El Miedo de No Ser Él - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 La Osadía de la Biblioteca
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8: Capítulo 8: La Osadía de la Biblioteca 8: Capítulo 8: La Osadía de la Biblioteca Nuestra confianza creció.
La malicia nos pedía más riesgos.
El siguiente encuentro fue en terreno neutral, pero público: la biblioteca municipal.
Era un lugar de techos altos y estanterías laberínticas.
Nos citamos en la sección de Historia Antigua, la menos visitada.
Había una mesa al fondo, oculta tras una hilera de enciclopedias polvorientas.
Nos sentamos uno frente al otro, con libros abiertos que no leíamos.
—El Imperio Romano —dijo Félix en voz alta, para beneficio de la bibliotecaria que estaba a treinta metros—, cayó por la corrupción interna.
Mientras decía eso, se quitó una zapatilla.
Sentí su pie descalzo subir por mi pantorrilla, bajo la mesa.
El contraste era excitante.
Arriba de la mesa, éramos dos estudiantes aplicados.
Abajo, era un territorio sin ley.
Su pie llegó a mi entrepierna, masajeando con una presión experta y burlona.
Yo intentaba mantener la cara seria, leyendo el mismo párrafo sobre Julio César cinco veces.
—¿Te parece interesante el tema?
—preguntó él, con una ceja arqueada y una sonrisa diabólica.
—M-muy interesante —tartamudeé, sintiendo cómo la sangre se me iba del cerebro a otra parte—.
Es…
duro.
El tema.
Félix soltó una risita ahogada.
Se inclinó sobre la mesa, supuestamente para señalar algo en mi libro.
—Mira aquí —susurró, y su mano, bajo la mesa, sustituyó a su pie.
Fue un agarre firme, posesivo.
Me quedé paralizado.
Si alguien caminaba por ese pasillo en ese momento, estábamos muertos.
Pero la posibilidad de ser descubiertos era el afrodisíaco más potente.
Félix movía su mano rítmicamente mientras me explicaba en susurros la arquitectura de los acueductos.
Yo tenía que morderme el labio inferior hasta casi sangrar para no hacer ruido.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de placer y tensión.
—Félix…
para…
—supliqué en un susurro, aunque mi cuerpo se arqueaba hacia su mano.
—¿Seguro?
—retiró la mano bruscamente, dejándome al borde del abismo, frustrado y anhelante—.
Bueno, sigamos estudiando.
Esa era su malicia.
Le encantaba llevarme al límite y dejarme allí, colgado, deseándolo más que a mi propia vida.
Salimos de la biblioteca caminando despacio, con una tensión sexual tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo, sabiendo que tendríamos que esperar hasta la noche, a la seguridad de la rejilla de ventilación o a una nueva escapada al bosque, para terminar lo que habíamos empezado.
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