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​El Miedo de No Ser Él - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 ​Capítulo 7 La Tormenta y el Cobertizo
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7: ​Capítulo 7: La Tormenta y el Cobertizo 7: ​Capítulo 7: La Tormenta y el Cobertizo ​El verano trajo consigo las lluvias torrenciales de la tarde.

Un sábado, la electricidad se fue en todo el vecindario.

La oscuridad fue nuestra aliada.

​Yo estaba en el porche, viendo llover, cuando vi una luz tenue parpadear en el viejo cobertizo de herramientas del jardín de Félix.

Era una señal.

Sabía que sus padres habían salido a cenar aprovechando que la lluvia había amainado un poco, pero la oscuridad de la casa les daba una falsa sensación de seguridad sobre mi ubicación (mi madre dormía la siesta).

​Corrí bajo la lluvia, saltando la pequeña cerca que dividía nuestros patios, esa que de niños cruzábamos de un salto y que ahora era una frontera política.

​Entré al cobertizo empapado.

Olía a tierra mojada, a gasolina vieja y a madera podrida.

Félix estaba allí, sentado sobre una mesa de trabajo, iluminado solo por la linterna de su celular, que había puesto boca abajo para crear una luz difusa.

​—Estás empapado —dijo, sonriendo.

Esa sonrisa que desarmaba mis defensas.

​—Tú me llamaste.

​—Ven aquí.

​Me quité la camiseta mojada, que pesaba toneladas.

Él hizo lo mismo.

La piel mojada tiene una fricción diferente, más íntima, más resbaladiza.

Nos abrazamos en la penumbra, y el frío de la lluvia se evaporó al instante con el calor de nuestros cuerpos.

​Allí, rodeados de sierras y martillos, el amor se volvió tierno de nuevo.

Ya no era la urgencia del vestuario.

Era la necesidad de reconexión.

Félix me subió a la mesa de trabajo.

Mis piernas rodearon su cintura, tal como en el juego del caballito, pero esta vez frente a frente.

​—Tus padres creen que ya no somos amigos —susurró, trazando con su dedo la línea de mi mandíbula.

​—Mejor.

Así no sospechan que somos amantes.

​Me besó, lento y profundo, saboreando la lluvia en mis labios.

Hicimos el amor con el sonido del aguacero golpeando el techo de zinc, un ruido ensordecedor que nos permitía gemir sin miedo.

Cada caricia era una reivindicación.

​En medio del acto, Félix se detuvo un momento, mirándome fijamente.

​—Eres mío —dijo, no como una pregunta, sino como un hecho irrefutable—.

Aunque nos prohíban vernos, aunque nos casen con mujeres, eres mío.

​—Siempre —respondí, sintiendo cómo las mariposas en mi estómago se convertían en un huracán—.

Y tú eres mío.

​Aquella tarde en el cobertizo descubrimos algo nuevo: la intimidad del silencio compartido.

Después de terminar, nos quedamos abrazados, escuchando la lluvia, mi cabeza en su hombro, su mano acariciando mi espalda.

No hacía falta hablar.

En ese espacio reducido, éramos reyes de un reino de dos metros cuadrados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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