El Miedo de No Ser Él - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 La Fisura
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4: Capítulo 4: La Fisura 4: Capítulo 4: La Fisura Sin embargo, los adultos no son tontos para siempre.
La intuición del prejuicio es poderosa.
Sucedió un domingo.
Estábamos en el patio trasero de mi casa.
No estábamos haciendo nada explícito, simplemente estábamos sentados en el césped, hablando.
Pero estábamos demasiado cerca.
Nuestras rodillas se tocaban.
Félix me miraba a los ojos mientras yo hablaba, y en su mirada había una devoción absoluta, una adoración que no se le dedica a un amigo.
Mi padre salió al patio con una cerveza en la mano.
Se detuvo en seco al vernos.
El silencio que siguió fue pesado, como el aire antes de una tormenta eléctrica.
Félix y yo nos separamos instintivamente, rompiendo el contacto de nuestras rodillas, pero el daño estaba hecho.
Mi padre no dijo nada en ese momento.
Solo nos miró con una mezcla de confusión y un asco naciente que me heló la sangre.
Esa noche, escuché los gritos a través de la pared.
Los padres de Félix estaban discutiendo.
No podía entender las palabras exactas, pero el tono era inconfundible.
Era rabia.
Luego, escuché un golpe seco.
Y después, el silencio.
Me quedé paralizado en mi cama, con las uñas clavadas en las sábanas.
Quería ir.
Quería romper la pared a puñetazos y sacarlo de allí.
Pero sabía que mi intervención solo confirmaría sus sospechas y haría todo mucho peor para él.
A la mañana siguiente, cuando salí para la escuela, Félix no estaba esperándome.
Toqué a su puerta.
Su madre abrió.
Tenía los ojos rojos y la cara lavada, sin maquillaje.
Me miró, no con odio, sino con una tristeza profunda y resignada.
—Félix no va a ir hoy —dijo ella, con la voz quebrada—.
Está enfermo.
—¿Puedo verlo?
—No —la negativa fue rápida y afilada—.
Es mejor que no vengas por un tiempo.
Por favor.
Me cerró la puerta en la cara.
El sonido del cerrojo deslizándose fue como el sonido de una celda cerrándose.
Durante una semana, no lo vi.
El apartamento contiguo se convirtió en una tumba silenciosa.
No había golpes en la pared.
No había notas por debajo de la puerta.
La angustia me comía vivo.
¿Lo habían enviado lejos?
¿Le habían hecho algo?
La imaginación es el peor enemigo en el amor oculto.
Me imaginaba a Félix en un internado militar, o en una de esas terapias horribles de las que hablaban en las noticias.
Me imaginaba que había decidido dejarme para salvarse.
Pero entonces, al séptimo día, llegó la señal.
Era de noche, cerca de las dos de la madrugada.
Yo estaba despierto, mirando el techo, cuando lo escuché.
Toc…
toc-toc…
toc.
Era nuestro código.
“Te quiero”.
Salté de la cama y pegué la oreja a la pared fría.
Toc…
toc-toc…
toc.
Respondí con los nudillos, temblando.
Luego, escuché un sonido diferente.
Un rasguño suave cerca del suelo, en la esquina donde había un viejo conducto de ventilación que conectaba ambos apartamentos, bloqueado hace años por una rejilla metálica pintada.
Me arrastré hasta allí.
Quité los libros que tapaban mi lado.
—¿Félix?
—susurré al hueco oscuro y polvoriento.
—Estoy aquí —su voz sonó lejana, metálica, pero era la música más hermosa que había escuchado en mi vida.
—¿Estás bien?
¿Qué te hicieron?
—Me quitaron el teléfono, la computadora…
no me dejan salir —su voz se quebró un poco—.
Mi padre me golpeó.
Me dijo que me iba a enderezar a golpes si era necesario.
Lágrimas de impotencia rodaron por mis mejillas.
—Lo siento, Félix.
Lo siento tanto.
Deberíamos irnos.
Ya.
—No podemos, no tenemos dinero, ni a dónde ir —dijo él, siendo, como siempre, el pragmático en medio del caos—.
Pero no me importa lo que digan.
No voy a cambiar.
No pueden sacarte de mi cabeza.
A través de las rejillas del conducto, apenas podía ver una sombra al otro lado, pero acerqué mi mano.
—Pon tu mano en la rejilla —le pedí.
Él lo hizo.
Pude ver la silueta de sus dedos a través de los agujeros metálicos.
Puse mis dedos contra los suyos, separados por el metal frío y sucio.
—Te amo —le dije, pronunciando esas dos palabras con un peso que nunca antes habían tenido.
Ya no era un juego de niños, ni una aventura con mariposas.
Era una declaración de guerra contra el mundo.
—Y yo a ti —respondió—.
Escucha, tengo un plan.
No van a poder vigilarnos las 24 horas por siempre.
Van a creer que ganaron.
Vamos a dejar que crean que ganaron.
Fingiremos que nos hemos alejado.
Pero necesito que seas fuerte.
¿Puedes hacerlo?
—Haré lo que sea.
—Bien.
Mañana, cuando nos veamos en el pasillo o en la escuela, no me mires.
Ignórame.
Que vean que estamos “curados”.
Y cuando bajen la guardia…
volveremos al bosque.
Aquella noche dormí pegado a la rejilla, respirando el aire viciado que compartíamos, soñando con el día en que no hubiera muros, ni rejillas, ni padres, ni sociedad.
Solo Félix y yo.
Pero la guerra silenciosa apenas comenzaba.
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