El Nacimiento de una Villana - Capítulo 89
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89: Secuestrar a la Joven Señorita 89: Secuestrar a la Joven Señorita Mientras la lluvia seguía cayendo a cántaros, un invitado especial ha llegado a la Residencia Lin.
Nadie sabía quién había llegado de repente sin enviar una carta de aviso a la Familia Lin; simplemente se había presentado sin ser anunciado.
Sin embargo, con solo una mirada al gran carruaje negro —que probablemente podría confundirse con una pequeña casa con cuatro fuertes caballos negros al frente—, cualquiera que se atreviera a pasar por el camino podía deducir que la identidad de la persona en su interior no era poca cosa.
Los guardias apostados fuera de la Residencia Lin no pudieron evitar mirarse entre ellos.
Estaba claro que no habían recibido ningún informe de que alguien fuera a visitar a la Familia Lin.
Con la lluvia que caía, también había pocas probabilidades de que alguien saliera de su casa simplemente para visitar a la Familia Lin.
Entonces, ¿quién era esa persona a la que ni siquiera le importaba el clima y había decidido venir a la Residencia Lin?
En ese momento, las pocas personas que pasaban por allí también se preguntaron quién sería esa persona tan distinguida, deteniéndose momentáneamente a echar un vistazo.
Aparte del gran carruaje, también había otros carruajes detrás, pero eran más pequeños en comparación con el de delante y, por lo tanto, muchos los pasaron por alto.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que alguien soltara un grito ahogado de asombro.
—Hermano, ven y dame una bofetada —dijo un transeúnte al otro, que lo miró desconcertado antes de aprovechar la oportunidad de abofetear a alguien.
¡Zas!
El transeúnte que había hablado sintió el dolor punzante en la mejilla y se la sujetó, pero parecía que todavía no había salido de su estupor, pues señaló con un dedo tembloroso hacia el gran carruaje.
—Tío Bo, ¡¿por qué pones esa cara de espanto?!
Solo es un carruaje grande, no hace falta que lo mires con tanto miedo —dijo el hombre que lo había abofeteado.
¿Cara de espanto?
El hombre lo miró y pensó que no estaba asustado en lo más mínimo.
¡Estaba fascinado y sobrecogido, en una mezcla de emoción y miedo!
Le dio un manotazo en la nuca al tipo que lo había abofeteado y le espetó: —¡Idiota!
¿De qué estás hablando?
¡¿No ves esa insignia que está en lo alto del carruaje?!
El otro hombre lo fulminó con la mirada después de ser abofeteado, pero la curiosidad por ver de qué hablaba fue mayor, así que levantó la cabeza hacia donde estaba señalando.
Como el hombre no había bajado la voz, las pocas personas que se habían reunido por curiosidad y los guardias apostados frente a la Residencia Lin también miraron hacia arriba y quedaron conmocionados al instante.
En la parte superior del carruaje, la forja de hierro en espiral que lo rodeaba terminaba en la cima, donde se posaba una criatura.
Era pequeña, pero nadie podía negar que el emblema bastaba para cautivar y hacer que a uno le temblaran las rodillas.
El emblema en lo alto del carruaje mostraba una criatura con cabeza de dragón y dos cuernos, un cuerpo completamente cubierto de escamas y dos colas que se enroscaban tras ella y parecían contener una bola de fuego.
De repente, todos se quedaron sin palabras, sobrecogidos por la conmoción y el deleite.
Sus corazones empezaron a latir con fuerza y rapidez en sus pechos.
—¿N-no es ese el símbolo del Duque de Xin, Qu Xing Xu?
—¡E-es cierto!
—Pero ¿por qué está aquí?
Hubo una larga pausa hasta que alguien gritó: —¡¿Podría ser que el mismísimo Duque esté aquí?!
Ante aquello, los guardias fueron los primeros en actuar: hincaron una rodilla en tierra y juntaron las manos frente a ellos, como si saludaran al emperador.
Estuviera o no el Duque de Xin dentro del carruaje, los guardias eran, ante todo, soldados que admiraban al Dios de la Guerra que había aniquilado a tantos enemigos del imperio, y no dudaron en arrodillarse ante él.
Entonces, una risa grave y contenida sonó dentro del carruaje.
—Maestro… ¿de verdad debería haber venido hoy?
—preguntó Gu Yan, que ahora llevaba la túnica de un asistente de alto rango en lugar de sus habituales ropas negras.
—¿Por qué?
¿Le tienes miedo al General Lin?
—Qu Xing Xu enarcó una ceja mientras una de las comisuras de sus labios se curvaba hacia arriba.
—Bromea, Maestro.
—Gu Yan tosió ligeramente.
«Pero, Maestro… ¿de verdad tenía que venir a reunirse con el General Lin para pedir la mano de su nieta con este tiempo?», pensó Gu Yan.
