareció, pálido, y nos ayudó a salir.

Albertico me montó en la camioneta, sosteniendo mi cabeza contra su hombro para que no me moviera.

El trayecto de regreso a la finca fue el momento más real que había tenido en mi vida.

Mi cuerpo me dolía, pero mi alma se regocijaba.

Él me había defendido.

Había elegido “su gente” antes que la Ley.

Cuando llegamos a casa, Adrielito se fue a buscar hielo y alcohol.

Albertico me llevó a mi habitación.

Me sentó con cuidado en el catre.

Su rostro estaba a centímetros del mío, y sus ojos, color café profundo, estaban llenos de una tormenta que no podía descifrar.

—¿Por qué dijiste eso, Flaco?

¿Qué pasó con la cosecha?

¿Por qué peleaste con él?

—Me llamó…

—empecé a decir, pero no podía pronunciar la palabra.

—Lo sé lo que te llamó.

Lo oí.

Albertico se sentó a mi lado, respirando con dificultad.

Me tomó el rostro con ambas manos.

Esta vez no fue un toque fugaz; fue una retención.

Me obligó a mirarlo, a ver el conflicto en sus ojos.

—Te defendí —dijo, su voz ronca—.

Y no puedo permitirme hacer eso.

No ahora.

No después de lo de la bodega, y no con Adela viniendo aquí.

La brecha estaba abierta.

La negación había terminado.

—Me defendiste porque lo que dijo es verdad —logré susurrar, sintiendo la humillación como una fiebre—.

Y me defendiste porque esa noche en la bodega, tú también… tú sentiste algo.

No me mientas.

—¡Cállate!

—Me soltó el rostro con brusquedad, levantándose de golpe, su cuerpo tenso, su respiración agitada.

—¿Sentiste algo?

¿O vas a casarte con Adela y dejarme aquí, cargando tus sacos, para que el pueblo te perdone el pecado que no cometiste, pero que sientes en la oscuridad?

Albertico me dio la espalda.

Estaba al borde del colapso.

Sabía que había ido demasiado lejos, que había atacado su máscara de supervivencia.

—Tú sabes lo que soy.

Soy el hombre que tiene que salvar esta finca.

Soy el hombre que tiene que ser un hombre.

Tú… tú no puedes pedirme esto.

No puedes.

Me acerqué a él, con mi mandíbula aún pulsando por el golpe de Tadeo.

Me puse detrás de él, mi aliento rozando su nuca.

Mi amor, mi pecado capital, se elevó por encima de mi dolor físico.

—No te pido que seas nada.

Solo te pido que no me niegues lo que fuimos en esa bodega.

Y no te niegues a ti mismo.

Albertico giró la cabeza lo suficiente para mirarme por encima del hombro.

Vi una lágrima solitaria trazar un camino en el polvo de su mejilla.

—Si vuelves a nombrarlo, Flaco… si vuelves a nombrarlo, me harás echarte de aquí.

Y eso me mataría.

Pero lo haría.

Era una súplica.

Una amenaza y una confesión.

Me alejé de él, con la victoria amarga de haberlo hecho hablar, y la derrota segura de la realidad.

La única forma de quedarme y seguir amándolo en silencio era volver a la farsa.

—De acuerdo, Albertico.

Olvidado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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