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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 110

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Capítulo 110: CAPITULO 24 EL ORCO QUE NO ANELABA EL SOL

En las profundidades de un páramo devastado, existía un reino que se alzaba sobre las cenizas de lo que una vez fue un bosque rebosante de vida.

Miles de adjetivos podrían usarse para intentar describir al Imperio de los Rostros Pálidos.

Brutales, despiadados, maliciosos, sanguinarios… y cientos más…. Pero ninguno sería suficiente; ninguno podría siquiera acercarse a la verdad.

Aun así, en las entrañas de ese imperio que devastó civilizaciones y consumió todo a su paso, existía cierta tribu de orcos.

No tenían hachas, no buscaban sangre ni deseaban dañar. Solo poseían picos grandes y sonrisas cálidas, capaces de sustituir la luz de un sol que posiblemente jamás conocerían…

Era una tribu que, incluso esclavizada bajo el yugo de los Rostros Pálidos, encontraba la felicidad en las cosas más pequeñas: en sus amigos, en su familia.

Y en tal tribu, tuvo la dicha de nacer cierto orco. Su nombre: Thul-Grom (El que calla).

Fue nombrado así por su madre porque al nacer, a diferencia de otros de su especie, sus gritos no resonaron en la cueva….

Thul-Grom era especial, aunque no en el buen sentido.

Tímido y pequeño. Sus gruñidos infantiles nunca retumbaron entre las paredes de la mina y, a diferencia de otros niños orcos —agresivos e impetuosos por naturaleza—, Thul-Grom se mantenía callado e inseguro. Siempre junto a su madre. Siempre con la mirada en el suelo.

Aun así, esto no molestaba a la tribu. Nunca lo intimidaron; sus padres y hermanos nunca lo despreciaron, ni el resto de los miembros lo menospreciaron jamás.

Incluso siendo débil, incluso bajo los látigos y el maltrato de los goblins, en su hogar, con su tribu, siempre había calor.

Hasta ese maldito día en que… Por primera vez… Thul-Grom vio el sol.

………..

Thul-Grom era demasiado joven para entender lo que pasaba en ese entonces.

Conceptos como “mina agotada” y “nueva utilidad” eran tan ajenos para él como la inmortalidad para un mortal.

Pero podía sentirlo: las manos temblorosas de su madre, los gruñidos cautelosos de los adultos y el abrazo de sus hermanas, que apretaban más fuerte de la cuenta.

Así, entre incertidumbre, miedo, gritos y látigos, finalmente fueron sacados de la mina. De su hogar.

………..

El coliseo era la representación visual de todo lo que significaba el Imperio de los Rostros Pálidos.

Las ruinas mancilladas de lo que una vez fue una civilización gloriosa, ahora corrompida y distorsionada hasta convertirse en un símbolo de decadencia.

Allí, donde los vítores de los goblins se mezclaban con el hediondo olor a alcohol, sangre y cuerpos descompuestos.

Thul-Grom, al igual que muchos otros, llegó por primera vez como espectador. Pero a diferencia del resto, el espectáculo que presenció aquel día, detrás de rejas de metal macizo y atado con grilletes junto a sus hermanos y amigos…

Fue la masacre de su propia tribu.

………

Thul-Grom recordaba ese día con claridad. Por días, meses, años… recordó cada detalle con precisión.

Recordaba las sonrisas forzadas que sus parientes y vecinos les enviaban desde el centro del coliseo; muecas que pretendían, sin lograrlo, ser tranquilizadoras. Sonrisas que buscaban, incluso hasta el último segundo, dar un mínimo consuelo a sus preciosos hijos e hijas.

Recordaba los vítores viciosos de innumerables goblins, excitados ante la anticipación de lo que vendría.

Y, por supuesto, los recordaba a ellos. En una zona preferente, con la mejor vista y comodidad, los gobernantes de ese reino decadente sonreían con desprecio indisimulado.

Aunque en principio eran goblins como los demás, tenían rasgos peculiares que los distinguían.

Pieles más pálidas, casi grisáceas, con menos arrugas e imperfecciones. De porte erguido y firme, pero, sobre todo, con expresiones que mostraban el más profundo asco por cada ser vivo a la vista. Incluso por el resto de su especie.

Pero incluso entre esos seres destacados, había uno en particular.

Sentado en un trono de huesos y harapos, cubierto de ropajes que alguna vez fueron majestuosos, piezas de oro que habían perdido su brillo y una corona que de alguna forma conservaba la majestusidad de una gloria pasada.

El Rey de los Rostros Pálidos observaba con la sonrisa más viciosa de todas… No a los goblins, ni siquiera a los adultos en el centro de la arena…

Ese rey podrido y desprovisto de alma los estaba mirando a ellos: a los niños que lloraban llamando a sus padres, a los pequeños que se abrazaban y temblaban.

Y entonces, Thul-Grom lo entendió: desde el principio, ellos eran el verdadero entretenimiento… Su diversión.

[¡Gratejta!] —ordenó finalmente el decadente rey y las puertas se abrieron.

“GRAAAAAAAAAAAAAAA”

La criatura que emergió de las profundidades de la mazmorra donde la esperanza moría |, para Thul-Grom no era otra cosa que la encarnación de la desgracia.

Recordaba cada golpe de sus garras contra el suelo desecho, cada grito desgarrador de sus mayores cuando sus cuerpos eran alcanzados por las garras tan gruesas como espadas de guerra.

