El Miedo de No Ser Él - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 La Proximidad de la Mentira
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26: Capítulo 26: La Proximidad de la Mentira 26: Capítulo 26: La Proximidad de la Mentira El incidente en la farmacia fue una bomba de tiempo con un fusible muy corto.
Albertico y yo entramos en una nueva fase de convivencia, marcada por una tensión eléctrica que hacía crujir el aire entre nosotros.
Habíamos cruzado una línea, y aunque ambos pretendíamos que el “olvidado” era real, el recuerdo de su lágrima y de su defensa violenta me había dado una victoria moral que Albertico no podía soportar.
Su respuesta a la vulnerabilidad fue el control.
Para demostrarle al mundo, a su padre, y sobre todo a mí, que seguía siendo el hombre que debía ser, Albertico intensificó la farsa.
No solo siguió cortejando a Adela; la introdujo de lleno en nuestra rutina, como si fuera una vacuna contra el veneno de mi amor.
Adela se convirtió en la sombra que yo una vez fui, pero con la bendición del deber.
Ella venía a la hora del almuerzo, se sentaba en la cabecera de la mesa, y cocinaba para los tres.
Yo la observaba, notando los detalles: la forma en que su falda se ajustaba a su cintura, la pulcritud de sus trenzas, la manera en que su presencia convertía la mesa de madera vieja en un “hogar”.
Mi trabajo, antes un ritual privado de devoción, ahora se convertía en un servicio para su futura esposa y su futuro hogar.
Albertico y Adela hablaban de futuro.
No de pasión, sino de ladrillos y tierra.
—Aquí haremos la cerca nueva —decía Albertico, señalando un terreno baldío.
—Y el corral tiene que ir más allá, para que los niños no estén jugando con el lodo —respondía Adela, y la mención de los “niños” era un puñal que me dejaba sin aire.
Yo estaba siempre cerca, indispensable para el trabajo físico, pero invisible para la intimidad emocional.
Era el testigo forzoso, el condenado a construir la jaula de su propia agonía.
Una tarde, Don Hernán tuvo una crisis.
La fiebre subió y Adrielito se asustó.
Albertico y yo, con la ayuda de Adela, que llegó justo a tiempo, tuvimos que cargarlo a la camioneta para llevarlo de urgencia al pueblo.
El viaje fue frenético.
Adela estaba en la parte de atrás con Don Hernán, dándole agua y rezando en voz alta.
Yo conducía la camioneta, con Albertico en el asiento del pasajero, su cuerpo rígido, su mano apretando el borde del asiento hasta que sus nudillos estaban blancos.
El miedo a perder a su padre era real y aterrador.
Cuando llegamos al hospital, los médicos lo estabilizaron rápidamente.
La espera se hizo eterna.
Albertico se sentó en la sala de espera, su máscara de macho cayendo ante el peligro inminente de la muerte.
Adela se sentó a su lado, tomando su mano y susurrándole oraciones.
Yo me quedé parado, a veinte metros de distancia, sintiéndome como un extranjero, mi amor siendo inútil ante el consuelo que la fe y la mujer correcta podían proporcionar.
Fue entonces cuando Adela me llamó.
—Flaco.
Ven.
Estás pálido.
Albertico, dile que se siente.
Albertico me miró.
Era la primera vez que me daba una orden.
—Siéntate —dijo, la voz como piedra.
Me senté al otro lado de Adela.
Era un trío incómodo, la santa familia rural: el hijo sufriente, la novia piadosa y el primo ayudante.
Adela, en un gesto de bondad ingenua, tomó mi mano libre, la que no estaba apretando mi muslo, y la puso sobre la mano de Albertico.
—Estamos juntos en esto, Albertico.
Y tú, Flaco, no estás solo.
Estás con tu familia.
Mi mano, cubierta por la suave mano de Adela y presionada contra la áspera, familiar mano de Albertico.
Era la proximidad de la mentira.
Sentir su piel contra la mía, con la excusa de la fe, la enfermedad y el deber.
Yo sentía el calor de su palma, el pulso que latía bajo la tensión, y al mismo tiempo, sentía el anillo de compromiso invisible de Adela alrededor de nosotros.
Albertico no retiró la mano.
No podía.
Era un gesto socialmente aceptable que, irónicamente, nos daba el contacto prohibido que yo tanto anhelaba.
—Gracias, Adela —murmuró Albertico, y apretó mi mano, pero no me miró.
El apretón no era para mí; era para Adela, la prueba de su gratitud.
El incidente de la farmacia tuvo otra consecuencia: Tadeo.
Una semana después, Adrielito me interceptó en el corral, con el rostro serio.
—Tadeo está hablando.
Dice que si Albertico te defendió fue porque tienen “algo”.
Los viejos lo oyeron.
