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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 20

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20: CAPITULO 20 CUANDO SE APAGÓ EL CIELO 20: CAPITULO 20 CUANDO SE APAGÓ EL CIELO Recuerdo el día en que todo se fue a la mierda.

La luz se cortó de golpe.

Un temblor recorrió el edificio como si algo hubiera chocado contra el cielo.

[¿Qué es eso?] —gritó alguien desde el fondo del aula.

Corrimos a las ventanas y… El cielo era diferente.

Alto, más allá de las nubes, un planeta gigantesco, escalofriantemente similar a la Tierra, colgaba sobre nosotros.

Y para empeorar las cosas.

Columnas de luz enormes caían como si conectaran ambos mundos, y a su alrededor, escombros y autos flotaban, succionados hacia arriba.

[N… no, ¿qué es…?] [¿Me estás jodiendo…?] [E-e-e… kyaaaaaa.] El murmullo pronto se convirtió en pánico.

Algunos profesores pedían calma, intentando mantener su autoridad con gritos que ya no eran órdenes, sino súplicas.

(Qué mala suerte.) pensé.

Justo hoy los de último año vinimos para repasos.

Si al menos hubiera repetido el año pasado, o si hubiera ignorado mi futuro, estaría en mi cama como el resto de la escuela.

En su lugar, aparentemente, estoy atrapado en el fin del mundo, junto a un grupo de profesores y estudiantes de último año como yo.

[¡Mantengan la calma!] —dijo el profesor de matemáticas con aparente calma, ingresando al aula justo a otros profesores.

Pero el temblor en sus manos le restaba toda convicción.

De cualquier forma, ¿Era la calma siquiera posible en esta situación?

Un grupo de adolescentes en medio del fin del mundo, sin comunicación telefónica ni internet, no es precisamente la situación propicia para la tranquilidad.

Y entonces, como si mi sarcasmo hubiera sido castigado: “OUUUUUUUUUUUUUUUUUU.” Nuestra nueva normalidad, se anuncio a nosotros con escalofriante claridad.

…………………………..

Los primeros aullidos llegaron desde el patio.

Largos, quebrados, como lamentos humanos deformados.

Las ideas de buscar ayuda murieron en cuanto escuchamos las garras raspando el suelo.

El profesor de matemáticas intentó cerrar la puerta del edificio, pero una sombra saltó sobre él.

Recuerdo la sangre: un chorro grueso que manchó las paredes blancas.

El grito que murió antes de terminar… Pero, sobre todo, recuerdo como nadie se movió.

Paralizados ante la irreal realidad, frente a la sangre, frente a los gritos, frente a la muerte… Incluso respirar fue instantáneamente olvidado.

Después… El caos.

…………………..

Profesores empujando pupitres, estudiantes tropezando, alguien vomitando en el suelo.

Una manada de perros enormes, con ojos brillantes y mandíbulas desfiguradas, entraba al edificio y avanzaba por el pasillo.

Y la carnicería comenzó.

Los malditos animales eran implacables, como gatos hambrientos cazando ratones indefensos.

Los primeros en caer fueron los paralizados.

Permitir que tus piernas flaqueen cuando una manada de perros mutantes te ataca no es lo mejor que puedes hacer.

Rápidamente fueron rodeados, despedazados, comidos vivos entre gritos y llantos.

Vi a una chica de mi clase de historia, creo que se llamaba Sofía, tropezar y caer.

Uno de los perros, una masa de músculos y pelo sucio, simplemente la pisó al pasar, sin detenerse.

El sonido de sus huesos fue un crujido húmedo que nunca olvidaré.

Los profesores fueron los siguientes en morir: uno tras otro, intentaron proteger a sus estudiantes con todas sus fuerzas, pero no tuvieron la mínima oportunidad.

Un profesor intento proteger a un grupo con una silla, solo para ser arrastrado por dos de las bestias hacia la oscuridad del pasillo.

