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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 La Última Noche Falsa
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27: Capítulo 27: La Última Noche Falsa 27: Capítulo 27: La Última Noche Falsa El anuncio en la iglesia no fue un final, sino un comienzo.

El compromiso de Albertico y Adela desató una ola de actividad febril en la finca, cuyo epicentro era la preparación para la boda.

La fecha se fijó para solo cuatro semanas después, una prisa que para mí parecía un intento de Albertico de evitar que la duda, o yo, lo detuviéramos.

Mi papel en este frenesí se solidificó: yo era el obrero indispensable, el amigo de la familia con manos fuertes.

Construí el nuevo porche donde Adela insistió en recibir a las visitas; pinté la sala para que fuera “digna de una esposa”; y, con el corazón en astillas, ayudé a limpiar y preparar la habitación que pronto compartirían.

La finca ya no olía a café y tierra; olía a jazmín, a detergente nuevo y a la ansiedad de una mujer que estaba marcando su territorio.

Adela estaba en todas partes, su presencia una constante tortura.

Ella era amable conmigo, quizás incluso cariñosa, en la forma en que una futura esposa es amable con el primo que le hace los trabajos pesados.

Me daba limonada fresca y me preguntaba sobre mi vida en la ciudad, siempre con esa sonrisa radiante que celebraba su victoria.

—Eres un muchacho muy trabajador, Flaco.

Albertico tiene suerte de tenerte —me dijo una tarde, mientras yo pulía la vieja mesa que sería su mesa de comedor.

—Sí.

Es la familia —respondí, obligándome a mirar la veta de la madera, no sus ojos.

Ella no tenía idea de que, en cada clavo que martillaba, estaba clavando mi propio corazón; que en cada pincelada de pintura blanca, estaba borrando mi existencia.

La odiaba con una intensidad silenciosa, pero también la admiraba.

Ella era la encarnación del camino fácil, del destino aceptado.

Yo era el callejón oscuro y prohibido.

Albertico y yo casi no hablábamos en privado.

Se movía por la finca con una eficiencia brutal, evitando mi mirada.

Cuando me daba una instrucción, lo hacía con la voz demasiado alta, con demasiada prisa, como si temiera que el silencio le permitiera recordar la humedad de la bodega o la desesperación de la plaza.

El único momento en que sentía que nuestra conexión clandestina seguía viva era cuando su cuerpo se agotaba.

Yo notaba las migrañas que lo obligaban a detenerse en medio del campo, los temblores en su mano al levantar algo pesado.

Yo era el único que notaba su dolor y el único que sabía que no era físico, sino del alma.

Mi amor, el pecado capital, ahora se había transformado en un cáncer de resentimiento.

Pensaba: Él me prefiere exhausto y miserable, atado a una mentira social, antes que feliz y libre conmigo.

La boda estaba a solo un día de distancia.

Albertico organizó una pequeña despedida de soltero, una noche sobria de ron y dominó con Adrielito, Tadeo (sí, Tadeo, ahora que Albertico era “el hombre de bien”, Tadeo era su compinche), y algunos otros hombres de la zona.

Yo estaba invitado, por supuesto, para seguir interpretando mi papel de “primo ayudante”.

La atmósfera era forzada.

Tadeo no perdía la oportunidad de hacer chistes de doble sentido sobre el “deber conyugal” de Albertico, y todos bebían demasiado para silenciar sus propias vidas.

Albertico jugaba, reía de forma estridente, pero sus ojos estaban vidriosos y sus movimientos eran torpes.

Era una farsa de masculinidad que él mismo se estaba forzando a beber.

A la medianoche, todos se fueron, excepto Adrielito, que se quedó dormido en la mesa, y Albertico.

Albertico se sirvió el último trago de ron.

Estaba borracho, pero no lo suficiente para ser irresponsable.

—Mañana.

Mañana es el día —dijo, mirando el vaso.

Su voz era un susurro roto.

—Lo sé —respondí, recogiendo las fichas del dominó.

Albertico se levantó y se dirigió a la bodega.

Había dejado allí una caja de botellas de licor que había comprado para la fiesta de la boda.

—Ayúdame a subir esto —me ordenó.

La bodega, nuestro santuario de humedad y confesión, estaba oscura y olía intensamente a café y licor.

Era el lugar donde la mentira no podía sobrevivir.

La caja pesaba más de lo normal.

Albertico tomó un lado; yo tomé el otro.

El esfuerzo nos obligó a estar juntos, hombro con hombro, nuestros cuerpos tensos en la oscuridad.

—Albertico… —empecé.

—Cállate.

—Me interrumpió, la voz ronca.

Llegamos a la puerta y, en lugar de salir, Albertico se detuvo de golpe, haciendo que la caja se tambaleara.

La dejó caer en el suelo con un ruido sordo.

Se giró hacia mí.

La penumbra nos envolvía.

Su aliento olía a ron y a agonía.

—¿Por qué no te fuiste?

—Me preguntó.

No era una acusación, era un lamento.

—¿Y tú?

¿Por qué no le dijiste que no?

Albertico se pasó las manos por el pelo, un gesto de desesperación que nunca le había visto hacer.

El hombre fuerte se estaba derrumbando frente a mí.