—Que hablen.
Albertico me defendió por honor.
—No es honor, Flaco.
Es sospecha.
Tadeo le dijo a un grupo de hombres en la cantina que tu golpe no se curó con medicina, sino con besos.
La cosa se está poniendo fea.
El pueblo nos estaba mirando.
Albertico, el intachable, no podía permitirse la sombra de una duda sobre su virilidad, no cuando la herencia de su padre estaba en juego.
Esa noche, me encontré con Albertico fumando en el porche, su mirada fija en la luna.
Me acerqué en silencio.
—Albertico.
—Lo sé.
Tadeo.
—Su voz era un gruñido.
—Tienes que pararlo.
Se están riendo de ti.
Se giró hacia mí, y su rostro estaba consumido por la rabia, una rabia dirigida hacia mí, porque yo era la causa de su conflicto.
—Si no hubieras peleado, no tendríamos esto.
Si te quedaras en tu sitio, si no te hubieras sentado a mi lado en la bodega, si no hubieras vuelto… —Y si tú no me hubieras agarrado la mano, y si no me hubieras defendido como a un esposo, no tendríamos este problema.
¡Tú eres el que no se queda en su sitio, Albertico!
La tensión era un hilo fino a punto de romperse.
—Basta —siseó.
Me tomó del brazo con una fuerza que ya no era de juego, sino de ira pura, y me arrastró hasta la oscuridad del cobertizo de herramientas.
Me empujó contra la pared.
El golpe no dolió; era familiar, era la fuerza que yo amaba.
—No me toques —le ordené, aunque mi corazón gritaba de deseo.
Albertico se acercó, su aliento en mi cara, el olor a tabaco y rabia.
Estábamos en la intimidad violenta de la confrontación final.
—Escúchame bien, Flaco.
Me voy a casar con Adela.
Lo voy a hacer porque es mi deber y porque me da paz.
Y tú…
te vas a quedar.
Te quedarás para ayudar a mi padre y trabajar esta tierra, porque eres fuerte y lo necesito.
Pero lo que pasó en esa bodega…
se murió.
Lo maté.
¿Me entiendes?
Lo maté yo.
Su confesión, que había matado la única cosa real entre nosotros, me destrozó.
—Pero ¿y por qué me defendiste de Tadeo?
—pregunté, mi voz rota.
—Por orgullo.
Porque eres mi gente, sí, pero no como quieres.
Eres mi trabajo.
Eres una herramienta que no quiero que nadie me rompa.
Una herramienta.
Era mi etiqueta oficial: el apoyo, el amigo, el primo, la herramienta.
—¿Y qué vas a hacer ahora para acallar a Tadeo?
—Voy a comprometerme.
Este domingo, en misa.
Con Adela.
Y tú vas a estar allí.
Vas a ser el primero en felicitarme.
Y vas a sonreír.
Vas a ser mi testigo de que no hay nada entre nosotros que no sea el barro de esta finca.
Me estaba pidiendo que fuera su cómplice en su propia mentira, que sellara su condena al tabú y la tradición con mi propia sonrisa.
Era la prueba de amor más cruel.
—Lo haré —respondí, con la voz más firme de mi vida, aunque el dolor me estaba consumiendo.
El domingo en misa fue el infierno.
La iglesia estaba llena, los rumores ya habían circulado.
Los ojos de la comunidad no estaban en el cura, sino en la primera fila, donde Albertico se sentó con Adela y su familia.
Yo estaba en la última fila, mi mandíbula aún magullada, mi traje de domingo oliendo a lejía y tierra.
Al final de la misa, Albertico se puso de pie.
El cura lo felicitó calurosamente.
Albertico, con la mano de Adela firmemente en su brazo, anunció a la comunidad su compromiso.
La gente aplaudió, las viejas asintieron, y el orden social se restauró.
Albertico me buscó con la mirada.
Yo me levanté.
Caminé por el pasillo central, sintiendo el peso de todas las miradas.
Llegué hasta él y a Adela.
—Felicidades —dije, y mi sonrisa fue una obra de arte de la mentira.
Le extendí la mano.
Albertico tomó mi mano, y esta vez, el apretón fue frío, superficial, profesional.
—Gracias, Flaco.
Eres un buen amigo.
Pero antes de soltarme, sus ojos se encontraron con los míos.
Y en el café profundo de su mirada, vi el rastro de la verdad que había matado.
Vi el miedo, la desesperación, la culpa.
Y por un instante fugaz, el Albertico que me amaba en secreto me suplicó perdón.
Fue mi última victoria, y mi sentencia.
Me alejé, dejando a la pareja feliz en medio de la multitud, sabiendo que mi amor, el pecado capital, estaba a punto de ser enterrado para siempre bajo un vestido de novia blanco y un apellido honorable.
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