Una profesora uso su cuerpo como escudo, solo para ser comida viva junto a esos estudiantes.

Como adolescente, admiré su valor.

Como persona, pensé que no tenían muy claras sus prioridades.

Como estudiante, no pude evitar reconocerlos como modelos a seguir.

Pero independientemente de todo eso, en cuestión de segundos, la desesperación se volvió nuestra normalidad.

…………..

No sé cómo, pero entre empujones y llantos, arrastramos escritorios y armarios hasta bloquear las escaleras, creando una zona segura en el tercer piso.

En ese momento, el detalle de estar atrapados no le importaba a nadie.

Lo único que importaba era que seguíamos vivos.

Abajo, los perros golpeaban la barricada con furia.

Cada embestida hacía crujir la madera, el sonido crujiente taladraba nuestros oídos y apretaba nuestros corazones.

Nadie hablaba.

Los aullidos entre mesclados con el crujir de la madera, inconscientemente drenaban el aire de nuestros pulmones.

El miedo parecía tener su propio olor: sudor agrio, orina y sangre seca.

———— Pasaron los días.

Sin luz, sin comunicación, sin la certeza de ser rescatados, solo aferrados a una esperanza inútil que flaqueaba con cada puesta de sol, a medida que el tiempo lentamente se volvió una broma cruel.

El agua y la comida comenzaron a escasear con rapidez alarmante.

Pronto llegaron las discusiones: raciones, turnos, quién tenía derecho a qué.

La desesperación era visible: algunos rompían en llanto por nada, otros permanecían en silencio horas, mirando al vacío.

Cada día, la precaria situación era una guerra psicológica que lentamente perdíamos.

El hambre se convirtió lentamente en un dolor sordo en el estómago.

Las discusiones por un sorbo de agua se volvieron silenciosas y llenas de odio.

Algunos comenzaron a lamer la condensación de las ventanas.

Y otros trataban de masticar incluso la tierra de sus zapatos.

Cada noche, algunos de los perros —quizás los centinelas de la manada— aullaban.

Como si se divirtieran atormentándonos para matar el tiempo.

La mayoría intentaba dormir tapándose los oídos.

Yo no.

Yo escuchaba, porque era peor no saber si seguían ahí.

——— Finalmente, después de varios días, la luz volvió e incluso el wifi de la escuela se activó, aunque con señal débil.

Al comienzo, fue una chispa de esperanza.

Pero qué irónico: mientras más alto subes, más dolorosa es la caída.

Porque lo que vimos en esas pantallas —redes sociales, videos— lejos de alentarnos, nos hundió más en la desesperación.

Creo que fue en el 5to o 6to dia.

El hambre se había vuelto parte del aire.

Las raciones, ya escasas e incapaces de saciar por completo, se habían acabado el día anterior.

Entonces, esa voz.

[Niño rata 1 a niño rata 5, responde, niño rata 5.] Rasposa, vulgar, insolente.

Tan malditamente indiferente que daban ganas de golpearlo.

[Pendejo, responde esta porquería de una vez.] Nos miramos, confundidos.

La voz venía del aula contigua.

Era alguien que hablaba de esos monstruos como si fueran chihuahuas.

Alguien que insultaba sin parar, que se reía de nuestra miseria, que no encajaba con nada de lo que esperábamos.

Y aun así… nos aferramos a él.

A cada insulto, a cada burla, porque por primera vez en días no estábamos solos.

Era un rayo de esperanza.

Uno desagradable, molesto como sol de mediodía.

Pero esperanza.

Ese día entendí algo: a veces, en la oscuridad más profunda, la única luz que encuentras no es la de un faro, sino el resplandor de un incendio en la distancia.

Es caótico, es peligroso… Es un desgraciado que ríe en tu cara mientras el mundo se cae a pedazos.

[Muévanse o mueran, hijos de puta] Ese día conocí a Astrad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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