—No se puede.

Si no me caso, el pueblo hablará.

Y mi padre, si se recupera y escucha los rumores, si Tadeo sigue hablando, el disgusto lo mata.

No puedo ser la razón de su muerte, Flaco.

No puedo.

Soy el hombre que lo salva, no el que lo mata.

—Me estás matando a mí.

—Mi voz era apenas un soplo.

Albertico me tomó el rostro con ambas manos, como lo había hecho después de la pelea con Tadeo, pero esta vez, no había rabia.

Solo una tristeza infinita.

—Lo sé.

Y es mi castigo.

Se acercó lentamente, su cuerpo borracho buscando apoyo.

Yo no me moví.

Mi corazón dejó de latir.

Esperé la condena, el golpe, la confesión.

En cambio, hizo lo que era más cruel, lo que era más Albertico: me abrazó.

No fue un abrazo de amigos.

No fue el agarre de la lucha libre.

Fue un abrazo de hombre a hombre, desesperado y absoluto.

Me oprimió contra su pecho, su respiración agitada en mi oído.

—Perdóname —susurró—.

Perdóname.

No sé cómo seguir viviendo.

Sentí el peso de su cuerpo, el olor de su piel, y todo el dolor de mi amor se concentró en ese contacto.

Le devolví el abrazo con la misma fuerza, mi propio cuerpo negándose a soltarlo.

—No tienes que hacerlo —murmuré, sintiendo que mi propia resistencia se rompía.

—Sí tengo.

Es mi destino.

Y si no lo hago, te arrastro conmigo.

Mañana, cuando diga “sí”, por lo menos uno de los dos va a estar a salvo.

Me soltó tan bruscamente como me había abrazado.

Se alejó, tambaleándose, y se apoyó en la pared.

—Ya.

Sube el licor.

Nos quedamos en la bodega por media hora más, fumando en silencio, mirando la luz de la luna que se colaba por un hueco en la pared.

Era nuestra última noche de verdad, nuestra despedida.

Yo sabía que si ese momento duraba un minuto más, yo rompería su promesa y la nuestra, y haría lo que había soñado desde niño.

—Me voy a acostar.

Adela viene temprano —dijo Albertico, enderezándose a duras penas.

—Te veo mañana.

Albertico salió de la bodega sin mirarme de nuevo.

Se fue a su habitación, la que compartiría con Adela en menos de veinticuatro horas.

Yo me quedé solo, sintiendo el calor residual de su cuerpo en mis brazos.

El dolor era tan grande que era casi un placer.

Tomé la caja de licor y la subí, colocándola en la cocina.

Albertico ya estaba en su habitación.

Yo me dirigí a la mía, mis pasos lentos, el alma hecha jirones.

Me senté en el catre, la cabeza en mis manos.

Ya no había más silencio.

Solo quedaba la acción.

Mañana lo vería jurar amor a otra mujer.

Mañana, mi amor se convertiría en un fantasma, condenado a habitar la casa de su matrimonio.

Tuve una visión: la imagen de Albertico de pie en el altar, su mano fuerte tomando la de Adela, y la mía, cargando los sacos de café, siempre a la sombra.

En ese momento, mi decisión se cristalizó.

No podía quedarme y ser testigo de su mentira.

No podía ser la herramienta, el primo, el silencioso protector que sellaba su condena.

Pero tampoco podía simplemente huir.

Si me iba, él se casaría sin saber que yo había elegido salvarme.

Pero si me quedaba, mi vida no valdría nada.

Me levanté.

Saqué mi pequeña maleta de debajo del catre.

Coloqué mi ropa limpia, mis documentos.

Encima de todo, puse un sobre.

Escribí dos cartas.

Una, para Adrielito, explicándole que me iba de vuelta a la ciudad, que era por mi bien, y que lo quería.

La segunda, más pequeña, sin remitente, sin firma.

Era solo para Albertico, pero para su Albertico honesto, el que había matado.

Me puse mi traje de la ciudad, el que llevaba cuando llegué.

Tomé mi maleta y salí al patio.

El cielo estaba empezando a tornarse gris, el anuncio de un nuevo amanecer, de un día que cambiaría el destino de todos.

Me dirigí a la habitación de Albertico y Adela.

Abrí la puerta solo lo suficiente para deslizar el sobre pequeño y blanco debajo.

Me dirigí a la cocina.

Dejé la carta de Adrielito sobre la mesa, junto a la cafetera.

Y me fui.

No miré atrás.

El olor a tierra húmeda, a café y a desesperación llenaba el aire fresco de la madrugada.

Caminé tan rápido como pude, mis pasos levantando el polvo.

En la carretera principal, bajo las luces tenues, encontré un camión lechero que se dirigía a la ciudad.

Le pedí un aventón.

Subí.

El camión se puso en marcha.

Miré por última vez las montañas que abrazaban la finca, el lugar donde había conocido mi amor y mi condena.

La finca se encogió hasta convertirse en un punto invisible.

Ya estaba a salvo, pero roto.

A kilómetros de distancia, Albertico se despertaría, encontraría el sobre, y tendría que elegir, no entre su deber y su amor, sino entre la mentira y la verdad, minutos antes de que la Ley y Adela vinieran a buscarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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