Jamás en su vida había oído que alguien pidiera la mano de una joven en matrimonio mientras afuera se desataba una tormenta, ya que podría considerarse un mal presagio y los padres de la joven terminarían por rechazar al hombre y, tal vez, hasta lo echarían a la calle.
Pero a su maestro, Qu Xing Xu, eso no le importaba.
Para él, más que un mal presagio, el clima de hoy era como un rayo de esperanza y luz.
Si dejaba pasar esta oportunidad, quién sabía si no podría arrebatar a la joven que había captado su atención.
No podía esperar a que escampara la lluvia ni a que pasara el día.
Necesitaba asegurarla a su lado antes de que la noticia del fin de la Emperatriz llegara a oídos de Lin Xiaofei.
La puerta del carruaje se abrió de golpe y una figura alta, ataviada con exquisitas túnicas negras y con un rostro impecable, salió de él.
Los guardias contuvieron el aliento mientras miraban fijamente al hombre.
—¡Nuestros respetos, Su Excelencia!
—gritaron los guardias, atrayendo la atención de todos hacia ellos.
—Mmm —Qu Xing Xu se limitó a responder con un murmullo, pero todos se sintieron como si estuvieran en un sueño, incapaces de creer que el venerado Duque y Dios de la Guerra estuviera de pie frente a ellos.
—¿Está el General Lin?
—preguntó Qu Xing Xu mientras cruzaba el umbral de la puerta como si fuera su propia casa, sin que nadie se atreviera a detenerlo.
—¡Sí!
—respondieron los guardias sin dudar.
A decir verdad, se suponía que no debían aceptar a ningún invitado por orden de Lin Xiaomeng, pero no se atrevieron a detener a Qu Xing Xu, pues pensaron que sería una grosería no dejarlo entrar.
Después de todo, el Duque nunca salía en público ni había vuelto a aparecer tras recibir el Ducado.
Por ello, el pueblo solo podía desear que apareciera, pero habían pasado varios años desde la última vez que lo vieron y, con el milagro de hoy, la noticia de que Qu Xing Xu, el Duque de Xin, había aparecido de nuevo se extendería por todo el imperio como la pólvora.
Pero una pregunta surgió de repente en sus mentes.
¿Por qué había aparecido el Duque de repente en la Residencia Lin?
¿Estaba allí de simple visita?
¿O había alguna razón para que saliera de su reclusión y viniera hasta aquí?
Sinceramente, a los guardias no les importaban sus razones.
Con tal de poder verlo, aunque fuera un instante, o hablar con él, ya podían morir felices y sin remordimientos.
Sin embargo, había una persona que no estaba contenta con la forma de actuar de los guardias.
«¡Idiotas!
¡El hombre al que admiran y ante el que se inclinan como si fuera un dios es un ladrón!
¡Está aquí para robar a su señorita y, aun así, lo dejan entrar en su casa sin oponer resistencia!», pensó Gu Yan, deseando poder hacer entrar en razón a esos admiradores embelesados, hechizados por su maestro.
Gu Yan sacudió la cabeza con lástima y frustración cuando oyó la voz de su maestro frente a él.
—¿Gu Yan, en qué estás pensando?
—N-nada, maestro —masculló Gu Yan, y cerró la boca por miedo a que su maestro descubriera sus pensamientos y lo enviara al sótano—.
¿Traigo también los cofres, maestro?
Los cofres de los que hablaba Gu Yan no eran otros que los regalos de esponsales que Qu Xing Xu había traído en los otros carruajes.
Se suponía que los regalos de esponsales debían entregarse una vez formalizado el compromiso, pero Qu Xing Xu era un hombre que no seguía las reglas, ni las leyes, ni los procedimientos que se deben cumplir para casarse.
—¿Tú qué crees?
—preguntó Qu Xing Xu con una sonrisa en los labios—.
¿Debería entonces arrojar los cofres al océano?
A Gu Yan le dieron ganas de llorar.
«¡Yo solo preguntaba, maestro!», pensó.
Mientras todo esto ocurría en la entrada principal de la Residencia Lin, en su patio, Lin Xiaofei no podía dormir.
Tras su conversación con cierto hombre descarado, no podía dejar de suspirar.
¿Qué demonios le había pasado para dejar que ese hombre hiciera lo que quisiera?
Entonces, otro pensamiento acudió a su mente…
¿Debería matarlo?
Tenía un libro en la mano y lo miraba aturdida.
Se sentía inquieta, y eso le había quitado el sueño.
A un lado, Bai Lu le sirvió un té a su señorita para calmarle los nervios, pero ella tampoco pudo evitar sentirse ansiosa y dijo: —Señorita… lamento molestarla, pero… el libro que está leyendo está al revés.
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