El Miedo de No Ser Él - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El Silencio y el Sobre Blanco
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28: Capítulo 28: El Silencio y el Sobre Blanco 28: Capítulo 28: El Silencio y el Sobre Blanco Albertico se despertó con el sol golpeándole la cara y un dolor de cabeza que le taladraba el cráneo.
Se había dormido vestido sobre la cama recién preparada que, en unas horas, compartiría con Adela.
La resaca era el menor de sus problemas; el pánico era una niebla fría que se disipaba a medida que recordaba el abrazo en la bodega.
Se incorporó, el corazón latiéndole con furia, y miró la puerta.
Solo entonces notó el sobre blanco que estaba a medio deslizar bajo el umbral, un testigo silencioso de la traición nocturna.
Se levantó de un salto y lo recogió.
El sobre era pequeño, simple, sin marca de agua ni firma.
Salió de su habitación y lo primero que vio fue la maleta de Adrielito tirada en la mesa del comedor, y junto a la cafetera, la nota doblada.
Abrió la nota de Adrielito primero.
“Albertico, yo me fui.
A la ciudad.
No podía seguir aquí.
Te quiero mucho, pero necesito mi propia vida, lejos de todo esto.
La finca estará mejor sin mí.
Cuida a Papá y sé feliz, aunque sea a medias.
Nos vemos en unos años.
Adrielito.” El papel se le cayó de las manos.
Adrielito, el inocente, también había huido.
El abandono le golpeó, pero fue solo un preludio.
Luego abrió el sobre pequeño.
Su nombre no estaba escrito, pero sabía que era para él.
El papel solo contenía dos líneas: Tu deber mata la única verdad que conocimos.
Yo elegí vivir, no ser tu castigo.
Albertico sintió que el mundo se le venía encima.
No había duda de quién lo había escrito.
Esas palabras eran la réplica directa a las suyas en la bodega: “Lo sé.
Y es mi castigo.” Yo elegí vivir.
Él había elegido morir.
Miró el reloj.
Las 6:30 de la mañana.
Adela llegaría con su familia a las diez para vestirse en la finca.
Los invitados llegarían a mediodía para el almuerzo antes de la ceremonia.
La maquinaria del matrimonio ya estaba en marcha, y la mentira había adquirido una fuerza imparable.
Corrió a la habitación del narrador.
El catre estaba vacío, su pequeña maleta de viaje, que había visto bajo la cama durante semanas, había desaparecido.
El aire en la habitación olía a nada, a vacío absoluto.
El narrador, su única verdad, se había esfumado como el humo.
Se dirigió al patio, gritó el nombre del narrador.
Solo el eco de su voz y el canto de un gallo le respondieron.
De repente, escuchó el motor de una camioneta subiendo por el camino de tierra.
Demasiado pronto para Adela.
Era Tadeo, el padrino, llegando con provisiones y su sonrisa grasienta.
Tadeo entró en la cocina, con dos cajas de cerveza bajo el brazo, y vio a Albertico pálido y sudoroso, con dos trozos de papel arrugados en la mano.
—¡Albertico!
¡Día de la boda!
No te veo con cara de hombre que va a cumplir su deber sagrado.
¿Qué pasa, hermano?
¿Tienes miedo al compromiso?
—Cállate, Tadeo —dijo Albertico, con una furia helada.
Tadeo se encogió de hombros, dejando caer las cajas.
—¿Y el Flaco?
¿Y Adrielito?
No los veo.
Albertico guardó la nota, sabiendo que era un arma cargada.
—Adrielito se fue a la ciudad.
Por unos días.
Y el Flaco… el Flaco se fue de madrugada.
Tuvo una urgencia con su familia.
Tadeo arrugó la nariz.
—¿El día de tu boda?
Esos de la ciudad tienen prioridades raras.
Pero no importa.
Hoy estamos tú y yo, Albertico.
Hoy es tu día.
Tadeo le puso una mano pesada en el hombro, una mano que representaba todo el peso de la tradición, de la expectativa social, del “deber” que lo estaba asfixiando.
Albertico lo miró.
Si se casaba, su vida sería una obra de teatro permanente.
Una finca, una esposa, un hijo quizás, todo construido sobre la mentira de que un hombre fuerte no necesita más que eso.
Si no se casaba, perdería el apoyo de la familia de Adela, el pueblo se rasgaría las vestiduras, y su padre… su padre probablemente moriría.
Volvió a sentir el abrazo en la bodega, el olor a café y ron, la desesperación compartida.
Yo elegí vivir, no ser tu castigo.
El destino no le había quitado la elección, simplemente le había quitado la opción fácil.
La decisión final, la más brutal, todavía era suya.
A lo lejos, pudo escuchar la inconfundible bocina del camión de la familia de Adela.
Ella llegaba.
Albertico salió al porche, se detuvo, y tomó el aire.
Por primera vez en meses, no sintió el olor a café o jazmín.
Solo sintió el olor a pólvora.
Se giró hacia Tadeo, que estaba abriendo una cerveza en la cocina, ajeno al cataclismo.
—Tadeo —dijo Albertico, con la voz firme—.
Ve a mi habitación y busca el traje.
Yo tengo que hacer una llamada.
Albertico no se movió hacia el teléfono.
Caminó en dirección al camino, al encuentro de Adela.
La mentira o la verdad.
El deber o la vida.
Miró la nota arrugada en su mano.
Sabía que al elegir la verdad, lo perdía todo; al elegir la mentira, se perdía a sí mismo.
El narrador se había ido, forzándolo a una elección absoluta.
Albertico se irguió, inhaló el olor a jazmín de la camioneta que se acercaba.
Yo, el narrador, ya estaba lejos, en el camión lechero, y sabía que mi historia con él había terminado.
No había vuelta atrás.
Ya fuera que él eligiera casarse o no, él seguiría un camino que yo no podía pisar, y yo me iría a un camino que él no podía seguir.
El café y la bodega eran un capítulo cerrado.
La boda iba a empezar, pero la fantasía, para mí, ya había muerto en la carretera.
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