El Miedo de No Ser Él - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- El Miedo de No Ser Él
- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 La Estrategia del Caballito
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 3: La Estrategia del “Caballito” 3: Capítulo 3: La Estrategia del “Caballito” La sociedad nos obligaba a ser actores, y nosotros nos convertimos en los mejores.
Para mantener las apariencias y poder tocarnos en público, recurríamos a la regresión.
Fingíamos ser más niños de lo que éramos.
El juego del “caballito” era nuestra obra maestra táctica.
En las reuniones vecinales o los días de campo familiares, donde la vigilancia era máxima, yo me ofrecía a cargarlo.
O él a mí.
—¡Vamos, una carrera!
—gritaba yo, impostando una voz inocente.
Félix saltaba sobre mi espalda.
Para los adultos, éramos dos muchachos jugando rudo, gastando energía.
“Son inseparables, como hermanos”, decían las señoras, con una sonrisa tierna que ignoraba la realidad.
Pero arriba, en mi espalda, la realidad era otra.
Félix no solo se sostenía.
Se adhería.
Sentía su pecho pegado a mi columna vertebral, su calor traspasando mi camiseta.
Sus muslos apretaban mis costados con una fuerza que no era necesaria para mantener el equilibrio, sino para marcar territorio.
Él “cabalgaba”, como bien dices, muy cerca de mi montura.
Sus partes íntimas presionaban contra mi espalda baja, y con cada paso que yo daba, con cada trote fingido, había una fricción deliberada, un masaje secreto que nos ponía la piel de gallina a ambos.
—Más rápido, caballito —me susurraba al oído, y yo podía escuchar la sonrisa lasciva en su voz.
Su aliento caliente en mi oreja me hacía estremecer, y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tropezar o, peor aún, para no delatar mi propia excitación física.
Yo lo sujetaba por los muslos, mis manos subiendo un poco más de lo permitido, apretando su carne firme.
Era un juego de tortura exquisita.
Estábamos rodeados de gente, bajo la luz del sol, haciendo algo obscenamente íntimo a la vista de todos, disfrazado de inocencia infantil.
Esa adrenalina era adictiva.
El peligro de ser descubiertos nos unía más.
Nos convertía en cómplices de un crimen perfecto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com