El Miedo de No Ser Él - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El Vestuario y el Eco de los Azulejos
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6: Capítulo 6: El Vestuario y el Eco de los Azulejos 6: Capítulo 6: El Vestuario y el Eco de los Azulejos El primer encuentro real tras el castigo ocurrió en la escuela.
Habíamos coincidido en la clase de educación física.
Durante el partido, jugamos en equipos contrarios.
Ni una mirada, ni un pase, ni un roce.
Actuación de Oscar.
Al final, el vestuario se vació.
Yo me quedé atrás, fingiendo buscar una zapatilla perdida, sabiendo que Félix solía ser el último en irse.
Cuando la puerta se cerró tras el último compañero, el clic del pestillo resonó como un disparo.
Félix estaba allí, al fondo, con la toalla alrededor de la cintura.
No dijo nada.
Solo me miró a través del vapor de las duchas.
Sus ojos, que habían estado apagados en público durante semanas, se encendieron con un fuego oscuro.
Me acerqué.
No corrimos.
Caminamos el uno hacia el otro con la gravedad de dos planetas colisionando.
—¿Es seguro?
—pregunté, mi voz temblando por la adrenalina.
—Nadie va a volver —susurró él.
Me empujó contra los casilleros metálicos.
El frío del metal en mi espalda contrastó violentamente con el calor abrasador de su pecho desnudo contra mi camisa.
No hubo preámbulos suaves.
Sus manos fueron a mi cabello, tirando hacia atrás para exponer mi cuello, donde enterró su boca con un hambre atrasada de noventa días.
Era un encuentro sucio, rápido, desesperado.
Mis manos bajaron por su espalda, resbalando por el sudor reciente, clavando las uñas como si quisiera arrancarle la piel para meterme dentro de él.
—Te odio por ignorarme —jadeé entre besos torpes y mordiscos.
—Te amo por aguantarlo —respondió él, bajando una mano para apretarme la entrepierna sobre la tela del pantalón deportivo.
El gemido que solté se mezcló con el sonido de una ducha goteando.
Allí, entre el olor a desinfectante y humedad, nos tocamos con una urgencia animal.
Félix se arrodilló frente a mí, no como un acto de sumisión, sino de devoción y control.
Cuando me tocó, con esa malicia experta que tenía para saber exactamente cómo hacerme perder la razón, tuve que morderme el puño para no gritar su nombre y que nos escuchara el conserje en el pasillo.
Fue un encuentro de diez minutos.
Diez minutos que valieron por tres meses de soledad.
Salimos por separado, con las rodillas temblorosas y la mirada brillante, fingiendo de nuevo ser dos desconocidos, pero llevando el olor del otro impregnado en los poros.
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