Cada crujir de huesos al ser atrapados por una mandíbula llena de hileras de dientes tan grandes como el antebrazo de un orco adulto.

Padre, hermanos, vecinos… Uno a uno, la criatura los desgarró de forma lenta y deliberada, como si disfrutara de cada grito, de cada intento desesperado e inútil por enfrentar a una bestia que triplicaba en tamaño a cualquier orco.

Los gritos agonizantes se mezclaban con los vítores de los goblins, las risas desdeñosas de los Rostros Pálidos y los llantos desgarradores de los niños que eran forzados a ver cómo sus familias eran masacradas.

En ese espectáculo monstruoso donde la vista estaba cargada de horror, el sonido era igual… Sino, mucho mas insoportable.

Pero Thul-Grom no emitió sonido. No se inmutó, no tembló ni se encogió.

Solo se aferró a los barrotes y observó. No la escena, sino a su madre.

De comienzo a fin, miró a esa mujer que siempre lo acunó en sus brazos, que siempre cobijó sus penas y lo protegió de la oscuridad.

Allí, no peleando, no moviéndose ni temblando, esa mujer, lo miraba con esa sonrisa calida que nunca flaqueo.

Una y otra vez, hacia el gesto que Thul-Grom conocía bien.

Tocaba su pecho, trazaba un pequeño círculo y extendía la mano hacia Thul-Grom.

“mi corazón… tu corazón…”

Incluso sin un solo sonido… Thul-Grom escuchaba… fuerte… y claro… astaque… finalmene…. Esa… maldita…. Cosa….

De un solo mordisco… la arrebato para siempre de su alcance…

En ese momento… En ese… maldito… lugar… Algo en Thul-Grom se rompió… Y por primera vez…

“GRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA”

Su nombre perdió significado…

………………………

———- Punto de vista de astrad ——–

[Tsk…] – chasco los dientes con molestia cuando mi conciencia vuelve solo para ser asaltado por una desagradable sensación de entumecimiento.

[Mas vale que no encuentre al hijo de puta que me atropello.]

Me quejo sentándome lentamente en la cama, mientras sostengo mi cabeza.

No se cuanto dormí, pero definitivamente desperté mas cansado. ¿Qué clase de estafa es esta? Exijo un reembolso.

[¿Cómo te sientes?] – Escucho la voz familiar de Louise a mi costado mientras trato de enforcar mi vista apagada… ¿no me percate de su presencia?

[[…]]

Cuando devuelve la mirada, Louise me mira fijamente en silencio… creo… en realidad no enfoco bien.

No creo haber despertado tan mal incluso en el hotel. Aunque al menos no me duele nada. Pero esta sensación de entumecimiento me esta cabreando.

[Estoy bien…] – trate de dar la respuesta clásica, pero justo mi vista comenzó a enfocar y lo primero que veo con relativa claridad, es, por supuesto, el ceño fruncido de Louise. – [¿Por qué siempre preguntas cosas que ya sabes?] – el niño rata se rinde.

[Esta en la genética supongo.] – Louise responde encondiéndose de hombros, su cara presumida me hace querer pellizcarla.

[¿Qué demonios me paso?] – pregunto directamente, lo ultimo que recuerdo es la fiesta de ayer. Ni siquiera puedo culpar a la resaca porque la ti no me dejo bebe mucho.

No me van a salir con una mierda de que perdí la memoria de los ultimo 10 años ¿cierto? no, ese culo sexi de Louise no a envejecido mas de 3 días.

[Dormiste por 3 días]

[Me cago en todo.]

Ahora si soy rati cristo. Ya puedo imaginarme a la red.

[Ahh…] – me dejo caer en la cama de nuevo. Al diablo todo.

[Parece que tuviste un sueño agradable.]

[¿Hice algo?]

[No mucho, jurar matarlos a todos y así.]

[Lo de siempre entonces.]

Mientras tenemos una charla casual, Louise se sube a la cama y posiciona su rostro frente al mío.

Preferiría que lo posicionara frente a mi otra cabeza. Aunque.

[¿Fue un sueño de mierda?]

[… Una tele novela de porquería.] – respondo honestamente mientras Louise acaricia mi rostro. Su pelo me hace cosquillas.

[¿Nada que valga la pena recordar?]

[Todo lo contrario… Me recordó algo importante]

[Oh… ¿Qué cosa?]

[El precio de ser débil.]

Cuando le respondo, Louise guarda silencio por unos segundos, pero finalmente acerca mas su rostro con una sonrisa comprensiva.

[Entonces, fue un buen sueño.]

[Kekeke, uno justo y necesario.]

Allí estaba el niño rata, apunto de recibir un beso de buenos días que definitivamente derivaría en su merecido mañanero.

*Cohou*

Y cual maldita comedia romántica de quinta, la tos forzada viene de la puerta.

[[Tsk]] – Louise y yo, inmediatamente ponemos mala cara.

Hoy definitivamente matamos a alguien.

[[[…]]]

O eso, pensamos, pero cuando desviamos la vista. De pies en la puerta, estaba la tia con una ceja levantada.

*Gluck*

Siendo atrapada por la suegra, Louise inmediatamente traga saliva.

[El niño rata necesita un minuto… multiplicado por 120.]

[Levántate]

Me cago en todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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